Ángeles Espinosa

Caminando como los egipcios

Por: | 01 de julio de 2013

Ir de manifa no es el plan que una espera cuando pasa un fin de semana con amigos a los que hace tiempo que no ha visto. Sin embargo, ayer en El Cairo tampoco había muchas alternativas. Todo el mundo estaba en la calle. Así que cuando mi anfitriona me comenta que espera a varios allegados para unirse a los manifestantes, no lo dudo, le digo que iré con ellos. La idea les causa cierta preocupación. La víspera un profesor estadounidense ha muerto en una protesta en Alejandría.

“Hay gente sencilla que piensa que los extranjeros son espías”, tratan de disuadirme sin éxito. No me atrae la idea de quedarme sola en casa toda la tarde mientras una oleada de gente pasa bajo el balcón agitando banderas con aspecto festivo. Así que al final aceptan que les acompañe a cambio de que mantenga la boca cerrada para no llamar la atención.

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Camiseta con el lema "Soy un rebelde", en referencia al grupo que ha organizado las protestas, Rebelión.

Sin la presión de tener que escribir una crónica antes del cierre de la edición y privada de la posibilidad de hacer preguntas a los manifestantes, no me queda más que sumergirme en la riada humana como una más. Así que, por primera vez, me dispongo a seguir una protesta estando dentro y fuera al mismo tiempo. Dentro, porque mi presencia no se justifica en tanto que periodista. Y fuera, porque no dejo de ver lo que sucede como una observadora atenta, que no tiene arte ni parte en el resultado.

La ruidosa multitud se dirige al palacio de Ittihadiya, sede de la presidencia egipcia, coreando los mismos eslóganes que hace poco más de dos años usaron para echar a Mubarak: “El pueblo quiere la caída del régimen. Erhal, erhal (Vete, vete)”. Sólo que esta vez a quien los egipcios desean desalojar del poder es al primer presidente civil elegido tras aquella revuelta popular, Mohamed Morsi, miembro de la organización de los Hermanos Musulmanes. En el camino sólo veo dos guardias urbanos a un lado de la calle y, más tarde, dos policías militares, pertrechados con chalecos antibalas, pero sin casco, bajo una curiosa marquesina que les identifica como tales.

Hay familias con niños, jóvenes y mayores, hombres y mujeres, algunas con velo y otras sin él… Incluso más tarde voy a encontrarme con una mujer completamente cubierta de negro y con el rostro tapado con un niqab, que lleva colgada del cuello una tarjeta roja con la inscripción “Erhal”. También hay un par de hombres en silla de ruedas que sujetan un poster con la imagen del asesinado presidente Anuar el Sadat, un matrimonio que lleva el rostro de Abdel Gamal Naser en sus camisetas y un par de chicos con las caretas de V, el personaje de tebeo que han popularizado los hackers de Anonimus. La concentración es una muestra de la diversidad. También del Máster en política que los egipcios han cursado en estos dos últimos años.

Mi amiga, sin ir más lejos, nunca había mostrado ningún interés por la cosa pública en los veinte años que nos conocemos. Hoy es una mujer trasformada. Grita con entusiasmo por el cambio, enumera los errores del presidente y cuestiona el curso que está tomando su país. Y no, no es la típica occidentalizada, sino una mujer de clase media, que ha trabajado toda su vida y que no se salta ninguna de las cinco plegarias diarias.

Pero lo que más sorprende es el ambiente, un cruce de mitin político y verbena. Hay puestos de refrescos y de camisetas (revolucionarias). También jóvenes voluntarios que recogen las botellas y latas vacías, inusitadamente depositadas en cajas colocadas cada cierta distancia. Mucha gente utiliza el móvil para hacerse fotos con la multitud de fondo y una bandera nacional al lado, como si quisiera dejar constancia de que ha estado en un momento crucial de la historia de su país. Hay hasta fuegos artificiales. Sin embargo, tal vez por el carácter descentralizado de la protesta, no hay oradores. De vez en cuando, un grupo de activistas anima el cotarro desde un altavoz coreando consignas o difundiendo canciones patrióticas. Mi amiga se emociona cuando oye el himno Biladi, biladi (Mi país, mi país). No es la única.

Los manifestantes se van parando junto a esos grupos o donde encuentran algún poyete en el que hacer un descanso antes de seguir. Casi una hora y media después, llegamos a las puertas del palacio presidencial. La última vez que estuve aquí fue en 2008 para hacer una entrevista al entonces presidente Mubarak. En aquellos días, a los egipcios ni se les pasaba por la cabeza la idea de protestar, mucho menos ante esa sede. Hoy, las nuevas autoridades han rodeado el perímetro con bloques de hormigón, sobre los que los más ágiles se encaraman para bailar o sentarse a descansar.

El objetivo de Tamarod (Rebelión), la coordinadora detrás de la movilización, es lograr que la marea humana cubra todo el trayecto entre la plaza de Tahrir (Independencia), corazón de la capital egipcia y centro de la protesta, y la sede de la presidencia, como ya lo hicieran el día que lograron desalojar del poder a Mubarak, el 11 de febrero de 2011. No puedo comparar porque entonces no me tocó cubrir la revuelta y no estuve aquí. Tampoco me es posible saber si la multitud representa a la mayoría aritmética de los 90 millones de egipcios.

Tamarrod ha anunciado que cuenta con 22 millones de firmas pidiendo el adelanto de las elecciones. Los partidarios de Morsi han respondido que tienen 26 millones en defensa de la “legalidad”, que para ellos significa que el presidente acabe su mandato. También ellos se han movilizado y logrado reunir a varios miles de personas frente a la mezquita de Rabaa al Adawiya, en el barrio de Ciudad Náser. Es un pulso peligroso y en el que, al menos visualmente, los descontentos parecen llevar la delantera. Pero, como tantas otras veces, la clave no es tanto la voluntad popular como la postura que adopten quienes tienen las armas.

El Ejército, con la ambigüedad que le caracteriza, ha dicho que no va a consentir el caos. Traducido, que no está dispuesto a perder sus privilegios y que estará con quien le permita mantenerlos. Los manifestantes creen que está de su lado y lo expresan jaleando a cada helicóptero militar que sobrevuela por encima de sus cabezas. Por los móviles, quienes están en Tahrir cuentan que desde un helicóptero les han lanzado banderas nacionales, que policías y manifestantes se abrazan en la plaza, que…

No sé si es cierto o la gente proyecta sus deseos. Pero lo que he visto frente a las puertas de Ittihadiya es una multitud pacífica deseosa de que el Estado escuche sus deseos en lugar de imponerle los del gobernante de turno. Sesenta años de dictadura han sido suficientes. Quieren respirar. Pasadas las diez de la noche, regresamos a casa, pero aún quedan muchos en la calle. Se han comprometido a seguir hasta que les escuche.

En el primer viaje que hice a este país, de estudiante y con mochila, me hice una foto posando como una de esas figuras hieráticas de los templos egipcios. Walk like an Egyptian, que decía la canción de The Bangles. No tenía ni idea de lo poco hierática que era su gente. Hoy sí que he caminado como los egipcios. Al menos un rato, porque a ellos aún les queda un largo sendero.

Hay 2 Comentarios

Muy bien, pero yo prefiero las camisetas de futbal

Mágnifico artículo Ángeles... Ahora has conocido los egipcios verdaderos... Unidos, cariñosos, pacientes pero no tontos... y cuando se levantan, se levantan como una persona... Nunca hubo distinción entre musulmanes y cristianos hasta que llegó el vededor de patrias, igual que lo hizo otro que bien conoces por una medalla del Congreso de USA... Lo curioso es que el vendedor de la patria egipcia soltó de las cárceles a estos para dividir al pueblo que estaba unido.., pero mira por dónde... los mismos le han vuelto a unir... Otra vez: EGIPCIOS... Ni musulmanes ni cristianos.. y al que no le guste: que imigre al país de las medallas del Congreso.

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Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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