Consumo local, también en vacaciones

Por: | 16 de mayo de 2014

Por Esther Alonso, que está realizando un viaje de un año por Asia, Oceanía y América con su pareja y sus dos hijos de 3 y 5 años

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"Un batido de fruta de la pasión, por favor" Si escucháramos esto en el bar de la esquina seguramente giraríamos la cabeza para ver quien ha pedido tal extravaganza. Pero para millones de personas en muchas partes del mundo esta bebida es tan común como para nosotros lo es el zumo de naranja.

En cada rincón del planeta se cultivan y producen localmente diferentes variedades de frutas, verduras y otros alimentos. Esto significa que allá donde estemos, salvo ciertas excepciones, siempre tendremos la oportunidad de comprar alimentos frescos directamente de las manos del granjero o del agricultor en lugar de consumir alimentos importados.

Como indican sustainableconections.org o serresponsable.org el consumo de productos locales beneficia tanto al consumidor como al productor. Entre algunas de sus bondades destaca su mayor valor nutritivo, ya que al ser productos recién cosechados mantienen mejor sus propiedades alimenticias, su huella de CO2 es inferior a la de los productos importados, principalmente por las largas distancias que éstos recorren para llegar a nuestras mesas, y por último contribuyen al desarrollo de las economías locales al activar y aumentar el flujo monetario y fomentar el empleo. El principal contra argumento suele ser el mayor coste para el consumidor, generado principalmente por el mayor número de intermediarios involucrados en el proceso de comercialización y los subsidios agrarios.

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Para los que como yo practicamos el consumo de productos locales siempre que podemos,
viajar nos brinda la oportunidad de descubrir y probar nuevos alimentos frescos que no se producen localmente en nuestro lugar habitual de residencia.

En enero me embarqué en un viaje familiar de 8 meses por Asia, Oceanía y América. Uno de los mayores atractivos y entretenimientos hasta la fecha, ha sido visitar los mercados de abastos del sudeste asiático. Y no solo por disfrutar de una experiencia para los cinco sentidos, con olores, colores y sabores para todos los gustos, sino por el placer de adquirir alimentos recién cosechados en los campos cercanos, por comprarlos directamente del agricultor, por la aventura de probar comidas desconocidas y por el resto de motivos mencionados anteriormente.

Mas allá de los mercados, algunos restaurantes y hoteles, y el 99% de los patios de comidas, conocidos como "food halls", se abastecen de productos locales y son una buena opción para degustar productos frescos.

Desde hace unas semanas estoy en Nueva Zelanda, donde los grandes supermercados le han tomado el relevo a los mercados de abastos de Tailandia, Camboya o Vietnam. Por suerte esto no está siendo un impedimento para seguir consumiendo productos locales, de hecho resulta difícil encontrar productos frescos que no sean de origen neozelandés en los lineales de las tiendas.

Nueva Zelanda es un país muy rico en materia prima vegetal y animal, y se enorgullece de ello a la hora de comercializarlo. Los eslóganes de dos de los principales cadenas de supermercados Freschoice y New World "Owned and operated by locals" y "100% owned and operated by locals" respectivamente, transmiten claramente su interés por la defensa y promoción de "lo local". Freschoice apoya económicamente programas sociales comunitarios por lo que comprando en sus tiendas contribuyes también al desarrollo local.

Otras opciones, más enriquecedoras para mi gusto, pero no tan flexibles para el viajero, son los mercados de granjeros que se celebran periódicamente en los núcleos urbanos, o las paradas espontáneas en las granjas o pequeñas tiendas al pie de la carretera que anuncian la venta directa de huevos, tomates o manzanas.

Con cuatro meses de viaje por delante me queda mucho por probar y descubrir. Por el momento seguiré disfrutando de los kiwis de Nueva Zelanda.

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