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Lola Huete Machado

Siguiendo el Níger (I): Lumley Beach

Por: | 02 de mayo de 2012

Autor invitado: Ginés Casanova Baixauli*

Un viaje por África Occidental que quiera darse algo de importancia tiene que incluir alguna espera. Clapperton, el primer europeo en llegar hasta el lago Chad, tuvo que esperar en Trípoli la bendición del rajá para usar las rutas del Sáhara; una década más tarde, el rey de los Ibo secuestró a los hermanos Lander, que habían confirmado en su viaje que los “ríos de aceite” del Golfo de Guinea eran en realidad el delta del Níger; también Mungo Park fue apresado: este escocés, que triunfó en la carrera por reunir información de primera mano sobre la cuenca del río Níger, su geografía, y hasta el sentido en el que se movían sus aguas, fue hecho esclavo por los árabes del Sahel y, más tarde, tras su huida, recluido casi un año en St. Louis a la espera de un barco negrero que lo devolviera a Liverpool.

Hace 4 años, cuando decidí viajar por África Occidental fascinado por las historias que mis alumnos africanos me habían contado, también tuve que enfrentar la espera. Esta vez en Freetown, la capital de Sierra Leona. Aunque Mungo Park igualaba mis 26 años cuando, unos 200 años antes, comenzó un periplo de tres meses desde la costa atlántica hasta el desconocido estuario del Níger (que nunca alcanzó), yo llevaba intenciones menos ambiciosas, otro ritmo de viaje y, por cierto, más interés por las personas que me pudiera encontrar que por la geografía (a diferencia de Park, que en su segundo viaje decidió no hacer tierra jamás y disparar a todo aquel que se acercara a su embarcación).

Image1           Todas las fotos de Chema Caballero.

 


Mi espera en Freetown tampoco tuvo los tintes trágicos de las de los hombres de la Royal Geographical Society. Pasaba los días deambulando por los distintos mercados, caminaba hasta el puerto o hasta la costa, buscaba referencias y edificios de la vieja colonia y, en general, aprendía a usar la ciudad. Todo se hizo más fácil después de aprender a moverme en los poda-poda, unas furgonetas que transportan cada día a los sierraleoneses de un lado a otro de la ciudad, sin que a ninguno de ellos les importe la velocidad, el volumen de la radio o el otro poda-poda que les viene de frente sin –aparente- intención de frenar. Tenía la convicción de que hacer más kilómetros no me permitiría conocer mejor la región. No había, pues, destinos sino estancias. En el grueso del viaje, los seis días que pasé esperando la llegada del transporte no resultaron un exceso.

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Una mañana de aquellas, después de solucionar mi visado a Guinea Conakry, subí al poda-poda  que llevaba a Lumley Beach, con idea de explorar los confines de la bahía y llegar a lo que parecía un faro. Las palmeras, ordenadas en una larga fila ondulada como la costa, señalaban el camino. No tenía prisa y casi de inmediato me senté en la arena a observar a los pescadores que faenaban en la orilla, extendiendo las redes desde los botes y recogiéndolas desde tierra.

Para agilizar el trabajo, alternaban la salida de las embarcaciones. Una barca con la inscripción “God knows all” (Dios lo sabe todo) apenas recalaba en la arena cuando el “Democracy” (Democracia) se internaba aguas adentro para empezar otra ronda. Un poco más allá, un grupo de hombres tiraba de una soga atada a una red y, junto a mí, las mujeres negociaban el precio de lo recogido con las redes. Como en tantos sitios, las tareas parecían estar divididas por criterios de sexo y edad. En la orilla, las chicas más jóvenes sacaban de la arena las piezas más pequeñas que habían caído al suelo durante el reparto de la pesca de mayor provecho.

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La playa estaba muy viva en aquellas horas y el ambiente resultaba más agradable que en el centro, así que decidí quedarme más tiempo, observando a la gente y escribiendo en mi cuaderno algunas notas. Aquella mañana había vuelto a llover con fuerza y las nubes todavía no se habían marchado. El aire era fresco.

Desde la playa, un chico con la mano amputada intentó llamar mi atención. Le hice señas para que se acercara. Al llegar, me tendió su mano ausente y yo le correspondí, con su misma naturalidad, estrechándole el muñón. Durante unos minutos intercambiamos nuestras historias. Llegado el momento, le presenté mis respetos por su familia y lamenté sus muertes; le aseguré, sonriente, que los próximos años serían mejores que los que había vivido a su llegada a la ciudad. De alguna manera, los dos pensamos que eso no era cierto, que en cinco años todavía dormiría en la calle. Pero, por un momento, ambos nos concedimos una tregua y él aceptó mis buenos deseos, sonriendo y contestando que así sería si Dios quiere. En seguida le despedí y prometí no olvidarle “from my mind” (de mi mente), como él me pidió.

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Otra red salió del agua. Un equipo de casi 20 hombres tiró de ella, mientras coordinaban sus fuerzas con un canto de labor. Las chicas jóvenes, a la espera de alguna ocupación, dibujaron una rayuela en la arena y empezaron a jugar. No duró mucho, en seguida quedó abandonada.

Tomé más notas en mi cuaderno: “Bendición pescado del mar. Bendición trabajo. Bendición familia. Esta gente tiene una vida difícil, pero son parte de algo”. Pensé, abrumado por lo que veía, que quizás el dinero que habían ido a buscar sus hermanos pequeños a Europa no podría sustituir al tesoro que custodiaba aquella comunidad. Ser parte del clan en África puede traer dolores de cabeza y frustraciones para sus miembros, siempre obligados al bien común antes que al propio, pero no ser parte de nada en Europa, me dijo un amigo nigeriano en Sevilla, es más duro aún. Aquí se iba más allá: la playa pertenecía a las cofradías de Lumley, y ellos a la playa.

Continué escribiendo: “Las redes del Democracy ya están sobre la arena y, en este paisaje de folleto, las cosas son como siempre han sido. Incluso en uno de los lugares  más pobres de este planeta, la gente maneja el capital básico de mantenerse ocupado, disfrutar de los amigos y traer el pan –o el pescado- a la mesa cada día. Dudo que la vida pueda consistir en mucho más. Sopla el viento. Agita verde sobre gris en las palmeras. Sale el sol”.

El viaje de Mungo Park se puede leer en: Mungo Park, Viajes a las regiones interiores de África. A Coruña, Ediciones del Viento, 2008.

*Ginés Casanova Baixauli (Sevilla, 1981) viajó en 2007 por varios países de África occidental, después de tener un intenso contacto con la comunidad africana de Sevilla en los años anteriores. La travesía, algo más de 7000 km., pasaba por Sierra Leona, Guinea Conakry, Malí, Níger y Nigeria, y encontró su mejor argumento en las peripecias de los exploradores y geógrafos que en el s. XIX perdieron sus vidas en curso del río Níger.

Hay 6 Comentarios

Tanzania - Rose Muhando - Najitoa Sasa


http://www.youtube.com/watch?v=bG16zebq4FU&feature=relmfu

Todos los viajes, son un viaje hacia nuestra propia alma.
Tu viaje compartido dice mucho de nosotros mismos (leyendo entre lineas)....del Ser Humano, desde otras tierras, desde otras mentes y otras formas..que nos enseñan algo tan mágico como lo esencial!
Gracias!

Venga ya hombre, que Lumley beach está a un tiro de piedra de Freetown, entre Pirates bay y la zona más residencial. Vamos, que siempre ha sido la playa más "turística" de la zona (de hecho, antes de la guerra, era la única). Tienes al antiguo Casino y al club de golf a un lado y al otro, el Bintumani y los otros hoteles.

Sobre los autores

Lola Huete Machado. Redactora de El País y El País Semanal desde 1993, ha publicado reportajes sobre los cinco continentes. Psicóloga y viajera empedernida, aterrizó en Alemania al caer el muro de Berlín y aún así, fue capaz de regresar a España y contarlo. Compartiendo aquello se hizo periodista. Veinte años lleva. Un buen día miró hacia África, y descubrió que lo ignoraba todo. Por la necesidad de saber fundó este blog. Ahora coordina la sección Planeta Futuro.

Chema Caballero Chema Caballero. Llegó a África en 1992 y desde entonces su vida giró en torno a sus gentes, su color y olor, sus alegrías y angustias, sus esperanzas y ganas de vivir. Fue misionero javeriano y llevó a cabo programas de educación y recuperación de niñ@s soldado en Sierra Leona durante dos décadas, que fueron modelo.

José NaranjoJosé Naranjo. Freelance residente en Dakar desde 2011. Viajó al continente para profundizar en el fenómeno de las migraciones, del que ha escrito dos libros, 'Cayucos' (2006) y 'Los Invisibles de Kolda' (2009), que le llevaron a Marruecos, Malí, Mauritania, Argelia, Gambia, Cabo Verde y Senegal, donde aterrizó finalmente. Le apasiona la energía que desprende África.

Ángeles JuradoÁngeles Jurado. Periodista y escritora. Trabaja en el equipo de comunicación de Casa África desde 2007. Le interesa la cultura, la cooperación, la geopolítica o la mirada femenina del mundo. De África prefiere su literatura, los medios, Internet y los movimientos sociales, pero ante todo ama a Ben Okri, Véronique Tadjo y Boubacar Boris Diop, por citar solo tres plumas imprescindibles.

Chido OnumahChido Onumah. Reputado escritor y periodista nigeriano. Trabaja como tal en su país y en Ghana, Canadá e India. Está involucrado desde hace una década en formar a periodistas en África. Es coordinador del centro panafricano AFRICMIl (en Abuja), enfocado en la educación mediática de los jóvenes. Prepara su doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su último libro se titula 'Time to Reclaim Nigeria'.

Akua DjanieAkua Djanie. Así se hace llamar como escritora. Pero en televisión o en radio es Blakofe. Con más de tres lustros de carrera profesional, Akua es uno de los nombres sonados en los medios de su país. Residente en Reino Unido, fue en 1995, en uno de sus viajes a Ghana, cuando llegó su triunfo televisivo. Hoy vive y trabaja entre ambos países. La puedes encontrar en su página, Blakofe; en la revista New African, en Youtube aquí o aquí...

Beatriz Leal Riesco Beatriz Leal Riesco. Investigadora, docente, crítica y comisaria independiente. Nómada convencida de sus virtudes terapéuticas, desde 2011 es programadora del African Film Festival de NYC. Sissako, Mbembe, Baldwin y Simone la cautivaron, lanzándose a descubrir el arte africano y afroamericano. Su pasión aumenta con los años.

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