Próxima estación

Por: | 04 de noviembre de 2013

Por Carlos Ballesteros

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Cuando fue a bajarse del vagón, unas azafatas vestidas de rojo le interceptaron, le cachearon y le impidieron bajarse en esa parada. La razón que le dieron es que la línea de teléfono la tenía contratada con otra empresa y que, lo comprendiera y fuera razonable, si la estación ahora estaba patrocinada por otra operadora diferente a la suya, no podía pretender hacer uso de ella.

Así que tuvo que quedarse dentro del vagón y continuar su viaje preguntándose si en la próxima parada coincidiría su marca de calzoncillos con la conocida marca que daba ahora nombre a la misma. Si no fuera así no había problema. A la tercera iba la vencida pues estaba seguro que, esta vez sí, había desayunado el cacao soluble en leche que apadrinaba la estación y nadie podría impedir que hiciera uso de ella. No sabía cómo podría demostrarlo, pero estaba dispuesto a dar batalla pues él era consumidor fiel de ese producto desde que tenía uso de razón.

Anotó mentalmente la necesidad de hacerse con un nuevo mapa del Metro, ese que ahora en vez de estaciones tenia logotipos, pues la vida se le iba complicando cada vez más. Ahora cada mañana debía planificar sus viajes y acordarse de vestirse con la ropa que coincidiera con la patrocinadora de la estación de destino; o de coger el ticket que demostraba haber comprado en el establecimiento que daba nombre a la estación cercana a la casa de sus padres, a los que no se olvidaba de hacer una visita cada dos o tres días.

Y eso que la vida suburbana era relativamente fácil. No podían estar cambiando el nombre de las estaciones a cada rato, pues el coste de hacer nuevos carteles, nuevos planos seria inasumible. Ahí arriba sí que era el caos. Las calles cambiaban de nombre casi semanalmente, según la subasta que el Ayuntamiento hacia cada lunes a primera hora: las marcas acudían puntualmente a la puja y trataban de quedarse con las calles más céntricas y concurridas. Si la semana pasada no habían podido hacerse con la calle preferida, a esta nueva subasta acudían con fuerzas (y fondos) renovados. Si una marca estaba lanzando un nuevo producto, una nueva variedad, había cambiado el envase….tenia bonus quincenal.

Claro que si, por ejemplo, como era su caso, no le gustaba el café y todas las calles del centro que llevaban a la Plaza Mayor (esa sí, reservada para esas grandes marcas multinacionales que todo el mundo ya fuera poco o mucho usaba, pues no se puede restringir el uso de un espacio tan central en la vida de los ciudadanos) estaban patrocinadas esa semana por cafeteras, cafetales o cafeterías…se le hacia difícil llegar a donde quería.

Su ciudad tampoco se llamaba ya como antes. Ahora tenía el nombre de un gran y conocido hipermercado. Eso era lo lógico: Si las calles, los autobuses, las paradas de metro, las fuentes, los colegios…en fin, si todos y cada uno de los elementos que configuraban el espacio urbano (antes, recordó, se le llamaba también público) ahora eran nombres de productos y marcas y solo podían usarlos quienes demostraran un uso de las mismas, era lógico que el contenedor de todo ello tuviera nombre de centro comercial.

Cada vez admiraba más a esas personas, minoritarias pero con una gran fuerza, que habían decidido rebelarse. Su ciudad, decían, no podía estar en manos privadas. Querían disfrutar de sus parques sin el peaje de haber adquirido previamente las marcas que daban nombre e los espacios verdes; pasear libremente con sus parejas por la calle sin estar sujetas a un mapa-ticket de supermercado; relacionarse con sus conciudadanos sin chequear primero inacabables listas de la compra. La alcaldesa les llamaba insurrectos, revolucionarios, antisistema, rebeldes...pero ellos se sentían libres. Y él, que los admiraba y quería ser como ellos, no se atrevía. Prefería planificar su cómoda vida de acuerdo a las marcas que le marcaban ritmos, itinerarios y relaciones.

P.d.- Si a alguien no le suena de qué hablo, que se de una vuelta por la estación de Metro de Madrid, línea 1, antes llamada Sol

P.d.2- Inspirado, por si a alguien le apetece leerlos o releerlos en “La Caverna” de J. Saramago y en “El Mascador de Papel” de Liz Jensen

Hay 3 Comentarios

Hay dinero, hay meneo.
En venta hasta las esencias.
Puro patriotismo de cartera.
Encima con eso no se sale de pobres
Otra vez sin bancos y sin honrra.
Es lo que tiene enviarlos a luchar contra los instrumentos financieros.

Sin embargo muy poquitos madrileños se han encarado con esto. Solo alguno, perroflauta, claro, se ha atrevido a tachar la marca y ha pagado duramente por ello. El resto de madrileños aborregados por no se que pasotismo se han dejado hacer como con casi todo.

lo primer fueron los teatros, ahora las paradas de metros pagadas por tdos los madrileños y luego...Mis hijos iran al cole de Cola Cao, os imaginais poner esto en nuestro CV?
Es de locos el poder de los mercados. Yo no soy consumidora soy ciudadana!!

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