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Lola Huete Machado

Las Vegas sudafricana que construyó el apartheid

Por: | 31 de marzo de 2014

Sun City gusta del mismo modo al sudafricano medio como horroriza al expatriado europeo. No hay término medio. Sin dudar, el residente local aconsejará con los ojos cerrados una visita a este parque de atracciones, complejo hotelero y de casinos conocido como Las Vegas de África, en medio del llamado cinturón de platino de Sudáfrica ya que acoge multitud de minas de este metal. Es un oasis verde, de árboles plantados, en una provincia árida y empobrecida, salpicada de pueblos que recuerdan al salvaje Oeste americano.

El conjunto rezuma ese aire kitsch de cartón piedra, lleno de excesos ornamentales, mezcla de estilos arquitectónicos tan variados como la propia demografía a sudafricana, bautizado con nombres tan pomposos como el Palacio Perdido. Es un destino muy popular para pasar el día, el fin de semana o celebrar bodas o reencuentros familiares. Parte del éxito se debe a que se erige a tan sólo dos horas al norte de Johanesburgo, en el área más poblada del país pero también en su oferta de ocio adaptado a un amplio abanico de presupuestos familiares.

Sin voluntad de crear grandes expectativas ni ofrecer una plataforma gratis de publicidad, Sun City representa, de largo, y junto a los miles de centros comerciales que siembran el país, el sueño de un ocio con plena seguridad, elemento muy valorado por los sudafricanos, y la reconciliación de Nelson Mandela hecha realidad. Las olas de la playa artificial, las mesas de póker y los inmensos jardines unen a todas las razas de esta nación del arcoíris, a familias obreras con matrimonios de clases medias.

 

Más allá de su capacidad de distracción y entretenimiento, la historia de Sun City (Ciudad del Sol) tiene su miga porque hila los tradicionales territorios negros con el apartheid, la fauna salvaje y la fiebre del oro que sacudió la gran llanura que preside Johanesburgo a finales del siglo XIX y que convirtió la zona en la más rica del país.

Vayamos por partes. El apartheid no dejaba de ser un régimen represivo que, por ejemplo, prohibía el juego o los espectáculos pornográficos, que a pesar de ser considerados inmorales o poco edificantes para los sudafricanos dejaban buenos ingresos a las arcas públicas.

Así que para guardar la compostura no dudó en hacerse trampas al solitario. Valiéndose de la existencia de lo que se llamó bantustan, una especie de reservas más o menos independientes para negros, el apartheid traslada y encierra esa perversión en esos territorios, en un ejercicio de doble moral. En 1994 la democracia unifica todo el territorio y se pone fin a esas autonomías y autoriza el juego, aunque Sun City sigue con su brillo intacto.

Uno de esos territorios era la república independiente de Bophuthatswana, reconocida internacionalmente tan sólo por esa Sudáfrica del apartheid y que en 1979 acogió Sun City, un proyecto ambicioso que contaba con dos aliados para incrementar su estado de cuentas. El complejo recreativo, con sus casinos y hoteles, se estrenó al mismo tiempo que se abría el Parque Nacional de Pilanesberg en una tierra propiedad de la tribu Bakgatla, de gran variedad paisajística. Juego y fauna salvaje separados por apenas unas vallas y que con el tiempo se han convertido en una suma de éxito, hasta el punto que la reserva es la más visitada del país por delante del imponente parque Kruger. Además, cuenta con un aeropuerto internacional que permite a las avionetas privadas casi aterrizar en plena naturaleza.

SunCity_thePalace

Vista del hotel Palacio Perdido, que se erige entre una espesa vegetación.

En los 14 años que el apartheid sobrevivió a la apertura del recinto, Sun City era “sinónimo de libertad y diversión, una escapada a la estricta moralidad impuesta por los políticos”, recuerda Abri van Wyk, que en aquella época frecuentaba los locales “más por llevar la contra que por el gusto del juego”. Ahora sigue siendo un fan incondicional y es uno de los sudafricanos que aconseja la visita, aunque admite que “a un europeo le puede parecer provinciano”. Quizá el turista requiere de una generosidad para no aborrecer el acceso coronado por gigantes elefantes, monos y leones esculpidos en falsa roca y ese impostado lujo que retrotrae a otras décadas.

Van Wyk no acudió nunca pero durante el apartheid, el enorme auditorio del Sun City puso sobre el escenario a artistas como Frank Sinatra, Rod Stewart, Julio Iglesias, Queen o Elton John, que sortearon el boicot internacional contra el régimen supremacista blanco arguyendo que en realidad estaban tocando en una república autónoma e independiente.

Los hay que no tragaron con esa justificación maquillada. A Steve Van Zandt, guitarrista de la E Street Band que acompaña a Bruce Springsteen le dio por componer una canción con el nombre del polémico recinto. Un grupo de artistas contra el apartheid le puso voz a una letra que era un claro llamamiento a no pisar Sun City hasta que terminara la represión racial. Corría 1985, en pleno auge de los macroconciertos con causas honorables en las que Sudáfrica tenía un lugar asegurado a causa de la legislación racista y el encarcelamiento de Mandela.

Con los años y la democracia en marcha, Sun City se ha ganado un puesto en todas las guías turísticas de Sudáfrica, de la misma manera que Montecasino, a 30 kilómetros del centro de Johanesburgo y de pretencioso estilo italiano. Aviso o consejo para el que quiera adentrarse. Dejar los prejuicios en la puerta y pensar que no hay cosa más sudafricana que dejarse atrapar por este ambiente que a muchos recordará un pueblo turístico de los 80. 

“De Montecasino o Sun City me interesa que son de los pocos lugares donde el rico empresario se sienta al lado del trabajador raso con el mono manchado de pintura que pasa por la mesa de juego antes de volver a casa”, explica la alemana Luise Schlesier, que ha dejado la aridez de la capital sudafricana para pasar un largo fin de semana en el casino de Sun City. “Esta es la auténtica democracia, sin importar el dinero, todos son iguales”, resume.

Una democracia imperfecta. En abril del año pasado Sun City se convirtió en el escenario de una polémica boda entre dos jóvenes de familias multimillonarias indias, estrechamente relacionadas con el presidente sudafricano, Jacob Zuma, que también asistió al selecto enlace. 

La prensa bautizó la ceremonia como la “boda del siglo” o el Guptagate, en honor del apellido de una de las familias, propietaria de medios de comunicación, entre ellos una televisión por satélite en Sudáfrica. Los 400 invitados procedentes de medio mundo se hospedaron en los hoteles de cinco estrellas del recinto a un precio total de casi siete millones de euros por los cuatro días que duró la fiesta, según los medios locales.

Pero la indignación popular se produjo por un lado, cuando trascendió que las familias tuvieron un exceso de privilegios para disponer de una base militar cercana a Pretoria. Por otro, la familia Gupta tuvo que salir al paso de las acusaciones de racismo que había hecho el personal de hoteles y restaurantes, en su inmensa mayoría negros. La sombra del apartheid nubló la Ciudad del Sol.

Hay 5 Comentarios

Sun City es horrible. Un casino es una cosa horripilante. El primer y último casino que he visto en mi vida fue allí. Alrededor de Las Vegas hay desierto, pero Sun City está en un sitio precioso. No entiendo que haya gente que prefiera encerrarse a tirar dinero en un sitio a oscuras. Los que limpiaba la mierda eran negros, como en el resto del país y no vi ni a uno de vacaciones, aunque sí había asiáticos. No guardo buen recuerdo de ese sitio.

Lola Huete Machado, muy buenos días.
Es muy fácil - y gratuito - mostrar parcialidad en asuntos sobre Apartheid. Me gustaría algo más de rigor y que entre todos nos dejáramos de simplezas: blanco contra negro.
Yo tuve el privilegio de trabajar para Sol Kerzner y su grupo hotelero, Southern Sun International. Fue en 1983, y yo era Room Service, Assistant Manager, en el Cape Sun Hotel, en Ciudad del Cabo. Un cargo de poca relevancia pero lo suficiente como para permitirme conocer gente muy intersante, huespedes del hotel y gente del negocio del turismo. Sol Kerzner pertenece a la importante comunidad judía de Sudáfrica. Como tantos otrso judíos, no estaba de acuerdo con el sistema de Apartheid. Gracias a su tesón, "drive" y visión de futuro, mejoró (y mucho) el porvenir de muchos negros y otros "no blancos" (porque conviene recordar que el Apartheid era contra todos los no blancos).

Que pena! Era un pais muy Hermoso sin negros mandalas, Obama e.tc. Quiero Aparteid ya!

Investigación muy pobre. El apartheid no levantó nada. Fue un empresario privado que se aprovechó al máximo de las circunstancias donde se incluye la ayuda fiscal del jerifalte de la Bantustan. En cuanto le sacó un pastón al negocio y vió las nubes negras del cambio politico, vendió y se largó. Desde entonces, su administración ha pasado por varias manos. El hombre se llama Sol Kerzner, un tipo muy agudo que ahora opera casinos en Atlantic City. Se aprovechó del apartheid bajo peligro y amenaza pero con un par bien gordo se cachondeó de todos.

Muy interesante. Casi dan ganas de ir.

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Sobre los autores

Lola Huete Machado. Redactora de El País y El País Semanal desde 1993, ha publicado reportajes sobre los cinco continentes. Psicóloga y viajera empedernida, aterrizó en Alemania al caer el muro de Berlín y aún así, fue capaz de regresar a España y contarlo. Compartiendo aquello se hizo periodista. Veinte años lleva. Un buen día miró hacia África, y descubrió que lo ignoraba todo. Por la necesidad de saber fundó este blog. Ahora coordina la sección Planeta Futuro.

Chema Caballero Chema Caballero. Llegó a África en 1992 y desde entonces su vida giró en torno a sus gentes, su color y olor, sus alegrías y angustias, sus esperanzas y ganas de vivir. Fue misionero javeriano y llevó a cabo programas de educación y recuperación de niñ@s soldado en Sierra Leona durante dos décadas, que fueron modelo.

José NaranjoJosé Naranjo. Freelance residente en Dakar desde 2011. Viajó al continente para profundizar en el fenómeno de las migraciones, del que ha escrito dos libros, 'Cayucos' (2006) y 'Los Invisibles de Kolda' (2009), que le llevaron a Marruecos, Malí, Mauritania, Argelia, Gambia, Cabo Verde y Senegal, donde aterrizó finalmente. Le apasiona la energía que desprende África.

Ángeles JuradoÁngeles Jurado. Periodista y escritora. Trabaja en el equipo de comunicación de Casa África desde 2007. Le interesa la cultura, la cooperación, la geopolítica o la mirada femenina del mundo. De África prefiere su literatura, los medios, Internet y los movimientos sociales, pero ante todo ama a Ben Okri, Véronique Tadjo y Boubacar Boris Diop, por citar solo tres plumas imprescindibles.

Chido OnumahChido Onumah. Reputado escritor y periodista nigeriano. Trabaja como tal en su país y en Ghana, Canadá e India. Está involucrado desde hace una década en formar a periodistas en África. Es coordinador del centro panafricano AFRICMIl (en Abuja), enfocado en la educación mediática de los jóvenes. Prepara su doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su último libro se titula 'Time to Reclaim Nigeria'.

Akua DjanieAkua Djanie. Así se hace llamar como escritora. Pero en televisión o en radio es Blakofe. Con más de tres lustros de carrera profesional, Akua es uno de los nombres sonados en los medios de su país. Residente en Reino Unido, fue en 1995, en uno de sus viajes a Ghana, cuando llegó su triunfo televisivo. Hoy vive y trabaja entre ambos países. La puedes encontrar en su página, Blakofe; en la revista New African, en Youtube aquí o aquí...

Beatriz Leal Riesco Beatriz Leal Riesco. Investigadora, docente, crítica y comisaria independiente. Nómada convencida de sus virtudes terapéuticas, desde 2011 es programadora del African Film Festival de NYC. Sissako, Mbembe, Baldwin y Simone la cautivaron, lanzándose a descubrir el arte africano y afroamericano. Su pasión aumenta con los años.

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