FERNANDO RUEDA
La semana pasada se celebraron las jornadas de debate sobre el plan
estratégico de cultura de la ciudad de Madrid, con la participación de
un gran número de agentes culturales, tanto de la ciudad como del resto
de España. Las jornadas cerraron con una mesa sobre política cultural y ciudad,
y las aportaciones trataron de poner blanco sobre negro algunas de las
consideraciones de la política púbica cultural, tratando de salir de
lugares comunes sobre el “buenismo” de la cultura o sobre su uso como
instrumento para el crecimiento económico.
La realidad es que
desde la democracia, las administraciones en España, con gobiernos de
uno u otro signo, a escala nacional, autonómica o local, han tenido
generalmente una visión paternalista de la cultura, basando las
actuaciones en políticas de oferta, de desarrollo de infraestructuras y
de apoyo en forma de subvenciones a los creadores, sin criterios de
evaluación suficientes, con posturas
acríticas y con acciones de corto plazo.
La
realidad es que las políticas culturales no son suficientemente
eficaces, y son regresivas desde el punto de vista redistributivo. Si
nos fijamos en la encuesta de hábitos y consumos culturales,
en los últimos diez años apenas se han incrementado el número de
usuarios en las distintas manifestaciones artísticas: los que van a la
ópera son los mismos ahora que los que iban hace diez años. Los que
acuden a museos, o los usuarios de bibliotecas públicas apenas se han
incrementado, y las nuevas formas de acceso a servicios culturales a
través de la red, todavía no son utilizadas por la mayoría de los
ciudadanos.
Además, si tomamos en cuenta los perfiles
socioeducativos de los usuarios de servicios culturales, observamos que
pagado con el dinero de todos, los que más se benefician y disfrutan de
la oferta pública de servicios y manifestaciones culturales son las
clases medias y medias altas, con formación universitaria, generalmente
masculina y con edades comprendidas entre los 25 y los 40 años.
En
estos momentos convulsos, una nueva formulación y regeneración de las
políticas culturales se ve afectada por dos circunstancias
excepcionales. La grave crisis financiera se utiliza para recortar de
manera salvaje los presupuestos públicos en cultura, en mucha mayor
proporción que otras áreas, con argumentos sobre todo ideológicos, del
tipo: son más importantes otros servicios (que también se recortan) o:
la cultura es mero entretenimiento, que cada cual se la pague. Se ha
instalado una lógica de precariedad, apelando a otras necesidades
urgentes, confundiendo participación ciudadana por voluntariado (trabajo
gratis para la administración). O la búsqueda de nuevos recursos
económicos a través de oferta de otros servicios: Los centros públicos
ofertan alquiler de salas para eventos de cualquier tipo (bodas,
bautizos y comuniones), compitiendo con un sector privado que se dedica
directamente a esto.
La segunda circunstancia excepcional es el
“cambio de paradigma” que también anunciaba el delegado de las Artes,
refiriéndose al mundo digital. Los nuevos modelos de creación,
distribución, acceso y consumo cultural han generado no pocas
resistencias por parte de productores y distribuidores que ven cómo su
mercado se está fragmentando. Éstos, con el apoyo de creadores y muchos
otros agentes, reclaman una mayor y más eficaz defensa de los derechos
de autor que poseen y que no siempre reparten en condiciones de
equilibrio, muchas veces criminalizando a usuarios por sus “descargas
gratuitas”, como la gran solución a su crisis.
La realidad es que
también existe un desafecto entre el ciudadano y las administraciones
en este ámbito, porque muchas de las decisiones que afectan a la cultura
no se toman desde las políticas culturales. Sería interesante proteger
un sistema cultural que no puede tomar sus propias decisiones y alcanzar
un acuerdo de Estado para regular de manera eficaz las obligaciones de
las administraciones y ofrecer un catálogo de servicios culturales básicos.
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