Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

Archivo

octubre 2016

Lun. Mar. Mie. Jue. Vie. Sáb. Dom.
          1 2
3 4 5 6 7 8 9
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30
31            

Netanyahu vs. Ahmadineyad

Por: | 28 de septiembre de 2012

NetanyHamadi
Un visitante pasa ante las fotos de Ahmadineyad y Netanyahu en la exposición "Rostros del poder"./ AP

Curioso lugar la Asamblea General de la ONU donde cada líder se dedica a señalar la paja en el ojo ajeno obviando la viga en el propio. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dedicó su discurso del jueves a darnos una lección sobre los peligros del programa nuclear de Irán, sin hacer referencia a sus violaciones de los derechos de los palestinos (sobre las que también hay resoluciones del Consejo de Seguridad). El día anterior, su homólogo iraní, Mahmud Ahmadineyad, apuntó incluso más alto y, tras referirse al chantaje de las potencias nucleares, esquivó la inquietud que su régimen despierta entre sus vecinos y optó por profetizar el advenimiento de un mundo feliz.

A los iraníes más que a nadie debió de resultarles paradójico que su presidente hablara de amor y fraternidad ante la ONU, cuando en su país andan a puñaladas traperas entre las diferentes facciones que se disputan el poder. Encaja sin embargo con el personaje que se fuera por peteneras glosando la pronta llegada del Mahdi, el Mesías del chiísmo, que va a salvarnos de todos los males. Si acaso, llamó la atención la ausencia de las provocaciones a las que nos había acostumbrado en años anteriores. Claro que en sus encuentros previos con la prensa se había despachado a gusto afirmando que los israelíes sólo llevan en la zona “60 o 70 años frente a los varios milenios de civilización persa".

El hambre y las ganas de comer. Netanyahu no pudo contenerse y empezó su discurso hablando de los 3.000 años de presencia del pueblo judío en Oriente Próximo. Está bien que los políticos conozcan la historia de sus países (miren sino el apuro que pasó David Cameron en el show de Letterman). Otra cosa es cuando se utiliza la historia como arma arrojadiza. La pulla entre ambos sería casi cómica sino estuviera de por medio el riesgo de una guerra.

Nadie pone en duda que la incontenible verborrea de Ahmadineyad ha dado motivos a Israel para recelar de las intenciones de la República Islámica. Pero cualquiera que conozca Irán sabe que ni su negación del Holocausto, ni sus pronósticos sobre la pronta desaparición de Israel, son compartidos no ya por la mayoría de los iraníes, sino siquiera por las élites gobernantes. Aún así, pocos se han atrevido a levantar la voz para desautorizarle, lo que ha permitido que los halcones israelíes saquen partido a sus exabruptos.

Lo uno lleva a lo otro. Pero hay un límite que es la distorsión de la verdad. Traspasarlo resulta mucho más grave en el caso de un dirigente elegido democráticamente. Netanyahu repitió el error del ex presidente Bush (junior) al equiparar Irán con Al Qaeda (“No hay ninguna diferencia en que esas armas letales [nucleares] estén en manos del régimen terrorista más peligroso del mundo o de la organización terrorista más peligrosa”, afirmó). Nada más opuesto ideológicamente al islamismo chií en el que se funda el régimen iraní que el extremismo suní de Al Qaeda. Además de que esta organización considera herejes a los chiíes, ninguna investigación seria ha podido demostrar ni vínculos ni objetivos comunes.

El primer ministro israelí también rechazó que la posibilidad de disuadir a Irán al estilo de lo que se hizo con la Unión Soviética porque dijo “los militantes yihadistas se comportan de forma muy diferente a los marxistas laicos. No había terroristas suicidas soviéticos. Sin embargo Irán produce hordas de ellos”. Tampoco es cierto. Los militantes yihadistas son los de Al Qaeda y organizaciones afines. A la espera de que se aclare el obscuro atentado contra turistas israelíes en Bulgaria, nunca se ha identificado a un iraní entre los autores de atentados suicidas, pero sí a paquistaníes, saudíes, yemeníes, jordanos, libios e incluso occidentales.

Ahora bien, los radicales iraníes juegan peligrosamente con los miedos de Occidente. Durante la guerra de Israel contra Hezbolá en 2006, varios cientos se presuntos voluntarios al martirio desfilaron ante las cámaras occidentales en Teherán envueltos en sábanas blancas a modo de sudarios. No obstante, cuando la asociación a la que pertenecían anunció que iba a fletar autobuses para viajar hasta Líbano a ayudar a sus hermanos chiíes, el líder supremo, Ali Jamenei, intervino para decir que nadie iba a ninguna parte. Algo similar sucedió cuatro años después cuando la Media Luna Roja iraní anunció el envío de un barco de ayuda a Gaza, a imagen del turco Mavi Marmara. Todo se quedó en fanfarria.

El régimen iraní no es un modelo de democracia ni está libre de amistades peligrosas. Ya lo sabemos. Sin embargo, demonizarlo y arrinconarlo, exagerando sus intenciones agresivas, o dando por hecho algo que hoy por hoy sólo es una sospecha (que su programa nuclear tenga intenciones militares), sólo agrava el desencuentro y dificulta la posibilidad de encontrar una salida diplomática.

Netanyahu no cree que eso sea posible. Comparte, como dejó claro durante su discurso, el análisis de Bernard Lewis sobre el carácter milenarista de la ideología de los dirigentes iraníes. Un repaso a su política exterior desde el triunfo de la revolución de 1979 hasta hoy contradice esa lectura. El régimen iraní se ha movido más por intereses nacionales que ideológicos. Hace mucho que abandonó el sueño de exportar la revolución y no tiene empacho en aliarse con la cristiana armenia, el heterodoxo Chávez o el ateo Castro. En realidad ha dado múltiples bandazos en busca de aliados con el objetivo último (aunque mal encauzado) de lograr el reconocimiento de EEUU, con el que desea hablarse de igual a igual.

Más allá de rivalidades históricas y regionales, Israel, o más bien sus halcones, lleva advirtiendo de la inminencia de que Irán se haga con la bomba desde 2003, cuando su entonces ministro de Defensa, Shaul Mofaz, anunció que su programa cruzaría el “punto de no retorno” en el plazo de un año. Ni lo cruzó entonces ni parece que esté a punto de hacerlo ahora, según se infiere de la gestión de la crisis que está haciendo Washington (donde existen dudas de que el líder supremo haya tomado siquiera esa decisión). El ilustrativo gráfico que Netanyahu llevó a la ONU para marcar su nueva línea roja, no cambia eso.

La posibilidad de que Teherán consiga armas nucleares es una preocupación no sólo para Israel, sino también para sus vecinos árabes, los europeos, EEUU e incluso Rusia (como ha demostrado retrasando las obras de la central de Bushehr). Exagerar el avance de su programa, su amenaza o incluso la supuesta irracionalidad de sus líderes no ayuda a resolver la crisis. Al contrario, contribuye a enquistarla más para desánimo de los iraníes de a pie y hartazgo del resto del planeta.

Ahmadineyad en Nueva York... y la casa sin barrer

Por: | 26 de septiembre de 2012

Hamadi victory
Ahmadineyad hace el signo de la victoria al llegar a Nueva York. / FARS

Irán ha anunciado que boicoteará los Óscar de este año (como respuesta al vídeo antiislámico), pero su presidente ya ha pisado la alfombra roja en Nueva York. Nadie como Mahmud Ahmadineyad ha sabido explotar la asamblea anual de la ONU para atraer la atención de los medios de comunicación, irritar a sus anfitriones y difundir una visión edulcolorada de su país. Los activistas intentan, sin embargo, que su octava y última visita como jefe de Estado sirva para recordar las violaciones de derechos humanos que bajo su presidencia sufren los iraníes.

“Cada vez que Mahmud Ahmadineyad viene a Nueva York, los defensores de los derechos humanos esperan que la comunidad internacional le pida cuentas por las violaciones de derechos orquestadas por su Gobierno y otras entidades estatales sobre las que tiene responsabilidad en tanto que presidente del país”, ha declarado Hadi Ghaemi, portavoz de la Campaña Internacional por los Derechos Humanos en Irán.

Si las siete visitas anteriores de Ahmadineyad a la sede de la ONU sirven como referencia, lo máximo que ocurrirá hoy es que algunos representantes de esa “comunidad internacional” abandonen la sala cuando su discurso se torne ofensivo. A pesar de las advertencias del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, para que evitara las declaraciones provocativas, el peculiar presidente iraní ya ha ofrecido un adelanto de sus perlas durante varios encuentros públicos previos.

Ahmadi
Ahmadineyad en un desayuno con periodistas en NY. / FARS

En realidad, no hay nada nuevo. Ahmadineyad repite sus conocidas obsesiones y los medios las explotan en titulares llamativos. En un desayuno con periodistas el lunes dijo que los israelíes sólo llevaban en Oriente Próximo “60 o 70 años” frente a los iraníes, cuya civilización se remonta a miles de años. Luego, en una entrevista con la CNN, rechazó que nadie nazca homosexual y tachó la permisividad occidental al respecto de “insensible con otras culturas”. Con esos precedentes, resulta difícil creer su neutralidad en el conflicto sirio, como asegura.

Ahmadineyad, de 55 años, no puede presentarse a un tercer mandato y, por lo tanto, concluirá su presidencia con las elecciones de junio del año que viene. No obstante, su personal forma de gobernar, muy diferente a la de sus predecesores, ha marcado un antes y un después en la historia reciente de Irán, en especial en su política exterior.

Más allá de sus salidas de tono o de su agresiva diplomacia en defensa del programa nuclear, lo que preocupa a los iraníes es el deterioro de las condiciones de vida que se ha producido durante su gobierno. A las quejas de los ciudadanos sobre la carestía de los productos básicos, se suman ahora las acusaciones de mala gestión nada menos que del presidente del Parlamento, un conservador del pedigrí de Ali Lariyaní. Según este político, desde la llegada de Ahmadineyad al poder el dinero en circulación se ha multiplicado por seis y pasado de 650 billones de riales a 3.950 billones. También eleva la inflación a “por encima del 29%” frente al 22,7% que admite el Banco Central. El rial ha perdido el 60% de su valor.

Pero es la asfixia expresiva y la represión lo que más daño ha hecho a la juventud iraní (dos tercios de la población menor de 30 años) y a la imagen del país. Los activistas coinciden en que desde la violenta represión de las protestas antigubernamentales que siguieron a la reelección de Ahmadineyad en 2009, la situación en Irán ha empeorado. Denuncian una campaña para debilitar a la sociedad civil que tiene en su punto de mira a periodistas, abogados, estudiantes y defensores de los derechos humanos. También se ha restringido el acceso de reporteros extranjeros al país.

Con motivo de la visita de Ahmadineyad a la ONU, la Campaña ha colgado un vídeo en el que varios iraníes desmienten las afirmaciones que el presidente ha hecho en sus anteriores visitas asegurando que “no se encarcela a nadie por expresar su opinión”, que hay libertad de manifestación o que las mujeres gozan de igualdad de derechos. Según Human Rights Watch, “las autoridades restringen severamente el acceso a la información bloqueando páginas web, reduciendo la velocidad de internet e interfiriendo las emisiones extranjeras por satélite”.

Reporteros Sin Fronteras (RSF) ha denunciado que siguen los encarcelamientos de periodistas críticos con el Gobierno. Son al menos 57 los condenados desde 2009. La organización, que ha calificado a Irán de “la mayor cárcel de periodistas en el mundo”, muestra especial preocupación por Issa Saharkhiz, editor de varias publicaciones independientes, que se declaró en huelga de hambre el 29 de agosto para protestar por su traslado a la prisión de Evín desde un hospital. Saharkhiz, que fue detenido durante las protestas postelectorales y condenado a tres años, recibió una sentencia adicional el año pasado por actividades previas, que retrasa su libertad hasta 2014.

Además, durante los siete años de Gobierno de Ahmadineyad se han multiplicado por seis el número de penas de muerte, hasta superar las 600 el año pasado, según Amnistía Internacional (AI). En lo que va de año, las autoridades han reconocido la ejecución de 182 personas, 35 de ellas en público. Pero AI sospecha que el número es mayor, ya que ha recibido informes creíbles de otro centenar de casos, la mayoría por tráfico de drogas.

Ante el deterioro de la situación, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU nombró en marzo del año pasado a un relator especial para Irán, el antiguo ministro de Exteriores de Maldivas Ahmed Shaheed. Las autoridades se han negado hasta ahora a permitirle la entrada en el país. Ahmadineyad sabe que el resultado no sería tan glamuroso como sus visitas a Nueva York.

¿Dónde están las mujeres?

Por: | 24 de septiembre de 2012

Pakistan-protest1
Manifestación en Pakistán contra el vídeo antiislámico./. AP

Me refiero a las protestas que estos días se han extendido por el mundo islámico a causa de la película que se burla de Mahoma. He observado las grabaciones de televisión y las imágenes de las agencias, pero entre las turbas enfurecidas que se han echado a las calles en El Cairo, Bengazi, Saná o las principales ciudades de Pakistán, no he visto una sola mujer. No digo que no las hubiera, pero en ese caso no ha salido en las fotos. A diferencia de lo que ha ocurrido en las manifestaciones de condena de la violencia que se han llevado a cabo en Libia, tanto en Bengazi como en Trípoli, donde había algunas con y sin pañuelo.

He tratado de indagar por qué y obtengo varias respuestas:

1) Porque como los radicales islámicos son muy machistas, las dejan en casa. Bueno, a veces. Recuerdo que en 2001 asistí en Pakistán a una manifestación de mujeres de apoyo a Bin Laden, que fue de las más numerosas pidiendo al régimen talibán que no le entregara a EEUU. También en otras ocasiones, los islamistas han recurrido a sus esposas, hijas y hermanas para dejar claro su peso en la sociedad, o probar que cuentan con su apoyo. Se vio el año pasado en El Cairo, cuando se unieron a las protestas de la Primavera Árabe en la plaza de Tahrir. Y hasta en el ultratradicional Yemen.

2) Porque las mujeres no apoyan la violencia. Pero me cuesta creer que las mujeres, así en general, sean distintas que los hombres. Además, los incidentes del verano de 2007 en torno a la mezquita Roja de Islamabad contradicen esa premisa. Las hermanas, totalmente cubiertas de negro de la cabeza a los pies y blandiendo bastones, atemorizaron al barrio durante los días que precedieron a su encierro en el recinto de la aljama.

Tal vez no sea tanto el sexo, como la demografía (combinada con una escasa formación) lo que ayude a encontrar una respuesta. Asegura Nicolas D. Kristof en su columna en The New York Times que “el mejor factor de predicción de conflictos civiles es el porcentaje de población entre 15 y 24 años de edad”. Kristof, que se basa en un estudio de Henrik Urdal, menciona como en el Estados Unidos del siglo XIX, donde había abundancia de hombres jóvenes con poca educación, los protestantes se enfrentaban a los católicos. También nos recuerda algo de lo que podemos dar testimonio quienes llevamos tiempo en contacto con Oriente Próximo: que hasta hace dos décadas se percibía como extremistas a los nacionalistas árabes laicos, mientras que el islam se consideraba un factor tranquilizante. (De ahí que Israel animara el nacimiento de Hamás para frenar el empuje de la OLP, o que en las cenas de periodistas y diplomáticos fuera frecuente hablar de que la religión “adormecía” a los árabes).

Esa idea empezó a cambiar con la revolución iraní de 1979, una sublevación popular contra la dictadura del shah que sólo se hizo islámica algunos meses después cuando el estamento clerical se desembarazó de comunistas, liberales y otros laicos. La mujer se convirtió entonces en símbolo tanto del cambio como de la opresión. El chador, esa capa de tela negra que las cubre de la cabeza a los pies, era a la vez bandera de la nueva sociedad que quería imponer la revolución, como prueba de la sumisión que les exigía para quienes rechazaban sus valores. La revolución islámica fue un fenómeno del Irán chií (y en gran medida persa), pero su onda expansiva terminó afectando al islam suní mayoritario en el mundo árabe y en el resto de los países de mayoría musulmana.

Resulta significativo que sea Irán el único país donde se han producido manifestaciones de mujeres contra el vídeo sobre Mahoma difundido en YouTube y las caricaturas publicadas en Francia. Unas 3.000 basiyis, o voluntarias islámicas, se congregaron el pasado domingo en un estadio de Teherán, según informó la agencia IRNA. El acto, como todos los de esa naturaleza alentado por las autoridades, buscaba poner a la mujer iraní como ejemplo para otros países de la zona.

Irna
Voluntarias basiyis en Teherán./. IRNA

Afortunadamente para las iraníes, y para el resto de las musulmanas, no hay un solo modelo y, con los Gobiernos a favor o en contra, la mitad del cielo está avanzando más de lo que resulta perceptible a simple vista. Chistopher M. Schroeder, un empresario e inversor embarcado en la escritura de un libro sobre empresas emergentes en Oriente Próximo, ha descubierto tras una gira por la región que “de El Cairo a Ammán y de Beirut a Dubái, nadie está más activo en ese terreno que las mujeres”

A lo mejor esa revolución silenciosa es la causa de la alarma en el régimen iraní. Desde la llegada de Ahmadineyad al poder en 2005 se debate limitar el acceso de las mujeres a la educación superior (donde rondan el 65% de los nuevos titulados). En el último esfuerzo por contrarrestar su peso, las autoridades educativas iraníes han prohibido para el nuevo curso la inscripción de mujeres en 77 carreras de 36 universidades públicas. (También hay algunas especialidades vetadas a los hombres, pero como denuncia HRW las restricciones son mayores para las féminas). La nueva norma incluye también medidas de segregación que convierten numerosas facultades en “sólo para hombres” o “sólo para mujeres”.

Así que tal vez, eso sea (parte d)el problema, que mientras los jóvenes aventan sus frustraciones en la calle, a veces incluso con violencia, las chicas se preparan para un futuro distinto y aprovechan los resquicios que les dejan unas sociedades eminentemente patriarcales para construir en lugar de destruir. Es sólo una pista, pero habrá que seguirla.

Un insulto manipulado

Por: | 17 de septiembre de 2012

Mahifa libia  mohamed f. jaauoda
Manifestantes libios expresan su repulsa por el asesinato del embajador estadounidense./. Mohamed F. Jaauoda

Según pasan los días, se van calmando los ánimos y se conocen nuevos datos, más me convenzo de que las violentas protestas antiamericanas que presenciamos la semana pasada en el mundo islámico tienen poco que ver con la ya famosa película y mucho menos con el islam. No fue la zafiedad del tráiler colgado en YouTube lo que incitó a miles de personas a salir a la calle a ventear su ira, sino la astuta manipulación de ese bodrio por grupos que quieren avanzar su proyecto político. Grupos que se expresan, eso sí, en un lenguaje religioso de más fácil comprensión para sus audiencias que la jerigonza de muchos gobernantes.

¿Con qué objetivo? Todo parece indicar que hacerse un hueco en el nuevo orden que intenta salir de las revueltas árabes. Para algunos observadores es parte de la contrarrevolución que desde el inicio de la Primavera Árabe intenta frenar el cambio. Theodore Karasik, del centro de análisis político-militar INEGMA, se trata de “extremistas suníes no vinculados con Al Qaeda”, que están recurriendo a la violencia y atacando a los moderados para ganar terreno. El analista sugiere una rápida actuación de los Gobiernos con apoyo de ONG para promover el diálogo y frenar ese avance extremista.

Como en su día sucediera con las viñetas danesas, el vídeo resumen de una película que ni siquiera parece existir había pasado desapercibido durante meses. Pero su descubrimiento por una cadena de televisión egipcia asociada con un partido salafista (radiales islamistas suníes), lo ha convertido en un éxito instantáneo de alcance mundial. Hacía falta que así fuera porque la mayoría de los exaltados que se echaron a las calles de El Cairo, Bengazi, Jartum o Saná carecen de acceso a Internet y, en ocasiones, incluso de corriente eléctrica.

Por supuesto, la grabación, de la que prefiero obviar el título, ofende no sólo a los musulmanes sino al buen gusto. Pero nadie en su sano juicio sale a matar a desconocidos por un vídeo ignoto. Es ahí donde entran en acción esos predicadores radicales y prejuiciados, a menudo con escasa formación, que saben cómo jugar con los sentimientos de sus seguidores y convertir una gota de veneno en un océano de maldad.

Fueron clérigos asociados con los partidos salafistas egipcios Al Asala y Nur quienes alentaron la primera manifestación ante la Embajada de EEUU en El Cairo, el pasado martes, sentando ejemplo para los demás. Una vez captada la atención, el efecto multiplicador era previsible en esta época de información espectáculo y comunicaciones rápidas. Ningún barbudo iluminado quiso quedarse atrás en la denuncia de lo que presentaron como una nueva agresión a su profeta, su religión y, por ende, toda la nación islámica.

Los yemeníes sólo se dirigieron a la Embajada de EEUU después de que incendiario Abdul Mayid al Zindani animara a sus seguidores a emular las protestas de Libia y Egipto. Desde 2004, el Departamento del Tesoro norteamericano cataloga de “terrorista global” a este clérigo, que tiene a gala haber sido mentor de Osama Bin Laden. Una vez allí, otra gente se unió a la manifestación como ha contado Adam Baron en The Nation.

Lo mismo puede decirse de las protestas en otros países. Sin embargo, las manifestaciones no se descontrolaron ni en aquellos en los que existe un Estado fuerte (Indonesia, Malasia, India o Qatar), ni en los que un líder religioso respetado pidió que se evitara la violencia (Indonesia o Afganistán, donde luego se ha subido al carro Al Qaeda atribuyendo sus últimos ataques a la película). Tampoco, por supuesto, en los que es el propio Estado el que maneja esas oportunidades para expresar su animadversión hacia EEUU, como fue el caso en Irán o Siria.

Porque el tráiler ofensivo ha servido sobre todo de pretexto para aventar sentimientos antiamericanos. Salvo en el caso curioso de Sudán, donde los manifestantes atacaron primero la sede diplomática alemana porque el predicador Mohamed Jizuly denunció unas supuestas pintadas antiislámicas en las mezquitas de Berlín (¿la causa? tal vez, esa embajada le había negado el visado o intentaba entretener a sus seguidores mientras llegaban los autobuses para trasladarles a la cancillería estadounidense, situada a las afueras de Jartum).

EEUU es un objetivo fácil. Las guerras de Irak y Afganistán, pero sobre todo la cuestión palestina, le han granjeado el odio de las opiniones públicas árabes y de otros países de mayoría musulmana. En muchos de ellos se suman además agravios específicos (las operaciones con drones en Yemen, Afganistán o Pakistán, el respaldo al régimen frente a la revuelta popular en Bahréin, etc). De ahí que a la llamada de los extremistas, también acudan otros ciudadanos. Como me señalaba Jean-François Daguzan de la Fondation pour la Recherche Stratégique de París, “resulta más fácil buscar un chivo expiatorio que hacer frente a la crisis económica o social”.

Si los descerebrados que están detrás de la ominosa película pretendían ofrecer una imagen degradada y degradante de los musulmanes, los fundamentalistas islámicos radicales les han ayudado a conseguirlo. Reaccionando como lo han hecho han reforzado el estereotipo de “musulmán irracional” tan querido a los islamófobos, una trampa en la que debemos evitar caer. No olvidemos que junto al embajador y los tres diplomáticos estadounidenses asesinados por la turba en Libia, murieron ocho libios tratando de defenderles. O que la mayoría de los musulmanes opinan, como Tariq al Maeena, que “la violencia no es la respuesta” y que no les representa.

Regreso a las (malas) noticias

Por: | 10 de septiembre de 2012

Damasco telegraph
Atentado en Damasco a finales del pasado agosto. / The Daily Telegraph

Una de las fuentes que había en un paseo cercano a mi casa ha desaparecido bajo el asfalto. No es el único cambio que se ha producido durante mis vacaciones. Las obras para el tranvía que va a conectar el barrio con el metro también han avanzado y ya se adivina una de las estaciones tras las vallas que las resguardan. Además, un enorme cráter en la arena indica que están poniendo los cimientos para un nuevo rascacielos. Las grúas no paran en Dubái como tampoco lo hacen en Qatar. Pero ese afán constructor carece de parangón en la política regional.

Más allá de estos oasis de petróleo, el calor de agosto no ha traído buenas noticias. Siria sigue desangrándose ante la mirada impotente de la comunidad internacional, incapaz de aparcar sus diferencias para ayudar a una población que se radicaliza día a día. De conversaciones con amigos sirios deduzco que la mayoría se sienten atrapados entre la brutalidad del régimen y el temor a quienes se han hecho con el liderazgo de la sublevación popular. La espada y la pared. Las informaciones de que Qatar, Arabia Saudí o Turquía están ayudando con dinero y armas a los rebeldes no son más tranquilizadoras que las que apuntan a la ayuda iraní al dictador (y es que Teherán se juega mucho en Damasco). Esos apoyos sólo agrandan las fisuras entre las distintas comunidades del crisol sirio. ¿De verdad no hay otra fórmula para acabar con el incendio que atizar el fuego?

Los comentaristas advierten de que Siria puede contagiar al resto de la región. ¿Más aún? En el vertedero en el que se ha convertido Irak desde la invasión estadounidense (tanto en sentido figurado como literal), el goteo de atentados no cesa, aunque la prensa ya no tenga espacio para ellos. Al qaeda se ha responsabilizado de 131 ataques durante el mes de Ramadán, con un resultado de 400 muertos, según recuento de las agencias de noticias. Sólo ayer decenas de personas murieron en una serie de explosioness coordinadas con el recurrente hilo común de estar dirigidos contra los chiíes, una provocación que parece querer reactivar la guerra sectaria de hace un lustro. Tal como ha explicado mi colega Abubaker Siddique “Al Qaeda ha vuelto a Irak a lomos del desbarajuste sirio”.

Esa deriva, que algunos amigos analistas con los que he conversado este verano atribuyen a “la contrarrevolución saudí para frenar las primaveras árabes”, sigue envenenando la crisis política en Bahréin, donde continúan las tensiones entre la comunidad chií (mayoritaria) y los gobernantes suníes. Tras las sentencias de prisión contra 13 destacados activistas (siete de ellas a cadena perpetua), los chiíes han vuelto a salir a la calle a pesar de que las autoridades no han autorizado sus manifestaciones. Piden la libertad para los encarcelados y un poder judicial independiente. Los enfrentamientos parecen inevitables. Y la intervención saudí para evitar cualquier riesgo a la familia real y el contagio a sus propios chiíes de la Provincia Oriental, también.

Mientras, para acallar sus propios problemas internos, a Irán e Israel no se les ocurre nada mejor que continuar su guerra verbal y de nervios con declaraciones irresponsables y amenazas cruzadas que en cualquier momento pueden traducirse en un error de cálculo. Ni a iraníes ni a israelíes les interesa embarcarse en una guerra, pero sus gobernantes dan la impresión de participar en un concurso de orgullos heridos. Ya hemos olvidado quién tiró la primera piedra. Tratemos al menos de que ninguno de ellos se empeñe en tirar la última porque la región ya tiene bastante con la nueva guerra fría entre la oligarquía chií de Irán y los autócratas suníes de Arabia Saudí.

PD: Sí, también he hablado con algún convencido de la teoría de la conspiración que atribuye todos los males de la zona a EEUU. Sin duda, si Washington hiciera las paces con Teherán ayudaría mucho a rebajar la tensión, pero me temo que los acontecimientos sobre el terreno hace ya meses que han tomado la delantera a los designios del patrón americano.

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal