JORGE FERNÁNDEZ LEÓN
Hace un par de años el analista cultural Pier Luigi Sacco publicaba, en nombre de la Red Europea de Expertos en Cultura (EENC) el documento titulado “Cultura 3.0: Una nueva perspectiva para el programa de fondos estructurales 2014-2020 de la Unión Europea”. Este texto fue encargado por el Grupo de Trabajo de Coordinación Abierta (OMC) de Industrias Culturales y Creativas de la U.E. como un material de análisis previo a la elaboración de la gran estrategia presupuestaria de la Unión para el próximo sexenio, y su eficacia ha sido por desgracia escasa o nula. La muy pobre presencia presupuestaria de la cultura en los presupuestos recientemente aprobados, deja bien claro que las políticas de la Unión siguen sin percibir ni apreciar los argumentos allí vertidos, y que, siguiendo la nomenclatura propuesta en el estudio, las políticas de la Comisión Europea van a continuar guiadas seis años más por la cultura 2.0, es decir, por los esfuerzos (escasos) de apoyo a la economía, las soluciones financieras y la defensa a ultranza del modelo de las industrias culturales y en las condiciones agresivas que establece la industria del entretenimiento. Eso sí, englobadas ahora bajo la capa protectora de la creatividad: La Europa cultural se convierte en Europa creativa.
El texto del trabajo resume brevemente lo que diversos investigadores y críticos han venido analizando en las últimas décadas en torno a las nuevas prácticas culturales propiciadas por la penetración de las redes digitales. Repasando las formas de comportamientos de Gobiernos y sociedades y citando numerosos trabajos académicos de referencia, reconoce tres grandes tendencias de las políticas culturales.
La primera corresponde a una fórmula anclada en la historia preindustrial, la Cultura 1.0, en la que la política cultural es esencialmente patrocinio, público o privado, que respondía a un sector económico menor y sin identidad, de peso escaso o nulo en la vida social. Una segunda fase, la 2.0, en la que se encuadran aún hoy las políticas de numerosos Estados, respondería al crecimiento del peso de la cultura y las industrias culturales y del ocio en la formación de los PIB nacionales, y ello en el marco de los grandes cambios sociales del pasado siglo.
Y la llamada Cultura 3.0 sería la condición actual de la cultura viva que conocemos, en la que conviven las iniciativas de las industrias creativas con formas nuevas de representación y legitimación, unas prácticas que se traducen en la transformación de una parte importante de los públicos pasivos en un conjunto muy variado de practicantes, productores y distribuidores cuyas estrategias no se integran en el marco del negocio tradicional, sino que suponen una alternativa consistente al mismo. Este conjunto conforma, por su complejidad y peso específico, un conglomerado que desborda el marco de la mayoría de los sectores productivos, con una capacidad de expansión certificada por su omnipresencia en la vida de las comunidades, superando el carácter de macrosector económico y ocupando un espacio esencial de la vida diaria de la ciudadanía.
Esta clasificación, tan groseramente expuesta aquí, se argumenta en el texto detalladamente y responde a una reflexión que dejamos pendiente. Pero la aplicación de la misma a nuestra política española es aún más rotunda que su descripción involuntaria del fiasco europeo. Cada noticia, cada anuncio o titular de nuestros responsables de política cultural nos traslada a un pasado asombroso. Y no solo por los daños percibidos, que van cebándose exactos en la estructura misma de la supervivencia de cada sector. Lo peor es que anuncios y prácticas, recortes y hachazos, se ejecutan en nombre de una filosofía que responde a las formas canónicas del modelo de cultura 1.0. Y esa ceguera de la realidad cultural española hoy sí que resulta de una gravedad extrema, impropia de la inteligencia de algunos de los encargados de su ejecución práctica.
Así pues, a la hora de establecer un prediagnóstico de la distancia entre las prácticas del Gobierno de España y la realidad social de la cultura, precipitada en su fase 3.0 o como queramos hoy llamarla, lo peor no es lo más o menos evidente de la verdad de las cosas (en su tremenda polisemia) sino la sorda consecuencia de sus ecos. Me pregunto si son conscientes los responsables de esta tala fragorosa de recursos y confianza, de los resultados, medidos en daño, que tal acción provoca.
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