Clovis Rossi

El cementerio de los elefantes

Por: | 21 de noviembre de 2011

El domingo coincidieron dos partidos de fútbol de distintos campeonatos: el español, Sevilla 1 x Athletic de Bilbao 2,  y el brasileño, Corinthians 2 x Atlético Mineiro 1.

Una enorme paradoja: el partido español fue mucho mejor pese a que, en la disputa brasileña, estuviesen en el campo Corinthians, líder del campeonato y un equipo tradicional que fue el primero en ganar el título nacional en 1971. En Brasil lo que faltó de fútbol sobró de emoción, ingrediente escaso en Sevilla, aún más por la apatía del equipo local.

Es verdad que jamás falta emoción cuando juega Corinthians, el segundo equipo en hinchas en Brasil después del Flamengo. Si José Mourinho fuese entrenador del Corinthians jamás podría quejarse del comportamiento de la hinchada, como lo hizo días atrás con la del Real Madrid.

La hinchada corintiana se llama Fiel, y justifica su nombre en cada partido.

El fanatismo y la fidelidad se transforman en locura cuando sucede algo que solo puede ocurrir en el fútbol: el gol de la victoria lo marcó Adriano, un jugador de más de 100 kilos, alcohólico y que, después de jugar con la selección brasileña como delantero centro, llevaba un año y cinco meses sin marcar.

Su carrera declinó vertiginosamente: primero en el Inter de Milan, luego en la Roma (ocho partidos, cero goles) después en el Mundial en Alemania, en 2006.

Corinthians lo contrató en marzo, por sugerencia de Ronaldo, otro elefante que vino a morir futbolísticamente en Brasil. Pero solamente en octubre debutó, asimismo por algunos minutos en cuatro partidos, sin brillo ni goles.

Cuando se preparaba para entrar en el campo el pasado domingo parecía más a un luchador de sumo que un jugador de fútbol. Pero hizo el gol de la victoria a los 44 minutos de la segunda parte, lo que llevó a uno de los mejores columnistas deportivos de Brasil y corinthiano asumido, Juca Kfouri, a desahogarse.

La comparación entre los partidos del campeonato español y los del brasileño demuestra que la calidad superior en el primero y la emoción en el segundo no es casual.

Brasil se convirtió hace muchos años en un exportador de “pie de obra”, como los periodistas deportivos se refieren a la mano de obra que usa los pies para ganarse la vida. Los mejores jugadores brasileños juegan en Europa, lo que resta calidad al Campeonato Brasileño, pese a que Brasil haya sido el dueño del mejor fútbol del mundo hasta hace poco.

No lo digo por patriotismo, incluso porque el patriotismo (o nacionalismo) es el último refugio de los canallas. Lo digo porque las estadísticas imponen: Brasil es el único país con cinco Copas del Mundo en su acervo y el único que disputó todas las fases finales de todos los mundiales (España, actual campeona, solo ha estado en 13).

La Liga española reúne a los mejores jugadores del mundo, españoles o no, lo que le da la calidad que le falta al campeonato en Brasil.

El campeonato brasileño, al menos el de este año, es más emocionante que el español por la simple razón de que no es un campeonato para dos. Siete equipos llegan a las últimas rondas con posibilidades de ganar, mientras que en España, antes de que empiece el campeonato, la disputa se limita al Barcelona y al Real Madrid.

Faltan dos fases para terminar el “Brasileirão” y tres clubes pueden vencerlo. En España, si Madrid gana el clásico contra el Barça el próximo día 10, faltará el segundo partido, pero el título estará virtualmente definido (como “culé” fanático me duele decirlo, pero no puedo pelear con los hechos).

Otra diferencia: España (y Europa en general) importa los jugadores brasileños y devuelve a los futbolistas al final de carrera, cuando los clubes europeos ya no los quieren más. Es el caso de los ya citados, Adriano y Ronaldo, pero también de Liedson, que jugó en la selección portuguesa antes de venir al Corinthians. Él marcó el primer de los dos goles contra el Atlético Mineiro.

Ronaldinho, exBarça, exMilan y hoy en el Flamengo, es otro que ha vuelto.

Durante su paso por los clubes europeos, ninguno de ellos consiguió acercarse a la calidad que exhibieron antes de emigrar.

No parece, por tanto, un despropósito llamar al fútbol brasileño de cementerio de elefantes.

Esta realidad puede cambiarse con ejemplos como el del jugador de 19 años del Santos, Neymar, que decidió quedarse en el país. Renovó con su club hasta 2014, después de una novela en la que supuestamente había sido contratado por el Real Madrid, Barcelona o Chelsea.

Neymar se quedó, quizás reflejo de la distinta situación económica de Brasil (bien) y de Europa (muy mal), por un sueldo comparable al de las grandes estrellas europeas: ganará R$1,5 millón, 625.000 euros al mes (repito: al mes).

Es más de lo que gana Iniesta, autor del gol del primer título mundial de España y multicampeón con España y con el Barça, uno de los tres mejores jugadores del mundo en la última votación global.

Si quieres mi opinión, creo que el fútbol brasileño no tiene estructura o fuerza económica suficientes para sostener jugadores con la calidad y el sueldo de Neymar, a no ser por un tiempo relativamente corto. De todos modos, la permanencia del joven astro será un buen test para saber si el que un día fue el mejor fútbol del mundo podrá verse en los campeonatos locales o seguirá siendo propiedad limitada de Europa.

Traducción: Beatriz Borges

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Sobre el autor

Clovis Rossi. 48 años de periodismo, columnista del diario "Folha de S. Paulo" y del portal Folha.com, ya ejerció todas las funciones posibles en el periodismo, de reportero a editor-jefe, ganador de los premios Maria Moors Cabot, de la Universidad Columbia (NY) y de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, dirigida por Gabriel García Márquez, los dos por el conjunto de la obra.

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