Sobre el recalentado fluido social

Por: | 14 de abril de 2015

Por Franco Llobera

  Franco Llobera

Los sujetos modernos -los unidimensionales de Marcuse- vivimos agitadas por la insatisfacción, por el miedo, por el disgusto ante el mundo enfermo que afrontamos, colisionamos como moléculas entre sí, con frecuencia y de un modo caótico -¿caórdico?-. El espeso e ineficiente fluido de la sociedad moderna está caliente y agitado. La agitación es calor, el calor es colisión, y en la colisión y el roce social y de mercado pueden surgir nuevos enlaces y vínculos con las otras moléculas que habitamos el denso, casi asfixiante, fluido social. Es la esperanza de lo colaborativo. Agitarnos para encontrarnos de otra forma; de un modo tal, que los enlaces entre las moléculas del fluido, establezcan enlaces enteramente nuevo. En los cuerpos físicos ocurre, en los sociales esperamos que también.

 La agitación social nos puede permitir explorar otros estados físicos y existenciales más humanos y satisfactorios que los desatinos y desasosiegos e injusticias que ha ido construido, casi distraídamente, como efectos colaterales del avance “utópico” de una modernidad casi fracasada.

Ya es lugar común reconocer que el consumo es el modo fundamental de participación ciudadana. El consumo es una experiencia de vinculo y relación con los otros actores del mercado. El mercado por su parte que cada vez más tiende a conformar oligopolios en una frenética concentración de beneficios con mil matices y derivaciones diabólicas.

La parte esencial de “otro mundo posible” es que sean posible, no otro consumo, si no sobre todo otros mercados. Esta es la principal encomienda: ensayar nuevos mercados, y experimentarlos más allá -confrontarlos- con los que se organizan en grandes oligopolios y a grandes distancias, y con grandes divisas. Es el mercado de los pequeños: pequeñas distancias, pequeñas empresas y pequeñas monedas. El objetivo de la relocalización de mercados.

El llamado consumerismo individual (comercio justo, etc), ha llegado al limite de sus posibilidades como estrategia de cambio.  El Mercado (moderno) responde y absorbe todas las demandas individuales. Esa es su función, y su especialidad evolutiva: desarticular los cambios de estado, actuar como omnipotente homeostatico.  El individuo mismo como sujeto moderno, independiente y egóico, aislado en su celda laboral, de consumo y de voto, esta intrínsecamente limitado para generar transformaciones profundas.

Mi dictamen es que para escapar a esta homeostasis moderna -todo lo que toca el Mercado y el Estado lo apaciguan, lo enfrían socialmente- es necesario generar apartados: comunidades de transformación; comunidades en transito a otras formas de organización. Por eso estamos ensayando nuevos enlaces, nuevas formas de Mercado y de convivencia que son la principal, o única, esper y un cómo consumir, sino un qué y un cómo existir. El consumo es apenas el cuaderno de rayas por donde nos iniciamos en la lecto-escritura de otro mundo posible.

Los grupos de consumo o las comunidades de intercambio (monedas sociales) y otras formas colaborativas, son las celdillas tentativas de esta otra física de fluidos, tanteando otro Estado de cosas, formas embrionarias de nueva organizaciones, estrategias de aprendizaje colaborativo de las nuevas estructuras y leyes para dar salida al denso, pesado y flatulento fluido de la sociedad moderna.

El funcionamiento de un fluido depende de la temperatura. El funcionamiento de una sociedad también. Las políticas y económicas que sirvieron a la temperatura ambiente de la postmodernidad ya no sirven a las altas temperaturas de lo que Enrique Dussel denomina transmodernidad. Como en el siglo X los tras-montanos cruzaban a poblar los desiertos de Castilla, asi hay nuevos “tras-modernos” que se adentran cual pioners en las desiertas llanuras allende las ya conocidas formas y relieves del Estado y del Mercado. Pequeñas colonias que escapan a la mirada de los centros de opinión y de poder. 

Nuevas estructuras emergen allí donde las temperaturas son más altas, en las periferias de la sociedad, en las marginalidades, en los resquicios o intersticios. Allí donde se combinan la máxima cualificación con la máxima precariedad laboral e inseguridad existencial. Este tiempo es un gran calentador de ánimos y de compromisos. Estas nuevas comunidades, vanguardias son el laboratorio de otras formas de organización tal y como apunta el emergente concepto de innovación social, auspiciado incluso desde la Comisión Europea. Arnold Toynbee filosofo de la historia, argumentaba dos tipos de minorías para explicar la caída y nacimiento de las veintiuna civilizaciones que categorizó en la historia del planeta: minorías creativas versus minorías dominantes. Poder y creatividad son inversamente proporcionales: el poder visible, grotesco en su ostentación, y del otro lado la creatividad social, sin medios, construyendo alternativas bajo el calor sofocante de la moderna “indignación de mercados”.

El consumo colaborativo es parte de esta vanguardia, asunto de minorías creativas, con valores distintos a los del poder. Ya no es la centralidad del consumo, sino de lo colaborativo. Las nuevas formas de concebir la política y la cultura, en una generación en la que escaseando el “capital financiero”, se activa desde las honduras mismas del ser humano la esperanza del “capital social”.   

 

Imagen de Franco Llobera, proceso de participación en Madrid Agroecológico (haciendo cola para participar).

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