Ángeles Espinosa

Calentón en la autopista de Peshawar

Por: | 12 de mayo de 2013

El día arrancó mal desde el principio. Aunque la jornada electoral de ayer en Pakistán se vio bendecida por un cielo cubierto (algo muy de agradecer cuando se van a pasar largas horas callejeando y las temperaturas se acercan a los 40º), Shoaib, el conductor, llegó tarde a la cita. El joven quería votar antes de emprender viaje a Peshawar y desde primera hora de la mañana, ya había cola en su colegio electoral. Así que nada que objetar.

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Cola de votantes en Peshawar. /AP 

De ahí el entusiasmo de los tres reporteros al montarnos en el coche alquilado de uno de ellos. El trayecto transcurrió entre llamadas para organizar citas en Peshawar e intercambio mensajes de texto con otros compañeros para conocer los que iba pasando en otras ciudades. Hasta que a unos ochenta kilómetros de nuestro destino, el pequeño Suzuki empezó a calentarse y echar humo.

Era sólo vapor de agua del radiador como pudimos comprobar al parar. Aparentando dominio de la situación, Shoaib rellenó de líquido el depósito y seguimos hasta la primera estación de servicio. Allí un mecánico decidió que una de las gomas tenía algún poro y se ofreció a cambiarla. Una hora después proseguíamos, molestos por el retraso, pero convencidos de haber dejado atrás el problema.

Ya en Peshawar nos sorprendió la escasa presencia de fuerzas de seguridad. A pesar del anuncio de que 620.000 policías, soldados y paramilitares se habían desplegado por todo el país, los uniformados sólo eran visibles en algunos cruces y ante los colegios electorales. Sólo vi a dos con chaleco antibalas: el soldado que vigilaba la entrada del fuerte de Bala Hisar y un policía a la entrada de uno de los centros de voto.

Pero como a menudo sucede en este país, las apariencias engañan. Poco después de dejar atrás la Sufah Model School, nuestro trasto sobre ruedas tuvo un nuevo calentón. Estábamos en medio de un barrio periférico dominado por las banderas de Jamaat Islami, donde no se veía un solo policía. No habíamos terminado de bajarnos del coche, cuando se acercó lo que, con la habitual irreverencia de la profesión, apodamos de “vigilante de la playa”.

El pequeño walkie-talkie que llevaba en la mano junto al móvil, le revelaba como un agente de los omnipresentes servicios secretos paquistaníes (Inter Services Intelligence, o ISI). Por lo demás su shalwar kamiz, (la camisola y pantalones bombachos típicos de la región) no le distinguía en nada del resto de los parroquianos (no había mujeres en la calle). Amablemente nos ofreció ayuda, dio algunas instrucciones al conductor e hizo una llamada, con toda probabilidad para advertir a sus ojeadores de que no suponíamos una amenaza de coche bomba.

Fue una lección práctica de lo que significa el deep State, el Estado profundo o poder fáctico que ejercen en este país el Ejército y sus servicios secretos. Poco después sin embargo, cuando siguiendo las instrucciones del Ministerio de Información, llamamos al funcionario encargado de controlar nuestra actividad en la ciudad, el hombre se disculpó diciendo que estaba pasando el día en su pueblo… Pero el inconveniente causado por nuestro coche, aún iba a permitirnos conocer otro aspecto de los paquistaníes que con frecuencia pasa desapercibido en las crónicas periodísticas. 

Aunque tras el nuevo calentón, pensamos en buscar otro coche y dejar que Shoaib se ocupara del problema, la premura de tiempo nos obligó a seguir con las visitas a varios colegios electorales. Como la temperatura no volvió a subir más de la cuenta, o al menos eso indicaba la aguja del panel de mandos, al acabar el trabajo de campo, decidimos que podíamos regresar a Islamabad en el Suzuki.

Craso error. Al llegar a la salida de la autopista, el vehículo se paró y ya no hubo forma de arrancarlo. Nuestra preocupación alcanzó visos de desesperación cuando el mecánico de turno estimó que el arreglo llevaría un mínimo de dos o tres horas. Estábamos a apenas una hora de Islamabad, pero desde allí no podíamos enviar las crónicas garabateadas en el ordenador durante el viaje. La salida de una autopista no es sitio para encontrar un taxi libre, así que no quedaba más remedio que hacer autostop.

No hizo falta. Varios coches que al pasar intuyeron nuestro apuro, se ofrecieron a llevarnos hasta la ciudad. Fue entonces cuando pudimos comprobar la amabilidad de una población que a menudo se percibe como antioccidental, hostil y violenta. Sin embargo, Shoaib no parecía convencido y los rechazaba con la excusa de que “no tenían buena pinta”.

La otra compañera y yo coincidimos en que, en Pakistán, si nos fiáramos de la pinta desde nuestra perspectiva occidental, no nos atreveríamos a salir a la calle. Pero antes de que desafiáramos el parecer del conductor, la policía de la autopista vino en nuestra ayuda. Los dos amables agentes se ofrecieron a trasladarnos en el coche patrulla hasta un taxi.

“No estamos autorizados a llevar pasajeros, pero ustedes son nuestros invitados en este país”, señaló el jefe, superponiendo su voz a los animados ritmos que salían de la radio del coche. Viendo sus barbas, una hubiera esperado que en vez de música popular hubieran estado oyendo una de las monótonas emisiones religiosas. Otra lección para no fiarse de las apariencias. 

Al final encontramos un taxi vacío. Espero que lo jugoso de la carrera compensara a su conductor del susto que se llevó al ver que le paraba un vehículo policial.

Hay 4 Comentarios

Apariencia engaña es verdad pero no veo ni una mujer en la foto, esperando para votar.

Interesante relato. Emocionante. Dan ganas de haberlo vivido.

ANgeles,no te olvides que los que sois transmisores de fobias muslmanes a occidente,sois vosotros desde el periódico,lo comprobamos día a día...os habeis creido las mentiras que vosotros contais,así es fácil creer que todos te odian.

Qué malos son los prejuicios y juzgar a la gente por su apariencia. Espero Ángeles que puedas seguir contándonos este tipo de historias durante mucho tiempo. Haces un trabajo increíble.

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Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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