¿Está más próxima la paz en Ucrania?

Por: | 07 de septiembre de 2014

1391114063_944185_1391114380_noticia_normalJAVIER MORALES

Con la firma de un alto el fuego entre los representantes del gobierno ucraniano y de los separatistas del este del país, parece surgir la esperanza de poner fin a cinco meses de guerra. El saldo de los enfrentamientos hasta ahora ya ha sido suficientemente trágico: más de 2.900 muertos y 7.600 heridos, 260.000 civiles huidos a otras regiones de Ucrania, y 338.000 a otros países (sobre todo Rusia), según Naciones Unidas.

Sin embargo, existen aún muchas dudas sobre si este acuerdo acabará siendo el inicio de una solución duradera o simplemente una nueva tregua fallida. Las distintas partes en el conflicto (el ejército y los batallones voluntarios enviados por Kiev, las milicias separatistas de la autoproclamada Nueva Rusia, y los efectivos del ejército ruso que apoyan a estas últimas) podrían aprovechar este momento para reorganizarse, continuando después la guerra si creen que no es viable alcanzar sus objetivos mediante la negociación. ¿Qué intereses tiene cada uno de ellos?

Poroshenko afronta a finales de octubre unas elecciones parlamentarias, en las que no deseará aparentar haber realizado concesiones a Moscú a cambio de la paz; de hecho, ya está recibiendo críticas de los ciudadanos por no dotar a las tropas de suficientes medios. El cese de los combates anunciado ahora será utilizado, sin duda, por los sectores ultranacionalistas para acusar al presidente de debilidad. Pero al mismo tiempo, el bombardeo de zonas habitadas está causando numerosas víctimas civiles, según denuncian las organizaciones de derechos humanos; lo que erosiona la imagen que trata de ofrecer Kiev en Occidente como gobierno comprometido con la democracia y el Estado de Derecho. Esto supone un incentivo para buscar una salida negociada que al mismo tiempo sea aceptable para su electorado.

Los separatistas habían conseguido recientemente pasar a la contraofensiva, gracias al apoyo militar llegado desde Rusia; una ventaja que explica su resistencia inicial a dejar las armas, aunque han acabado por firmar el acuerdo. Significativamente, ha sido Moscú (su principal valedor político y proveedor de armas y combatientes) quien les ha presionado para que lo acepten, como ha reconocido el propio Poroshenko en su comunicado oficial. No obstante, los rebeldes mantienen como objetivo irrenunciable la independencia de Nueva Rusia, federación de las llamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk; lo cual es evidentemente inalcanzable en el marco de una negociación política con Kiev. Por eso es de esperar que se produzcan divisiones entre las filas insurgentes sobre si continuar o no los combates; aunque al depender por completo del apoyo del Kremlin, antes o después acabarían teniendo que asumir la línea marcada por éste.  

Con respecto a Putin, a pesar de negar oficialmente cualquier implicación en el conflicto, su estrategia ha sido clara: prolongar el mayor tiempo posible la desestabilización de Ucrania, como represalia por la revolución del Euromaidán, y para dificultar el alejamiento de ese país de la influencia rusa. Apoyar ahora una salida negociada obedece más, probablemente, a un cálculo previo que a las últimas amenazas de la UE sobre nuevas sanciones. Con un apoyo popular que ha crecido veinte puntos, hasta el 84%, durante la crisis ucraniana (a lo que no es ajeno el control estatal sobre los medios de comunicación), Putin cuenta con respaldo suficiente para que a corto plazo las medidas europeas no le supusieran un elevado coste político.

Moscú puede permitirse optar ahora por la vía del acuerdo porque, simplemente, su primer objetivo nunca ha sido la independencia de Nueva Rusia (la cual no ha reconocido), ni su anexión a la Federación Rusa; de ser así, lo habría logrado mediante una rápida invasión abierta, gracias a su superioridad militar frente a Ucrania. Como el propio Putin afirmó sin tapujos en una conversación privada con Durao Barroso, “si quisiera, tomaría Kiev en dos semanas”. El presidente ruso ha buscado, en cambio, desgastar lentamente a su adversario mientras lograba una posición de fuerza sobre el terreno que le permitiera jugar con ventaja en la mesa negociadora, imponiendo sus condiciones. Al prolongar todavía más la intervención (que hasta ahora ha sido relativamente limitada, aunque sus tropas están sufriendo numerosas bajas), podría verse forzado a continuar la escalada militar, llegando a una guerra abierta con Ucrania en la que perdería el control que ha tratado de mantener en todo momento. 

El alto el fuego es, por tanto, un mero punto de partida para una posterior negociación que debería abarcar tanto el fin de las operaciones bélicas como el futuro de Ucrania y sus relaciones con Rusia; en lo que no existe, por desgracia, ninguna certeza de alcanzar un acuerdo. La propuesta de “plan de paz” de siete puntos de Putin y la posición de Kiev parecen coincidir en aspectos fundamentales, como el intercambio de prisioneros o la reconstrucción de las regiones afectadas; sin embargo, otros serán mucho más difíciles de consensuar. Por ejemplo, el Kremlin exige que las tropas ucranianas se retiren pero sin comprometerse a que sus propias fuerzas hagan lo mismo, ya que ni siquiera admite que existan unidades rusas en la zona. En cuanto a las milicias rebeldes, su postura maximalista de no renunciar a la secesión puede bloquear cualquier avance; una vez más, será Moscú quien tenga en su mano obligarles a ceder.

¿Qué ocurriría si, finalmente, se consiguiera avanzar desde el fin del conflicto armado hasta una solución dialogada de sus causas? A día de hoy, el territorio controlado por los separatistas sólo podría volver al control del Estado ucraniano en el marco de una profunda descentralización, que concediera a las regiones de Donetsk y Lugansk (que actualmente ni siquiera eligen a sus gobernadores) una autonomía sustancial. Una reforma constitucional en este sentido, a la que Poroshenko puede mostrarse ahora más dispuesto si con ella se lograra la paz, restaría apoyo social al separatismo e impediría a Moscú seguir aprovechándolo para sus propios fines. Pero esta vía sólo tendría éxito si se acompaña de una progresiva reconciliación entre las distintas identidades que conviven en Ucrania, diluyendo el nacionalismo radical de uno u otro signo que tan reforzado ha salido en los últimos meses; y ahorrando mayores sufrimientos a una población civil que ya ha sido muy duramente castigada.

 

* Javier Morales es Coordinador de Rusia y Eurasia en la Fundación Alternativas y profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Europea.

 

 

 

Hay 2 Comentarios

Nazis en el ejército ucraniano: http://es.rt.com/AmK

Curioso llamar separatistas a ciudadanos con pasaporte ruso, acento de San Petersburgo cuando no del caucaso u otras zonas de Rusia y nomina en los servicios de seguridad moscovitas. Como va a estar mas cerca la paz si aun no se han retirado de Crimea?

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