Ángeles Espinosa

Por qué Kuwait no es Dubái

Por: | 21 de enero de 2014

La semana pasada asistí a la conferencia de donantes para Siria en Kuwait, invitada por el Gobierno de ese emirato. Lo habitual en esos casos es que el visado esté ya preparado al llegar al aeropuerto. Antes de acercarme al control de pasaportes, me dirigí a la ventanilla de Visa Collection (Recogida de visados). Sin siquiera echar un vistazo a mi documento, una funcionaria tan sobrada de ínfulas como de carnes me envío al piso superior a comprar el sello. Allí, un colega suyo me aseguró que el visado estaba emitido y que debía volver a la ventanilla de la que venía.

En fin, para no alargarme, resumiré diciendo que como ambos no se ponían de acuerdo, terminé en las oficinas de la policía, mientras se deshacía el entuerto. Allí sentada, pensé que esa falta de coordinación y funcionamiento desorganizado de la administración es lo que impedía que Kuwait fuera como Dubái, la ambiciosa ciudad-Estado que se ha convertido en referencia en esta parte del mundo.

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Un kuwaití retira dinero en un cajero automático de la capital./ alarabiya.net

No es que el primero tenga que imitar por fuerza a su vecino del sur. De hecho, Kuwait lideró la liga regional por la modernidad y el desarrollo tras la independencia del Reino Unido de los emiratos que jalonan la costa occidental del golfo Pérsico, a partir de los años sesenta del siglo pasado. Fue el primero en dotarse de una Constitución, con un sistema político cuasi democrático, pionero en la aviación comercial y en el establecimiento de un fondo para las futuras generaciones con los beneficios de sus reservas de petróleo (casi un 10% del total). Era allí a donde volaban los hombres de negocios en busca de oportunidades.

Esa riqueza y su temprano despertar debieran haberle permitido mantenerse en cabeza. Sin embargo, un cúmulo de circunstancias, algunas externas, pero sobre todo internas, llevan años bloqueando su avance. Hoy, los aviones de su línea aérea están viejos, las infraestructuras dejan que desear y los propios kuwaitíes dan la impresión de confiar poco en su país. (“Invierten fuera, se llevan el dinero a Qatar o a Europa”, asegura un observador occidental con varios años de residencia en el emirato).

Aunque la invasión iraquí en 1990 y las tres guerras en las que ha estado implicado su vecino del Norte sin duda han pesado en el devenir de Kuwait, la mayoría de los consultados coinciden en que los males están dentro: un sistema político anquilosado y, por encima de todo, la corrupción. La prensa local y, sobre todo, las diwaniyas, esos foros de debate privados que los kuwaitíes organizan en sus casas, están llenos de discusiones sobre la necesidad de reformas.

El sociólogo Mohamed al Rumaihi defendía recientemente en un artículo la necesidad de reformar la Constitución para permitir, finalmente, la existencia de partidos. Sin embargo, desde los sectores liberales se teme que esos grupos políticos sean cooptados por las tribus, reforzando su poder sin cambiar realmente el sistema. De hecho, esa estructura tribal que aún permanece bajo el barniz de la modernidad es en gran medida la responsable del estancamiento. La tribu y el dinero fácil del petróleo.

“Cada kuwaití, por el sólo hecho de serlo, recibe 200 dinares al mes [unos 525 euros], tiene educación y sanidad gratis de por vida, le financian la boda, la casa y no paga impuestos”, me explica el profesor George Irani, de la Universidad Americana de Kuwait (AUK). “Ven el país como un cajero automático”, resume de forma gráfica.

“Somos una sociedad tribal”, reflexiona el profesor y activista social Abdulaziz al Orayedh. Y la tribu exige que se cuide de los suyos, así que quien llega a un puesto relevante tiene que repartir prebendas. Eso frena la meritocracia. Los lazos de sangre, los contactos, los enchufes, un conglomerado de cosas que en árabe se conoce como wasta, son más importantes que la preparación. “La corrupción se ha convertido en una trampa”, señala.

“Los jóvenes vienen a la universidad a buscar pareja porque el trabajo lo consiguen con wasta”, lamenta Irani convencido de que la wasta está destruyendo la sociedad. Por primera vez, se habla de que recién titulados están emigrando para desarrollar ideas y montar negocios porque aquí chocan contra el muro de las grandes familias establecidas.

El nivel de libertades políticas y sociales de Kuwait sigue siendo el más alto de la península Arábiga, muy por delante del glamuroso Dubái. Sin embargo, ni su población ni sus gobernantes están siendo capaces de conseguir que ese potencial se traduzca en un país más atractivo para ellos y para el resto del mundo. En el aeropuerto, el día de mi partida, el Kuwait Times informaba de que “sube la bolsa en Emiratos Árabes y baja en Kuwait”.

Hay 4 Comentarios

Una vez más, gracias por explicarnos de forma meridiana los entresijos de esa parte del mundo. Si alguien es capaz de aclarar al lector una forma de vida propiciada por una inmensa cantidad de dinero fácil, y las consecuancias que pueden tener en Occidente, es usted con sus crónicas siempre esclarecedoras en el diario y sus comentarios en este blog.

Gracias señora Espinosa por recorrer la anatomía del Golfo Pérsico para nosotrxs...

Maldita sea, Ángeles, por qué estos kuwaitíes no serán como nosotros, verdad? Y Dubaí, Irán, todos...
Benga. Sigue intentando homogeneizar el mundo. Tú puedes

Aisss quién fuese kuwaití...

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Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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