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Lola Huete Machado

La herida abierta de la República Centroafricana

Por: | 05 de noviembre de 2013

Este es un país que debido a su nombre no resulta difícil ubicar en el mapa. Sin embargo, apenas se sabe nada de lo que ocurre en su interior. Según el Índice de Desarrollo humano de 2013, República Centroafricana ocupa el puesto 180 de 187, tiene una esperanza de vida de menos de 50 años y el 62% de sus poco más de cuatro millones y medio de habitantes vive por debajo del índice de la pobreza. La realidad es dura, a pesar de ser un país rico en diamantes y otros minerales muy preciados. Lleva inmerso en un conflicto interno y en un clima de violencia prácticamente desde su independencia en 1960. Tiene una extensión dos veces superior a Francia y desde diciembre de 2012 la situación es todavía peor. Según la Agencia de la ONU para los refugiados, la violencia en la República Centroafricana ha desplazado desde diciembre de 2012 a septiembre de 2013 a unas 227.000 personas y ha obligado a huir del país a más de 60.000, sobre todo mujeres y menores, que buscan cobijo en la República Democrática del Congo, Camerún y Chad, lugares donde sobrevivir también es un lujo. 

Golpe de Estado y represión

En diciembre de 2012, Seleka -que significa alianza en la lengua local y que es una coalición de varios grupos armados liderada por Michel Djotidia- lanza una ofensiva contra el gobierno de François Bozizé -que llevaba 10 años en en el poder tras encabezar un golpe de estado, poner en práctica una política de cruel represión contra la oposición y legitimar posteriormente su posición tras unas elecciones-.

Bozizé negocia con Seleka y alcanzan un acuerdo el 11 de enero de 2013. Pero el acuerdo se vuelve pronto papel mojado. Todo culmina con una nueva ofensiva y el golpe definitivo de Seleka el 24 de marzo de 2013. Desde entonces, se han sucedido y exacerbado las violaciones de derechos humanos.

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Familias desplazadas acogidas en la misión católica de Bossangoa, al noroeste del país, octubre de 2013 © Juan Carlos Tomasi / MSF

Tras autoproclamarse presidente del país, Djotodia suspende la Constitución y anuncia la creación de un gobierno de transición que dirigirá el país hasta la convocatoria de elecciones en 2016. Entonces desata una nueva caza de brujas contra opositores y éstos, lejos de entregar las armas, plantan cara a las nuevas autoridades.

El gobierno no goza del apoyo incondicional de todas las facciones de Seleka -algunos se han incorporado al ejército regular y otros han preferido seguir al margen- y, en algunas partes del país, sus comandantes imponen su propia ley. Por si fuera poco, el desconcierto también lo aprovechan otros grupos armados y bandidos para cometer sus crímenes sin oposición.

Con este panorama, los civiles se llevan la peor parte. Amnistía Internacional ha visitado el país entre julio y agosto de 2013 y ha publicado un informe para llamar la atención sobre esta grave crisis humanitaria.


Abusos cometidos por miembros de Seleka
La organización de derechos humanos denuncia en primer lugar los abusos cometidos por los miembros de Seleka, con la aquiescencia, la impasibilidad y en ocasiones la impotencia de las nuevas autoridades. Han atacado a civiles alrededor de todo el país, ejecutando, torturando y arrasando comunidades, violando mujeres y reclutando a menores para sus tropas. Muchas de estos actos son crímenes de guerra y de lesa humanidad, pero nadie rinde cuentas por ello. El clima de impunidad es total.

Simon Assana, de 62 años y del barrio de Boy Rabe de la capital, Bangui, estaba sentado frente a su casa el 14 de abril de 2013 cuando llegó una patrulla de Seleka. Su esposa, Simone, dijo a Amnistía Internacional que estaba en el interior de su casa cuando oyó a los militares exigir dinero y un teléfono móvil a su marido. Después, escuchó un disparo y salió al exterior. Encontró a su esposo en el suelo sangrando. La bala le atravesó el corazón y murió en el acto. Tres días después, otro grupo de soldados regresó y saqueó la casa.

El 20 de abril, miembros de Seleka ejecutaron a tres jefes locales en Bema, al este del país. Los jefes pagaron con su vida el rechazo que mostraron al saqueo de la comunidad.


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Un hombre reconstruye su casa en el pueblo de Paoa, al noroeste del país. Su comunidad fue arrasada como consecuencia del conflicto. © Anthony Morland/IRIN

El 22 de abril, en Mbres, en el centro del país, miembros de Seleka mataron a 27 personas, hirieron a unas 60 y quemaron 500 casas. El ataque se produjo como represalia a la fuerte oposición que encontraron cuando intentaban robar materiales de construcción en una escuela local.

Mujeres y niñas en el punto de mira
La violación y el abuso sexual de mujeres y niñas es una de las consecuencias de la actual situación. A fecha de octubre de 2013, ninguna agresión ha sido investigada por las autoridades ni sus agresores perseguidos. Tampoco ninguna de las niñas y mujeres víctimas de abusos ha recibido los tratamientos médicos y psicológicos necesarios. Además, el miedo a ser estigmatizadas y rechazadas por sus familias y su comunidad impide que busquen ayuda. Y varias mujeres han sido abandonadas por sus parejas, tras sufrir la agresión, lo que las empujado a la marginación.

El 31 de marzo, Bella, de 29 años, estaba en su casa de un barrio de Bangui, con su madrastra viuda y una hermana pequeña cuando un grupo de miembros de Seleka les obligaron a abrir la puerta. Venían de saquear otras casas en el vecindario. Seis soldados empezaron a violarlas, mientras una mujer soldado vigilaba desde fuera de la vivienda los objetos robados en otras casas. Las tres víctimas no recibieron ninguna asistencia ni apoyo tras la violación.

La coalición Seleka ha reclutado antiguos criminales, muchos de ellos violentos, como asaltantes de caminos y cazadores furtivos. También se sirve de combatientes de los países vecinos Chad y Sudán. Según una fuente oficial del gobierno, cuando Seleka tomó el poder en marzo de 2013, contaba con unos 5.000 efectivos. En mayo, el número llegaba a los 20.000. Entre ellos, podría haber aproximadamente unos 3.500 menores. Además de niños, las niñas también son reclutadas o alistadas a la fuerza y frecuentemente son violadas y sometidas a otras formas de violencia sexual, convirtiéndolas en esclavas sexuales para oficiales y líderes militares.

Enfrentamientos entre grupos religiosos
El Departamento de estado de Estados Unidos asegura que el 80% de la población es cristiana, con un 15% de personas musulmanas. Sin embargo, la mayoría de los miembros de Seleka son musulmanes -también lo es el actual presidente- y han tomado como objetivo a cristianos o edificios de esta confesión religiosa. Como respuesta, los cristianos han respondido violentamente en una espiral que no parece tener fin.

El 14 de abril de 2013, miembros de Seleka bombardearon una iglesia en la Cité Jean XXIII de Bangui. Mataron a cuatro personas e hirieron a más de una docena. Entre los heridos estaba Jovachi Mongonou, un niño de 9 años al que tuvieron que amputar las piernas por las heridas de metralla.


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Así quedó el niño Jovachi Mongonou, tras el ataque de Seleka. © Amnistía Internacional
 

Ataques contra trabajadores humanitarios
Trabajadores humanitarios han sido atacados y han sufrido serias presiones para no desempeñar su trabajo, reduciendo gravemente su capacidad de asistencia. Médicos Sin Fronteras lo ha denunciado hace pocas semanas. Les roban sus vehículos, asaltan sus almacenes de comida o de equipamiento médico y les impiden llegar a quienes necesitan ayuda. Los miembros de Seleka parecen estar detrás de gran parte de estos ataques y de la creación de un clima de inseguridad para los cooperantes.

El 7 de septiembre de 2013 soldados de Seleka atacaron y ejecutaron a dos trabajadores centroafricanos de la ONG francesa ACTED (Agence d'Aide à la Coopération Technique et au Développement) en las afueras de la ciudad de Bossangoa, al noroeste del país. Volvían a su oficina cuando miembros de Seleka les dieron el alto y les ejecutaron.

Tibieza internacional
Todo esto está ocurriendo desde hace meses. Desde que  Bozizé fue derrocado en marzo de 2013, numerosas delegaciones de la ONU, la Unión Africana, la Unión Europea y otros gobiernos extranjeros han visitado la República Centroafricana. Sin embargo, a tenor de los resultados, parece que no están coordinando adecuadamente sus esfuerzos entre sí o con las autoridades nacionales.

Hace pocos días el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó un despliegue de 250 cascos azules para proteger a los trabajadores de Naciones Unidas. Esta pequeña fuerza se sumará a los pocos más de mil soldados de la Unión Africana presentes en el país. Y por su parte, Francia, la antigua metrópoli, mantiene una tibia posición tras su intervención en Malí. De momento, aporta unos 400 soldados concentrados en la zona aeroportuaria de Bangui, pero no ha decidido ir más allá.


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Las víctimas del conflicto de la República Centroafricana necesitan una respuesta rápida por parte de la comunidad internacional. © Juan Carlos Tomasi / MSF

Muchos actores, pocas propuestas y una situación insostenible y políticamente frágil. Amnistía Internacional hace un llamamiento a la comunidad internacional para que tome medidas eficaces y coordinadas con el fin de restablecer la ley y el orden en el país y, finalmente, poner fin a esta devastadora crisis. Mientras ese llamamiento se atiende, una herida de más de cincuenta años continúa supurando en el corazón de África.

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Sobre los autores

Lola Huete Machado. Redactora de El País y El País Semanal desde 1993, ha publicado reportajes sobre los cinco continentes. Psicóloga y viajera empedernida, aterrizó en Alemania al caer el muro de Berlín y aún así, fue capaz de regresar a España y contarlo. Compartiendo aquello se hizo periodista. Veinte años lleva. Un buen día miró hacia África, y descubrió que lo ignoraba todo. Por la necesidad de saber fundó este blog. Ahora coordina la sección Planeta Futuro.

Chema Caballero Chema Caballero. Llegó a África en 1992 y desde entonces su vida giró en torno a sus gentes, su color y olor, sus alegrías y angustias, sus esperanzas y ganas de vivir. Fue misionero javeriano y llevó a cabo programas de educación y recuperación de niñ@s soldado en Sierra Leona durante dos décadas, que fueron modelo.

José NaranjoJosé Naranjo. Freelance residente en Dakar desde 2011. Viajó al continente para profundizar en el fenómeno de las migraciones, del que ha escrito dos libros, 'Cayucos' (2006) y 'Los Invisibles de Kolda' (2009), que le llevaron a Marruecos, Malí, Mauritania, Argelia, Gambia, Cabo Verde y Senegal, donde aterrizó finalmente. Le apasiona la energía que desprende África.

Ángeles JuradoÁngeles Jurado. Periodista y escritora. Trabaja en el equipo de comunicación de Casa África desde 2007. Le interesa la cultura, la cooperación, la geopolítica o la mirada femenina del mundo. De África prefiere su literatura, los medios, Internet y los movimientos sociales, pero ante todo ama a Ben Okri, Véronique Tadjo y Boubacar Boris Diop, por citar solo tres plumas imprescindibles.

Chido OnumahChido Onumah. Reputado escritor y periodista nigeriano. Trabaja como tal en su país y en Ghana, Canadá e India. Está involucrado desde hace una década en formar a periodistas en África. Es coordinador del centro panafricano AFRICMIl (en Abuja), enfocado en la educación mediática de los jóvenes. Prepara su doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su último libro se titula 'Time to Reclaim Nigeria'.

Akua DjanieAkua Djanie. Así se hace llamar como escritora. Pero en televisión o en radio es Blakofe. Con más de tres lustros de carrera profesional, Akua es uno de los nombres sonados en los medios de su país. Residente en Reino Unido, fue en 1995, en uno de sus viajes a Ghana, cuando llegó su triunfo televisivo. Hoy vive y trabaja entre ambos países. La puedes encontrar en su página, Blakofe; en la revista New African, en Youtube aquí o aquí...

Beatriz Leal Riesco Beatriz Leal Riesco. Investigadora, docente, crítica y comisaria independiente. Nómada convencida de sus virtudes terapéuticas, desde 2011 es programadora del African Film Festival de NYC. Sissako, Mbembe, Baldwin y Simone la cautivaron, lanzándose a descubrir el arte africano y afroamericano. Su pasión aumenta con los años.

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