Ángeles Espinosa

Karibu Kenia!

Por: | 27 de septiembre de 2013

Karibu

Actualizado el domingo 29 de septiembre.

Regreso a Nairobi después de veinte años… Entonces hice una escala de camino a Seychelles para realizar un safari fotográfico, la joya de la corona del turismo en Kenia. En una visita anterior, había recorrido el país (y la vecina Tanzania) en matatu, la popular furgoneta que une un pueblo con otro y en la que personas, animales y bultos comparten apretados el espacio. Apenas reconozco la ciudad. No sólo porque ahora vengo de trabajo, sino sobre todo por cómo ha cambiado su fisonomía.

El centro con la plaza de la Ciudad, la avenida Kenyatta y el parque Uhuru (libertad en swahili) sigue guardando esa fisonomía mezcla de arquitectura colonial y africana. Sin embargo, han proliferado las torres de oficinas, sobre todo en los barrios acomodados del noroeste como Westlands, donde se encuentra el complejo comercial Westgate cuyo asalto por asalto por Al Shabab he venido a cubrir.

Aún así, lo que más me sorprende es la proliferación de las tiendas de Safaricom, la compañía nacional de móviles, que parece haber colonizado cada esquina de la ciudad. Esos aparatos son sin duda el mayor exponente del boom económico que vive Kenia, y África en general. Todo el mundo tiene uno. Y los coches. A pesar de sus amplias avenidas, la capital no estaba preparada para la cantidad de vehículos que exigen sus casi cinco millones de habitantes.

“Hace 15 años no había apenas coches. En mi pueblo, los niños salíamos a la carretera a verlos y tocarlos”, me cuenta Eunice, una joven secretaria que procede de una localidad a 180 kilómetros al norte de Nairobi. Eunice echa de menos la tranquilidad y el ritmo de su tierra. “Aquí todo el mundo tiene prisa y los alimentos son muy caros”, se queja.

Pero aquí, en la capital (o en Mombasa, el gran puerto del Índico), es donde están los trabajos, las oportunidades de negocio y los sueños de un país que crece a un 5% anual. También donde más obvia se hace la desigualdad que ha dejado ese rápido desarrollo que tanto gusta a los inversores extranjeros y las élites locales.

“Unas monedas señora. Para que pueda comprarme un plátano y no irme a la cama con hambre. Sólo unas monedas…”, pide un joven junto al mercadillo de recuerdos próximo al Westgate.

Me siento avergonzada porque apresurada por llegar cuanto antes a la escena del crimen, no he cambiado dinero. Hasta que no abandone la burbuja del hotel-centro comercial-urbanización en la que se mueven la mayoría de los expatriados, ni siquiera veré las monedas. Pero en la calle, un periódico cuesta 30 chelines y la carrera de taxi hay que negociarla según la distancia.

Por el camino de vuelta, cuando ya cae la noche, veo de nuevo, como hace 20 años, las riadas humanas que caminan a uno y otro lado de la carretera, de vuelta a casa tras una jornada de trabajo. También me llaman la atención dos chavales esnifando pegamento. Los empleados de la ONU y de otras organizaciones humanitarias tienen prohibido por contrato andar de noche por la calle, me cuenta Desirée, una colega que trabaja aquí.

Pero tal vez, el ejemplo más llamativo de las contradicciones que afronta este país, sea su aeropuerto internacional. O lo que queda de él. El pasado 7 de agosto, un enorme fuego destruyó buena parte de las instalaciones, que estaban siendo renovadas para hacer frente a su creciente actividad. El Jomo Kenyatta es el aeródromo más transitado de todo el África oriental, con una media de 220 vuelos diarios.

2013-09-27 15.30.11
Sala de embarque provisional en el aeropuerto Jomo Kenyatta de Nairobi./ Á.E.

No está claro si se trató de un accidente a causa de las obras, o de un atentado terrorista. Las sospechas se desataron al producirse justo la fecha del 15º aniversario del ataque a las embajadas de EEUU en Kenia y Tanzania. En cualquier caso, las obras han avanzado poco y los pasajeros recogen sus maletas en una especie de bunker de cemento al que son trasladados en autocares, en lugar de jardineras. Para los que se van, unas enormes tiendas de campaña hacen las veces de sala de embarque.

A pesar de la precariedad, a los responsables no se les ha olvidado la música. Eso sí, no se trata del típico hilo musical de aeropuerto, sino de los últimos hits disparados desde unos altavoces junto a los que hay un piano eléctrico y un micrófono. Tal vez también haya actuaciones en directo. En medio de las obras. Sorprendente.

Karibu Kenia! (Bienvenido a Kenia)

P.D. A pesar de las medidas de seguridad del aeropuerto Jomo Kenyatta, me ha sorprendido que tras sellar el pasaporte, uno tiene que retroceder a la sala de facturación para acceder al embarque por una puerta lateral. Los guardas de seguridad tampoco detectaron la botella de agua que llevaba en mi maletín, aunque delante de mi requisaron varios botellines a otros pasajeros. Luego, en la carpa bajo la que esperábamos el vuelo, no vendian agua embotellada "por razones de seguridad" y un vaso servido de una galón costaba 1 Euro.

Hay 2 Comentarios

La realidad supera la ficción. ¿Quién comprende a los seres humanos?
Saludos al blog!!!
Gracias por el artículo.

Me encantaría ir a Kenia. Es uno de los viajes que tengo previsto para los próximos años. Gracias por tu artículo. Aprovecho para dejaros un video sobre un asunto que jamás podremos ver en África: http://xurl.es/9ik46

Los comentarios de esta entrada están cerrados.

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal