Ángeles Espinosa

Necesitamos sus huellas dactilares

Por: | 08 de junio de 2013

Nos habíamos quedado ayer a la entrada del Consulado de Irán en Dubái. Cogí un número y me senté a esperar mi turno. Había bastante gente, así que saqué una revista del bolso. A la vuelta de un rato, me percaté de que en la ventanilla para visados de “no árabes”, a la que yo debía de dirigirme, estaban atendiendo a varios hombres que habían llegado directamente sin coger número. Así que me levanté, esperé a que acabaran y expliqué que había acudido a recoger mi visado.

Kishir1
Entrada al consulado de Irán en Dubái

“¿Sabe cuál es el número de expediente?”, respondió el funcionario. Aclaré que no tenía dicho número, que mi visado venía directamente de Teherán y que de la Embajada de Irán en España ya habían advertido de mi visita. El hombre me miró con incredulidad, cogió mi pasaporte, introdujo algún dato en el ordenador y me dijo que no había nada, que volviera a solicitarlo. Como no era la primera vez que me ocurría algo así, no me desesperé.

Volví al control de la entrada, donde había tenido que depositar mi móvil, lo recuperé (tras convencer al portero de que no necesitaba salir sólo para hacer una llamada) y llamé al diplomático que estaba siendo mi interlocutor en la Embajada iraní en Madrid. Me aseguró que hacía cinco minutos que había hablado con su colega en Dubái, que todo estaba arreglado  e incluso me facilitó el nombre de éste.

El señor M. debe de tener un cargo importante en el Consulado porque el funcionario de la ventanilla casi se cuadró cuando regresé y mencioné su nombre. Entonces, sí que finalmente me tomó en serio. Como por arte de magia, mi visado apareció.

“¿Cuándo va a viajar a Teherán?”, preguntó. Le dije que dependía de las fechas del visado. Entonces, empezó a explicarme que el visado era sólo para siete días, que tenía que regresar antes del día 15, que tenía que llevar el billete de avión… Yo le decía a todo que bien, que así lo haría, pero había algo o que yo no entendía o que él no se atrevía a mencionar. Al final, me envió a otra sala a hablar con el responsable de prensa.

El hombre me repitió las restricciones que acompañaban a mi visado, más añadió la obligatoriedad de que me pusiera en contacto con una de las empresas encargadas de los medios extranjeros para la reserva de mi hotel y “otros asuntos prácticos”. Pero me decía que, si quería estar en Teherán el día de las elecciones, el 14 de junio, tenía volver a por el visado el día 9, porque si me lo daban en ese momento, iba a caducar antes.

No daba crédito. ¿No podían poner en el visado que sólo era válido entre los días 9 y 15 de junio, y evitarme una nueva visita al Consulado, con el trastorno que acompaña el tener que disfrazarse de Doña Rogelia sólo para ser recibida? ¿De qué tenían miedo? ¿De que fuera antes de tiempo y me escapara a su vigilancia? ¿O de que entre tanto pasara algo en Irán y las autoridades decidieran suspender la presencia de periodistas en las elecciones?

A la vista de que no podía haber una explicación lógica para ello, el funcionario me aseguró que tenían “un problema técnico”. Me sonó a mentira piadosa. No pude evitarlo. Se me escapó un ¿por qué en Irán todo tiene que ser tan complicado?

El hombre, que hasta entonces se había mostrado muy amable, aprovechó la ocasión para sermonearme a gusto. Desde las dificultades de las niñas francesas para asistir a clase con hiyab, hasta las trabas que los países europeos ponen a los iraníes para lograr visados, pasando por la imagen de terroristas que tienen en el mundo… La verdad es que yo estaba de acuerdo en muchas de sus quejas, pero no veía la relación entre esos problemas y mi visado. Entonces, pronunció la palabra clave, reciprocidad.

Acabáramos, se trataba de hacerme pagar por las injusticias del sistema de relaciones internacionales. Me di cuenta de que aquella conversación no iba a ninguna parte. Así que encajé el gol y traté de al menos obtener que me estamparan el visado de forma que pudiera salir el día 9 y aprovechar los siete días hasta el 15, ya que debido a que el fin de semana en Dubái es viernes y sábado, si les llevaba mi pasaporte el domingo, no podía salir hasta el lunes y perdía un día. Acordamos que lo entregara antes del fin de semana y que me lo devolverían el sábado a mediodía para que pudiera viajar esa misma noche.

Le di las gracias y me despedí, no sin antes anotar su teléfono por si algo fallaba. Ya fuera del recinto, me liberé del sayón y cogí un taxi. No había llegado a casa cuando sonó mi móvil. Era el responsable de prensa. Se había olvidado de decirme que para que me dieran el visado, necesitaba presentar un “certificado de huellas dactilares”. Nunca me habían pedido semejante cosa. ¿Lo hacen en el Consulado?, pregunté sorprendida. “No, llame al señor B. [el funcionario de la ventanilla] y él le dará la dirección”, me indicó.

Así que llamé al señor B., quien me dijo que debía acudir al Cuartel General de la Policía de Dubái. ¿Y eso se lo piden a todo el mundo?, inquirí un poco mosqueada. “No, sólo a los ciudadanos de los países Schengen”, me respondió con total naturalidad. Entonces caí. Era de nuevo la reciprocidad. Sólo que en Europa, a los periodistas iraníes que vienen a trabajar no se les obliga a alojarse en un hotel determinado y contratar un traductor-vigilante de una empresa oficialmente aprobada ni se les prohíbe salir de la capital sin un permiso escrito. Por ese motivo, por acercarme a Qom, que es algo así como viajar de Madrid a Ávila, me detuvieron en el verano de 2010 y me expulsaron en julio de 2011.

Hay 10 Comentarios

A orin
Lo he dicho yo, y no solamente en referencia los ciudadanos extranjeros, también a los españoles. Y aunque también he colaborado con AI, continúo indignada al saber que si la corresponsal hubiera sido varón no se le hubiera vejado doblemente.
Por otra parte, el asunto se centra en los periodistas. Y en general, salvo excepciones que desfilan aparentando lo que no son, continúo confiando en la labor de la organización Reporteros sin fronteras.

Acuerdo en su totalidad con lo que se dice más abajo acerca del periodismo. Los periodistas occidentales, todos ellos con un fuerte contenido neoliberal tácito o implícito en su visión del mundo, está acostumbrado desde sus principios, allá por el XIX, a ser la última voz autorizada, una especie de Vox Ultra que señala y juzga lo "bueno" y lo "malo".


El exdirector de Le Monde Diplomatic, el prestigioso Ignacio Ramonet, lo explicita claramente señalando que los primeros atisbos de ese derecho que se auto-arroga el periodismo actual viene con un hecho histórico significativo: la defensa de Dreyfus por el escritor Emile Sola en su carta "J'accuse", que logró torcer el prejuicio instaurado en ese momento en la sociedad francesa a favor de una causa justa. El periodismo todavía incipiente, tomó ese hecho como consigna y se apropió del de mediar en cualquier causa que tuviera visos de injusticia.
Tanto creció esa idea auto gestionada que consiguió que la sociedad le asignara el exagerado mote de "Cuarto Poder", es decir un poder que va más allá de cualquier otro poder convencional estatuido.
Esa tendencia, todavía es sostenida por los más acérrimos defensores de la derecha (léase Jiménez Losantos o Vargas Llosa, por mencionar dos de los que primero me vienen a la mente; dos, entre docenas de miles dispersos por el mundo "occidental y cristiano")
Da igual falsear y trucar la foto de alquien a quien se desea moribundo tanto como satanizar a los gobiernos populares de América Latina con diatribas, mentiras, exageraciones, manipulaciones o editoriales tendenciosos donde los agentes de Prisa, en este caso, trabajan arduamente a diario para mostrar lo que les conviene y ocultar cuidadosamente aquello que corporativamente no les conviene.


El prestigioso I. Ramonet, habla de un Quinto Poder actual basado en la desmistificación y que con el auge de las modernas tecnologías ahora la palabra "sagrada" del periodista, sectario y tradicional queda siempre en cuestión por la inclusión democrática en todos los temas por parte de los ciudadanos comunes que cada vez ponen más en evidencia los viejos trucos del periodismo.

Bajo este nuevo concepto de periodismo como género literario, que defiende corporativamente la sociedad a la que pertenece, el sacrosanto derecho universal de informar se me antoja eucarístico. La oblea del derecho a informar con la que el periodismo nos quiere hacer comulgar a todos, tiene unos fieles entre los que podemos o no podemos encontrarnos nosotros, en función del culto al que estemos asistiendo. La liturgia sagrada del periodismo queda en entre-dicho por lo que se desprende de esta idea, El periodismo no es pues un culto universal, no es un imperativo categórico, sino particular y, por cierto privado en los países occidentales que abrazan el capitalismo neoliberal. Lo que añade más sospechas aún a las verdaderas intenciones del inocente periodista que es vapuleado en el consulado, constriñendo su moral y su derecho a informar, por lo maligno. Lo que el periodista está entonces reclamando es pues; “el derecho a contar las cosas desde su interesado punto de vista” desde el foco particular que alimenta su cultura Es por tanto un derecho cualquiera más, y no un imperativo categórico. Acaso un derecho de categoría inferior a otros muchos derechos. Aceptando que la información, el periodismo, no puede ser nunca neutral y desinteresada (si aceptamos las premisas arriba descritas), se entiende entonces que este sea visto en circunstancias como; una “quinta columna” que puede operar desde dentro mismo del estado ( http://www.hispanoteca.eu/Foro-preguntas/ARCHIVO-Foro/Quinta%20columna.htm ) para desde dentro destruirlo. Esto es así de literal y la historia nos ilustra suficientemente. En clave militar la información es un arma de guerra más y los periodistas son por tanto soldados. Esto a veces es tan literal que sonroja, como pudimos ver en la guerra contra Libia o ahora en Siria. Periodistas ingresados en el país con su acreditación sagrada de “prensa” que eran en realidad militares, con todo tipo de pertrechos tecnológicos, que marcaban los objetivos a los misiles de la OTAN, y daban apoyo a los rebeldes. O desde el otro lado, periodistas asesinados y centros de prensa bombardeados, que fueron silenciados por los pastores de la prensa occidental, o acaso presentados como leales al régimen, lo que los hacia moralmente asesinables. Un ejemplo revelador de todo esto es la Voz de América y la división de “relaciones culturales” dentro del Departamento de Estado norteamericano que tenía a las revistas Time y Reader’s Digest como buques insignias. Durante la Segunda Guerra Mundial EEUU creó la Oficina de Información de Guerra y la Oficina de Servicios Estratégicos, convirtiéndose ésta última en la CIA (Agencia Central de Inteligencia). Como vemos la información es poder y el poder suele ser utilizado en defensa de unos intereses particulares. La imagen que los periodistas nos quieren transmitir de ellos mismos, como héroes que deben enfrentarse solos ante el peligro, ante lo maligno, es por lo tanto una recreación literaria que se han construido de ellos mismos para que no podamos hacerles ninguna crítica ni a ellos ni a su trabajo. Eso queda fuera de la discusión porque son elementos de naturaleza sagrada, y ya sabemos que lo sagrado no se puede cuestionar.

Así de fácil. Juan Antonio Gonzalez nos cuenta su experiencia vital. Como él, miles de personas tienen historias parecidas, en primera persona. Solo que sus historias no interesan. La censura al sagrado deber de informar es literariamente más atractiva, que la necesidad de comer, de un trabajo, o de una vida mejor. Acaso solo un turista que debe demostrar que lo es, y enseñar el dinero del bolsillo. Si tuviese una acreditación de periodista iraní sería otra cosa. Creo en la historia de Ángeles y los problemas que encuentra para hacer su trabajo, lo que me cuesta entender es que esto sea interesante, periodísticamente hablando. Si este es el modelo de periodismo, estamos entonces ante un modelo que distorsiona de la realidad. Me pregunto si no será esto el periodismo en verdad. Los periodistas seleccionan sus artículos, sus historias para contar. Cuando ponen el foco en un hecho, lo que hacen es iluminar un trocito insignificante de la realidad (a veces la suya propia), mientras la inmensidad del océano de la realidad adyacente queda oscurecido. Este esquema es aplicado en la mayoría de los casos consciente del efecto, aquel que nos induce a pensar que lo que vemos o leemos es trasladable a resto del océano real. De manera que ahora cobra una importancia extraordinaria la elección de los contenidos. Las historias de Ángeles tienen siempre el mismo perfil cuando se refiere a Irán. Ese es su foco, un insignificante trocito de la realidad de aquel país. Sirve el ejemplo para advertir al lector que cuando lea prensa, debe tener esto presente si no quiere ser inducido por una visión reducida (distorsionada), del mundo. Esto es, la versión que interesa y que defiende mejor a los que están tras la cámara o el ordenador, escribiendo sus artículos y en las redacciones, ellos y los valores que defienden, ellos y sus intereses. El periodismo es por tanto un género literario más, y así hay que entenderlo como; una propaganda de los valores propios en detrimento de los de los otros.

Para nosotros en Sudamérica conseguir un visado para entrar a España, aun fuesemos periodistas, es mucho más complejo que las barreras burocráticas que relata la periodista. De hecho, me encantaría que las autoridades de mi país tuvieran los cojones de imponer medidas similares a las que impone Irán a los viajeros europeos que viene para acá.


Recuerdo cuando Brasil se le ocurrió exigir huella digital y fotografía a todos los viajeros gringosy europeos, en reciprocidad ppr medidas similares tiomadas en esos países. Laos voajerosn gringos, españoles y de otras parte de Euripa reaccionaron indignados, reclamando que eso violaba su derecho a la intimidad. Nosotros, en cambio, estábamos muerrios de la risa con ellos, porque nos toca sufrir lo mismo cuando se nos ocurre viahar a países de esa calaña:


- ¿Tiene pasaje de regreso?
- ¡Muéstreme sus euros)! ¡Deben ser mínimo 500 por día (como si fueramos todos millonarios)?
- Sabe, debe disculparnos, pero no nos gusta su apariencia así que vuelva de regreso a su país.
- Señor, abra su correo electrónico y entregue su clave.
- ¿Por qué viaja solo? ¿Es que quiere quedarse aquí? (claro, como están tan bien económicamente me muero de ganas de vivir aquí...)
- Oiga, usted es de Bolivia, ese es es un país pobre, así que devuélvase. No nos gustan los indios (claro, los españoles son todos tan blanquitos y rubiecitos...)
- ¿Qué lleva ahí? De seguro es cocaína, porque su pasaporte dice que es colombiano.


Eso nos pasa TODOS LOS DÍAS. Así que deje de llorar, señora.

Yo no he dicho que España sea un país oscuro, no he dicho tal cosa. España es un país luminoso por su sol y sus playas, por su gente. Lo que he dicho es que Amnistía Internacional ha denunciado casos concretos de torturas y malos tratos, por parte de fuerzas del orden que quedaron impunes. Que existe el régimen de incomunicación. Un informe de 320 casos de torturas y malos tratos de perfil racista, cometidos por agentes de la policía, de la guardia civil, policía local y autonómica también.

Comenta orin que España es un país oscuro. Que en la medida en que no tienes la protección de algú tipo de poder (un gobierno, un medio de comunicación, ¿un sindicato?) se silencian malos tratos a ciudadanos inocente. No voy a privarle de razón. Incluso después de molerlos a palos, con el consentimiento o no del fiscal, es posible que traten de esconderlos. Si, el negocio burgués presenta características de este tipo.
Pero Sr. Mío: El jugar a la "reciprocidad" que se menciona en el artículo supondría que el escaso aire que permite respirar frente a la violencia, la corrupción y la represión, se contaminase hasta el extremo de ahogar.
Felicito a la autora por su sentido del humor. Es preferible relajarse y reir, a costreñirse en un disparate. Pero es dificil cuando se ha matado la gracia.

"Desde las dificultades de las niñas francesas para asistir a clase con hiyab, hasta las trabas que los países europeos ponen a los iraníes para lograr visados, pasando por la imagen de terroristas que tienen en el mundo… "


¿De qué habla este mandril iraní, de cuál reciprocidad habla si para ingresar a su sórdido país la gente debe disfrazarse escondiéndose dentro de una bolsa negra? Esta gentuza debe aprender que las leyes y normativas deben respetarse cuando se vive en un país que no es ese tugurio infectado de fanatismo religioso como lo es Irán.


Y la imagen de terroristas se las han ganado por mérito propio; en Argentina todavía estamos esperando que los responsables del atentado a la AMIA y a la embajada de Israel -está probado que sus responsables son iraníes - sean juzgados.
Ahmadinjad, no sólo no permitió que fueran extraditados para juzgarlos sino que los premió por sus crímenes nombrando a uno de ellos ministro de defensa.

Cuando un periodista hace una crónica comulgando con el sagrado deber de informar, expone su epístola a la crítica. Si se hace protagonista y describe los hechos en primera persona, debe asumir la crítica a su persona. En las últimas dos entregas de Ángeles Espinosa, la protagonista es ella pero no parece querer aceptar la crítica a su persona de buen grado. En la descripción del “proceso” que la periodista hace, para entrar en Irán, con el único propósito de informarnos de lo que allí ocurre, y que solo por esto acepta tomar ese “cáliz” por el trato vejatorio que recibe, Olvida que Irán es un país soberano, que puede imponer sus propias reglas del juego, por mucho que estás disgusten. Irán debe protegerse de sus enemigos. El celo puesto en la entrada de periodistas no es solo por la manipulación que se pueda hacer de la información. Es sabido que invocando el derecho sagrado a informar, algunos países poderosos introducen espías para prácticas criminales, incluidos asesinatos de científicos y personas relevantes. Actividades encaminadas a la desestabilización su sociedad, desde dentro, y desde fuera de sus fronteras. Dice Ángeles que “en Europa, a los periodistas iraníes que vienen a trabajar no se les obliga a alojarse en un hotel determinado y contratar un traductor-vigilante de una empresa oficialmente aprobada ni se les prohíbe salir de la capital sin un permiso escrito” Sin embargo a Amnistía Internacional le preocupa la detención de personas, en España, en régimen de incomunicación, los casos de tortura y malos tratos de personas extranjeras por parte de las fuerzas de seguridad y la falta de investigaciones imparciales y mecanismos efectivos de rendición de cuentas y reparación a las víctimas cuando se producen estos hechos. Actualmente en España se puede mantener detenida a una persona en régimen de incomunicación por un periodo de hasta 13 días, los primeros 5 sin tener la posibilidad de ser llevado ante un juez, lo que viola normas internacionales de derechos humanos como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. No estamos hablando de Irán sino de España, un país donde, supuestamente se respeta el derecho internacional. Por supuesto que los periodistas iraníes son tratados de maravilla en España. Lo que en Irán es un riesgo potencial para la seguridad, en España es un salvoconducto, la acreditación como periodista. Meter una paliza a un periodista Iraní tendría una repercusión enorme, pero si eres un anónimo ciudadano, puedes ser golpeado por la policía sin motivo y encerrado en una cárcel española, mientras tus torturadores no son castigados. es comprensible que cosas así ocurran en Irán, porque ya nos has explicado que es un país que no respeta los derechos humanos. Que esto ocurra en España es más incomprensible. Todo esto viene a cuento de las comparaciones que Ángeles hace entre Irán y España.

Bueno, considerando el tiempo que ya circulas por estas latitudes, situaciones como estas no deberían sorprender, mejor decir son lugar común. Prefiero no tener que ir por ahí.

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Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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