ERIKA RODRÍGUEZ
La Paz es quizás la palabra que probablemente más sentimientos despierta entre los colombianos, pero el significado de dicho concepto es difícil de interpretar en el marco de la compleja situación de seguridad del país. A pesar de ello la negociación con las FARC y la perspectiva de una desmovilización de dicho grupo es una ventaja de esperanza que no deja indiferente a ningún sector de la sociedad colombiana.
Es la tercera vez que Estado y Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, intentan una negociación, el primer intento fue durante el Gobierno de Belisario Betancur (1982-1986), el segundo, el que llevó Andrés Pastrana en el Caguan (1998-2002). Sobra decir que en ambos, los avances en las negociaciones fueron inexistentes o escasos y sobre todo temporales.
En esta ocasión el gobierno intenta aplicar lecciones del pasado y aprovechar el momento histórico, y como no, como todos los presidentes que intentan un diálogo de paz, pasar a la historia.
Lo cierto es que Santos parece tener claro que debe intentar construir confianza entre los adversarios, pero sin que la opinión pública sienta que se cede en exceso a favor de la guerrilla y que necesita un equilibrio entre los diversos grupos que influyen en el proceso, víctimas, militares, partidos políticos y la feroz crítica de la extrema derecha aupada por el expresidente Uribe. Finalmente, y en esto ya se adelantó el Presidente, que necesita un marco jurídico sólido ( Marco para la Paz) que no se caiga en medio del proceso ( como le ocurriera a Uribe durante su negociación con las autodefensas).
Además del complejo engranaje político éste nuevo proceso genera grandes dudas, y llama poderosamente la atención, especialmente en España, que las negociaciones inicien sin una tregua previa. Para los colombianos esta situación no es una novedad (ya ocurrió lo mismo durante los diálogos de paz que celebró Pastrana).
Iniciar una negociación en medio del ruido de los fusiles tiene varias explicaciones. La primera de ellas es que la guerrilla están replegadas a fuerza de los golpes militares que les han afectado seriamente. El Gobierno no quiere ceder el espacio ganado militarmente, ni bajar la tensión, lo cual podría permitir un nuevo rearme guerrillero ( como ya ocurriera en la "zona de distensión" en los anteriores diálogos).
Por otro lado los guerrilleros desconfían del gobierno y de los otros grupos armados (tras el brutal exterminio de su brazo político en los ochenta, después del fallido proceso de paz de Betancur) y la mayoría de los colombianos desconfía de las FARC ( por sus excesos durante los diálogos del Caguan y después de ellos). La tregua es uno de los avances que se quieren conseguir con la negociación que inicia, no su punto de partida. De hecho toda tregua, excepto la de los derrotados, es producto de una negociación, y muy a pesar del expresidente Uribe, las FARC no están derrotadas.
Así pues lo que Colombia está viviendo es una propuesta de diálogos que ante todo quiere y debe recoger las lecciones de sus antecesoras. Debe decirse que hasta ahora el tablero de juego tiene una perspectiva positiva, por lo menos, desde el punto de vista gubernamental, se ha creado un equipo de negociación que intenta legitimar el proceso entre sus críticos, se ha sentado el precedente de la Ley de víctimas, que reconoce a las víctimas de los actores estatales y se ha creado un marco jurídico, teniendo claro, por supuesto, que es limitado y no puede crear "la Paz por Decreto".
En palabras del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, a diferencia de los procesos de paz anteriores con las FARC, éste es "realista" y otorga un peso importante a los derechos humanos en materia de víctimas, garantías políticas de la oposición y desarme de la guerrilla.
A pesar del realismo, conseguir la paz no será sencillo, ni rápido, ni barato. En primer lugar porque hay temas cruciales fuera de los puntos de negociación, como la sostenibilidad ambiental o la desmovilización de los niños reclutados por la guerrilla (quienes serán reconocidos como víctimas). En segundo lugar porque además del narcotráfico persisten incentivos económicos perversos para el accionar de los grupos violentos, como la minería ilegal, entre otros. En tercer lugar porque las FARC no son el único actor, quedan al margen el ELN, los neoparamilitares, y las bandas emergentes y finalmente porque la paz implica una profunda transformación social e institucional y sobre todo un precio a pagar por parte de todos los colombianos: reintegración de combatientes, procesos de verdad y reparación, fortalecimiento de la democracia y disminución de la desigualdades sociales, etc.; coste al que aún son reticentes algunos sectores económicos y élites locales.
Pasará un buen tiempo antes de ver resultados, pero esperamos sinceramente que se estén poniendo las piedras angulares de esa Paz que no conocen los colombianos.
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Hay 2 Comentarios
Espero que se llegue a ese proceso de paz para el bienestar de los colombianos, pero al mismo tiempo quiero hacerles una advertencia., JAMAS, voten en una elecciones democraticas por alguien que haya salido de las filas de las Farc, ya ellos deben tener el librito deChavez, que muy bien enmascarado de democrata llego al poder en elecciones democraticas, convirtiendose despues en dictador, no pueden olvidar que Timochenko es intimo amigo de Adan y Hugo Chavez.Suerte al pueblo colombiano.
Publicado por: lina antonia | 15/09/2012 2:02:49
Efectivamente los Colombianos no conocemos la paz y es muy complicado lograr un proceso de reinserción a la sociedad de personas que han crecido sin aprender ningún tipo de trabajo en un país donde nisiquiera los trabajadores tienen garantías.
Publicado por: hoteles | 15/09/2012 0:14:30