Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

No es el velo, estúpido

Por: | 29 de enero de 2015

Me ha sorprendido el follón que se ha montado en la prensa estadounidense a raíz de que Michelle Obama acudiera con la melena al aire a la audiencia con el nuevo monarca saudí, el rey Salman, en Riad. No sé si se trata de desconocimiento, o de una distracción para evitar el asunto clave de que EEUU, como el resto de los países, occidentales o no, relegan los derechos humanos a sus intereses económicos, políticos o de defensa. ¿Cómo querían que fuera? ¿Disfrazada de monja de clausura?

Michelle

Michelle Obama, durante la visita al rey Salman de Arabia Saudí, el pasado martes. / elpais.com

Para empezar, la elegante señora Obama no ha hecho nada que no hicieran sus predecesoras. Tanto Laura Bush como Hillary Clinton acudieron descubiertas a las citas que sus maridos presidentes tuvieron con el anterior monarca saudí, el ahora fallecido rey Abdalá. Descubiertas también se entrevistaron con sus interlocutores reales la propia Clinton como secretaria de Estado y, antes que ella, Condoleezza Rice y Madaleine Albright (aunque en una ocasión, ésta aterrizó en Riad con un sombrero tejano). Lo mismo puede decirse de otras dignatarias extranjeras como Angela Merkel o Ana Pastor. Nada novedoso pues.

Es cierto que la imagen contrasta con las habituales figuras de las mujeres saudíes, vestidas de negro de la cabeza a los pies, incluido el rostro. Pero en contra de lo que han dicho algunos comentaristas, no hay ninguna norma islámica que obligue a las mujeres a llevar velo en público. Hace muchos años que mis amigas musulmanas me enseñaron que el Corán, el único texto sagrado en el que todos los seguidores el islam están de acuerdo sean de la rama que sean, pide a los musulmanes, hombres y mujeres, que se vistan “con decoro”.

Cómo se ha trasladado eso a la calle, varía enormemente de Marruecos a Filipinas y de Chechenia a Irán (el único país que obliga a cubrirse por ley a todas las mujeres en su territorio, al margen de religión y nacionalidad). A menudo, tiene más que ver con las costumbres (y la climatología) locales que con precepto religioso alguno. En la península Arábiga, el sayón y el velo negros, conocidos como abaya y shayla, son más fruto de los usos sociales que de imposición doctrinal alguna. En cualquier caso, esas normas no obligan a las extranjeras no musulmanas.

Otra cosa es que las residentes en el reino se sientan presionadas por la policía moral o vecinos excesivamente puritanos. En general, residentes y visitantes se bandean con la abaya y sin necesidad de cubrirse la cabeza. Aunque en eso también hay diferencias, según las regiones. En Yeddah, la sociedad es más abierta que en Riad, e incluso las saudíes se sienten suficientemente cómodas para cambiar el negro por colores más vistosos y, en ocasiones, olvidar el pañuelo sobre los hombros.

(A esta corresponsal, nadie le pidió que se tapara la cabeza cuando en entrevistó al príncipe Saud al Faisal, el veterano ministro de Exteriores, ni siquiera cuando hizo lo propio con el rey Abdalá).

Tampoco es cierto que Michelle haya causado “indignación” en Arabia Saudí por no cubrirse el pelo. Los 1.500 tuits que según The Washington Post generaron los hashtags en árabe #Michelle_Obama_indecorosa y #Michelle_Obama_SinVelo resultan anecdóticos en un país donde  el año pasado se generaron una media de 150 millones de tuits mensuales. En realidad no había motivo de agravio. Si algún mensaje transmitió el atavío de la primera dama fue de respeto hacia sus anfitriones. La elección de un pantalón negro flojo, una camisola azulona y una levita a juego hasta las rodillas era sin duda recatada frente a los vestidos de cuerpos ajustados y escotes que dejan al aire brazos y hombros a los que es aficionada.

El comentario de que Michelle sí utilizó un pañuelo en Indonesia, olvida que lo hizo para entrar en una mezquita, no en un palacio. También en la catedral de Santiago de Compostela, entre otras, un cartel recuerda que no debe accederse al recinto con pantalones cortos o camisetas de tirantes. Al fin y al cabo, visitar un templo es una opción.

Obsesionados con el tópico, algunos medios incluso cayeron en la creciente, y peligrosa, tendencia a confundir la actividad en las redes sociales con lo que ocurre en la realidad. Sólo así se explica que dieran credibilidad a un montaje en YouTube que aseguraba que la televisión estatal había difuminado la imagen de Michelle Obama, algo que se probó falso.

Aún así, fue evidente que algunos de los participantes en la recepción no dieron la mano a la primera dama. Eso tampoco es algo nuevo en el Reino del Desierto ni significa necesariamente un rechazo a su presencia. Los piadosos musulmanes más estrictos, tanto hombres como mujeres, rehúyen el contacto físico con el otro sexo. Por más que choque con los usos occidentales, hay que evitar sacarlo de contexto, en especial si el interlocutor (o la interlocutora) hace un gesto de deferencia hacia la otra persona, tal vez inclinando la cabeza o llevándose la mano derecha al corazón.

En mi opinión, ni la melena descubierta de Michelle Obama supuso una  “atrevida declaración política”, ni la primera dama estadounidense hizo nada por las saudíes, como le han aplaudido algunos observadores, entre ellas Pilar Rahola. Por el contrario, el barullo mediático está eclipsando el hecho de que la vestimenta es el último de los problemas de las saudíes (y del resto de las mujeres que viven en países cuyos líderes utilizan el islam para limitar las libertades de sus ciudadanos).

Mucho más grave es el sistema de tutela, que en el reino y en distinta medida también en el resto de los países de la península Arábiga, convierte a las mujeres en eternas menores dependientes de por vida de la voluntad de un varón, el padre, el marido, el hermano y, a veces, hasta un hijo pequeño. Además, las leyes de familia limitan su derecho a la herencia (sólo reciben la mitad que sus hermanos), al divorcio o la custodia de los hijos. Mientras no consigan la igualdad legal con sus compatriotas hombres, hablar de velos y vestidos no dejara de ser una distracción. 

El País

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