Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

A vueltas con los yihadistas

Por: | 17 de septiembre de 2014

ACTUALIZADO CON UNA ADENDA AL PIE EL 20 DE SEPTIEMBRE

EIIL, EIIS, EI (o sus variaciones en inglés, ISIL, ISIS, IS)... los medios de comunicación hemos debatido qué siglas utilizar para referirnos al grupo de extremistas islámicos que controlan un tercio de Irak y Siria. Incluso, la Casa Blanca ha explicado por qué utiliza EIIL (ISIL)  y no EIIS (ISIS), lo cual no ha impedido que The New York Times haya optado finalmente por Estado Islámico (EI), que es cómo se autodenominan sus miembros. Pero toda esta discusión terminológica en ningún momento ha entrado en algo que molesta a muchos musulmanes, practicantes o no, el uso de la palabra yihadista para referirse a los militantes del EI y otros grupos de ideología similar. 

EI en Irak

Militantes del Estado Islámico en Irak. / REUTERS

“No son yihadistas”, me señalaba recientemente N. P., un lector dolido por la demonización de lo islámico que ve en ese vocablo. No es la primera vez. Aunque esos fanáticos dicen actuar en nombre del islam, en realidad tienen una particular interpretación de esa religión que no coincide con la mayoría de sus 1.300 millones de seguidores.

El neologismo yihadista, generalizado desde la aparición de Al Qaeda, se forma a partir del término árabe yihad (que los ingleses trascriben jihad y los franceses djihad). Y ahí está el origen del problema. Desde que empecé en este trabajo hace ya casi tres décadas, nunca he dado con una traducción correcta de esa palabra, o más bien con una que no resultara controvertida.

A menudo he recibido comentarios de lectores musulmanes que se quejaban de su asimilación a “guerra santa”, la traducción periodística más frecuente. Una y otra vez me han explicado que se trata de un concepto religioso que hace referencia al “esfuerzo o lucha interior” para acercase a Dios, que se refiere a una guerra defensiva, que sólo puede declararla una autoridad religiosa legítima... Lo que he leído al respecto tampoco me han proporcionado una solución. Existe una amplia controversia académica, en la que cada cual encuentra argumentos para apoyar su tesis. Pero claramente, los musulmanes rechazan la asociación con los extremistas violentos a que lleva el uso de esos términos.

Contra lo que pudiera sospecharse, no es sólo la prensa occidental la que los utiliza.  En los medios árabes también se habla de yihadiyin, o yihadihyn (de yihadihah, que podríamos traducir como yihadismo). El argumento es que la palabra árabe para quien hace la yihad es muyahid (plural muyahidín, aunque en castellano es frecuente ver escrito muyahidines).

Esa voz se popularizó durante la guerra fría para referirse a los combatientes afganos y árabes que lucharon contra la ocupación soviética en Afganistán. Los veteranos de aquella contienda fueron la semilla de Al Qaeda y la saga de grupos islamistas violentos que luego han proliferado por medio planeta. Sus militantes, como los del infame Estado Islámico, se  denominan a sí mismos muyahidín.

“Siempre llamaría yihadistas a los terroristas de grupos como Al Qaeda, el EI y similares por la sencilla razón de que el [sufijo] –ista denota que nos referimos a un movimiento político, no a algo relacionado con el islam. Por otra parte, muyahidín tiene implícitamente connotaciones islámicas”, me respondía Charlie Cooper de la Quilliam Foundation cuando le planteé recientemente el asunto. Ese centro de estudios, que entre sus objetivos declara la lucha ideológica contra el extremismo, hace hincapié en que “el yihadismo no es diferente de otras ideologías políticas como el comunismo, el capitalismo o el fascismo, y como tal, no tiene relación con el islam como religión”.  

Pero eso no soluciona el malestar de N. P.

“Si son terroristas, llamémosles así”, me sugería durante un animado intercambio de tuits. Y sí, tiene razón, las atrocidades de que hace gala el Estado Islámico justifican esa calificación. Pero además se trata de un tipo de terrorismo particular, claramente diferenciado del de otros grupos como ETA, el IRA, las FARC, las Brigadas Rojas... Constituye una categoría diferente.  

¿Existe otra alternativa? ¿Hay una palabra que describa específicamente a esos terroristas que justifican sus acciones violentas en un islamismo radical y fanático? (Obsérvese que hablo de islamismo, no de islam, y en concreto de una variedad extremista).

El nuevo alto comisionado de la ONU para los derechos humanos, y primer musulmán en ejercer ese cargo, el príncipe jordano Zeid Raad al Husein, se refirió a ellos como takfiris en su primera intervención ante el Consejo el 8 de septiembre. Con su bagaje, sabe sin duda de lo que habla.

En árabe se llama takfiri al musulmán que acusa de apostasía a otro musulmán, con el fin de deslegitimizar a quienes no reconocen su autoridad y justificar su asesinato; además considera infiel (kafir) a cualquiera que no sigue su doctrina, incluidos los musulmanes chiíes. El takfirisimo es una ideología mesiánica que fue rechazada por los ulemas en los primeros tiempos del islam, pero que reapareció a mediados del siglo pasado en grupos islamistas (suníes) marginales.

Mi primer contacto con un takfiri, o más bien un ex takfiri, se produjo en 2005, cuando entrevisté a un saudí que se había abandonado esa secta. Jaled al Ghannami me explicó la diferencia entre quienes siguen dicha vía y los fundamentalistas salafis: aquellos aceptan la violencia para lograr sus objetivos. Más allá de diferencias coyunturales, el uso del terror hermana a Al Qaeda con el Estado Islámico.  

Significativamente, takfiri es la palabra que utilizan los responsables iraníes y también muchos árabes. Esa inusitada coincidencia hace pensar que sea más acertada que yihadistas para describir a los fanáticos que desprecian el orden internacional y la vida humana en pos de su quimera del califato. 

¿Seremos capaces en los medios de comunicación de cambiar cómo llamamos a esos terroristas? Tengo serias dudas. Yihadista se ha generalizado demasiado, y takfiri suena académico. Aun así tal vez debiéramos intentarlo.

ADENDA: Recibo un intesante comentario (no sé por qué no se ven los comentarios, ya he hablado con los técnicos para que resuelvan el problema) de Ilya Topper que reproduzco por su interés para el debate. "Takfiri no puede reemplazar a yihadista porque no significa lo mismo. Takfiri es quien sigue una ideología (negar el derecho de existencia de musulmanes que no piensan como él). Yihadista es - en el uso actual - quien combate para expandir esa ideología". Apuntado queda.

El chico que limpia mi habitación

Por: | 01 de septiembre de 2014

Se llama Osama. Es cristiano y de Hamdaniya, una de las localidades conquistadas por el autodenominado Estado Islámico (EI) a primeros de agosto. Pero su familia hace ya algunos meses que se marchó de allí. Él la mantiene limpiando habitaciones. No creo que haya cumplido los 18 años. La guerra obliga a crecer deprisa. Y se puede considerar afortunado. Muchos de sus vecinos dependen ahora de la ayuda internacional para sobrevivir en el precario cobijo que han encontrado en Kurdistán.

Según la Organización Internacional de Migraciones, más de 750.000 desplazados internos han llegado a la región autónoma desde primeros de año, la mitad de ellos sólo en agosto. Otros 335.000 iraquíes, sobre todo árabes suníes, se habían instalado con anterioridad en la zona huyendo de la violencia sectaria y la inseguridad que resurgió tras la salida de las tropas estadounidenses a finales de 2011. Los números son una prueba de solidaridad intercomunitaria que sin embargo tiene algunas aristas.

La mayoría de los trabajadores del hotel en el que me alojo en Erbil son iraquíes árabes. Qué ironía. En mi primer viaje a este país, en 1985, los hoteles internacionales de Bagdad empleaban a árabes de otros países y a filipinos como camareros, limpiadores y botones. A los kurdos les consideraban demasiado rústicos para esos menesteres; y los iraquíes (árabes) se reservaban los puestos de dirección. Si acaso, se encontraba a alguna cristiana como recepcionista.

Nur, la joven que recibe a los recién llegados, habla un árabe tan clarito y vocalizado que hasta yo la entiendo. Pero no lo hace por mí, sino por sus compañeros kurdos. Ella no habla el idioma local y ellos, poco el árabe. En ocasiones, llega al ridículo de que se comunican en inglés.

En el comedor, los camareros hablan en árabe, el cocinero en kurdo. Les pregunto de dónde son. “Yo de Bagdad”, me dice Hadel, la cajera. “Yo, también”, se suma Mahmud. Miro al tercero. “De Mosul”, admite. “Daish”, señalan los otros con una carcajada. Daish es el acrónimo árabe de Estado Islámico en Irak y el Levante, el anterior nombre del EI, y como la mayoría se refiere aún a ese grupo. Se ríen por no llorar.

Todos agradecen estar a salvo. “La seguridad es lo mejor aquí”, coinciden. Pero contentos, lo que se dice contentos, no están. A todos les gustaría regresar a sus ciudades “si volviera a ser como antes”, una forma educada de decir como en tiempos de Saddam, pero que también significa antes de la violencia, de la guerra, de la locura. Se sienten discriminados por los kurdos (justo lo que estos sentían respecto a los árabes en tiempos de Saddam) y cuando uno de los empleados kurdos no entiende una advertencia que le hacen, se quejan de que “no habla árabe”. (También los kurdos recelan de los árabes; la desconfianza es recíproca.)

Si este país tiene alguna intención de permanecer unido y salir adelante, no sólo los políticos tienen que encontrar una fórmula para que todas las comunidades se sientan parte de él. Hace falta que sus miembros hagan un esfuerzo de aceptación del resto, que entiendan e interioricen que todos son iraquíes sin distinción ni matices, con igualdad de derechos y deberes.

Se podría empezar por algo tan sencillo como el idioma. Al igual que los niños kurdos estudian árabe como segundo idioma, el resto de los iraquíes tendrían una asignatura de kurdo. O incluir esa lengua en los billetes de banco que ahora están escritos en árabe (anverso) e inglés (reverso). En definitiva, acostumbrarse a la diversidad después de décadas de panarabismo de boquilla. Tan fácil y tan difícil al mismo tiempo.

El País

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