Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

Karibu Kenia!

Por: | 27 de septiembre de 2013

Karibu

Actualizado el domingo 29 de septiembre.

Regreso a Nairobi después de veinte años… Entonces hice una escala de camino a Seychelles para realizar un safari fotográfico, la joya de la corona del turismo en Kenia. En una visita anterior, había recorrido el país (y la vecina Tanzania) en matatu, la popular furgoneta que une un pueblo con otro y en la que personas, animales y bultos comparten apretados el espacio. Apenas reconozco la ciudad. No sólo porque ahora vengo de trabajo, sino sobre todo por cómo ha cambiado su fisonomía.

El centro con la plaza de la Ciudad, la avenida Kenyatta y el parque Uhuru (libertad en swahili) sigue guardando esa fisonomía mezcla de arquitectura colonial y africana. Sin embargo, han proliferado las torres de oficinas, sobre todo en los barrios acomodados del noroeste como Westlands, donde se encuentra el complejo comercial Westgate cuyo asalto por asalto por Al Shabab he venido a cubrir.

Aún así, lo que más me sorprende es la proliferación de las tiendas de Safaricom, la compañía nacional de móviles, que parece haber colonizado cada esquina de la ciudad. Esos aparatos son sin duda el mayor exponente del boom económico que vive Kenia, y África en general. Todo el mundo tiene uno. Y los coches. A pesar de sus amplias avenidas, la capital no estaba preparada para la cantidad de vehículos que exigen sus casi cinco millones de habitantes.

“Hace 15 años no había apenas coches. En mi pueblo, los niños salíamos a la carretera a verlos y tocarlos”, me cuenta Eunice, una joven secretaria que procede de una localidad a 180 kilómetros al norte de Nairobi. Eunice echa de menos la tranquilidad y el ritmo de su tierra. “Aquí todo el mundo tiene prisa y los alimentos son muy caros”, se queja.

Pero aquí, en la capital (o en Mombasa, el gran puerto del Índico), es donde están los trabajos, las oportunidades de negocio y los sueños de un país que crece a un 5% anual. También donde más obvia se hace la desigualdad que ha dejado ese rápido desarrollo que tanto gusta a los inversores extranjeros y las élites locales.

“Unas monedas señora. Para que pueda comprarme un plátano y no irme a la cama con hambre. Sólo unas monedas…”, pide un joven junto al mercadillo de recuerdos próximo al Westgate.

Me siento avergonzada porque apresurada por llegar cuanto antes a la escena del crimen, no he cambiado dinero. Hasta que no abandone la burbuja del hotel-centro comercial-urbanización en la que se mueven la mayoría de los expatriados, ni siquiera veré las monedas. Pero en la calle, un periódico cuesta 30 chelines y la carrera de taxi hay que negociarla según la distancia.

Por el camino de vuelta, cuando ya cae la noche, veo de nuevo, como hace 20 años, las riadas humanas que caminan a uno y otro lado de la carretera, de vuelta a casa tras una jornada de trabajo. También me llaman la atención dos chavales esnifando pegamento. Los empleados de la ONU y de otras organizaciones humanitarias tienen prohibido por contrato andar de noche por la calle, me cuenta Desirée, una colega que trabaja aquí.

Pero tal vez, el ejemplo más llamativo de las contradicciones que afronta este país, sea su aeropuerto internacional. O lo que queda de él. El pasado 7 de agosto, un enorme fuego destruyó buena parte de las instalaciones, que estaban siendo renovadas para hacer frente a su creciente actividad. El Jomo Kenyatta es el aeródromo más transitado de todo el África oriental, con una media de 220 vuelos diarios.

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Sala de embarque provisional en el aeropuerto Jomo Kenyatta de Nairobi./ Á.E.

No está claro si se trató de un accidente a causa de las obras, o de un atentado terrorista. Las sospechas se desataron al producirse justo la fecha del 15º aniversario del ataque a las embajadas de EEUU en Kenia y Tanzania. En cualquier caso, las obras han avanzado poco y los pasajeros recogen sus maletas en una especie de bunker de cemento al que son trasladados en autocares, en lugar de jardineras. Para los que se van, unas enormes tiendas de campaña hacen las veces de sala de embarque.

A pesar de la precariedad, a los responsables no se les ha olvidado la música. Eso sí, no se trata del típico hilo musical de aeropuerto, sino de los últimos hits disparados desde unos altavoces junto a los que hay un piano eléctrico y un micrófono. Tal vez también haya actuaciones en directo. En medio de las obras. Sorprendente.

Karibu Kenia! (Bienvenido a Kenia)

P.D. A pesar de las medidas de seguridad del aeropuerto Jomo Kenyatta, me ha sorprendido que tras sellar el pasaporte, uno tiene que retroceder a la sala de facturación para acceder al embarque por una puerta lateral. Los guardas de seguridad tampoco detectaron la botella de agua que llevaba en mi maletín, aunque delante de mi requisaron varios botellines a otros pasajeros. Luego, en la carpa bajo la que esperábamos el vuelo, no vendian agua embotellada "por razones de seguridad" y un vaso servido de una galón costaba 1 Euro.

Callejón sin salida en Bahréin

Por: | 12 de septiembre de 2013

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Una de las primeras manifestaciones en Bahréin en feb. de 2011. / Ángeles Espinosa

Egipto y Siria han copado este verano los titulares de la información sobre Oriente Próximo. Ni siquiera los atentados que siguen sucediéndose en Irak logran ya la atención que solían ante las nuevas atrocidades que llegan desde sus vecinos. Menos aún, las protestas y la represión en Bahréin, una isla poco mayor que la ciudad de Madrid y con un tercio de su población. Sin embargo, la situación se ha enquistado y el pequeño reino se encuentra cada vez más en un atolladero. El Parlamento europeo lo ha reconocido al aprobar hoy jueves una propuesta de resolución común en la que pide a las autoridades que “respeten los derechos humanos y las libertades fundamentales” y “pongan fin de inmediato a todos los actos de represión, incluido el hostigamiento judicial, y piden la puesta en libertad inmediata e incondicional de todos los presos de conciencia”.

La radicalización del conflicto se ha evidenciado durante el verano con varios coches bomba caseros (en los que se hace estallar una bombona de gas dentro de un vehículo). Aunque los atentados no han causado víctimas, las autoridades de Bahréin han respondido con contundencia, alentando a su vez nuevas protestas. Dos años y medio después de las manifestaciones por la democracia que sacaron a miles de bahreiníes a la calle, la familia real mantiene el poder con un enorme coste. El país está más dividido que nunca. Opositores y partidarios del Gobierno sólo coinciden en que se ha llegado a un callejón sin salida.

Los coches bomba se han convertido en un punto de inflexión. “El pueblo de Bahréin ha empezado a perder la paciencia frente a estos actos”, advirtió el rey Hamad, poco antes de endurecer las penas por actos terroristas a finales de julio. Entre las medidas, se incluye la posibilidad de retirar la nacionalidad a los condenados por terrorismo, uno de los puntos más criticados en la moción del Parlamento europeo. La oposición, que ha condenado ese tipo de atentados, sospecha que se trata de una trampa para incitar la violencia sectaria y justificar un aumento de la represión.

“Estamos en un callejón sin salida. El Gobierno se ofreció a sentarse con la oposición y discutir sus exigencias, pero no han logrado alcanzar un consenso y una de las partes se ha retirado. Desde entonces se ha disparado la violencia”, explicaba en julio Nancy Jamal, una analista del Centro de Estudios Estratégicos de Bahréin. Jamal se refería al abandono del llamado diálogo nacional por parte de Wefaq, la principal asociación política de oposición (los partidos no están autorizados), que ha denunciado la falta de contenido de las conversaciones.

En realidad, la violencia lleva goteando desde que en marzo de 2011, cuando el rey Hamad decidió aplastar las manifestaciones iniciadas al hilo de la primavera árabe. Su recurso a la ley marcial y a tropas saudíes fue un golpe para este pequeño archipiélago del golfo Pérsico que apenas tiene 1,3 millones de habitantes (la mitad de ellos extranjeros), pero que había adquirido peso como centro financiero y sede de la V Flota estadounidense. La medida evidenció la fractura entre la minoría suní a la que pertenece la dinastía gobernante y los chiíes, que suman dos tercios de la población autóctona. Los enfrentamientos han dejado 80 muertos, según la Federación Internacional de Derechos Humanos.

“La familia real ha logrado mantenerse en el poder, pero a costa de un gran precio para su legitimidad”, opina por su parte Christopher Davidson, experto en las monarquías árabes del golfo Pérsico de la Universidad de Durham y autor del libro After the Sheikhs (Después de los jeques). “Ha invitado a tropas extranjeras, contratado un número de mercenarios sin precedentes y recurrido al sectarismo para intentar dividir a la población”, recuerda Davidson. En su opinión, “esas política y el aumento de la represión significan que los Al Khalifa difícilmente van a poder gobernar Bahréin de forma pacífica”.

“La sociedad está dividida de tal forma que va a ser difícil volver unirla”, alerta por su parte Mansoor al Jamri, director del diario Al Wasat, el único que ha ofrecido una cobertura independiente y no sectaria de las protestas. Al Jamri también subraya la parálisis económica que atraviesa el país, el más pobre de los seis que forman el Consejo de Cooperación del Golfo. “La valoración de la deuda soberana ha caído, se ha hecho muy caro conseguir financiación, y apenas logramos dinero para pagar los gastos corrientes. A menos que se alcance una solución lógica y moderada, la situación se está haciendo incontrolable”, asegura.

La radicalización es evidente. Frente a las primeras manifestaciones en las que se reclamaba democracia y una monarquía constitucional, cada vez más bahreiníes, sobre todo entre la comunidad chií, piden un cambio de régimen. Ni el Wefaq ni los otros cuatro grupos de la llamada Oposición Nacional Democrática (que incluye al liberal y laico Waad) apoyan ese extremo. Pero muchos jóvenes están perdiendo la paciencia y a menudo desafían la prohibición de manifestarse impuesta por las autoridades y secundan a las convocatorias del más radical Movimiento 14 de Febrero (la fecha de la primera gran concentración en 2011).

“La gente de a pie tiene miedo. Los suníes no somos bien recibidos en los pueblos chiíes y los chiíes no son bien recibidos en los barrios suníes. El discurso está dominado por los fundamentalistas de uno y otro lado que propagan el odio hacia el otro”, admite Jamal.

Según Al Jamri, "hay 60 pueblos y barrios con problemas, en los que no se puede entrar porque cada noche hay [enfrentamientos en los que las fuerzas de seguridad disparan] gases lacrimógenos contra los jóvenes que lanzan cócteles Molotov”. En su opinión esto produce “un continuo desgaste psicológico” y ha degradado significativamente el nivel de vida en esas zonas.

Aún así, ninguno de los consultados teme que la situación vaya a desembocar en una guerra civil como ha sucedido en Siria. “No, no creo que sea el caso porque ni los opositores están armados, ni nadie está matando a los miembros de la otra comunidad. La oposición está teniendo mucho cuidado en evitar ese tipo de ataques, aunque la política oficial ha creado divisiones”, explica el director de Al Wasat. Jamal, por su parte, confía en las fuerzas de seguridad y en que los ejemplos de lo sucedido en Siria y Egipto sirvan como elemento de disuasión

El País

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