Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

Allá ellos

Por: | 30 de abril de 2015

 
La zona de comida rápida del Al Faisaliah de Riad se parece a la de cualquier otro centro comercial de la península Arábiga y, si no fuera por las abayas (los batones negros con los que tienen que cubrirse se las mujeres), incluso de cualquier otro lugar del mundo. Entre semana, a la hora del almuerzo, numerosas madres con niños ocupan las mesas con las bandejas compradas en alguno de los puestos de comida rápida que ofrecen desde hamburguesas hasta platos chinos, pasando por fish and chips y especialidades libanesas.

Fast food

Establecimiento de comida rápida en un centro comercial de Arabia Saudí, con mostradores separados para hombres y mujeres./ skyscrapercity.com

En algunos casos, también les acompañan los padres, aunque son menos numerosos. Sólo cuando una se fija con atención se da cuenta de que hay algo raro. En los puestos de comida, mujeres y hombres hacen sus pedidos separados por un panel, tal como exige la segregación que impera en el país. Con todo, es algo más simbólico que otra cosa, ya que una vez en el mostrador unas y otros pueden verse y quienes atienden son todos varones.

Luego, una vez que cada cual tiene su comida, sólo los hombres acompañados tienen acceso a la “zona de familias”. Los caballeros solos deben quedarse al otro lado de un muro, como si estuvieran en cuarentena. No obstante, las mujeres pasan por delante con sus bandejas y media hora después van a cruzarse en los pasillos del centro comercial, donde los jóvenes aprovecharan la menor ocasión para intercambiarse el número de móvil y alguna mirada furtiva.

En algunos restaurantes con ínfulas, las particiones se hacen con tanto estilo que casi pasan desapercibidas. Pero las apariencias engañan. En general, se les reserva a ellos la mejor zona de los comedores, junto a los ventanales, en la planta baja, las terrazas…  Las mujeres no pueden sentarse en una terraza en Arabia Saudí. Ahora que el calor ya aprieta tal vez no importe tanto, pero en invierno…

Por la misma regla de tres, comprensible sólo para mentes saudíes, no hay problema en que sean hombres quienes venden ropa interior y cosméticos a las mujeres (de hecho era la norma hasta hace pocos años) y sin embargo, una vez que en 2011 se autorizó a las mujeres a trabajar como dependientas en ese tipo de establecimientos, su acceso ha quedado vetado a los hombres solos. En esas tiendas, un cartel a la entrada indica “sólo familias”, lo que no deja de ser un eufemismo para alejar mirones.

Y es que a diferencia de los vendedores, que hasta ahora eran esencialmente extranjeros (libaneses, jordanos, palestinos), las nuevas vendedoras son saudíes. Visto desde fuera parece un caso flagrante de xenofobia, aunque tal vez sólo sea otro embrollo generado por la segregación sexual que ha financiado el petróleo.

Resulta difícil explicar por qué hay salas de espera separadas en el consulado, pero todos hacen fila juntos en el aeropuerto, tienen que comer separados en los restaurantes, pero pueden cruzarse en los centros comerciales y otros lugares públicos de los que hasta recientemente se excluía a las mujeres. Mientras tanto, ante esos hombres que las discriminan, las saudíes parecen decir a través de su niqab (el velo facial que sólo deja los ojos al descubierto): “Allá ellos” y siguen adelante avanzando pasito a pasito.

 

Pero, ¿aquí no hay cola de mujeres?

Por: | 29 de abril de 2015

Parece mentira que Arabia Saudí sea el mayor país de la península Arábiga y uno de los más ricos del mundo. Sus infraestructuras no están a la altura. Se han quedado pequeñas y obsoletas. El aeropuerto Rey Jaled de Riad es un buen ejemplo, en especial si se viene desde Dubái. En cuanto llegan tres vuelos a la vez, el control de pasaportes se atasca y las colas se alargan como si estuvieran regalando petróleo en barriles.

Aeropuerto Riad

Sala de espera del aeropuerto internacional de Riad / wordpress.com

Mi vuelo coincide con otros dos procedentes de Pakistán, con varios cientos de obreros que vienen a hacer los trabajos más humildes a cambio de un sueldo de miseria que aún así es mucho más alto que en su país. Al dirigirme a las garitas de inmigración, me coloco instintivamente en la fila donde veo más hombres de negocios. O al menos que van trajeados. También hay alguna mujer, pero bajo las abayas (sayones negros) no se sabe si visten traje o están en ropa interior.  

Un funcionario me pregunta si tengo visado de residencia o si es de una sola entrada. Lo segundo. Entonces, me envía a la otra cola. Aunque son casi igual de largas, la primera corre más porque se trata de personas que entran y salen casi todas las semanas. O trabajan en el Reino del Desierto y tienen a su familia en Dubái para evitarles los rigores de un país con muchas limitaciones sociales. O, si viven en Riad, se van los fines de semana a la ciudad emiratí para respirar y tomar una cerveza (algo prohibido en Arabia). Es domingo por la mañana, el primer día de la semana laboral.

En la otra fila, a quienes estrenamos visado tienen que tomarnos los datos biométricos (huellas dactilares, foto, etc). El proceso se demora y con él la paciencia de los viajeros. Entre los paquistaníes, que sabe Dios cuántas horas de viaje llevarán desde sus pueblos en Waziristán o en Buner, hay algunas familias y los bebés no paran de llorar. Agotados y sin concepto del espacio personal, intentan ocupar el mínimo hueco libre sin respetar el orden.

Una pantalla enorme, da la bienvenida en árabe e inglés y pide a los viajeros que se acerquen a al control de pasaportes. ¡Qué más quisiera yo! Con semejante riada humana resulta imposible. Miro para atrás y me siento afortunada, estoy en el tercio delantero de la cola, aunque eso no evita el agobio.

Me veo estrujada entre la espalda del hombre que me precede y la impaciencia de la familia que va detrás. Primero lanzan al abuelo a ver si me desplaza. Al ver que no lo consiento, son las féminas en tropel las que arremeten. Tocan mi bolso, el maletín del ordenador, el tejido de mi abaya… Es tan obvio que el policía que trata de mantener el orden, les para detrás de mí para dejarme un poco de espacio. Dado que este es un país segregado por sexos, empiezo a preguntarme dónde está la fila para mujeres. No veo letrero alguno. Una pena porque como somos menos, acabaríamos antes.

La familia se queja y el guardia, que había empezado a colar a quienes llevan bebés, deja pasar a los abuelos, pero frena al resto de la pequeña tribu avasalladora. Observo que  junto a la siguiente familia, se cuelan dos mujeres con aspecto occidental. Miro al policía con aire de qué-está-pasando-aquí. Debo de estar cansada (me he levantado a las cuatro de la mañana para coger el vuelo) porque el hombre se apiada, suelta la cinta y me hace gesto de que pase.

Delante de mí, el funcionario de inmigración sonríe y suelta un alegre “Welcome to Saudia Arabia” (¡Bienvenidos a Arabia Saudí!) a dos sorprendidos (y asustados) paquistaníes. Noto que los agentes han sustituido el uniforme verde por la túnica blanca y el pañuelo a cuadros que constituye el traje nacional. Sin duda intentan mejorar su imagen, pero mientras no acaben con las colas hasta logran que eche de menos la segregación…

¿Segregadas con causa?

Por: | 28 de abril de 2015

Quiero viajar a Arabia Saudí, así que me dirijo al consulado de ese país en Dubái. A la puerta, un empleado muy cortés, túnica blanca y pañuelo a cuadros rojos y blancos, inspecciona mi bolso a través de los Rayos X y me pide que silencie el móvil. “¿Viene a pedir un visado?”, me pregunta. Como respondo que sí, me envía a la ventanilla número dos.

Así lo hago y enseguida aparece un funcionario al otro lado a quien entrego mi solicitud. Me pide que espere, lo que hago en uno de los asientos de la sala, junto al resto de los solicitantes. La mayoría parecen hombres de negocios, aunque visten informal, sin corbata, algo comprensible dados los 35º C que hace fuera.

Por mi parte, he añadido una camisa larga sobre el pantalón y la camiseta al recordar el frío que pasé dentro del consulado la última vez. Mantienen el aire acondicionado a temperaturas polares. También he metido en el bolso una shayla, el pañuelo con el que las saudíes se cubren la cabeza, por si acaso. No quiero tener que volver a casa a buscar uno como me ocurrió una vez en el Consulado de Irán. Pero nadie me dice nada.

Llega una chica joven, inglesa por el acento, vestida como una jipi chic de camino a India. Pantalones amplios de lino gris, túnica rojiza y pañuelo a juego. Mientras aguarda su turno, salen de una salita aneja una madre y su hija, que al parecer estaban allí desde antes de mi llegada. Lo hacen alentadas por el marido / padre que no debe de encontrar motivo para esconder a sus chicas cuando la inglesa y yo estamos allí tan campantes.

Entran varias personas más, entre ellos un matrimonio, con aspecto oriental por sus ojos rasgados. Él viste una de esas camisas de hilo típicas del sureste asiático; ella completamente de negro, sólo deja ver el óvalo de la cara y las manos. Se sientan detrás de mí.

Bueno, casi no les da tiempo a hacerlo porque el amable empleado de la puerta empieza a gritar “madam, madam”, y nos envía a todas las mujeres a la salita en la que estaban confinadas la madre y la hija. Ambas sonríen con complicidad. Visten sendas abayas, los batones negros hasta los pies con los que se cubren las saudíes y otras mujeres de la zona, lo que indica que deben de vivir en el Reino del Desierto. “Desde septiembre”, me confirma la señora.

Arabia Saudí es un país que practica una estricta segregación de sexos. Aunque hay momentos que a una se le olvida, siempre hay alguien que le pone en su sitio. Incluso cuando la separación es absurda o poco práctica. Hay que mantener las formas por encima de todo.

El marido se acerca a la salita, que no tiene puerta, pero la hija, una adolescente, le recuerda que si nosotras no podemos estar fuera él tampoco puede entrar. Dentro, además de un aseo de señoras, hay dos ventanillas más, la 6 y la 7, supongo que para atendernos. Pero cuando llega el turno de la joven inglesa, el funcionario se asoma por la 6 y le pide que vaya a la 2, que es donde se gestionan los visados. Lo mismo sucede con la madre y la hija. Y finalmente, conmigo.

A falta de una explicación mejor, deduzco que la segregación de las mujeres en el consulado saudí tiene por objetivo ayudar a los funcionarios a realizar un poco de actividad física durante su jornada laboral. Todos sabemos que pasar tanto tiempo sentados en los despachos es fatal para la espalda.

El País

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