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Lola Huete Machado

Las vidas del lago Tanganica

Por: | 12 de febrero de 2014

Autor invitado: Fernando Duclos (texto y fotos)

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Postales del viaje a bordo del carguero por el Lago Tanganica.


En Kagunga, Tanzania, no hay nada, y menos si es domingo. O mejor dicho: hay muchas cosas, pero nada que se pueda parecer a la comodidad. En este pueblito, a orillas del Lago Tanganica, una pequeña casita sirve de oficina de migraciones y en ella, tres empleados del Estado dejan pasar a los locales que vienen de Burundi, y sellan los pasaportes de los poquísimos viajeros que se animan a asomar. Yo soy uno de ellos, y Edgar, el encargado de la oficina, me dice: "No veo la hora de irme. Hace 10 años que llegué y sólo espero el traslado. No tenemos luz, no tenemos electricidad, menos que menos internet y la única antena telefónica que capta señal queda en Burundi. Por eso, si quiero hablar con mi familia en Dar es Salaam, se me debita como llamada internacional". Fue dicho: en Kagunga nada se parece a la comodidad.

Este caserío en el que nada pasa, excepto el tiempo, queda a orillas del Lago Tanganica. El lago, el segundo más profundo del mundo después del Baikal, en Rusia, y tal vez el más importante de África, oficia como frontera de cuatro países: Tanzania, Burundi, Zambia y la República Democrática del Congo. Sus aguas, celestes en algunos tramos, verdes en otros, son surcadas a cada momento por todo tipo de embarcaciones: desde las canoas de tronco de los pescadores hasta el histórico MV Liemba, un enorme ferry que Alemania usó en la Primera Guerra Mundial y que luego le quedó a Tanzania, que, todas las semanas, zarpa desde Kigoma y llega hasta Mpulungu, al Norte de Zambia. Muchos caminos se cruzan en el Tanganica, aunque en Kagunga, sin embargo, es domingo: es día de descanso y ningún bote partirá hoy.

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El “camino” para cruzar desde Burundi a Tanzania, por la frontera de Kagunga.

Aquí no hay hoteles, no hay restaurantes. Tampoco ruta terrestre: para llegar desde Burundi, hay que sellar el pasaporte en la oficina local, una casita de piso de tierra en el medio de la nada, y luego caminar unos metros a orillas del lago, mojándose los pies. Luego, si uno desea seguir ruta, la única forma es con un bote que sale de lunes a sábado, a las 3 de la mañana, y que lleva mercadería hacia el puerto tanzano de Kigoma. Como llegué un domingo a las 10 de la mañana, debí esperar 18 horas hasta que, a la madrugada, mi barco zarpó. En ese lapso, Edgar me contó todo lo que esconden estas orillas.

"Años atrás, cuando llegué a este pueblito -me dijo-, Burundi estaba en guerra. Era durísimo trabajar acá. Los rebeldes burundeses querían pasar la frontera, pero nosotros no los dejábamos. Entonces, cerrábamos la ventana, esta que ves acá, y sólo mirábamos lo que pasaba. Vimos muertes, cuerpos, era como si fuera nuestra televisión".

Y luego agregó, del otro vecino: "Esas montañas que se ven ahí enfrente, eso ya es el Congo. Está lloviendo, fijate. El problema con el Congo es que tiene tantos y tantos y tantos recursos que nunca se los dejaron manejar. Y me temo que ahora, probablemente, ya esté todo perdido. Aunque siempre se puede renacer...".

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Así es Kagunga, el primer pueblito tanzano después de Burundi. No hay hoteles, restaurantes ni electricidad.


Después de muchas horas de charla y de una pequeña siesta nocturna en la oficina de Migraciones tanzana, entonces, llegó la hora de partir.

El barco que me dejaría en Kigoma, ocho horas después, era un bote enorme de madera, de paredes altas y un motor. Allí, sin salvavidas ni nada que nos brinde seguridad, se amontonan cada día cientos de personas, hacinados, durmiendo en cubierta, como se pueda, entre gallinas y pescado, para poder viajar y después vender. Ese lunes me tocó a mí ser uno de ellos y, por un momento, sentí que así, como ésa, debían ser las embarcaciones que trasladan africanos a Europa y de las que cada tanto se lamenta, y luego se olvida, un nuevo y terrible naufragio.

Claro: no es lo mismo viajar a vender pescado que partir hacia el exilio, hacia lo desconocido, o hacia la probable muerte, encierro o deportación. Pero, más allá de los diferentes objetivos, en cuanto a las condiciones de viaje, pienso, en uno y otro caso, estos botes en el Tanganica y esos barcos en el Mediterráneo, casi no deben variar.

Descubiertos y en cubierta, el fresco de la noche aquí hace estragos y un silbato que toca el capitán no deja dormir: como el bote no tiene luces, el pitido sirve para avisar que ahí estamos, que, en esa oscuridad sin luna y con estrellas, nadie nos debería chocar.

El bote para en cada pueblo, y es, cada vez, un acontecimiento. Suben hombres, mujeres, niños, todos gritan, llevan kilos y kilos de pescado fresco, ya casi no queda lugar. Vamos todos apiñados, la cara de uno en los pies del otro, y ahora definitivamente no entra más nadie, pero igual, el bote sigue parando. Al final, somos como doscientos en un barquito y cuando ya casi no queda espacio ni para el aire, llegamos a Kigoma, que después de Kagunga y de las ocho horas en el Tanganica, y aunque sólo cuenta con 135.000 habitantes, se nos muestra monumental.

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Atardecer en el Lago Tanganica.

Ya es lunes, son las once, ya pasó el domingo y también pasó el lago: así, todos los días, se vive en el Tanganica, el corazón de África, en el que a veces pareciera que muchos reflejos que nos devuelven las aguas toman la forma de realidad.

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Las pateras y el servicio regular en el lago tanganika son casi lo mismo para el señor duclos...

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Sobre los autores

Lola Huete Machado. Redactora de El País y El País Semanal desde 1993, ha publicado reportajes sobre los cinco continentes. Psicóloga y viajera empedernida, aterrizó en Alemania al caer el muro de Berlín y aún así, fue capaz de regresar a España y contarlo. Compartiendo aquello se hizo periodista. Veinte años lleva. Un buen día miró hacia África, y descubrió que lo ignoraba todo. Por la necesidad de saber fundó este blog. Ahora coordina la sección Planeta Futuro.

Chema Caballero Chema Caballero. Llegó a África en 1992 y desde entonces su vida giró en torno a sus gentes, su color y olor, sus alegrías y angustias, sus esperanzas y ganas de vivir. Fue misionero javeriano y llevó a cabo programas de educación y recuperación de niñ@s soldado en Sierra Leona durante dos décadas, que fueron modelo.

José NaranjoJosé Naranjo. Freelance residente en Dakar desde 2011. Viajó al continente para profundizar en el fenómeno de las migraciones, del que ha escrito dos libros, 'Cayucos' (2006) y 'Los Invisibles de Kolda' (2009), que le llevaron a Marruecos, Malí, Mauritania, Argelia, Gambia, Cabo Verde y Senegal, donde aterrizó finalmente. Le apasiona la energía que desprende África.

Ángeles JuradoÁngeles Jurado. Periodista y escritora. Trabaja en el equipo de comunicación de Casa África desde 2007. Le interesa la cultura, la cooperación, la geopolítica o la mirada femenina del mundo. De África prefiere su literatura, los medios, Internet y los movimientos sociales, pero ante todo ama a Ben Okri, Véronique Tadjo y Boubacar Boris Diop, por citar solo tres plumas imprescindibles.

Chido OnumahChido Onumah. Reputado escritor y periodista nigeriano. Trabaja como tal en su país y en Ghana, Canadá e India. Está involucrado desde hace una década en formar a periodistas en África. Es coordinador del centro panafricano AFRICMIl (en Abuja), enfocado en la educación mediática de los jóvenes. Prepara su doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su último libro se titula 'Time to Reclaim Nigeria'.

Akua DjanieAkua Djanie. Así se hace llamar como escritora. Pero en televisión o en radio es Blakofe. Con más de tres lustros de carrera profesional, Akua es uno de los nombres sonados en los medios de su país. Residente en Reino Unido, fue en 1995, en uno de sus viajes a Ghana, cuando llegó su triunfo televisivo. Hoy vive y trabaja entre ambos países. La puedes encontrar en su página, Blakofe; en la revista New African, en Youtube aquí o aquí...

Beatriz Leal Riesco Beatriz Leal Riesco. Investigadora, docente, crítica y comisaria independiente. Nómada convencida de sus virtudes terapéuticas, desde 2011 es programadora del African Film Festival de NYC. Sissako, Mbembe, Baldwin y Simone la cautivaron, lanzándose a descubrir el arte africano y afroamericano. Su pasión aumenta con los años.

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