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Lola Huete Machado

Lecciones en el Grand Taxi de Abderrahim

Por: | 24 de abril de 2012

Autor invitado: Pablo Cerezal* (texto y fotos)

Viajar en Metro es edificante. Cuántas tiernas escenas te regala el viaje”. Esto me decía yo, hace unos años, cuando cualquier trayecto en el suburbano se trufaba de cotidianas muestras de comunicativa solidaridad entre los viajeros. “Siéntese aquí, por favor”, con sincera sonrisa orientada a un anciano o embarazada. “¡Qué guapa es la pequeña!, ¿de dónde sois?”, a una inmigrante senegalesa cargada de bebé y bártulos. “Parece interesante el libro...”, “Sí, es muy bueno, te lo recomiendo”, entre dos lectores y con amable gesticulación de por medio. 

Hoy los tiempos han cambiado y el desplazamiento en Metro es como atravesar un campo de minasen el que la individualidad más estricta separa a unos viajeros de otros y miradas de odio o recriminación recorren el espacio móvil del vagón.

En Marruecos no hay Metro. Tampoco Métropolitain, por si alguien duda de la terminología idiomática. No existen los viajes suburbanos en Marruecos. Todos los desplazamientos se suceden en tierra firme. Y, créanme, son numerosos los periplos que emprende a lo largo del día el marroquí de a pie. Tantos que la pequeña flota de autobuses de cualquier ciudad mediana (las únicas que cuentan con este medio de transporte) suele verse colapsada por las masivas afluencias de público, especialmente en las horas punta que, en el vecino país, se distribuyen sin disciplina horaria a lo largo de las veinticuatro horas del día. Quizás sea este uno de los motivos por los que la mayoría de ciudadanos elige el taxi como medio de transporte
encontramos dos tipos en Marruecos. El Petit Taxi, lo más similar al que invade las calzadas de nuestra geografía, con cuentakilómetros y habitáculo interior reducido a su ocupación por un máximo de tres pasajeros. Y el Grand Taxi, generalmente vetustos Mercedes sedán en los que, amén del conductor, se da cabida a seis pasajeros. Son, estos últimos, los más utilizados, reservándose los anteriores, generalmente, a turistas u oriundos bien situados económicamente.

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Abderrahim Atmani es dueño de uno de los Grand Taxis que circulan por la ciudad de Meknés. Su horario laboral no se atiene a norma alguna y, generalmente, pasa la jornada al volante de su desastrado vehículo, intentando hacer acopio del dinero suficiente para poder pagar a su familia el condumio del día siguiente. 
Los precios de un trayecto en Grand Taxi, siempre que se desarrolle dentro del perímetro urbano, varían entre tres y cinco dirhams (entre 25 y 45 céntimos de euro, aproximadamente). Pero los hay, también, que recorren largas distancias entre distintas ciudades. En este caso los precios se incrementan, pero continúan siendo ridículamente módicos para estándares europeos. Abderrahim no viaja entre ciudades. Su ruta habitual es la que enlaza el barrio de Al Mansour, ya en los límites de la ciudad antigua, con la Vieja Medina, unos seis kilómetros por los que cobra cuatro dirhams a cada pasajero.

Hoy monté en el taxi de Abderrahim. Como suele ser habitual, más si eres el primero de los viajeros que sube al vehículo, me tocó esperar a la ocupación de las otras cinco plazas. En vista de que tal cosa podía representar un tiempo estimable, decidí compartir con el conductor un cigarro y algún breve comentario.

Había madrugado el taxista, confiaba en que la Feria de Artesanía de la Medina le reportase hoy importantes dividendos en función del seguro éxodo de la población, en masa, hacia el corazón de la ciudad antigua, para brujulear entre los puestos y adquirir hermosos tajines o pequeñas lámparas de aceite, un suponer. Pero el día había comenzado mustio y Abderrahim, de momento, sólo había realizado tres viajes. Él no desfallecía y, confiando en que mi presencia fuera un augurio de buena fortuna, aceptó el cigarro que le ofrecí, me propinó un potente abrazo y susurró varias veces inshallah, inshallah, después de que le hubiese asegurado yo que la jornada mejoraría.

Al poco llegó una avejentada madre, con una pequeña criatura firmemente aferrada a la pechera de su caftán, y tomó asiento en el puesto del copiloto. Es la manera más cómoda de viajar si llevas un niño contigo, ya que éste, aunque contabiliza como un adulto más, puede ser asentado en el regazo y gozar así de un amplio y cómodo espacio. Cuando dos adultos tienen que ocupar dicho puesto, podéis imaginar que la unión entre ambos cuerpos es más propia de una escena de lúbrica pasión que de una mera y transitoria situación de desplazamiento. Afortunadamente los cuerpos de los marroquíes suelen ser magros y de escaso volumen graso, lo cual permite mejor el “acoplamiento”.

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Al cabo de un cuarto de hora, el taxi de Abderrahim ya está completo y se dispone a partir camino de la Medina. Yo he decidido tomar asiento en última posición, y mi cuerpo se ve embutido entre las costillas de un anciano beréber y la punzante manivela que se sitúa en el portón trasero, a efectos de abrir una ventanilla definitivamente clausurada en tiempos ya olvidados. A la izquierda del anciano se sientan dos jóvenes que intuyo estudiantes por la cantidad de libros que portan entres sus piernas. Ni que decir tiene que el aroma en el interior del vehículo es todo menos refrescante. No podrían sufragarse los marroquíes que deciden pagar 50 céntimos de euro, para el desplazamiento más importante de su jornada, una de esas aguas de colonia baratas que, en nuestro país, ocupan las estanterías de los centros comerciales más populares. Nada que decir de los perfumes de renombre con que tanto nos gusta decorar nuestro sistema olfativo.
Aparte la evidente incomodidad, el viaje se convierte en una experiencia cuanto menos enriquecedora. Al poco de arrancar, basta que el anciano beréber dirija unas palabras a la mujer del niño para que ésta responda y se unan a la conversación los dos estudiantes. Abderrahim permanece atento al caos circulatorio y sólo musita, de tanto en tanto, un cavernoso waha (algo así como “claro, ¡de acuerdo!). Yo, como es lógico dado mi aún escaso conocimiento del dariya en que se comunican los marroquíes,decido permanecer en silencio, y cambio la orientación de mi vista de las calles que, afuera, se suceden a velocidad de crucero, a los rostros de los pasajeros del interior del taxi. A mitad de camino, Abderrahim hace un viraje ciertamente arriesgado y detiene el automóvil junto a una bocacalle hacia la que se dirigen los dos estudiantes, una vez han salido del vehículo y se han despedido de sus compañeros de viaje.
Ya en el descampado que hace las veces de parking, a la entrada de la Medina, bajamos el resto de ocupantes del destartalado carruaje. Comprendiendo que Abderrahim aún tardará unos minutos en que su taxi se ocupe para el viaje de regreso, y teniendo en cuenta que dispongo yo de tiempo suficiente (en Marruecos siempre hay tiempo) decido invitarle a otro cigarro y charlar con él un rato(afortunadamente tiene los conocimientos suficientes del idioma francés que permitan nuestro diálogo).

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Le pregunto por la conversación que se ha mantenido, durante el trayecto, entre los ocupantes del coche. Y el bueno de Abderrahim comienza a relatarme, de forma grácilmente narrativa, el coloquio que se ha desarrollado en el interior de su taxi durante nuestro breve recorrido (nunca me dejará de sorprender la capacidad de la mayoría de marroquíes para convertir cualquier sencilla anécdota en ágil narración).
Parece ser que la conversación se inició al preguntar el anciano beréber, a la mujer acomodada en el asiento del copiloto junto a su retoño, por el lugar de procedencia de ésta. Ella le ha explicado al abuelo que es originaria de Meknés, y éste se ha sorprendido porque asegura que el niño tiene rasgos auténticamente beréberes, que parece un “hijo de la montaña”. Antes de que la mujer haya podido explicar que su marido sí procede de Zayán, un pequeño poblado de la región de Jenifra, en el AtlasMedio, uno de los dos estudiantes ha comenzado a explicar que los rasgos auténticamente beréberes son distintos, dudando incluso del origen verdaderamente beréber del anciano, a lo cual éste ha respondido desgranando con orgullo lo que podríamos considerar su heráldica familiar. Con un abortado inicio de carcajada, el estudiante le asegura que la mezcla de sangres comenzó ya en el siglo VII, con el advenimiento de las tropas Omeya, y el viejo bendice al estudiante, y la ciencia, y el progreso y asegura que ellos, los estudiantes, son el futuro del país. Es cuando el otro estudiante, que hasta el momento se había limitado a apoyar las observaciones de su compañero, les recuerda a todos que el progreso está bien pero que no existirá si dejamos de lado las enseñanzas del Profeta, y lo que tiene visos de derivar en discusión teologal, se arrastra sin remedio hacia la sonrisa y la más pura hilaridad, al exclamar el anciano que Mahoma nunca negó el progreso y replicarle el estudiante que quizás deba repasar sus apuntes ya que cree recordar un hadiz del profeta en que éste clama contra los que pretenden acelerar el cambio sin prestar atención a la tradición. “Sí, debes estudiar más”, ha exclamado el abuelo entre carcajadas. También sonriendo, el piadoso estudiante ha exhibido un pequeño volumen recopilatorio de hadices por el que se ha interesado su compañero proponiéndole a aquél un intercambio de libros, su compendio de hadices a cambio de un interesante tratado de sociología que él porta y en el que encontrará interesantes datos sobre la evolución de la sociedad marroquí en el período Omeya y cómo éste influyó en la transformación de las costumbres religiosas más arraigadas en tierras magrebíes. Es entonces cuando ambos indican a Abderrahim su necesidad de bajar del automóvil en la siguiente esquina y cuando se escuchan, nuevamente, mientras salen del vehículo, las bendiciones del anciano que, reincorporado el taxi al flujo circulatorio, vuelve a interpelar a la mujer acerca de su origen y, al momento, se disculpa “qué mala memoria, ya casi lo había olvidado, ay, los estudiantes son nuestro futuro, ¿no cree?, y su pequeño ¿no va a la escuela?”. La mujer responde que ya le gustaría que el niño pudiese asistir con cierta asiduidad al colegio, pero que los inevitables gastos diarios para el sostenimiento de la familia le impiden algunos meses pagar la escuela del pequeño. “De hecho este mes no podrá asistir, voy a la feria para gastar mi último puñado de dirhams en un nuevo tajín, al haberse resquebrajado el único que tenía para preparar el cuscús de los viernes”, y es ese pequeño desembolso el que le impedirá juntar dinero suficiente para el pago de la educación de su hijo. Es entonces que el anciano se ofrece sinceramente a sufragar parte del gasto. La mujer niega. Él insiste. Ella niega. Él vuelve a insistir y, ya acariciando el taxi la pista de arena del parking de la Medina, le dice a la mujer que no se va a escapar ya que la seguirá hasta la Feria y pagará el tajín que ella elija. Al fin y al cabo no puede negar en público la decisión de un venerable anciano, y él no necesita mucho dinero para alimentar su magro cuerpo. 
Han bajado del vehículo y se han encaminado hacia la Medina enlazados en cordial charla, como si de padre e hija se tratase. Abderrahim ha consumido en mi compañía el cigarro, dándome cuenta de toda la conversación. Cuando voy a despedirme de él, recoge la manga de su chilaba, mira su decrépito reloj de imitación, y diciéndome que puede tomarse un descanso me invita a tomar té en un tugurio cercano.

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Ya dije: no tengo prisa. Qué mejor plan que compartir un té con Abderrahim, el taxista. Quizás le relate yo ahora cómo son los viajes en Metro, en mi país, ahora que comprendo que mucho hemos progresado con los estudios y avances que bendecía el anciano beréber y que sea quizás este avance o aprendizaje el que haya variado las costumbres de los ciudadanos durante sus viajes en el suburbano, que quizás el progreso haya traído a nuestras mentes la feroz individualidad de que hacemos gala, y que tal vez debiésemos desaprender lo aprendido y retornar a los viajes que, antaño, en el Metro, convertían el vagón en una algarabía de fraterna comunicación muy similar a la que acabo de presenciar en el interior del taxi de Abderrahim.

(*) Pablo Cerezal, escritor, viajero, colaborador en distintas ONG y profundo conocedor de Marruecos. Acaba de publicar su primera novela, Los Cuadernos del Hafa, cuya fascinante historia transcurre en el país vecino, y mantiene activo el blog Postales desde el Hafa, así como colaboraciones literarias y de crítica cinematográfica en diversos medios online.

Hay 20 Comentarios

Esta experiencia es muy similare a las que se podían vivir hasta hace unos treinta años en la capital y en la provincia venezolana cuando se viajaba en los que aun se denominan "carritos por puesto", o sea coches con dos pasajeros adelante (más el chofer) y tres atrás ( o más) en coches algo grandes, de asientos todos de una pieza (no individuales), con mucho calor y las ventanas traseras cerradas, y conversación contínua, que se iba renovando junto a los cambiantes pasajeros a lo largo de la ruta con paradas arbitrarias de acuerdo a las necesidades de cada uno al expresar "me deja donde pueda"...

Qué bueno el artículo.
Me ha devuelto de golpe a Meknés y me ha recordado lo amable y lo abierto que es la gente en Marruecos.
Me entran ganas de hacer otro trayecto en Grand Taxi por muy apetado que esté!

Gracias Pablo.
Leyendo tu precioso artículo he recordado una canción de Mercedes Peón que se titula Elas.
"... Son galega, son bérber. son árabe marroquí. Son do Sáhara ...Son...Son galega, son bérber. Síntome coma de aquí".
Muchos de los que entramos en este blogs te estaremos esperando para que nos sigas contando otras preciosas historias... Bicos.

Me encanta el punto de vista de este articulo. Viviendo entre las dos ciudades de Madrid y Meknes, este texto descibe perfectamente la experiencia de cada viaje.

Solo comentarte que has conseguido meterme en ese taxi por un momento, se ve que conoces algo esa tierra tan exótica para nosotros y a la vez tan cercana.

Espero seguir viéndote por estos lugares.

Brindo por la delicadeza y los momentos de calidad que nos relatas.

Qué bueno el artículo Pablo, qué bueno, te consigue desconectar realmente de tu realidad para meterte en otra muy distinta por desgracia... Un beso fuerte.

Diviértete con el mejor simulador político, económico, y militar, gratuito y por navegador web: http://xurl.es/n2yw0

Que bien se ve que Pablo conoce esa realidad tan cercana, pero que nos ostinamos en alejar. Y es verdad que ojalá volviesemos a coger lo bueno de esas relaciones sociales que también existían aquí, en metros, autobuses o trenes, y hacía que las personas se preocupasen unas por otras, y no fuesemos como individuos burbuja, que a veces no responden a un "buenos días".


Buenas Tardes,
Enhorabuena a los autores del blog, tanto por el blog en sí, como por la selecta invitación de Pablo Cerezal que marravillosamente ha podido conectar con el espíritu del día a día de un Marruecos muy desconocido para el lector español.
La historia es digna de una pausada y sentida lectura y relectura.
Me gustaría destacar un pequeño matiz técnico, la palabra "beréberes" ofrece el link de la web http://alhucemas.info/ una página en desuso y muy abandonada (seguramente se debe la lección a la falta de un surtido de páginas en castellano dedicadas exclusivamente al tema). Querría aportar la referencia de Wikipedia, puesto que ofrece una visión completa y amplia sobre el asunto (http://es.wikipedia.org/wiki/Bereberes).

Muchas Gracias y Felicidades.

Que lujo poder trasladarse tan fácilmente a una realidad que nos creemos tan lejana y en realidad no lo está. Todo gracias a una escritura magistral, claro. Esperemos que dure esta colaboración

Viajar a través de las palabras - tan interesantes y tan bien escritas - de un escritor compañero es siempre gratificante. Y más cuando el viaje te abre perspectivas inusitadas, puertas que no has traspasado, ventanas que dan a un mundo que no todos conocen ni pueden o saben transitar. Magnífico trabajo de Pablo Cerezal, donde, además de oficio, se ve la vocación de narrador y descubridor de alguien que piensa que el mundo es mucho más que lo que se percibe a simple vista. Cuánto más, en el caso de algunos lugares de planeta, donde la vista está, normalmente, oculta. Al menos para los que habitamos esta isla - siempre lo fue, salvo para unos pocos viajeros - llamada Occidente.

Ayer, precisamente, me sorprendía de escuchar que la cajera del supermercado me decía "¿Cómo está?"...y con una sonrisa de oreja a oreja.. Así son las cosas en algunos lugares que aún sobreviven al "progreso" y que luchan desde lo más profundo para conservar "la tradición (de la buena educación)". Gracias por este relato e imágenes tan maravillosas, porque aportan esperanza a las sociedades que están perdidas mirándose el ombligo.

La tendencia a la simplifcación hacen necesarios relatos como el de Pablo que nos abren los ojos a otras realidades próximas físicamente, aunque lejanas mentalmente. Saludos

Una vez un gran amigo me dijo "Te quedarías sorprendido de ver lo felices que son las personas en algunos lugares del planeta donde habitan, donde jamás acudirías por la escasez de recursos" Esto me llevó a reflexionar y sentirme un privilegiado, y a veces me siento mal conmigo mismo por desperdiciar unas migas de pan, pero también me siento bien porque mi entorno me proporciona una felicidad indescriptible. Hay que adaptarse y sobre entender y ser tolerante. Gracias por refrescarnos estos sentimientos.

Las esperanzas, los miedos, la soledad en las aglutinaciones, la cotidianidad, lo excepcional... Sensaciones que resultan tan distintas, pero a la par tan iguales, entre el país vecino, el nuestro y el de cualquier ciudadano del mundo.


Cuando atiendes a relatos que muestran lo mágico del día a día de otras culturas, tan opuestas y parejas a la vez. Es entonces, y sólo entonces, cuando caes en la cuenta, de que África efectivamente, no sólo no es un país, si no que Marruecos tampoco es sólo una frontera más situada al sur de nuestras costas.

Siempre es un placer leerte Pablo, cuanta razón cabe en la belleza de tu prosa¡¡¡ Te leo con los cinco sentidos.

Bonitas palabras para embeberse en aromas y sonidos que algunos no conocemos... Pero sí conocemos los olores y "ruidos" del metro, de la individualidad llevada a la máxima expresión, del miedo a perder, de la poca cercanía que ofrecemos y recibimos... Es otro mundo, los que vivimos en ese tiempo y espacio intentamos adaptarnos... Creo que somos consecuencia de nuestra sociedad en toda su magnitud y dependiendo de en cuál vivamos así calibramos y valoramos.. Tener la mente abierta y dejar de tener miedo hará que podamos nutrirnos de otras.

Bonitas palabras para embeberse en aromas y sonidos que algunos no conocemos... Pero sí conocemos los olores y "ruidos" del metro, de la individualidad llevada a la máxima expresión, del miedo a perder, de la poca cercanía que ofrecemos y recibimos... Es otro mundo, los que vivimos en ese tiempo y espacio intentamos adaptarnos... Creo que somos consecuencia de nuestra sociedad en toda su magnitud y dependiendo de en cuál vivamos así calibramos y valoramos.. Tener la mente abierta y dejar de tener miedo hará que podamos nutrirnos de otras.

Me ha encantado el artículo. Resulta entrañable, muy humano y enriquecedor.
Ojalá en nuestro querido Madrid fuésemos más cercanos y no tan fríos en las relaciones sociales.

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Sobre los autores

Lola Huete Machado. Redactora de El País y El País Semanal desde 1993, ha publicado reportajes sobre los cinco continentes. Psicóloga y viajera empedernida, aterrizó en Alemania al caer el muro de Berlín y aún así, fue capaz de regresar a España y contarlo. Compartiendo aquello se hizo periodista. Veinte años lleva. Un buen día miró hacia África, y descubrió que lo ignoraba todo. Por la necesidad de saber fundó este blog. Ahora coordina la sección Planeta Futuro.

Chema Caballero Chema Caballero. Llegó a África en 1992 y desde entonces su vida giró en torno a sus gentes, su color y olor, sus alegrías y angustias, sus esperanzas y ganas de vivir. Fue misionero javeriano y llevó a cabo programas de educación y recuperación de niñ@s soldado en Sierra Leona durante dos décadas, que fueron modelo.

José NaranjoJosé Naranjo. Freelance residente en Dakar desde 2011. Viajó al continente para profundizar en el fenómeno de las migraciones, del que ha escrito dos libros, 'Cayucos' (2006) y 'Los Invisibles de Kolda' (2009), que le llevaron a Marruecos, Malí, Mauritania, Argelia, Gambia, Cabo Verde y Senegal, donde aterrizó finalmente. Le apasiona la energía que desprende África.

Ángeles JuradoÁngeles Jurado. Periodista y escritora. Trabaja en el equipo de comunicación de Casa África desde 2007. Le interesa la cultura, la cooperación, la geopolítica o la mirada femenina del mundo. De África prefiere su literatura, los medios, Internet y los movimientos sociales, pero ante todo ama a Ben Okri, Véronique Tadjo y Boubacar Boris Diop, por citar solo tres plumas imprescindibles.

Chido OnumahChido Onumah. Reputado escritor y periodista nigeriano. Trabaja como tal en su país y en Ghana, Canadá e India. Está involucrado desde hace una década en formar a periodistas en África. Es coordinador del centro panafricano AFRICMIl (en Abuja), enfocado en la educación mediática de los jóvenes. Prepara su doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su último libro se titula 'Time to Reclaim Nigeria'.

Akua DjanieAkua Djanie. Así se hace llamar como escritora. Pero en televisión o en radio es Blakofe. Con más de tres lustros de carrera profesional, Akua es uno de los nombres sonados en los medios de su país. Residente en Reino Unido, fue en 1995, en uno de sus viajes a Ghana, cuando llegó su triunfo televisivo. Hoy vive y trabaja entre ambos países. La puedes encontrar en su página, Blakofe; en la revista New African, en Youtube aquí o aquí...

Beatriz Leal Riesco Beatriz Leal Riesco. Investigadora, docente, crítica y comisaria independiente. Nómada convencida de sus virtudes terapéuticas, desde 2011 es programadora del African Film Festival de NYC. Sissako, Mbembe, Baldwin y Simone la cautivaron, lanzándose a descubrir el arte africano y afroamericano. Su pasión aumenta con los años.

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