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Lola Huete Machado

Economía del comportamiento contra la pobreza

Por: | 25 de junio de 2012

¿Te suenan libros como Freakonomics, El economista camuflado o La lógica oculta de la vida? Tienen en común que tratan sobre la llamada economía del comportamiento, una rama de la economía que estudia cómo las decisiones económicas individuales y sociales están condicionadas por todo tipo de factores emocionales y cognitivos. Es decir, que personas y grupos responden a incentivos de todo tipo y que, en el ejemplo más simple, no sólo elegirán un producto o un servicio por su precio.

En un ejemplo clásico, los supermercados experimentan con economía del comportamiento cuando estudian qué música reproducir, cómo distribuir los productos en la planta y cuáles situar junto a las máquinas registradoras, todo con el fin de que la gente compre aun más de lo que tiene planeado.

En abril de este año, abrió sus puertas en Nairobi el Centro Busara para la Economía del Comportamiento, el primero de este tipo en la región y cuya meta es contribuir a la reducción de la pobreza. En swahili, 'busara' significa 'sabiduría' o 'prudencia'. El fundador y director científico del centro es Johannes Haushofer, investigador en la Universidad de Harvard y en el Instituto Tecnológico de Massachusetts.

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Personal de Busara registra a participantes en Kibera (Foto: Busara Center)

En conversación telefónica desde Italia, donde se encuentra estos días, Haushofer explica que el centro tiene dos metas: "La economía del comportamiento produce resultados en y por parte de gente en los países desarrollados, así que el primer objetivo de Busara es ampliar ese ámbito e incluir a las poblaciones pobres de los países en desarrollo. El segundo es contribuir a un mejor diseño de pruebas controladas aleatorias a través del estudio del comportamiento de la gente que vive en la pobreza en estos países".

Las pruebas controladas aleatorias son la base de casi cualquier experimento en medicina y también en las ciencias sociales, incluidas la economía y la disciplina de la ayuda al desarrollo. En estas pruebas, los participantes -que se suponen representativos de la población que se está estudiando- son asignados aleatoriamente unas ciertas tareas o condiciones para actuar, sin que los propios investigadores conozcan o influyan en las asignaciones, lo que impide que las ideas preconcebidas de éstos puedan afectar al desarrollo y los resultados de la prueba.

Por ejemplo, si una ONG quiere desarrollar un programa que ayude a las mujeres desfavorecidas de un barrio de chabolas, le podría resultar muy útil conocer de antemano qué decisiones toman estas mujeres y cómo responden a ciertos incentivos dentro del contexto particular en el que viven.

Aquí es donde entraría Busara. Sus investigadores podrían organizar una prueba controlada aleatoria para realizar un estudio con el fin de averiguar cómo estas mujeres cambian su comportamiento tras una súbita donación de dinero, por ejemplo, o no tras una donación sino un préstamo, o tras una oferta para atender un curso, o qué hacen de forma diferente cuando la donación o el préstamo se dan a un grupo del que son miembros frente a cuando lo reciben individualmente… Con los resultados, la ONG podría tener ya una cierta base sobre la que desarrollar e implementar su programa, sabiendo que estas mujeres tienden a cambiar su comportamiento de tal o cual manera tras cada tipo de ayuda.

"Lo que esperamos es que este centro nos llevará a una mejor comprensión del comportamiento y de las preferencias de la gente en este tipo de situaciones y, así, nos permitirá identificar los puntos de partida más convenientes para programas de reducción de la pobreza", resume de forma más técnica Haushofer.

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Una mujer participa en un test en Busara (Foto: Busara Center)

El centro está financiado por los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos y cuenta con el apoyo de la organización Innovaciones para la Acción Contra la Pobreza. Por el momento, Busara está creando una lista de posibles participantes en sus experimentos en el barrio chabolista de Kibera, situado cerca de este centro científico, en el sur de Nairobi. Ya han registrado a 900 personas y la idea es llegar a 5.000. Haushofer reconoce que los habitantes de Kibera pueden ser representativos sólo de las poblaciones que viven en este tipo de asentamientos urbanos y que, además, en otros barrios de chabolas las condiciones y el comportamiento de la gente puede ser diferente. En el futuro, quieren también contar con participantes de otros barrios desfavorecidos de Nairobi, de otros grupos sociales y de las zonas rurales, en las que la gente pobre lo es en unas condiciones muy diferentes a las de los barrios chabolistas.

En la actualidad, una persona de Kibera que acepte pertenecer a la lista de posibles participantes puede recibir un mensaje de texto en el que se le invita a acudir a Busara como parte de un estudio. Si acepta, sabe que el centro la recompensará por su tiempo con, por ejemplo, 200 chelines kenianos (1,8 euros), y con 50 más (46 céntimos de euro) si llega a la hora convenida. "Al principio, solían llegar unos 30 ó 40 minutos tarde", comenta en la sala de ordenadores del centro Giovanna de Giusti, su directora ejecutiva y doctora en Ciencias económicas. "No sabíamos qué hacer hasta que se nos ocurrió este tipo de incentivo positivo, que la verdad es que funciona muy bien". De esta forma, Busara realizó y encontró la solución de su primer experimento en economía del comportamiento.

A los participantes se les da más o menos dinero según el tiempo que tengan que estar en el centro, con una cantidad máxima de 450 chelines (4,2 euros), que Busara considera justa como remuneración por pasar medio día en el centro. Es una aportación generosa, porque en el barrio hay mucha gente que gana menos de 4 euros al día. Todos los ordenadores tienen pantalla táctil, para que su uso sea lo más simple posible, y una vez sentados en los cubículos los participantes tienen asegurada la privacidad de sus acciones. Es entonces cuando empiezan los tests. En uno de los más comunes, cada participante es un comprador o un vendedor. Los instructores y el propio programa informático explican que los vendedores tienen que vender un producto que a ellos les cuesta 10 chelines. Pueden poner el precio que quieran pero los compradores verán todos los precios en una lista y pueden elegir el que ellos quieran. La prueba se repite varias veces y los vendedores van ajustando sus precios según vendan o no el producto. "Un dato interesante es que hemos visto que una vez alcanzado un cierto equilibrio en el precio, hay vendedores que de repente ponen un precio mucho más alto, lo que en principio es un comportamiento 'irracional'", cuenta de Giusti.

Tras varias rondas, los compradores pasan a ser vendedores y viceversa, y las condiciones del juego se pueden cambiar según las cuestiones que se quieran estudiar. Por ejemplo, se podría añadir la información de si un vendedor es hombre o mujer, para ver si los compradores están dispuestos a pagar más o menos según el sexo del vendedor. Y un aspecto muy interesante de la prueba es que todos los participantes se están jugando un dinero real, que se añadirá o restará de a la cantidad que el centro les va a dar por su asistencia. No perderán dinero pero sí ganarán más o menos según cómo se lo jueguen. Esto y el anonimato de sus acciones garantizan que prácticamente el único objetivo de los participantes será maximizar sus beneficios según sus convicciones, asegura Haushofer, lo que permite a los investigadores extraer conclusiones sobre cómo los participantes toman decisiones en el mundo real. Tras la jornada, los participantes reciben el dinero a través del servicio móvil M-Pesa, lo que de nuevo se hace de forma anónima y además evita al centro tener y repartir dinero en metálico, lo que podría conllevar una cierta inseguridad.

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Participantes en la sala de ordenadores de Busara (Foto: Busara Center)

Busara ya ha atraído a investigadores que están realizando sus experimentos en el centro. "Uno, por parte de académicos de las universidades de Berkeley y Stanford, es sobre preferencias sociales e identidad étnica", cuenta Haushofer, "por ejemplo, ¿realmente la gente aquí se comporta mejor con otras personas de su mismo grupo étnico que con los de otros grupos?" En un principio, la respuesta obvia es 'sí'. De hecho, la violencia en Kenia tras las elecciones de diciembre de 2007 enfrentó a personas de unas etnias con otras, todo orquestado e incitado por políticos a los que parece que no les importó que murieran unas 1.300 personas y más de 300.000 resultaran desplazadas, según las cifras oficiales (es casi seguro que las cifras reales son bastante más elevadas). Desde Busara creen que contar con datos e información sobre en qué condiciones una persona trata mejor a los de su etnia y en cuáles trata por igual a los de cualquier etnia, incluyendo la suya, podrían servir para desarrollar políticas encaminadas a evitar ese tipo de violencia.

Para más adelante, el propio Haushafer tiene planeado un estudio sobre las relaciones entre el estrés y la pobreza. El científico explica que en otros trabajos pudo documentar cómo la gente que vive en la pobreza sufre de elevados niveles de estrés, señalados por la presencia de hormonas como la cortisona. Haushafer quiere estudiar si estos niveles de estrés condicionan las decisiones económicas de personas pobres. "La hipótesis de trabajo es que si la pobreza contribuye al estrés de las personas y el estrés las perjudica a la hora de tomar decisiones económicas, entonces éste podría ser uno de los factores que contribuyen a que algunas personas permanezcan atrapadas en la pobreza".

El tipo de trabajo que se va a llevar a cabo en Busara podría ser una aportación muy interesante al campo de la ayuda al desarrollo, al que muchas veces se critica por no poder demostrar su efectividad. Personalidades críticas con el actual modelo de esta ayuda, como la economista zambiana Dambisa Moyo, resaltan el hecho de que en los últimos 60 años los países ricos se han gastado cerca de un billón de euros (diez veces el reciente rescate a España) en ayuda al desarrollo en África y, sin embargo, la renta per cápita real de la región es menor hoy en día que en los años 70. Otros, como el académico estadounidense William Easterly, insisten en que las agencias de cooperación deben actuar responsablemente y rendir cuentas de sus programas, ya que en ocasiones sus acciones hacen más mal que bien. Por ejemplo, hace dos años un empresario de Florida que nunca había estado en África ideó una campaña para ayudar a los pobres del continente. La llamó "Un millón de camisetas" y se propuso conseguir esa cantidad de ropa para entregarla gratis en África. Finalmente, la campaña no se realizó porque trabajadores en el terreno y diferentes profesionales y expertos en la ayuda al desarrollo explicaron en internet porqué era una mala idea. En primer lugar, no hay prácticamente nadie en África que realmente no pueda permitirse ninguna camiseta, y la gente suele preferir pagar por ropa nueva a llevar prendas donadas por otra persona. Además, empaquetar, transportar y repartir un millón de camisetas en África costaría más dinero, tiempo y esfuerzo que -por ejemplo- comprarlas en alguna fábrica africana, lo que además estimularía la economía local. Y por último y precisamente, repartir gratis un millón de camisetas supondría competencia desleal para los fabricantes y vendedores de esta prenda en África, que verían reducidos sus ingresos o podrían quedarse sin trabajo.

Una investigación en el terreno del tipo de las que se quieren hacer en Busara puede sacar a la luz argumentos de este tipo y ayudar a diseñar mejores campañas.

Habrá que estar atento y ver si el trabajo de centros como éste realmente puede ayudar a desarrollar programas y políticas de ayuda al desarrollo más responsables, efectivos, que realmente beneficien a sus destinatarios y que puedan rendir cuentas de su actividad. Si fuera así, podría suponer un enorme paso adelante en la lucha contra la reducción de la pobreza.

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Actualización (28 junio 2012, 17.21). Giovanna de Giusti me alertó de un error en el texto y acabo de corregirlo. Cuando los participantes se juegan dinero en los tests, éste nunca se resta y los sujetos nunca reciben menos del mínimo que el centro les da por participar. En todo caso, y si se lo juegan bien, pueden acabar recibiendo más pero nunca menos. Mis disculpas por el fallo.

Hay 3 Comentarios

Gracias a ambos por vuestros comentarios.


Yo tenía un escepticismo parecido al tuyo, Dani, y también estoy seguro de que la gente nos comportamos de un modo diferente en condiciones controladas en un laboratorio a como nos comportamos en la 'vida real'. Y, quizá en este caso, puede haber una diferencia aun mayor porque las condiciones en este laboratorio son muy diferentes a las condiciones en que los participantes viven y trabajan en Kibera.


De hecho, leí sobre estas cuestiones y pregunté a la gente del Busara sobre ellas. Me dijeron que son conscientes de todas esas limitaciones y que, en realidad, son problemas que se dan en cualquier experimento o test de este tipo, se realice en Nairobi o en Madrid o en un pueblo de Indonesia o donde sea. Y me dijeron que economistas y otros científicos sociales las tienen en cuenta a la hora de analizar los datos y llegar a conclusiones. Está claro que toda teoría científica es una aproximación y simplificación de la realidad, lo que no impide (o al menos no siempre) que sí pueda ayudar a elaborar programas de intervención que funcionen mejor que otros que no se basen en ningún estudio. Yo creo, y por eso concluía así el texto, que habrá que esperar a ver pero que sí podría llegar a ser un avance importante.


Por poner un ejemplo también relacionado con Kibera. Hace un par de años, asistí a la inauguración de unos aseos construidos en este barrio por un programa o una agencia de Naciones Unidas. Muy pocas viviendas de Kibera tienen agua corriente o saneamientos de cualquier tipo y, por eso, estos aseos podían ayudar a mejorar la higiene y la situación sanitaria de muchas familias. Para hacerlos sostenibles, había que pagar 5 chelines kenianos para usarlos (ahora mismo, algo menos de 5 céntimos de euro). Sin embargo, las personas contratadas para administrar y mantener estos aseos nos dijeron que muy poca gente los usaba (los aseos llevaban ya un tiempo funcionando). ¿Por qué? Porque para la gran mayoría de habitantes de la zona 5 chelines era una cantidad importante de dinero que se podían ahorrar simplemente haciendo como siempre: haciendo sus necesidades en la calle o en una bolsa que luego tiraban a la calle. En este caso, algo tan simple como una pequeña encuesta bien hecha en la zona antes de construir unos aseos de pago habría servido para saber que la mayoría de la gente no estaba dispuesta a pagar ese dinero por algo que podían seguir haciendo gratis.


Es un ejemplo muy particular pero son situaciones como éstas las que quizá se podrían evitar con estudios sobre el comportamiento económico de las personas que van a recibir estos servicios. Pero, lo dicho, habrá que esperar y ver qué tal funciona.

Ingenuidad objetivista. Tests, anónimato e incentivos económicos.

A más de un economista se le debe de poner dura pensando en aplicar la idea de la oferta y la demanda (constucto occidental, no universal) a los (supuestos) primitivos africanos.

La distancia que establece entre los investigadores (sujetos) y los investigados (objetos) es abismal. Lo cierto es que el objeto de investigación es en este caso son personas, por lo que debería de tratarse de una relación sujeto-sujeto.

Por otra parte, las condiciones de observación son artificiales e incentivadas por el beneficio económico. Ni que decir tiene que en otras condiciones las respuestas serán completamente distintas pues el interés de maximizar el beneficio económico se encuentra inserto en el interés por aumentar el capital simbólico o el cultural, por ejemplo.

Es decir, fuera del laboratorio de pantallas táctiles cabe esperar que los discursos y los comportamientos sean notablemente diferentes.

Un ejercicio de Ingenuidad objetivista.

Muy muy interesante. Gracias.

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Sobre los autores

Lola Huete Machado. Redactora de El País y El País Semanal desde 1993, ha publicado reportajes sobre los cinco continentes. Psicóloga y viajera empedernida, aterrizó en Alemania al caer el muro de Berlín y aún así, fue capaz de regresar a España y contarlo. Compartiendo aquello se hizo periodista. Veinte años lleva. Un buen día miró hacia África, y descubrió que lo ignoraba todo. Por la necesidad de saber fundó este blog. Ahora coordina la sección Planeta Futuro.

Chema Caballero Chema Caballero. Llegó a África en 1992 y desde entonces su vida giró en torno a sus gentes, su color y olor, sus alegrías y angustias, sus esperanzas y ganas de vivir. Fue misionero javeriano y llevó a cabo programas de educación y recuperación de niñ@s soldado en Sierra Leona durante dos décadas, que fueron modelo.

José NaranjoJosé Naranjo. Freelance residente en Dakar desde 2011. Viajó al continente para profundizar en el fenómeno de las migraciones, del que ha escrito dos libros, 'Cayucos' (2006) y 'Los Invisibles de Kolda' (2009), que le llevaron a Marruecos, Malí, Mauritania, Argelia, Gambia, Cabo Verde y Senegal, donde aterrizó finalmente. Le apasiona la energía que desprende África.

Ángeles JuradoÁngeles Jurado. Periodista y escritora. Trabaja en el equipo de comunicación de Casa África desde 2007. Le interesa la cultura, la cooperación, la geopolítica o la mirada femenina del mundo. De África prefiere su literatura, los medios, Internet y los movimientos sociales, pero ante todo ama a Ben Okri, Véronique Tadjo y Boubacar Boris Diop, por citar solo tres plumas imprescindibles.

Chido OnumahChido Onumah. Reputado escritor y periodista nigeriano. Trabaja como tal en su país y en Ghana, Canadá e India. Está involucrado desde hace una década en formar a periodistas en África. Es coordinador del centro panafricano AFRICMIl (en Abuja), enfocado en la educación mediática de los jóvenes. Prepara su doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su último libro se titula 'Time to Reclaim Nigeria'.

Akua DjanieAkua Djanie. Así se hace llamar como escritora. Pero en televisión o en radio es Blakofe. Con más de tres lustros de carrera profesional, Akua es uno de los nombres sonados en los medios de su país. Residente en Reino Unido, fue en 1995, en uno de sus viajes a Ghana, cuando llegó su triunfo televisivo. Hoy vive y trabaja entre ambos países. La puedes encontrar en su página, Blakofe; en la revista New African, en Youtube aquí o aquí...

Beatriz Leal Riesco Beatriz Leal Riesco. Investigadora, docente, crítica y comisaria independiente. Nómada convencida de sus virtudes terapéuticas, desde 2011 es programadora del African Film Festival de NYC. Sissako, Mbembe, Baldwin y Simone la cautivaron, lanzándose a descubrir el arte africano y afroamericano. Su pasión aumenta con los años.

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