JORGE FERNÁNDEZ LEÓN
Las declaraciones de Umberto Eco sobre el carácter de la cultura y su íntima relación histórica con la crisis ponen de nuevo el foco, incluso con su alto voltaje contradictorio, sobre algunas de las Grandes Preguntas, de las que tan poco amigos son muchos de los profesionales del sector y la mayoría de los responsables de las políticas del ramo: Para qué vale la cultura, con su sabiduría crítica hoy, qué papel han de jugar la producción, la difusión, las formas presentes de la participación, las instituciones de mediación o las industrias culturales y del entretenimiento en el devenir social de nuestras comunidades. O qué derechos universales han de garantizarse respecto a la cultura en los nuevos marcos de convivencia que puedan establecerse local y globalmente. Preguntas que, en el flujo acelerado de los cambios, corren el riesgo de ser definitivamente retóricas, vista la velocidad de la conversión de lo cultural en un bien de consumo prescindible. Esta idea tiene éxito entre gobiernos y organizaciones de todo el espectro ideológico, según podemos ver en las prioridades presupuestarias de aquí y allá.
En el campo de las estrategias sociales la cultura circula en flujos paralelos. Un cada vez más amplio contingente de colectivos y personas profundizan en formas y prácticas de convivencia, producción y distribución que no tienen al mercado como objetivo único (siendo incluso reconocida esa generación de capital cultural en el sector artístico, como acaba de ocurrir con el Golden NICA de comunidades del festival de referencia Ars Electronica, que premia al proyecto madrileño Campo de Cebada). A la vez, en el espacio hegemónico, el trabajo de los operadores globales del negocio audiovisual y del espectáculo han trabajado, especialmente desde fines de los noventa, para completar un círculo del consenso respecto a la producción cultural en torno a las denominadas industrias creativas. Y lo han hecho fomentando una estrategia de valor definida que acoge desde los think tanks de los partidos liberales y socialdemócratas del ámbito anglosajón hasta el Partido Comunista chino, por motivos bien distintos (los chinos trabajan para crear su propio círculo de influencia asiática para el control del negocio de los contenidos).
Una parte importante del éxito en la implantación del discurso conservador es la creación de una serie de códigos que se van divulgando y estableciendo, una vez testada su eficacia comunicativa, a través del discurso dominante. La política, los medios tradicionales, las redes sociales, todos los canales de distribución de señal son utilizados para ese fin. Las estrategias de programación neurolingüística (EPN) son herramientas que desde mediados de los años 80 vienen aplicándose en el mundo de la publicidad y que hace más de dos décadas se incorporaron a la comunicación política de todos los colores . Frank Luntz sabe bien de este trabajo a favor de los conservadores estadounidenses y de medio mundo. Lo mismo que George Lakoff en el mundo socialdemócrata. O que numerosos lingüistas devenidos expertos o simplemente en publicistas en busca de clientes.
Y este trabajo de creación de estereotipos, de framing o enmarcado, o como dice Luntz, de frases ganadoras, la ocupación del campo de la cultura, un terreno que tópicamente se adscribe a la izquierda, se va produciendo sistemáticamente, en especial en medio de la crisis del Estado de derechos, a través de varios frentes: Por un lado generando un nuevo marco, que estimula la reflexión en torno a la cultura únicamente como parte del andamiaje de la competitividad nacional o internacional: “cultura creativa”, cultura como generadora de recursos económicos (el penúltimo caso es el estudio del Arts Council británico sobre su contribución y efectos añadidos en la economía británica). En este campo se llega al paroxismo en conceptos como “desencargo creativo” (“creative deccomissioning”), una perla que subtitula un reciente estudio de NESTA en Gran Bretaña, llamado por cierto “El Arte del Abandono”, que explica cómo dejar de hacer programas culturales que no cumplen expectativas económicas. Por otro, despreciando todo lo que no es negocio a través de la descalificación caricaturesca (“cultura para ricos” ”despilfarro cultural” “titiriteros” “pesebristas culturales” ”los de la zeja”…). Y para quienes no se conforman con el estado de las cosas se reservan calificativos más estigmatizantes si cabe: “antisistema”, “ultrarradicales”, “paraísos okupa”. Todo en la nada inocente convicción de que así se acaba de una vez por todas con la supuesta hegemonía de la izquierda en la cultura.
Somos testigos desde hace años, con múltiples complicidades silenciosas, de otra manipulación sistemática a la que responden muy pocas voces de los antes llamados “intelectuales comprometidos” (otra muestra del framing muy aceptada). Y se nos hace ver que quienes más alzan sus voces, o son viejos o están muertos. Hora va siendo ya de aclarar posiciones entre quienes dicen defender la cultura como un derecho más allá de los negocios. O de aceptar sin ambages su conversión, sin más, en otra mercancía.
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