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Lola Huete Machado

De Argentina a Mozambique

Por: | 18 de diciembre de 2014

Autor invitado: Nicolás Cipriota

Arbol
La gente me pregunta que por qué lo hago. Y yo les respondo: “Porque me hace bien”. No se esperan esa respuesta. Esperan que mi respuesta sea la del sacrificio, “relegar” mis vacaciones en pos de un grupo de personas que creo que me necesitan. La verdad es que hacer algo que a uno lo llena de orgullo, le motoriza la esperanza y lo enriquece como persona no tiene nada que ver con el sacrificio.

Me fui a Mozambique por primera vez en 2011 con cuatro amigos, luego de contactar con varias personas que habían trabajado allá, de aprender el idioma y con el dinero que pensábamos invertir en nuestras vacaciones de verano. Lo primero que hicimos, por recomendación, fue recorrer y conversar con la gente para entender dónde estábamos. Aprender. Debíamos descifrar primero qué era lo que nosotros creíamos que se necesitaba y qué era lo que se necesitaba realmente.

Así conocimos a Eugenio, cura párroco de Macía (provincia de Gaza), quien nos llevó a recorrer escuelas de la zona, y nos hizo notar en todas lo mismo: la falta de aulas. Eran muchos chicos para la capacidad que tenían las escuelas. No faltaban docentes, había padres dispuestos a llevarlos a la escuela, pero cientos de chicos y chicas tenían clases debajo de los árboles. Esto puede ser pintoresco pero que sea algo habitual, diario, es un problema. Cualquier lluvia o inestabilidad climática es motivo de suspensión de clase.

Las comunidades que visitamos tenían muchas necesidades básicas insatisfechas: la falta de agua potable y el escaso acceso a la salud pública, por nombrar algunas, pero el déficit de clases en Mozambique es real y urgente. Estudios de UN Hábitat Mozambique alertan sobre la falta de 39.000 aulas.

Fue así que nos quedamos a vivir junto a la comunidad de Bumele y luego de dos semanas construimos dos clases con el dinero que habíamos recaudado antes de emprender el viaje. Procuramos que los materiales fueran locales ya que muchas de las aulas que ya existían eran construidas por las mismas personas que vivían allí y no queríamos desarrollar una técnica que requiriera recursos indispensables fuera de la comunidad. El trabajo físico, codo a codo, nos unió más que cualquier otro tipo de reunión.

Los vecinos de las escuelas, por más que no tenían hijos asistiendo a clase, se unieron al trabajo en equipo. El intercambio cultural que se produjo fue enorme. Compartimos mate argentino y alimentos de la típica dieta local. Conversamos sobre valores familiares, historias de vida, formas de trabajo y hasta de ideas políticas. Incluso sufrí paludismo (malaria), lo que me hizo dar cuenta del riesgo constante al que se exponen las familias que viven en zonas rurales, no a causa de la enfermedad, sino justamente por lo fácil que es tratarla si uno cuenta con un correcto conocimiento de los síntomas y el acceso básico a la salud pública.

La construcción de dos nuevas salas de clases no sólo significó una mejora para dos cursos que pasaron a tener un lugar seco donde estudiar y aprender. Esas construcciones permitieron a la escuela abrir otro curso para que los chicos tuvieran un año más de educación. El árbol se siguió utilizando, pero las aulas permitieron el ingreso de más chicos.

Nos dimos cuenta de que había que hacer más. No sólo por la falta de dotaciones sino por el intercambio y la gran cantidad de valores que se reforzaban con esta experiencia.

Constru 2
Así nació A Mozambique, un proyecto cuyo modelo de intervención está basado en la construcción de aulas en escuelas rurales de ese país, y en el trabajo en conjunto, donde la comunidad debe comprometerse a construir con voluntarios argentinos durante los tres o cuatro días que dura el trabajo. 

El modeo de aula se compone de un módulo de 36 metros cuadrados, con piso de cemento con un tramado de acero, perímetro de medio metro de ladrillos, paredes de madera y cañas, y techo de chapa de zinc. El costo aproximado de los materiales es de 1.200 dólares. Hasta hoy ya construimos 17 aulas en 10 escuelas distintas y después de tres viajes consecutivos con más de 20 voluntarios que partieron desde Argentina decididos a que sus veranos dejasen de ser vacaciones regulares y se convirtieran en viajes orientados al impacto social. Cada voluntario no sólo financia su propio viaje, sino que además se encarga de la recaudación de fondos para la compra de los materiales. Durante el próximo mes de enero, 13 voluntarios más viajarán para construir seis nuevas aulas.

También me preguntan por qué me voy tan lejos, y yo respondo “¿Y por qué no?”. No creo que la nacionalidad o la cercanía otorguen derechos ni prioridades en términos de cooperación. La situación de desigualdad de una persona no nos debería importar más o menos que la de otra por el sólo hecho de ser de otro país. Estamos todos en este mundo. Si hay algo que debemos aprovechar de la globalización es la posibilidad de encontrarnos cerca aunque físicamente estemos muy lejos.

También me cuestionan por qué invertimos tanto dinero en pasajes aéreos cuando seguramente con esos fondos podríamos hacer un buen trabajo más cerca de nuestras casas. Lamentablemente la situación en la que se encuentran algunas zonas rurales de Gaza (Sur de Mozambique) no se asemeja en nada a lo que podemos encontrar en Argentina. La diferencia de invertir U$S 1.200 en nuestro país o hacerlo en Mozambique está en el impacto. Y medir ese impacto es la forma más fiel de evaluar un emprendimiento social.

El mundo tiene una deuda con África. No sólo de cooperación sino de ponerle fin a la estigmatización. Por eso cada vez que me voy deseo volver. Porque lo más importante no es sentir que me necesitan, sino el sentido de comunidad que los mozambiqueños lograron compartirme y enseñarme, y el cariño que siento cada vez que nos encontramos en el trabajo común.

A Mozambique funciona, las aulas siguen en pie y son utilizadas todos los días, pero es mucho más que eso. A Mozambique significa convivir, aprender, intercambiar experiencia. Compartir mucho más que ayudar.

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Hay 2 Comentarios

Muy buen artículo, te felicito!!!

lo de la cooperación está muy bien, pero si que es verdad que en nuestro pais también se encuentran muchas personas en exclusión social y que necesitan ayuda y, a veces, no les hacemos suficiente caso, en ocasiones he visto personas ancianas que viven solas y en condiciones no muy buenas, lo he observado en mi trabajo o algunas que vagan por las calles y no son recogidas en ninguna institución social, no trabajo en servicios sociales pero pienso que en este aspecto, en España, y con la crisis hay también mucho que hacer; Africa necesita mucha ayuda y toda la que se le dé será poca, pero también hay que enseñarle a que camine sola, si la dejan claro, a que sean los propios africanos los que aprendan, se formen y crezcan como pais no basarlo todo en la generosidad porque de ahí no se sale, tienen que aprender a levantarse y nosotros ofrecerles la ayuda para hacerlo; por lo demás miremos también lo que tenemos alrededor, aunque a veces es un poco difícil de ver porque se asoman poco.

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Sobre los autores

Lola Huete Machado. Redactora de El País y El País Semanal desde 1993, ha publicado reportajes sobre los cinco continentes. Psicóloga y viajera empedernida, aterrizó en Alemania al caer el muro de Berlín y aún así, fue capaz de regresar a España y contarlo. Compartiendo aquello se hizo periodista. Veinte años lleva. Un buen día miró hacia África, y descubrió que lo ignoraba todo. Por la necesidad de saber fundó este blog. Ahora coordina la sección Planeta Futuro.

Chema Caballero Chema Caballero. Llegó a África en 1992 y desde entonces su vida giró en torno a sus gentes, su color y olor, sus alegrías y angustias, sus esperanzas y ganas de vivir. Fue misionero javeriano y llevó a cabo programas de educación y recuperación de niñ@s soldado en Sierra Leona durante dos décadas, que fueron modelo.

José NaranjoJosé Naranjo. Freelance residente en Dakar desde 2011. Viajó al continente para profundizar en el fenómeno de las migraciones, del que ha escrito dos libros, 'Cayucos' (2006) y 'Los Invisibles de Kolda' (2009), que le llevaron a Marruecos, Malí, Mauritania, Argelia, Gambia, Cabo Verde y Senegal, donde aterrizó finalmente. Le apasiona la energía que desprende África.

Ángeles JuradoÁngeles Jurado. Periodista y escritora. Trabaja en el equipo de comunicación de Casa África desde 2007. Le interesa la cultura, la cooperación, la geopolítica o la mirada femenina del mundo. De África prefiere su literatura, los medios, Internet y los movimientos sociales, pero ante todo ama a Ben Okri, Véronique Tadjo y Boubacar Boris Diop, por citar solo tres plumas imprescindibles.

Chido OnumahChido Onumah. Reputado escritor y periodista nigeriano. Trabaja como tal en su país y en Ghana, Canadá e India. Está involucrado desde hace una década en formar a periodistas en África. Es coordinador del centro panafricano AFRICMIl (en Abuja), enfocado en la educación mediática de los jóvenes. Prepara su doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su último libro se titula 'Time to Reclaim Nigeria'.

Akua DjanieAkua Djanie. Así se hace llamar como escritora. Pero en televisión o en radio es Blakofe. Con más de tres lustros de carrera profesional, Akua es uno de los nombres sonados en los medios de su país. Residente en Reino Unido, fue en 1995, en uno de sus viajes a Ghana, cuando llegó su triunfo televisivo. Hoy vive y trabaja entre ambos países. La puedes encontrar en su página, Blakofe; en la revista New African, en Youtube aquí o aquí...

Beatriz Leal Riesco Beatriz Leal Riesco. Investigadora, docente, crítica y comisaria independiente. Nómada convencida de sus virtudes terapéuticas, desde 2011 es programadora del African Film Festival de NYC. Sissako, Mbembe, Baldwin y Simone la cautivaron, lanzándose a descubrir el arte africano y afroamericano. Su pasión aumenta con los años.

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