Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

A tiro limpio

Por: | 27 de enero de 2014

Algún lector me preguntará qué espero en Irak. Pero la verdad es que nunca me acostumbraré a los disparos y quizá por ello confiaba en que algún día a los iraquíes se les acabaran las balas. No me refiero a las de los combates que esas siempre hay quien las ofrece de saldo, sino las celebratorias, las que usan para comunicar su felicidad por un nacimiento, una boda o un partido de fútbol.

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Un chaval en el centro de Bagdad con el arma lista para celebrar algo./ Ángeles Espinosa

Como conté ayer en mi Eskup, de repente estalló un tiroteo cerca del lugar en el que me alojo en el barrio de Al Mansur. Hace apenas dos semanas, un incidente similar fue el preludio para el asalto a una cárcel juvenil que se completó con varios coches bomba y granadas de mortero. Así que permanecí alerta. Poco después, todo había acabado y volví a mi trabajo. Pero el tableteo de las ametralladoras volvió a repetirse dos o tres veces más en la siguiente media hora.

Fue mi anfitriona, una libanesa animosa que acompaña a su marido diplomático en este destino, quien me contó que había un partido de fútbol y que los iraquíes estaban celebrando algún gol. En efecto, la selección de sub22 ganó nada menos que a Arabia Saudí, un rival político además de deportivo, lo que insufló de entusiasmo a la hinchada iraquí, de Mosul a Basora y de Kirkuk a Ramadi. Nada como el fútbol para aparcar (momentáneamente) las diferencias etnosectarias (o abrir puertas al extranjero, sobre todo español).

Da la casualidad de que me acompaña en este viaje Ni se les ocurra disparar, una colección de artículos de Javier Marías que me regalaron las pasadas navidades, y anoche me tocaba precisamente el que da título al libro. Con su agudeza habitual, el autor critica la tibieza de las autoridades españolas a la hora de autorizar el uso de la fuerza para repeler a los piratas. Aquí estaba yo en el otro extremo del paradigma, un país con el gatillo fácil, donde a pesar de sucesivas guerras, aún no han desarrollado alergia a las máquinas de matar.

Claramente Irak no es España. Pero no sólo por esa historia reciente, sino también por la geografía. “Nuestros vecinos no nos quieren bien”, me comentaba un amigo iraquí antes de enumerar sus diferencias con los países fronterizos empezando por esa Arabia Saudí, a la que sus jóvenes vencieron anoche al fútbol, y que ve con recelo la simple posibilidad de un Irak democrático. Tal eventualidad, además de afear su monarquía absoluta, da el poder a la mayoría chií, algo que el reino considera anatema. Pero ni siquiera a Irán (un aparente beneficiario de ese reequilibrio de la balanza) o a Turquía les interesa un Irak fuerte, y mayormente trabajan para contenerlo.

Así, no es de extrañar que las balas se vendan baratas en el mercado. Mientras los iraquíes anden a tiro limpio, tendrán menos tiempo de crecer y hacer sombra a quienes les rodean.

Irak vuelve a volar

Por: | 25 de enero de 2014

Regreso a Bagdad y lo primero que veo al bajarme del avión es un aparato de Iran Air, la compañía de bandera iraní, aparcado justo al lado del que a mí me ha traído desde Dubái. La presencia de aviones de un país vecino en cualquier capital del mundo no debiera llamar la atención, ni ser noticia. Sin embargo, dice mucho de la anomalía de la situación en esta parte del mundo que todavía sorprenda. 

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Terminal del Aeropuerto Internacional de Bagdad./ Mohammed Ameen (REUTERS)

No hace tanto tiempo que Irán e Irak estuvieron embarcados en una guerra (entre 1980 y 1988) y las relaciones entre ambos no se recuperaron realmente hasta que la intervención de Estados Unidos derrocó a Saddam Husein en la primavera de 2003. Luego hicieron falta varios años más hasta que el desvencijado Aeropuerto Internacional de Bagdad pudo recuperar su autonomía.

En marzo de 2008 cuando el entonces presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, visitó Bagdad, Irán Air todavía no volaba a la capital iraquí. Sólo la abandonada Iraqi Airways iba a Teherán una vez a la semana. Hoy, hay numerosos vuelos semanales que no sólo unen ambas capitales sino que también conectan otras ciudades de los dos países. Traen sobre todo peregrinos iraníes, deseosos de visitar los santos lugares chiíes en Nayef, Kerbala, Baghdad y Samarra. E inasequibles al desaliento a pesar de los numerosos atentados terroristas que tienen por objetivo esos centros.

Pero también vienen hombres de negocios, interesados en abrir mercado en un país de 35 millones de habitantes que estuvo cerrado por las guerras y las sanciones. Sólo hay que pasearse por el Zoco de los Árabes o la calle Rashid para observar la cantidad de productos iraníes que, junto con los turcos y los chinos, inundan los puestos.

De ese potencial, y de los avances de seguridad (a pesar de que ahora vuelve a repuntar la violencia, motivo por el que estoy aquí), dice mucho la actividad del aeropuerto. A día de hoy, gestiona un centenar de vuelos comerciales al día, entre llegadas y salidas, lo que es un avance significativo sobre los apenas 4 que llegaban en 2006, en lo más crudo de la guerra sectaria que desangró el país.

Aunque es difícil obtener datos, estoy convencida de que nunca en su historia recibió tantos. El principal aeropuerto de Irak fue inaugurado como Aeropuerto Saddam Hussein en 1987, con un gran retraso debido a la guerra que el dictador mantenía con Irán desde 1980. Sin embargo, sus entonces flamantes terminales, bautizadas con los nombres de Babilonia, Nínive y Samarra, se quedaron desiertas a partir de 1991 cuando la ONU impuso restricciones al tráfico aéreo en castigo por la invasión de Kuwait. Sólo vuelos internos y algunos humanitarios mantuvieron la actividad de las instalaciones que empezaron a deteriorarse.

La invasión estadounidense dio el golpe de gracia al aeródromo. No sólo hubo una dura batalla en sus proximidades sino que los ocupantes lo tomaron como centro de operaciones. Aunque un año después pasó a control del Gobierno iraquí, todavía habrían de pasar varios más hasta que grandes aerolíneas internacionales se lanzaran a reabrir rutas que, en el caso de Europa, llevaban dos décadas cerradas.

Poco a poco, Turkish Airlines, la libanesa MEA, Etihad de Abu Dhabi, Egypt Air, Austrian Airlines, Emirates, Qatar Airways y otras han ido ofreciendo conexiones. Además de a Bagdad, esas compañías vuelan también a Suleimaniya (en la región autónoma de Kurdistán) y a Basora, en el Sur.

Tampoco Iraqi Airways podía arriesgarse a volar porque el contencioso con Kuwait, que le reclamaba una cuantiosa compensación por los daños de la invasión. El asunto se arregló finalmente, y en febrero del año pasado, la compañía iraquí pudo hacer su primer vuelo al emirato en 22 años. Sólo entonces fue también posible comprar nuevos aviones (de segunda mano). Hoy dispone de una veintena de aparatos, la primera vez en su historia que cuenta con tantos.

Incluso hay un proyecto para la modernización y ampliación del aeropuerto con el objetivo de duplicar su capacidad hasta los 15 millones de pasajeros al año. Pero, como todos los planes en Irak, su viabilidad depende sobre todo de que los gobernantes sean capaces de gestionar las divisiones internas y evitar que la violencia sectaria vuelva a marcar la agenda.

Por qué Kuwait no es Dubái

Por: | 21 de enero de 2014

La semana pasada asistí a la conferencia de donantes para Siria en Kuwait, invitada por el Gobierno de ese emirato. Lo habitual en esos casos es que el visado esté ya preparado al llegar al aeropuerto. Antes de acercarme al control de pasaportes, me dirigí a la ventanilla de Visa Collection (Recogida de visados). Sin siquiera echar un vistazo a mi documento, una funcionaria tan sobrada de ínfulas como de carnes me envío al piso superior a comprar el sello. Allí, un colega suyo me aseguró que el visado estaba emitido y que debía volver a la ventanilla de la que venía.

En fin, para no alargarme, resumiré diciendo que como ambos no se ponían de acuerdo, terminé en las oficinas de la policía, mientras se deshacía el entuerto. Allí sentada, pensé que esa falta de coordinación y funcionamiento desorganizado de la administración es lo que impedía que Kuwait fuera como Dubái, la ambiciosa ciudad-Estado que se ha convertido en referencia en esta parte del mundo.

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Un kuwaití retira dinero en un cajero automático de la capital./ alarabiya.net

No es que el primero tenga que imitar por fuerza a su vecino del sur. De hecho, Kuwait lideró la liga regional por la modernidad y el desarrollo tras la independencia del Reino Unido de los emiratos que jalonan la costa occidental del golfo Pérsico, a partir de los años sesenta del siglo pasado. Fue el primero en dotarse de una Constitución, con un sistema político cuasi democrático, pionero en la aviación comercial y en el establecimiento de un fondo para las futuras generaciones con los beneficios de sus reservas de petróleo (casi un 10% del total). Era allí a donde volaban los hombres de negocios en busca de oportunidades.

Esa riqueza y su temprano despertar debieran haberle permitido mantenerse en cabeza. Sin embargo, un cúmulo de circunstancias, algunas externas, pero sobre todo internas, llevan años bloqueando su avance. Hoy, los aviones de su línea aérea están viejos, las infraestructuras dejan que desear y los propios kuwaitíes dan la impresión de confiar poco en su país. (“Invierten fuera, se llevan el dinero a Qatar o a Europa”, asegura un observador occidental con varios años de residencia en el emirato).

Aunque la invasión iraquí en 1990 y las tres guerras en las que ha estado implicado su vecino del Norte sin duda han pesado en el devenir de Kuwait, la mayoría de los consultados coinciden en que los males están dentro: un sistema político anquilosado y, por encima de todo, la corrupción. La prensa local y, sobre todo, las diwaniyas, esos foros de debate privados que los kuwaitíes organizan en sus casas, están llenos de discusiones sobre la necesidad de reformas.

El sociólogo Mohamed al Rumaihi defendía recientemente en un artículo la necesidad de reformar la Constitución para permitir, finalmente, la existencia de partidos. Sin embargo, desde los sectores liberales se teme que esos grupos políticos sean cooptados por las tribus, reforzando su poder sin cambiar realmente el sistema. De hecho, esa estructura tribal que aún permanece bajo el barniz de la modernidad es en gran medida la responsable del estancamiento. La tribu y el dinero fácil del petróleo.

“Cada kuwaití, por el sólo hecho de serlo, recibe 200 dinares al mes [unos 525 euros], tiene educación y sanidad gratis de por vida, le financian la boda, la casa y no paga impuestos”, me explica el profesor George Irani, de la Universidad Americana de Kuwait (AUK). “Ven el país como un cajero automático”, resume de forma gráfica.

“Somos una sociedad tribal”, reflexiona el profesor y activista social Abdulaziz al Orayedh. Y la tribu exige que se cuide de los suyos, así que quien llega a un puesto relevante tiene que repartir prebendas. Eso frena la meritocracia. Los lazos de sangre, los contactos, los enchufes, un conglomerado de cosas que en árabe se conoce como wasta, son más importantes que la preparación. “La corrupción se ha convertido en una trampa”, señala.

“Los jóvenes vienen a la universidad a buscar pareja porque el trabajo lo consiguen con wasta”, lamenta Irani convencido de que la wasta está destruyendo la sociedad. Por primera vez, se habla de que recién titulados están emigrando para desarrollar ideas y montar negocios porque aquí chocan contra el muro de las grandes familias establecidas.

El nivel de libertades políticas y sociales de Kuwait sigue siendo el más alto de la península Arábiga, muy por delante del glamuroso Dubái. Sin embargo, ni su población ni sus gobernantes están siendo capaces de conseguir que ese potencial se traduzca en un país más atractivo para ellos y para el resto del mundo. En el aeropuerto, el día de mi partida, el Kuwait Times informaba de que “sube la bolsa en Emiratos Árabes y baja en Kuwait”.

El País

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