Cano

Sobre el autor

lleva más de 30 años de dedicación a la cobertura de la actualidad internacional, la mitad de ellos vividos en EE UU y América Latina. Actualmente, es corresponsal en Washington.

Club de Prensa en NTN24

Entrevista a Antonio Caño en el programa Club de Prensa de la cadena de televisión NTN24, en Washington.

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Antonio Caño

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30 años en EL PAÍS

Por: | 05 de junio de 2012

Abusando de la familiaridad que nos permite este espacio, tengo el gusto de comunicarles que este mes de junio cumplo 30 años de trabajo ininterrumpido en EL PAÍS. Ya imagino que no es una gran cosa para nadie, y les garantizo que no tiene la menor relevancia dentro de la larga y brillante historia de este periódico. Pero sí es una fecha importante para mí y, por esa razón, quiero compartir algunas ideas que esta celebración me trae a la cabeza.

Treinta años es casi toda mi vida profesional, a la que hay que añadir tan solo cinco más en la agencia EFE al final de los años setenta, un periodo que marcó de forma significativa mi concepto del oficio. Treinta años de trabajo dan para mucho, pero se pueden resumir en pocas palabras: un tránsito veloz, como corresponsal o enviado especial, por revoluciones, golpes de Estado, elecciones, conferencias o entrevistas en más de 50 países, desde las Filipinas al Perú. Entre unas y otras, diversos cargos en la redacción que me sirvieron para entender el punto de vista de lo que los periodistas llamamos "la mesa", es decir, la fuerza editoria del diario.

He recorrido el lado romántico de esta profesión, ese que ha inspirado novelas sobre personajes solitarios y vanidosos que saltaban a la aventura cada mañana desde la habitación de un hotel en Yamena o Managua, Beirut o Washington. En Estados Unidos, a lo largo de muchos años, he conocido toda la opulencia de este oficio, así como su tentadora y peligrosa imbricación con otros poderes más sólidos y desalmados. He comprobado igualmente la entrega de muchos compañeros que se desenvuelven en el anonimato. Y, sí, también he conocido los celos, los empujones y las trampas propias de una actividad muy competitiva. 

Cumplir 30 años de trabajo en un lugar es la prueba irrefutable de que uno se está haciendo viejo, y por tanto, sentimental y solemne. Este mismo texto es una debilidad que hubiera sido intolerable en la era pre-blogs. Intento no resultar trascendente, pero es inevitable contemplar este cumpleaños desde la situación angustiosa que vive nuestra profesión. Es un ridículo eufemismo llamarle precariedad laboral a la guillotina que se cierne sobre nuestras cabezas. Nadie sabe si el periodismo seguirá existiendo dentro de otros 30 años. Quizá, no. De hacerlo, es evidente que será algo diferente a lo que hemos conocido hasta ahora. Con la desesperada locuacidad de la víctima ante la bala inminente, nos hemos lanzado en los últimos tiempos a una retórica desproporcionada sobre las excelencias del periodismo y su función social. Se elogia constantemente el periodismo de calidad, sin que sepa muy bien en qué consiste. Se confrontan modelos periodísticos como si fueran ideologías. Se sacralizan medios que quizá nunca se consoliden y se desprecian otros que quizá sería posible conservar, o viceversa. Hablamos, hablamos y hablamos, sin saber muy bien qué decir.

Mentiría si dijera que esta es una profesión como cualquier otra. Sinceramente, me satisface tanto que me cuesta entender cómo hay gente que se dedica a otra cosa. Pienso, además, que, bien ejercida, puede llegar a resultar una profesión muy útil. Pero no podemos imponer que los demás lo crean también. La sociedad tiene de los periodistas el concepto que tiene, bueno en unos países y malo en otros, positivo en ciertas épocas y negativo en otras. No podemos obligar a nadie a que nos quiera para siempre. Quizá ni siquiera lo merezcamos. Si la historia dicta que hemos de desaparecer, desapareceremos, ojalá que dignamente. Prefiero vivir en un tiempo en el que existe el periodismo, pero no me parece inconcebible un mundo sin él ni creo que forzosamente tenga que ser peor que el actual. Después de todo, este oficio no lleva entre nosotros más que un par de siglos, y no siempre con motivo de orgullo.

Como es natural, tengo intención de defender mi negocio mientras tenga fuerzas para hacerlo. Pero asumo que mi aportación durante 30 años en EL PAÍS ha sido minúscula. Ninguna deuda que reclamarle a nadie. No porque no valore la labor realizada, sino porque soy consciente de la limitación de nuestro oficio. No somos transformadores ni innovadores como los científicos o los ingenieros. No cambiamos el mundo ni hacemos la historia. Somos una profesión humilde de la que se recordarán anécdotas, no gestas. El Watergate forjó mi vocación, pero no he presenciado otro caso desde entonces.

He conocido a alguna gente que sí ha hecho historia, pero las verdaderas proezas de las que he sido testigo en estos 30 años son más bien de carácter cotidiano, humano, íntimo. La revoluciones y todo lo demás son, en realidad, el escenario en el que transcurren los acontecimientos ordinarios. En general, la vida es más sencilla que como la cuentan los periódicos. Uno de los problemas de nuestro oficio ha sido siempre el de nuestra pasión por lo excepcional y nuestro desprecio por lo común y rutinario. Eso nos ha alejado considerablemente de la sociedad, que hoy no tolera ninguna forma de elitismo y parece preferir como periodista a cualquiera que le cuente cosas de forma llamativa, simple y cercana.

Creo percibir que, por esa razón, la información se hace más parroquial y banal. Pero quizá esté equivocado. Es imposible anticipar dónde acabará todo esto, aunque sospecho que mi hijo Pablo, que también es periodista, no tendrá la suerte que he tenido yo de trabajar durante 30 años en el ámbito de un periódico, promotor, conductor y moderador de mis propias iniciativas y ambiciones. Como en cualquier actividad humana, lo que distingue a un periodista de otro es un instante de inspiración individual. Pero el periodismo, como profesión, es un ejercicio colectivo, no una aventura quijotesca. A veces no ha sido cómodo conciliar mis puntos de vista con los de otros, pero ese esfuerzo es imprescindible para generar un pensamiento ordenado y, en última instancia, ecuánime y constructivo. Un bloguero puede llegar a ser muy famoso, pero solo se representa a sí mismo, mientras que una empresa periodística, con toda su complejidad y anacronismo, puede ser el motor de una amplia corriente de opinión.

Uno de los motivos de optimismo en este aniversario es el hecho de que encuentro a los jóvenes que me rodean menos preocupados por su futuro que yo mismo. Quizá sólo se deba a la inconsciencia innata de la edad, pero también es posible que, efectivamente, exista el horizonte de un periodismo revolucionario que ganará independencia e influencia con el arma de esta moderna tecnología presuntamente democratizadora. Con la misma curiosidad de hace 30 años, trato de tener mi equipaje listo para ese nuevo viaje.

El falso Carlos, un ejecutado por error

Por: | 15 de mayo de 2012

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Carlos de Luna, en una imagen de la investigación

Desde el momento de su detención, en 1983, hasta el de su ejecución, seis años después, Carlos de Luna sostuvo siempre su inocencia en el asesinato de Wanda López, del que se le acusaba. Una exhaustiva investigación conducida por el profesor de la universidad de Columbia James Liebmen y publicada ahora en la Human Rights Law Review prueba que tenía razón.

El riesgo de ejecutar a un inocente ha sido siempre uno de los principales argumentos de quienes se oponen a la pena de muerte en Estados Unidos. Nunca ese riesgo había sido certificado de una forma tan concluyente como en el caso de Carlos de Luna.

Carlos de Luna fue arrestado cuando tenía 20 años por la muerte a puñaladas de la joven empleada de una gasolinera en la ciudad de Corpus Christi (Texas). Las pruebas contra él nunca fueron muy contudentes, pero la causa prosperó gracias a algunas lagunas en la coartada del detenido y a los varios antecedentes policiales de De Luna por diversos delitos menores. El acusado creía conocer al verdadero asesino, a quien había visto en el lugar de los hechos momentos antes del crimen, pero en un principio se negó a revelar su identidad por miedo a represalias.

Cuando finalmente lo hizo, su credibilidad era ya escasa, y la fiscalía no tuvo dificultades en obtener un veredicto de culpabilidad. Pero el principal aliado de la acusación no fue el relato contradictorio de De Luna sino su parecido físico con el auténtico culpable, Carlos Hernández. Varios testigos, probablemente ayudados por la dificultad para distinguir las rasgos físicos de otra razas, confundieron a los dos Carlos e identificaron a De Luna aunque, en realidad, habían visto a Hernández.

Durante años, familiares y periodistas han aportado pruebas, tanto de la inocencia de De Luna como de la culpabilidad de Hernández. Una de ellas fue la confesión de éste último a sus compañeros de prisión en los últimos días de su vida. Después del suceso de Corpus Christi, Hernández fue declarado inocente del apuñalamiento de otro mujer, pero finalmente moriría en prisión en 1999 a causa de una cirrosis.

El profesor Liebmen y su equipo han realizado decenas de entrevistas e investigaciones para unir las piezas del rompecabezas de este caso. El resultado es un trabajo de 400 páginas en el que se muestran todas las evidencias que señalan a Hernández, todas las que descartan a De Luna y los númerosos errores cometidos durante el proceso judicial.

Los familiares que le quedan a De Luna creen que ya es demasiado tarde para reabrir una herida cerrada hace tiempo.

Desde que en 1976 se reinstauró la pena de muerte en Estados Unidos, han sido ejecutadas 1.295 personas, 482 de ellas en Texas. ¿Cuántas más serían inocentes?

El Obama más cool

Por: | 14 de mayo de 2012

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Obama en durante un viaje oficial en 2009. (Foto: REUTERS)

Al contrario que muchos de los que siguen al presidente de Estados Unidos, yo prefiero la versión estadista de Barack Obama a la más electoral que estamos viendo estos días y veremos de forma abundante hasta noviembre.

Admito que el Obama electoral, que nos recuerda al que conocimos en 2007 y 2008, es más atractivo, más inspirador, más sugerente, más atrevido y mucho más cool. El Obama que ha gobernado desde 2009 hasta hace poco era más aburrido, más dubitativo y más contenido. Por eso generó una cierta decepción entre sus más apasionados seguidores.

El Obama electoral ha recuperado el ardor de su oratoria y nos regala a diario frases ocurrentes contra los líderes financieros, los sheriffs racistas o sus más econados rivales republicanos.Ya nos ha sorprendido con su respaldo al matrimonio homosexual, y esta misma semana ha lanzado un vídeo-bomba sobre las actividades de Mitt Romney al frente de la empresa Bain Capital. No es que sus decisiones resulten necesariamente equivocadas o que sus críticas no sean, en ocasiones, justas. Pero, desde luego, representan un marcado contraste con su actuación como presidente.

Como presidente, Obama fue un ejemplo de prudencia y moderación. Prometió el primer día el cierre de Guantánamo, pero tuvo que adaptar después su política a la realidad de que eso no estaba enteramente en su mano. Desde la reforma sanitaria hasta la reforma de Wall Street, Obama hizo en todo momento un ejercicio de negociación, de búsqueda del punto de encuentro, de acomodación de sus propósitos a las exigencias de sus rivales. Y si no fue más lejos en la búsqueda del centro, es porque la oposición no le acompañó casi nunca en ese esfuerzo. Lo mismo ocurrió en sus relaciones con Rusia y China, o en la crisis con Irán.

La acomodación política no tiene buena prensa. Y, ciertamente, acomodar principios para salvar el pellejo no es la mejor lección que debe de dar un hombre de Estado. Pero, en estos tiempos de incertidumbre en el que las verdades absolutas escasean, sí parece conveniente respetar el pensamiento contrario y, en la medida de lo posible, atender algunas de sus demandas. Políticamente, EE UU es hoy, como muchos otros países del mundo, una nación partida en dos. La mitad defiende el matrimonio homosexual y la otra mitad se opone. Y así sucede con la gran parte de las grandes causas que ocupan a esta sociedad: los impuestos, los servicios públicos o la inmigración. Ignorar esa división con el argumento de que yo tengo unos pocos votos más que tu, es una equivocada interpretación de los mandatos electorales.

Un presidente tiene que liderar. Así lo reclama el sistema político norteamericano. Pero también tiene que conciliar y sumar. También así lo quiere el mismo sistema político, diseñado para garantizar el respeto a las minorías.

Tengo la impresión de que a Obama se le ha valorado poco en esta última faceta. Al ser elegido como un presidente transformador, se esperaba de él una audacia que, en realidad, no es su mejor cualidad. Su mejor cualidad es la reflexión y su instinto para satisfacer a las mayorías, no a los suyos. El verdadero Obama no es el que declaró su apoyo a las bodas gay, sino el que tardó tres años en "evolucionar" en esa materia y llamó a los principales pastores protestantes para darles una explicación a las pocas horas de que su declaración fuera hecha pública. Quizá veamos más de eso en un segundo mandato. Pero, de momento, y para que eso sea posible, tendremos al Obama más cool.

Periodistas y su relación con las élites

Por: | 07 de mayo de 2012

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El secretario de Defensa, Leon Panetta y el cineasta Steven Spielberg, durante la cena de corresponsales celebrada hace dos semanas. Foto: AFP.

Tom Brokaw, el antiguo conductor del principal informativo de la cadena NBC y una autoridad nacional en materia de periodismo, ha creado estos días cierto revuelo en el Ala Oeste al poner el dedo en la llaga de uno de los asuntos más controvertidos y delicados de esta profesión: la vinculación, a veces excesiva, entre los periodistas y las élites.

Refiriéndose a la serie de personalidades y famosos que cada año desfila por la cena de corresponsales en la Casa Blanca, la última de ellas celebrada el pasado 28 de abril, Brokaw decía este domingo en su propia emisora: "Mira, yo creo que George Clooney es un gran tipo, y me encanta estar con Charlize Theron, pero yo no creo que el gran acontecimiento de la prensa en Washington tenga que ser esta especie de evento glamuroso, donde todas las conversaciones giran sobre la marca del champán, la última recepción en la embajada italiana, quién tiene la mejor fiesta y quién conoce a gente más importante. Eso está lejos de lo que se supone que tenemos que hacer y de lo que la gente espera que estemos haciendo. Creo que el cuerpo de prensa en Washington debería de reflexionar acerca de ello, y, por cierto, yo soy miembro del grupo de corresponsales en la Casa Blanca, he estado en esas cenas y he disfrutado de ellas, pero creo que esto ha ido demasiado lejos".

La cena de la Asociación de Corresponsales en la Casa Blanca es una tradición que se remonta a hace casi un siglo. En su origen, era una oportunidad de hacer contactos y de representar la vigencia del cuarto poder. Pero en los últimos años ha ido convirtiéndose exclusivamente en un gran acontecimiento social, una gala de etiqueta en la que el presidente de turno cuenta los chistes que le ha escrito para la ocasión un humorista profesional y en la que cada medio de comunicación compite por el nivel de los invitados que sienta a su mesa. Es una cita de esas que nadie que sea alguien en esta ciudad quiere perderse.

En estos tiempos de crisis y de dudas sobre el futuro del periodismo, tanta ostentación y derroche comienza, sin embargo, a hacerse algo extravagante. Las palabras de Brokaw, no solo ponen sobre el tapete esa inoportuna exhibición, sino el ángulo, aún más polémico, sobre los límites en la relación de los periodistas con los personajes que son objeto de su cobertura.

Los periodistas, en nuestra obligación de acercarnos a quienes con más frecuencia producen las noticias, vivimos próximos a líderes políticos, hombres de negocios, actores y deportistas famosos. De esa proximidad, en ocasiones, surge una vinculación que no es estrictamente profesional. Quienes cubren la política acaban haciendo amigos entre los políticos, quienes cubren la economía terminan intimando con banqueros y quienes se dedican a la información cultural desarrollan amistad con escritores, actores y directores relevantes. Igualmente ocurre entre los corresponsales y los embajadores o los funcionarios de los ministerios de asuntos exteriores. Nada que criticar al hecho de que un periodista trate de obtener el mejor acceso posible a las mejores fuentes existentes. Pero es evidente el riesgo que eso entraña. El roce hace el cariño, o el odio, que también es posible, y ambas cosas son malos ingredientes para un juicio riguroso e imparcial.

Esto constituye un viejo problema deontológico con el que los profesionales tratamos de lidiar con más o menos éxito. Pero lo que Brokaw plantea tiene que ver más bien con un problema de imagen que es conveniente cuidar. En una época en la que una parte de la sociedad desconfía de los medios de comunicación tradicionales, en parte por su proximidad al poder, es recomendable mantener las formas. Algunos de los medios supuestamente alternativos que se presentan como portavoces periodísticos de los ignorados me despiertan tantas sospechas como esos políticos populistas que justifican su ignorancia y banalidad por su identificación con los humildes. Pero tampoco vendría mal preguntarnos en el Ala Oeste, o en otros ámbitos en los que corresponda, si no estamos observando con demasiada frecuencia la realidad desde el mismo lado del cristal opaco desde el que la miran los poderosos. 

El Gran Torino

Por: | 07 de febrero de 2012

Un anuncio de televisión se ha convertido en uno de los principales temas de debate político en Estados Unidos. Emitido en el intermedio de la última Super Bowl, el comercial, narrado por Clint Eastwood y pagado por Chrysler, relata los progresos hechos por la industria del automóvil en los últimos tres años y pronostica un brillante futuro. Aunque refleja la evidencia de que ese sector de la economía estaba antes al borde del descalabro y hoy vuelve a presentar beneficios, el anuncio ha sido considerado por los republicanos como un apoyo más que implícito a Barack Obama, sobre todo la frase final de Eastwood en la que dice: "estamos a mitad del partido en América; la segunda parte está a punto de comenzar", que puede fácilmente entenderse como una alusión a que el presidente merece un segundo mandato.

Es comprensible la molestia de la oposición. Al margen de cuáles fueran las intenciones de los patrocinadores, el anuncio supone un gran beneficio para Obama. No hay dinero en las arcas del Partido Demócrata para pagar una publicidad que ven más de 100 millones de posibles votantes, respaldada por una de las marcas emblemáticas del país y narrada por una figura de pasado republicano y un brillante presente profesional que lo convierte en una autoridad moral y en un orgullo nacional.

El anuncio ha sido analizado en todos sus extremos, con la meticulosidad con la que se hacen las cosas aquí. Pero hay un aspecto del que se ha hablado menos y que a mí me ha llamado particularmente la atención, el de la presencia de Eastwood, de quien, además, me confieso un devoto seguidor.

Eastwood encarna en Estados Unidos al tipo duro que pone la justicia por encima de todo, hasta de la ley si es necesario. Aunque a lo largo de su carrera ha dirigido o protagonizado como actor tiernas historias de amor y profundos y complejos dramas sentimentales, su imagen es inseparable de la del inspector Harry Callahan, al que dio vida en Harry el Sucio, o de la de los implacables pistoleros que él supo hacer magistralmente. Una de sus biografías lo define como "un icono de las macho movies". Aunque abundan en el cine americano los personajes que defienden el bien por encima de la burocracia y las reglas, nadie ha convencido tanto en ese papel como Clint Eastwood. El propio Eastwood rinde homenaje a esa faceta de su carrera en El Gran Torino.

Y aquí aparece ahora El Gran Torino respaldando -de acuerdo, no lo respaldó expresamente pero eso lo que todo el mundo ha pensado, y eso es lo que importa- al presidente a quien tanta gente retrata como un un dubitativo intelectual por cuyas venas no corre verdadera sangre americana, de esa sangre que lleva a un buen americano, como el inspector Callahan, a empuñar una Colt para restablecer el orden.

Este no es un país de intelectuales. Este es un país de científicos y hombres de negocios. El oficio de intelectual como tal, al modelo francés, tiene mala prensa y peor aceptación popular. Personalmente, siento enorme admiración por el trabajo intelectual de Eastwood, pero quizá ni él mismo se reconocería en esa función. Eastwood es el Gran Torino, sólido como el coche de donde toma el nombre, made in the USA, nada de esas baratijas japonesas o sofisticados diseños europeos. Nada de eso, puro producto americano.

Eastwood es una gloria en medio de toda esa excitación patriótica. Sobrio, controlado, insobornable. Callado. Pero una sola palabra suya puede bastar para que los enemigos de Obama emprendan la huida. Pum!

Club de Prensa en NTN24

Por: | 30 de enero de 2012

Marco Rubio puede ser el primer presidente hispano

Por: | 29 de enero de 2012

Marco Rubio tuvo el viernes pasado una actuación magistral en la conferencia del Hispanic Leadership Network (HLN) en Miami, un influyente centro de poder de los hispanos conservadores. Como ha dicho el Miami Herald, "el público acudió a ver a Mitt Romney y Newt Gingrich, y se quedó con Rubio, que hizo el discurso que cualquiera de los otros dos hubiera soñado".

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El Senador de Florida durante su intervención en Miami /
Foto: G. de Cárdenas, EFE.

Rubio lleva tiempo siendo mencionado como una gran esperanza de futuro para los republicanos. Hace dos años sorprendió al conquistar, con solo 39 años de edad, un escaño como senador de Florida, y desde entonces su cotización se ha mantenido al alza. Pero su intervención ante el HLN marca un punto de inflexión en su carrera y lo sitúa, sin duda, como el más deseado compañero de candidatura de cualquiera que resulte nominado como candidato presidencial de la derecha.

Rubio pronunció un discurso extremadamente conservador en el que exhibió sin complejos su profunda religiosidad, hasta el límite de defender la ley de Dios y el derecho divino por encima de la Constitución o de cualquier legislación que debe regir una democracia. Apostó por el sistema de libre empresa en sintonía con el radicalismo que domina el Partido Republicano en la actualidad, acusando a Barack Obama de poner en peligro el capitalismo. Pero, al mismo tiempo, demostró enorme habilidad para navegar sobre el tema de la inmigración, el más delicado para él, sin ofender a nadie ni comprometerse con nada.

Obviamente, los grupos progresistas del país van a tener serias objeciones con un mensaje de este tipo. Pero lo cierto es que, mientras ese mismo radicalismo suena amenazante y excesivo en boca de Romney o de Gingrich, parece cordial y aceptable explicado por Rubio. Sus palabras se antojan sinceras, son poderosas, extraodinariamente articuladas y producen un impacto inmediato. Recuerda al mejor Obama. Tiene una historia personal americana, la del hijo de un inmigrante que se ganó la vida después de muchos esfuerzos y supo educar a su familia en los buenos valores americanos. Su rostro es fotogénico, posee una sonrisa infantil que lo hace parecer fiable y es, por conducta personal, el modelo de hijo que hubiera querido tener toda buena madre americana. No hay hoy una sola figura en el Partido Republicano que posea, ni de lejos, su capcidad de comunicación. Es auténtico oro político. 

Su presidencia en una candidatura republicana reforzaría precisamente al ángulo más débil de ese partido, el del voto hispano, que ya es imprescidible para llegar a la Casa Blanca. Obviamente, su origen cubano representa un inconveniente para conseguir apoyo entre los hispanos del oeste del país, en su mayoría mexicanos. Pero esperen a que escuchen allí un discurso de Rubio. Incluso perdiendo, Rubio tendría una proyección similar a la que Sarah Palin tuvo hace cuatro años, pero con muchos más argumentos y mucho más bagaje.

Es paradójico que, cuando más del 70% de los hispanos de Estados Unidos se identifican como demócratas, el primero en llegar a la Casa Blanca pueda ser un republicano. Pero esto es, en parte, consecuencia de un cierto anquilosamiento del liderazgo hispano progresista, anclado en viejas ideas, viejos discursos y viejos dirigentes. Y, asimismo, es causa de la falta de atención sincera que los demócratas han prestado a los hispanos, cuyo voto se da por descontado cada dos años.

Obama no quiere una guerra con Irán

Por: | 14 de enero de 2012

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Obama durante un discurso en la Casa Blanca. Foto: EFE

Con otro presidente en la Casa Blanca, Estados Unidos probablemente estaría ya en guerra con Irán, o al menos habría intentado el bombardeo de sus instalaciones nucleares.

Pese a la advertencia hecha a las autoridades iraníes de que Estados Unidos no dudaría en utilizar la fuerza para mantener abierto el estrecho de Ormuz, Obama está conduciendo esta crisis con enorme tacto y con una combinación calculada de presión política y económica para forzar al régimen islámico a negociar sobre su programa nuclear.Nada garantiza que un accidente o una acción aislada de determinados elementos radicales dentro del régimen iraní no pueda acabar desencandenando un enfrentamiento armado, pero la estrategia de la Casa Blanca es la de evitarlo a toda costa.

"Nuestro siguiente paso estará pensado con el propósito de asegurarnos de que el Gobierno iraní siga teniendo espacio para tomar un camino diferente. No entendemos la presión como un fin en sí mismo", ha declarado a la agencia Reuters el viceconsejero nacional de seguridad de la presidencia norteamericana Ben Rhodes.

Obama pretende que la crisis iraní sea un ejemplo de su doctrina sobre el uso prudente de la fuerza y la solución multilateral de los conflictos internacionales. Quiere llegar a las elecciones de noviembre con el éxito de haber contenido a Irán sin involucrar a Estados Unidos en una guerra; esa será la mejor manera de recalcar la diferencia entre su política exterior y la que ofrecen los candidatos republicanos.

No será fácil. El régimen iraní ha frustrado hasta ahora todos los esfuerzos de acercamiento de Obama, quien llegó a la presidencia con una rama de olivo para los ayatolás. En sus primeras semanas en la Casa Blanca, Obama envió una carta al Líder Supremo de Irán, Alí Jamenei, invitándole a la negociación, y posteriormente pronunció un discurso de año nuevo destinado a la República Islámica, a la que aludió con ese nombre como prueba de buena voluntad.

Irán respondió con la aceleración de su programa nuclear, y Obama no tuvo más alternativa que recurrir a las sanciones económicas, lo que hizo desde el principio en la ONU y en cooperación con los aliados europeos.

El conflicto ha llegado a un punto límite. Irán está ya cerca de poder construir una bomba atómica, según la Agencia Internacional de Energía Atómica, y no queda mucho tiempo para impedirlo de forma pacífica. Pero aún existe algún margen. Irán está empezando a sentir el efecto de las sanciones económicas y se ve crecientemente aislado. Rusia y China comienzan a desentenderse. La caída del régimen de Siria, el gran aliado de Irán, podría tener efectos demoledores en Teherán. Arruinado y aislado, el peligro de protestas dentro de Irán aumentaría considerablemente.

El Gobierno iraní, podría estar interesado en mantener su programa nuclear para usos exclusivamente pacíficos, renunciando a la bomba atómica a cambio del levantamiento de sanciones. Obama aceptaría ese acuerdo de buen grado. E Israel tendría que aceptarlo también.

En busca de un presidente

Por: | 03 de enero de 2012

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Mitt Romney durante un mitín en Iowa. Foto: Charlie Riedel (Associated Press)

Se pueden mencionar muchos aspectos discutibles del sistema político americano. El creciente poder del dinero es, quizá, el peor de todos. Los candidatos tienen que reunir sumas enormes para ser competitivos, lo que expulsa de la carrera a muchos políticos brillantes sin recursos o contactos para juntar dinero. Pero el proceso de designación de los candidatos presidenciales es, sin duda, una de sus grandes virtudes.

Ha empezado en Iowa de nuevo una larga carrera para buscar al candidato presidencial del Partido Republicano y será elegido aquel que los ciudadanos -especialmente los propios republicanos, pero no solo ellos porque en algunos estados están autorizados a votar todos, sean del partido que sean- consideren el más adecuado, sin que la dirección del partido, las fuerzas ocultas o el establishment tengan la última palabra. Influyen, pero la última palabra es de los votantes.

El proceso es exhaustivo y agotador. Todos los estados del país tienen que votar. Todos tendrán la opotunidad de saber por quién lo hacen. Los estados más grandes pesan más en el resutado final y los más pequeños, menos. Pero en cada uno se hace campaña y se analiza meticulosamente al candidato. Entre esta fecha y el final de las primarias, allá por el mes de junio, los norteamericanos llegarán a saberlo todo sobre la figura del que será su presidente. Conocerán su pasado, las decisiones que tomaron cuando ocupaban otros cargos, lo que pensaban antes y lo que piensan ahora sobre cualquier asunto económico, político o moral. Averiguarán su vida personal hasta los extremos más íntimos. Lo escucharán en cientos de entrevistas y tendrán oportunidad de seguirlo en directo en otros tantos actos de campaña.

Dada la diversidad del país, en unos lugares los candidatos tendrán que hablar de agricultura y en otros, de alta tecnología. En unas ciudades les preguntarán por los hispanos y en otras por los asiáticos. A veces serán obligados a pronunciarse sobre el aborto y otras, sobre su fe en Dios. Tendrán que explicar cuánto quieren a sus hijos, por qué se divorciaron, qué harían si un familitar fuera condenado a muerte. Habrán de reconocer si fumaron marihuana y anticipar cómo piensan tratar al nuevo líder de Corea del Norte.

Poco quedará por saberse de ellos cuando sean ratificados por la Convención de su partido, hacia el final del verano. Todo esto no garantiza que los americanos eligen siempre al mejor. Hay pruebas sobradas de que no es así. Pero sí es reconfortante saber que elegirán, dentro de lo cabe, a quien les de la gana.

Las 10 noticias del año en Estados Unidos

Por: | 20 de diciembre de 2011

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1.- La muerte de Steve Jobs. Por la calidad y trascendencia de los productos que inventó, por el simbolismo de un personaje que reúne las cualidades de una generación de innovadores que cambió el mundo e inspiró a sus sucesores, por el ejemplo de una carrera movida por la perseverancia y la visión de futuro, considero la desaparición del fundador de Apple, NeXT y Pixar, del creador de Macintosh, iPod, iPhone y iPad, entre otros productos, la noticia más importante ocurrida en 2011 en Estados Unidos.

2.- La ingobernabilidad. El bloqueo ejercido por el Partido Republicano en el Congreso estuvo a punto de obligar a Estados Unidos a declararse en suspensión de pagos en el verano, ha tenido a la Administración pública al borde del cierre varias veces, ha impedido casi cualquier accción legislativa durante el año y, lo peor de todo, ha enviado al mundo una peligrosa imagen de ingobernabilidad en Estados Unidos.

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3.- La muerte de Osama Bin Laden. Cierra el capítulo de la guerra contra el terrorismo, uno de los más controvertidos y difíciles de la historia norteamericana.

4.- La detención de Dominique Strauss-Kahn. Al margen de la forma en que ese asunto concluyó y de los efectos que tuvo en la política francesa, la detención del que era director del Fondo Monetario Internacional puso de relieve lo mejor y lo peor del sistema de justicia norteamericano y exhibió las fuertes diferencias culturales entre Estados Unidos y Europa.

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5.- El fin de la guerra de Irak. Con la salida del último soldado, Estados Unidos pone fin a su más impopular y desastrosa aventura militar desde la guerra de Vietnam.

6.- La doctrina Obama. La intervención norteamericana en Libia y las operaciones con aviones sin tripulación en Pakistán y otros países son ejemplos de una nueva doctrina de actuación internacional que Barack Obama ha lamado "liderar desde atrás": de forma contenida, por tiempo limitado, sin fuerte presencia militar sobre el terreno y con la colaboración de otros países.

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7.- Ocupa Wall Street. Este movimiento, que denuncia las desigualdades sociales y las deficiencias del capitalismo, se ha convertido en un agitador de la vida política de carácter similar a lo que fue el Tea Party en 2009 y 2010, aunque todavía sin los mismos efectos electorales.

8.- La sombra de Irán. La confirmación por parte de la Agencia Internacional de Energía Atómica de que el régimen iraní puede estar desarrollando al bomba atómica ha convertido a Irán en el asunto potencialmente más desestabilizador de cara al año que empieza.

9.- El fin del transbordador espacial. La cancelación de este programa de la NASA supone la retirada temporal de Estados Unidos de la carrera espacial y le obliga a alquilar naves rusas para sus desplazamientos a la estación internacional.

10.- La hostilidad contra los inmigrantes. El sentimiento antiinmigración, especialmente contra la inmigración hispana, ha crecido este año significativamente, sobre todo por culpa de la campaña electoral republicana. Varios casos prueban esa nueva realidad, entre otros el intento de boicot a la cadena Univisión, pero el más grave de todos es la nueva ley de control de la inmigración del estado de Alabama. 

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