Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

La guerra no coge vacaciones (y 3)

Por: | 27 de agosto de 2014

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En el camino de Shaqlawa a Akre, en el Kurdistán iraquí. / Á. E.

Llegar a Erbil fue sólo el principio de lo que ya son dos semanas largas de intenso trabajo. Las historias de los desplazados, el rifirrafe político o el parte bélico del día darían trabajo a una redacción entera. Pero la tarea del enviado especial es normalmente solitaria y frustrante. Resulta imposible abarcarlo todo. Y eso sin contar que a la vez hay que ocuparse de la logística. Lo más complicado son los desplazamientos.

Tras visitar varias zonas donde se agrupaban los escapados por la ofensiva del autodenominado Estado Islámico (la mayoría no está en campamentos de esos que tanto juego dan en las imágenes),  me di cuenta que me faltaba una pieza. Había entrevistado  a cristianos, a kakais, a shabaks, a musulmanes chiíes y suníes, pero no había encontrado a ningún yazidí.

Los miembros de esa minoría religiosa kurda habían llamado la atención internacional al quedar atrapados en la cordillera de Sinjar, con los yihadistas acosándoles por el sur y un camino de montaña  al norte como única escapatoria, imposible de franquear para ancianos, enfermos y niños. Ahora empezaban a llegar por la frontera de Siria hasta… Zajo y Dohuk.

Esa ciudad está a unas dos horas de viaje desde Erbil. Claro que eso era antes de que el Estado Islámico tomara Mosul y se hiciera con el control no sólo de la carretera nacional 2, sino también con las poblaciones hasta 40 kilómetros al este de la misma. La ruta habitual ha quedado impracticable y llegado un punto las fuerzas kurdas impiden el paso a eventuales despistados.

Durante una entrevista con una ONG europea que está prestando ayuda de emergencia a los desplazados, descubro que parte de su equipo va a trasladarse a Dohuk al día siguiente. Pregunto si tienen sitio y tengo suerte. O eso creo yo, hasta que ya en la furgoneta descubro lo que me espera. Sus protocolos de seguridad exigen un rodeo que alarga el viaje hasta cinco horas…  

Gracias al inesperado contratiempo voy a descubrir los paisajes de montaña de la región más septentrional de Kurdistán, una zona que no había visitado antes. La primera ciudad que pasamos es Shaqlawa, una especie de Escorial donde los habitantes de Erbil buscan aires más frescos en verano, sólo que bastante más deslavazada. Se nota que está creciendo deprisa, sin planificación, al ritmo de la inyección de dinero que ha supuesto la inversión extranjera atraída por el petróleo. Pero junto a los veraneantes, hay también muchos refugiados sirios que buscan aquí alquileres más baratos que los de la capital.

No paramos. Seguimos en dirección a Harir, pero antes de llegar tomamos un desvío hacia el oeste. No es la carretera comarcal que marcaba mi mapa, sino una doble vía nueva y aún incompleta obra de una empresa turca. A la derecha, hacia el norte, montañas peladas. Por el camino, pueblos con casas de bloques, como los que son habituales en todo Oriente Próximo, pero que a diferencia de los de Jordania o el resto de Irak tienen agua y parches de verde que los hace menos duros.

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A las afueras de Shaqlawa. / Á. E.

Así hasta que llegamos a Akre, cuyo nombre kurdo (en árabe lo transcriben como Aqrah) coincide fonéticamente con el de la ciudad israelí de Acre. Es una ciudad de origen asirio, testimonio del cuál quedan algunas de las iglesias más antiguas de la cristiandad (entre los siglos III y V). Están excavadas en la roca. En 1991, tras el castigo internacional a Saddam Husein por su invasión de Kuwait, tuve la suerte de visitar dos de ellas un poco más al oeste.

Esta vez no hay tiempo para visitarlas. Tenemos que conformarnos con intuirlas desde la distancia. Sin embargo, un poco después, Ali, el conductor, para el coche para esperar a su relevo. Media hora más tarde, llega un colega suyo y cambian de vehículo. Así, ambos vuelven a dormir a sus respectivas casas. Yo también tengo sueño. He dormido poco toda la semana y doy cabezadas el resto del camino hasta que llegamos a Dohuk.

Cuando dos días más tarde acabe mi trabajo sobre los yazidíes huidos de Sinjar, no tendré ni paciencia ni tiempo para repetir la ruta en sentido inverso. Acudo al maktab Erbil, la oficina de la que salen los taxis compartidos para la capital kurda. Es temprano. No hay otros viajeros y tengo una cita a primera hora de la tarde con el gobernador. Decido pagar el coche para mi sola.

“¿Cuánto tardaremos?”, pregunto para asegurarme de que llegaré a tiempo.

“Dos horas y media, según el tráfico”, responde el encargado.

“¿Sólo? ¿Por dónde van? ¿No irán por Mosul?”, inquiero extrañada.

Los conductores se ríen de buena gana.

“No señora, en Mosul está el Daish. Nosotros vamos por Sheikhan, Bardarash y Kalak”, me tranquilizan.

Tres horas después estoy en mi hotel. La guerra no coge vacaciones. Pero esta región, con sus paisajes de montaña, parece un lugar perfecto para pasar unas. Si no hubiera guerra.

 

La guerra no coge vacaciones (2)

Por: | 23 de agosto de 2014

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Campo de cereal en Kurdistán después de la siega. / Á.E.

Puestos a ver el lado positivo de las cosas, el cierre del aeropuerto de Erbil, primero, y el hecho de que algunas compañías aún mantengan los vuelos interrumpidos, ha tenido consecuencias educativas para mí. Volé al pequeño aeropuerto de Suleimaniya (igual de bien organizado que el de la capital kurda). Planeaba coger un taxi y venir directamente hasta aquí. Sin embargo, mi vuelo llegaba de noche y Suha, una amiga kurda cuyo consejo valoro, opinaba que no era prudente.

“Antes sí, no había problema; pero ahora con lo que está pasando, es peligroso”, me dijo.

Lo que está pasando es que desde primeros de agosto el autodenominado Estado Islámico ha empezado a atacar las posiciones de los peshmergas (las fuerzas kurdas), de los que en junio se mantenía a una distancia prudente. Así que todo el perímetro de la región autónoma de Kurdistán, 1.050 kilómetros, linda ahora con “las fuerzas oscuras”, como gráficamente me describió el politólogo Khaled Salih. Y no sólo porque hayan adoptado el negro como uniforme.

Me estoy desviando. El caso es que hice caso a Suha. Me quedé a dormir en Suleimaniya (donde no había estado antes) y desde la ventana de mi habitación descubrí una agradable y tranquila ciudad de provincias. A la mañana siguiente, al salir en dirección a Erbil, me sorprendió su vocación universitaria. A la derecha el campus de la Universidad de Suleimaniya (pública). A la izquierda, la Universidad Americana (privada).

Dos días después me acordaría de esa imagen cuando, en el campo de desplazados de Bakharka, Uday Nazar, de 21 años, me preguntaba “¿dónde voy a examinarme ahora?”. Uday, un joven kakai, tuvo que huir en junio de Mosul en cuya universidad estudiaba inglés, y ahora de nuevo se había salido corriendo de su pueblo, junto a su familia, ante el avance yihadista. “No pude hacer los exámenes, pero quiero hacerlos”, me decía sabedor de la importancia de tener acabados sus estudios para dejar atrás la pobreza que castiga a buena parte de las minorías de Irak. La guerra destruye proyectos de vida. 

“Señora, ¿prefiere que vayamos por la carretera de Kirkuk o por la de Dokan?”, me preguntó Aram, el taxista que el día anterior me había recogido en el aeropuerto.

“¿Cuál es mejor?”, pregunté.

“Por Dokan, tardamos algo menos de tres horas, y por Kirkuk, un poco más y podemos encontrarnos con el Daish”, me respondió muy serio usando el acrónimo árabe para el Estado Islámico.

No había duda. Aunque como periodista resultaba tentador viajar por Kirkuk y tal vez observar de lejos algún combate, sólo la idea me pareció de una frivolidad vergonzosa. ¿Qué derecho tenía yo a poner en riesgo a un taxista tan simpático?

“Por Dokan”, entonces.

El hombre respiró aliviado.

El viaje me permitió tres horas de asueto, algo inusitado en este trabajo. A un lado de la carretera las estribaciones septentrionales de los montes Zagros, que marcan la frontera con Irán. Al otro una meseta cuyos campos dorados a ratos me recuerda a la de Castilla. Pero a pesar de las zonas cultivadas del camino, luego descubriré que Kurdistán ha dejado de ser el granero de Irak.

Hoy en día, en la región autónoma importa la mayoría de los alimentos que consume. La emigración del campo a la ciudad y el aumento del nivel de vida gracias al petróleo han alejado a las jóvenes generaciones de la agricultura. Aunque el problema empezó en tiempos de las sanciones internacionales contra Saddam, durante el programa Petróleo por Alimentos. “La ONU traía los alimentos de fuera y dejó de compensar trabajar la tierra”, me asegura una fuente humanitaria. Pero eso es otra historia.

La guerra no coge vacaciones (1)

Por: | 22 de agosto de 2014

Irak fue mi último trabajo antes de irme de vacaciones. Vine en junio, nada más que el entonces llamado Estado Islámico en Irak y el Levante (EIIL) tomo la ciudad de Mosul. Desde Erbil viaje hasta Kalat y el campo de desplazados de Khazer, que entonces se empezaba a poner en pie, y un poco más adelante, hasta el puesto avanzado de los Peshmerga, a apenas unos kilómetros de los fanáticos. También a Kirkuk, cuyo control se habían arrogado esas fuerzas kurdas ante la huida del Ejército iraquí.

Luego, me trasladé a Bagdad para ver la situación política. Después de diez días de infarto en los que cada mañana nos despertábamos con una nueva conquista del EIIL (ISIS en sus siglas inglesas y DAISH en las árabes), su avance se ralentizó un poco. La inminencia del Ramadán hacía pensar si no en una interrupción de las hostilidades (viví en la guerra civil libanesa como los combates paraban para el iftar y se reanudaban media hora después), si al menos un ritmo más pausado.

Me pregunto a menudo cómo pueden milicianos y soldados no ya luchar sino siquiera moverse con las temperaturas que alcanza está tierra. No es que a diario se superen los 45ºC, sino que el termómetro no baja de los 30ºC ni siquiera por la noche. Quizá sea esa la causa de tanto conflicto, que el calor les hace perder la sesera… El caso es que mientras yo, y medio planeta, nos tomábamos un (merecido) descanso, la guerra no cogía vacaciones.

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Yazidíes desplazados por el avance del Estado Islámico en Sinjar se refugián en una obra en Zajo./ Á.E.

En mi ausencia, los fanáticos han seguido conquistando territorios; los desplazados por los combates han aumentado, y los muertos y los heridos también. Sin embargo, los políticos no han logrado ponerse de acuerdo, aunque finalmente el controvertido primer ministro Nuri al Maliki ha renunciado a un tercer mandato y dejado paso a otro miembro de su partido, Haider al Abadi. Ahora toca esperar a que forme Gobierno. Tras las elecciones de 2010, costó ocho meses. Sería bueno que, ante la grave situación que atraviesa el país, se den un poco más de prisa ahora.

El único cambio positivo parece ser la simplificación del nombre del EIIL que ha pasado a llamarse sólo Estado Islámico, mucho menos enrevesado, pero más ambicioso. Esas dos palabras hacen alusión a la utopía de un gobierno justo basado en la ley islámica (sharía) y remite a los primeros tiempos del islam. Casi nada. Pero en la mente de los iraquíes, el acrónimo Daish ha quedado tan marcado que todos siguen utilizándolo.

El País

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