Ángeles Espinosa

Se prohíben las armas durante las horas de funcionamiento del bar

Por: | 22 de junio de 2014

“Se prohíben las armas durante las horas de funcionamiento del bar”. El cartel situado en la puerta del establecimiento parece razonable. Como en el caso de la conducción, “si bebes, no dispares”. Sólo que no estoy invitada a tomar una copa en el último garito de moda de Bagdad, sino a asistir a una misa.

La eucaristía se celebra dentro del perímetro fortificado de la Embajada de Estados Unidos en Irak. Aunque las instalaciones son lo suficientemente amplias para haber albergado a 16.000 personas hasta hace dos años, la sala multiusos que por las tardes-noches hace de bar, sirve durante el día para las ceremonias religiosas de los habitantes de este oasis-prisión.

Incluso con la última reducción de personal la semana pasada, a raíz de la ofensiva yihadista que ha capturado un tercio de Irak, aquí trabaja y vive  más gente que en muchos pueblos. Unas 4.000 personas, se estima. Y desde luego, disponen de una dotación de servicios que envidiaría la mayoría en este país, e incluso en el resto del mundo.

Superadas los gigantescos portones de entrada y la gigantesca bandera de Estados Unidos, el lugar tiene aspecto del típico campus universitario americano. Edificios bajos rodeados de césped, con campos de deporte y gente que se traslada en bicicleta de un lado a otro. También hay un servicio de minibús, y puntos de reciclaje. Sólo unas pequeñas casamatas de hormigón en las esquinas desentonan con el paisaje. Son los refugios para caso de bombardeo.

Además de la Cancillería, las residencias del embajador y su segundo, hay varios bloques de viviendas para el personal. Los habitantes de este idílico enclave disponen de gimnasio, piscina, supermercado, cafeterías, terrazas al aire libre, sala de lectura… Incluso una oficina del Banco de Bagdad. En total, 42 hectáreas en la orilla occidental del Tigris, cuya construcción costó casi 600 millones de dólares (unos 440 millones de euros).

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“Las ventanas son todas blindadas”, explica el anfitrión que en todo momento tiene que acompañar a sus visitantes.

El elevado coste de esa prevención contra los previsibles ataques de quienes consideran a EEUU el origen de sus males, ha hecho que las construcciones que albergan a contratistas y equipos de seguridad carezcan de ventanas. Así que la hilera de cubos de cemento, con apenas unos respiraderos, no son salas de maquinaria sino “alojamientos seguros”. Seguros y, sin duda, opresivos.

También el gran comedor colectivo, similar al que frecuenté durante mi estancia en la Universidad de Ohio, está protegido por enormes paredes de hormigón. Los lavabos de la entrada (cuyo uso es obligatorio) me recuerdan a las instalaciones militares que visité mientras duró la ocupación. El resto ofrece una apacible normalidad… como cualquier barrio de clase media americana.

Es fácil olvidarse de que estamos en Bagdad, donde la gente carece de servicios públicos. En la capital del quinto productor de petróleo, no hay una recogida de basuras digna de ese nombre, los cortes eléctricos son una constante y el agua que sale de los grifos no es potable. Con temperaturas que ya superan los 45ºC, el aire acondicionado es un lujo que sólo se pueden permitir aquellos con dinero suficiente para disponer de un generador potente.

En contraste, el recinto de la embajada estadounidense resulta un oasis de tranquilidad. Pero también es en buena medida una cárcel para sus habitantes, que tienen muy restringidas las salidas. A pesar de encontrarse dentro de lo que se denomina Zona Verde (han fracasado los esfuerzos iraquíes por rebautizarla Zona Internacional), no todo el mundo tiene permiso para asomarse al exterior, menos aún a la Zona Roja, donde nos alojamos el resto de los mortales. Para hacerlo, necesitan un enorme despliegue de seguridad (coche blindado, chaleco antibalas, guardaespaldas).

“Estamos un poco prisioneros”, admite el anfitrión. “Y como los prisioneros de verdad, algunos contratistas que llevan aquí diez años se han acostumbrado tanto a las rutinas que cuando vuelven [a EEUU] tienen dificultades para adaptarse a la vida fuera”.

Toda una metáfora de los problemas que afrontan para entender la región.

En el bar-capilla, se nota la ausencia de muchos habituales que han sido evacuados o que han adelantado el final de su contrato. La liturgia del día incluye la lectura del Salmo 147: “Alaba a tu Dios, oh Sion.Porque fortificó los cerrojos de tus puertas”. No podía ser más adecuado.

 

 

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Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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