Ángeles Espinosa

¿Segregadas con causa?

Por: | 28 de abril de 2015

Quiero viajar a Arabia Saudí, así que me dirijo al consulado de ese país en Dubái. A la puerta, un empleado muy cortés, túnica blanca y pañuelo a cuadros rojos y blancos, inspecciona mi bolso a través de los Rayos X y me pide que silencie el móvil. “¿Viene a pedir un visado?”, me pregunta. Como respondo que sí, me envía a la ventanilla número dos.

Así lo hago y enseguida aparece un funcionario al otro lado a quien entrego mi solicitud. Me pide que espere, lo que hago en uno de los asientos de la sala, junto al resto de los solicitantes. La mayoría parecen hombres de negocios, aunque visten informal, sin corbata, algo comprensible dados los 35º C que hace fuera.

Por mi parte, he añadido una camisa larga sobre el pantalón y la camiseta al recordar el frío que pasé dentro del consulado la última vez. Mantienen el aire acondicionado a temperaturas polares. También he metido en el bolso una shayla, el pañuelo con el que las saudíes se cubren la cabeza, por si acaso. No quiero tener que volver a casa a buscar uno como me ocurrió una vez en el Consulado de Irán. Pero nadie me dice nada.

Llega una chica joven, inglesa por el acento, vestida como una jipi chic de camino a India. Pantalones amplios de lino gris, túnica rojiza y pañuelo a juego. Mientras aguarda su turno, salen de una salita aneja una madre y su hija, que al parecer estaban allí desde antes de mi llegada. Lo hacen alentadas por el marido / padre que no debe de encontrar motivo para esconder a sus chicas cuando la inglesa y yo estamos allí tan campantes.

Entran varias personas más, entre ellos un matrimonio, con aspecto oriental por sus ojos rasgados. Él viste una de esas camisas de hilo típicas del sureste asiático; ella completamente de negro, sólo deja ver el óvalo de la cara y las manos. Se sientan detrás de mí.

Bueno, casi no les da tiempo a hacerlo porque el amable empleado de la puerta empieza a gritar “madam, madam”, y nos envía a todas las mujeres a la salita en la que estaban confinadas la madre y la hija. Ambas sonríen con complicidad. Visten sendas abayas, los batones negros hasta los pies con los que se cubren las saudíes y otras mujeres de la zona, lo que indica que deben de vivir en el Reino del Desierto. “Desde septiembre”, me confirma la señora.

Arabia Saudí es un país que practica una estricta segregación de sexos. Aunque hay momentos que a una se le olvida, siempre hay alguien que le pone en su sitio. Incluso cuando la separación es absurda o poco práctica. Hay que mantener las formas por encima de todo.

El marido se acerca a la salita, que no tiene puerta, pero la hija, una adolescente, le recuerda que si nosotras no podemos estar fuera él tampoco puede entrar. Dentro, además de un aseo de señoras, hay dos ventanillas más, la 6 y la 7, supongo que para atendernos. Pero cuando llega el turno de la joven inglesa, el funcionario se asoma por la 6 y le pide que vaya a la 2, que es donde se gestionan los visados. Lo mismo sucede con la madre y la hija. Y finalmente, conmigo.

A falta de una explicación mejor, deduzco que la segregación de las mujeres en el consulado saudí tiene por objetivo ayudar a los funcionarios a realizar un poco de actividad física durante su jornada laboral. Todos sabemos que pasar tanto tiempo sentados en los despachos es fatal para la espalda.

Hay 2 Comentarios

Quizás deberían empezar a pensarse que es lo que realmente quieren, aunque a veces ocurre que se den estas contradicciones; pueden pasar bastantes años para que haya cambios pero al menos han dejado de estar aislados y eso es importante.

En su casa cada uno pone sus reglas...
Lo que me sorprende es que los que quieren vivir bajo la sharía se dirijan a Europa a buscarla en lugar de irse a Arabia Saudita, a Kuwait o algún otro reino ultrarreligioso y rico.

Los comentarios de esta entrada están cerrados.

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal