Ángeles Espinosa

De Dubái a Tokio... y vuelta

Por: | 10 de abril de 2013

Hanami
Hanami en los jardines del Palacio Imperial de Kioto./ JMS

Para cualquier periodista dedicado a Oriente Próximo, ver cómo la atención informativa se desplaza a la península de Corea resulta casi un alivio. Durante las últimas décadas, esta parte del mundo en la que viven entre 300 y 500 millones de almas (según el mapa más o menos amplio que se despliegue bajo esa etiqueta geopolítica) ha sido protagonista excesivamente frecuente de titulares y primeras páginas. Lo seguirá siendo mientras no se resuelvan sus conflictos esenciales (Palestina, las relaciones entre Irán y EEUU o la democratización), pero de momento el mundo está más pendiente de Corea del Norte y su imprevisible líder, Kim Jong-un, el tercero de la saga Kim, que ha hecho de ese país el más aislado y desconocido del planeta.

A mí también me atrajo en su día el misterioso Hermit Kingdom (el reino eremita), como con frecuencia se ha descrito a esa Corea inaccesible que quedó separada del resto de la península como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, cuando tras una primera etapa de corresponsal en Líbano (durante el final de la guerra civil) y Egipto (en los inicios del terrorismo islamista) me tomé un sabático gracias a una beca Fulbright, me dedique a estudiar el Este Asiático, en SAIS, con particular atención a Corea del Norte y las relaciones entre China y Japón. De regreso a la redacción, el destino me devolvió a Oriente Próximo.

Tal vez sólo sea una casualidad que el último estallido de tensión en el Extremo Oriente me haya pillado de vacaciones en Japón, disfrutando del hanami, la apacible costumbre de observar los cerezos en flor al inicio de la primavera. Más que la belleza de unos jardines que ya conocía de una visita anterior, me ha sorprendido que los japoneses no parecieran especialmente preocupados por el discurso amenazante del joven Kim. Y como vecinos con una difícil convivencia con ese régimen tendrían más motivos que muchos de nosotros.

De las conversaciones con mis amigos japoneses, he sacado la conclusión de que ven el abrupto aumento de la tensión como algo pasajero, que remitirá en cuanto el régimen coreano logre algún salvavidas económico-diplomático. También se muestran convencidos de que todos los posibles interlocutores de Pyongyang, desde el país hermano de Corea del Sur hasta Estados Unidos, pasando por China y Japón, están trabajando para desactivar la crisis, como demostró el pasado fin de semana el anuncio norteamericano de posponer la prueba de tres misiles intercontinentales prevista para estos días.

Lo que realmente preocupa a los japoneses con los que he conversado durante mi viaje es el deterioro de las relaciones de su país con China. Aunque la historia entre ambas potencias regionales siempre ha estado marcada por la rivalidad, ya hace tiempo que la diplomacia, el comercio y los intercambios culturales parecían haber cambiado ese curso. A diferencia de de la Corea de Kim, la China del Partido Comunista es un actor integrado en la comunidad internacional. Algunos de mis interlocutores consideran que el reciente deterioro en la relación es culpa del empeño de ambas partes por recurrir al enemigo exterior para tapar los problemas internos.

Osamu Aridome, excelente observador y periodista reconvertido a promotor de la belleza de su tierra, se mostraba especialmente contrariado. “En el siglo XXI debiéramos ser capaces de encontrar fórmulas un poco más imaginativas”, sugiere antes de proponer que, por ejemplo, China y Japón concedan la doble nacionalidad a los residentes de las islas Diaoyu / Senkaku, el objeto de la disputa, y llegar a un acuerdo para repartirse de forma amistosa las eventuales fortunas de ese minúsculo archipiélago.

Tal vez sólo sea el sueño de un hombre que ha pasado seis años de su vida en Shanghai, pero la alternativa es demasiado aterradora para dejar de soñar. Esa ciudad china está a apenas a una hora y media de avión de su Kagoshima natal, menos que entre Madrid y París. Como él, muchos japoneses y muchos chinos (los turistas de esta nacionalidad aún son una constante en todos los lugares de interés de Tokio o Kioto) se han beneficiado de ese intercambio recíproco. Sin embargo, el recelo creado por la política ha empezado a hacer huella en las relaciones entre ambos pueblos.

“Al parecer están disminuyendo las matrículas de estudiantes de chino y aumentando las de español”, me confía Mana Ando, que enseña la lengua de Cervantes en varias universidades japonesas. Los jóvenes no miran tanto hacia España como hacia una prometedora América Latina. Está bien, pero estaría mejor sino fuera a cambio de, sino además de China. Nadie desea otro Oriente Próximo en el Extremo Oriente.

Hay 2 Comentarios

Una maravilla tu elección de celebrar la primavera.
Gracias por tranquilizarnos respecto a la crisis en la península de Korea.
Y mis mejores deseos a la hora de restablecer relaciones duraderas y prolíficas, recíprocas, entre China y Japón.
Aprovecho para expresar mi admiración ante la capacidad de resurrección de tantos afectados tras la reciente catástrofe

1985: Ran, filme de Akiro Kurosawa.
Años más tarde una obra compuesta de pequeños relatos, entre ellos los cerezos en flor.
Las dos tienen un cordón umbilical, el color como metalenguaje...
Tan cerca del Hanami y de la tensión desbordada de hoy en día. ¿Quién es el rey muerto?. ¿Cuándo murió?. ¿Porqué los herederos luchan entre sí?

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Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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