Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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Válvula de escape

Por: | 24 de octubre de 2012

Ibn battuta mall  khaleejtimes
Una familia saudí ante el supermercado del centro comercial Ibn Batuta de Dubái. / Khaleejtimes.com

Al poco de instalarme en Dubái, estaba haciendo unas compras en el centro comercial Ibn Batuta cuando me di de bruces con un joven clérigo iraní y su flamante esposa. Por un instante pensé que tras seis años viviendo en Irán, sufría alucinaciones. En un balbuceante inglés me pidieron si podía hacerles una foto con el enorme barco que decora el pabellón de China. En un balbuceante persa, les respondí que sin problema. Aunque la mujer llevaba el chador firmemente sujeto a la altura de la boca, como corresponde a la cónyuge de un hombre de religión, pude intuir una sonrisa bajo la tela negra. Me dijeron que eran de Shiraz, que estaban de viaje de novios y que les había encantado la ciudad.

Así que, pensé, no sólo los occidentalizados de Teherán se escapan de fin de semana a esta metrópoli árabe que para los más conservadores de los iraníes es una moderna Gomorra. Desde entonces no pasa un día sin que en el metro o en el paseo que recorre la marina no me cruce con algún iraní que ha venido de compras o a visitar a familiares entre los cerca de 400.000 compatriotas que viven en el emirato. Sólo hay otro grupo de turistas que les supera en número, los saudíes,  quienes a pesar de sumar apenas una cuarta parte de los casi 80 millones de iraníes, tienen mayor poder adquisitivo y la posibilidad de venir en coche.

Por más que Irán y Arabia Saudí rivalicen en el liderazgo regional, sus poblaciones comparten la misma necesidad de una válvula de escape ante las restricciones sociales con las que sus dirigentes les encorsetan. Así que cada vez que llega un puente como con el que a partir de mañana los musulmanes celebran la Fiesta del Sacrificio (Eid al Adha), todos aquellos que pueden permitírselo viajan en busca de otros aires. Y Dubái se ha convertido en un destino favorito tanto para iraníes como para saudíes en estas escapadas, salvando las distancias, como para los españoles viajar a Perpiñán o Biarritz en los tiempos de Franco.

Los más cínicos dirán que los herederos del imperio persa y los súbitos de los Al Saud vienen a este templo del consumo en busca de bebidas y chicas. No lo niego, pero eso no basta para justificar la excursión. Alguien que tiene suficiente dinero para venirse un fin de semana a tomar unas copas, también puede pagarse la (abundante) priva de contrabando con la que se lucran algunos pasdarán y príncipes corruptos. No faltan vicios ni tentaciones tanto en Teherán como en Riad. La clandestinidad les añade si acaso algo más de morbo.

Lo que yo he visto aquí es otra cosa. Familias enteras que respiran la libertad de pasear por los grandes centros comerciales sin el miedo a que los vigilantes de la moral afeen a sus hijas que se les escapa un mechón de pelo, y muchas parejas jóvenes a las que nadie pide el libro de familia. Hombres y mujeres pueden sentarse juntos en restaurantes y cafeterías (algo prohibido en Arabia Saudí), y ninguna ley obliga a las mujeres a cubrirse la cabeza y ocultar las formas de su cuerpo bajo una bata (como en Irán). Algunas iraníes aprovechan para lucir sus lustrosas cabelleras; incluso las que no lo hacen, se relajan en la vestimenta.

Más conservadoras en las costumbres, sólo unas pocas saudíes muestran la cara. Observarlas mientras comen una hamburguesa o toman un zumo sin quitarse el niqab resulta curioso (y no son pocos los occidentales y asiáticos que se les quedan mirando de reojo). Pero lo que a mí más me ha llamado la atención es ver a alguna de esas jóvenes completamente cubiertas de negro acurrucada en su pareja durante una película. Para entender lo que eso significa hay que tener presente que en Arabia Saudí están prohibidos los cines y cualquier gesto de afecto público está mal visto, incluso entre un matrimonio.

Tal vez por eso, los saudíes acuden en tropel a ver los últimos éxitos de Hollywood. No creo que exagere si digo que el pasado fin de semana, eran el 80% de los espectadores de Venganza: Conexión Estambul en el cine del Dubai Mall. En Irán, aunque hay salas de cine, no proyectan películas occidentales, ni siquiera las iraníes premiadas en el extranjero, sólo aquellas que se amoldan a los valores de su régimen islámico.

¿En qué están pensando las autoridades de esos países? ¿De verdad creen que pueden poner puertas al campo? ¿No les avergüenza que sus nacionales tengan que irse fuera para pasárselo bien?

Ni Dubái, ni la federación de Emiratos Árabes Unidos a la que pertenece, son una democracia ni ofrecen los derechos y libertades que en Occidente se dan por hechos. Las películas pasan censura (que corta sin piedad los besos de tornillo) y en las librerías no venden las obras de Salman Rushdie. Como en Irán y en Arabia Saudí, aquí no hay partidos políticos ni sindicatos; pero al menos la gente disfruta de un mínimo de libertad personal que le permite elegir cómo pasar su tiempo libre.

Los iraníes se pirran por “un trozo de papel sin valor”

Por: | 21 de octubre de 2012

Iranian-rial 

 

 

 

Un cambista muestra un fajo de billetes de 20.000 riales en Irán.

 

 

 

 Hace cinco años, el locuaz Ahmadineyad calificó el dólar estadounidense de “trozo de papel sin valor”. ¿Seguirá pensando lo mismo el presidente iraní ahora que la moneda de su país, el rial, se ha desplomado frente al papel verde? Dos semanas después de que esa pérdida de valor desatara protestas en Teherán, la venta de divisas en el mercado libre sigue paralizada. Aunque los cambistas iraníes han reabierto sus negocios, apenas se realizan operaciones a la tasa de 28.600 riales por dólar impuesta por el Banco Central. Ante los nuevos controles cambiarios, los expertos advierten del riesgo de hiperinflación y del resurgimiento del mercado negro.

“Esto va de mal en peor; cada día que vas a comprar, las cosas tienen un precio diferente”, me cuenta en un email Nahid, una profesora que ve cómo pierde poder adquisitivo a causa de la inflación.

Esa depreciación está detrás de la fiebre de los iraníes por comprar moneda extranjera y de su desconfianza a guardar sus ahorros en riales. Hace ya meses que era perceptible esa tendencia. De los 11.000 riales que costaba un dólar en julio de 2011 había pasado a 24.500 a finales de septiembre, cuando de repente se disparó la demanda y ante la imposibilidad de los cambistas para atenderla, el precio del billete estadounidense llegó a alcanzar los 38.000 riales. Ayer, y a pesar de la negativa de la mayoría de los cambistas a vender dólares, la web conservadora Baztab aseguraba que bastaban 35.000 riales para hacerse con uno esos trozos de papel sin valor, después de que el Banco Central hubiera inyectado divisas en el mercado.

Desde que EEUU y sus aliados intensificaran las sanciones contra Irán por su negativa a suspender el programa nuclear, todos los portavoces habían negado que estas estuvieran teniendo ningún efecto. Ahora, hasta el mismo Ahmadineyad ha denunciado una “guerra económica”. Las dificultades que Irán afronta para repatriar los ingresos de sus (decrecientes) exportaciones de petróleo limitan sin duda la capacidad del Banco Central para apoyar el rial. Sin embargo, su colapso es también fruto de la mala gestión.

El economista Steve H. Hanke, un profesor de la Universidad Johns Hopkins que se ha dedicado a seguir la evolución del rial en los últimos años, achaca su desplome al sistema de cambios múltiples con el que el Gobierno iraní ha querido controlar la inflación. “Este complejo sistema de divisas resulta en precios mentirosos que distorsionan la actividad económica”, explica Hanke en el blog del Cato Institute, un centro de investigación estadounidense.

A pesar de la devaluación de la moneda, Irán ha seguido manteniendo una tasa oficial de 12.260 riales por dólar para la importación de productos esenciales como cereales, azúcar y medicinas. A finales de septiembre, inauguró un llamado Centro de Cambio para facilitar dólares a un 2% por debajo del mercado libre (que entonces estaba en torno a 24.500), para los importadores de bienes importantes pero no básicos como ganado, metales y minerales. En lugar de contener la caída del rial, la aceleró como se vio hasta el 3 de octubre cuando se suspendió la cotización en medio de las protestas de cambistas y comerciantes.

“Al ofrecer distintas tasas de cambio para diferentes tipos de importaciones, el Gobierno iraní está, en la práctica, subsidiando ciertos bienes, distorsionando su precio”, analiza Hanke. “El resultado final para los consumidores iraníes es confusión y desconfianza que, como hemos visto, están alimentado el pánico que ha llevado al colapso del rial y la hiperinflación”. Frente a la cifra oficial de entre el 23% y el 27% de inflación mensual que facilitan los organismos oficiales, Hanke estima que los precios están aumentando casi el 70% cada mes.

Con el acceso a las divisas como talón de Aquiles de la economía iraní, algunos analistas sospechan que las autoridades puedan asumir todo el cambio legal del rial. Además de alentar de nuevo el mercado negro, con el que se acabó hace casi dos décadas, esa medida fomentaría la corrupción y distorsionaría las decisiones empresariales. Una licencia de importación-exportación bastaría para conseguir dólares a un precio ventajoso y su reventa constituiría un negocio redondo, advierten.

“Muy pronto el Centro de Cambio va a determinar los precios de las divisas en el mercado libre”, ha anunciado el ministro de Industria, Mehdi Ghazanfari. Mientras tanto, ese órgano, que ya cotiza el dólar a 28.600 riales, va a ampliar los destinatarios a los que ofrece esa ventajosa tasa. Entre los eventuales beneficiarios, el ministro ha citado a los estudiantes en el extranjero y los pacientes que requieran tratamiento médico fuera de Irán.

No está claro sin embargo si Irán dispone de suficientes reservas para respaldar esa demanda a largo plazo. De acuerdo con los datos del Fondo Monetario Internacional, a finales del año pasado disponía de 106.000 millones de dólares, pero desde entonces sus ingresos se han reducido (por el descenso de las ventas del petróleo y del predico del barril). Además, analistas citados por Reuters estiman que hasta un tercio de esas reservas están bloqueadas en bancos extranjeros debido a las sanciones bancarias occidentales. La otra solución, imprimir dinero, como algunos Gobiernos iraníes han hecho en el pasado, también parece complicada, ya que al parecer las empresas (europeas) que fabrican los billetes con la efigie de Jomeiní se niegan a hacerlo en aplicación de las sanciones.

El País

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