Un argumento extendido en parte de la izquierda es que los mercados ponen resistencias al Estado de bienestar. Siguiendo esta afirmación, el capital, los prestamistas y los bancos se opondrían frontalmente a la redistribución de renta, a la escuela pública y a la sanidad universal y gratuita. Para alcanzar este objetivo, nos exigen de forma incansable que no gastemos más dinero, so pena de infligir sobre nosotros la más dolorosa de las crisis. La conclusión final de esta argumentación es que los recortes son una imposición, no un ajuste. No estaríamos quebrados, sino que nos estarían robando.
Estas afirmaciones, con variantes en uno u otro sentido, acaban llevándonos a echar la culpa a un agente exterior. Su atractivo se deriva de la combinación de años de crisis, rescates financieros y duros recortes de gasto, y parece tener un atisbo de seriedad. Por desgracia, es también completamente erróneo y profundamente irresponsable.
En 1932 el partido socialdemócrata sueco llegaba al poder en plena gran depresión. La izquierda sueca, ya entonces, tenía la suerte de contar con una serie de economistas brillantes en plantilla. El partido llega al poder con un programa de gobierno basado en una expansión del Estado de bienestar para estimular demanda, complementando la salida del patrón oro el año anterior con un estímulo fiscal decidido. Los líderes del partido tenían dos preocupaciones principales. Primero, sacar el país de la crisis, y hacerlo todos a una, sin dejar a nadie atrás. Segundo, y casi igual de importante, asegurarse de que Suecia pudiera pagar el Estado de bienestar que estaban construyendo.
Para ello, el primer presupuesto del partido en el gobierno incluía, a parte de toneladas de gasto social, un anexo documental detallando las reglas sobre política fiscal que iban a seguir. El texto, escrito por Gunnar Myrdal, reza que el Estado sueco puede incurrir déficits durante recesiones, pero puede y debe acumular superávits cuando la economía está creciendo. La idea es que los gobiernos socialdemócratas puedan pagar el gasto público necesario para salir de una crisis utilizando el dinero ahorrado en años de bonanza. El déficit estructural a lo largo del ciclo debe ser, a largo plazo, cero.
¿Cuál es el motivo de esta regla? Primero, tener una política fiscal anticíclica es una buena idea. Controlar el gasto en épocas de crecimiento contribuye a evitar que la economía se recaliente, y crea margen fiscal a los gobiernos para cuando las cosas van mal. Segundo, y aún más importante, una regla fiscal que evite que los gobiernos gasten dinero permite que el Estado de bienestar siga existiendo. Un país que no se mete en déficits monumentales sin tener un duro ahorrado es un país que no depende de la buena voluntad de los bancos para mantener su estado de bienestar en pie. La única garantía que podamos pagar los servicios públicos es simplemente no gastando más de lo que tenemos.
España, en los años anteriores de la crisis, no era el Estado de la Unión Europea con un mayor gasto público. La mayoría de países del norte tienen estados de bienestar mucho más generosos que el nuestro. La diferencia entre Holanda, Austria o Alemania y España, sin embargo, es que esos estados se preocuparon de tener una estructura fiscal que permitiera sostener esos servicios. Nosotros, mientras tanto, construimos un sistema basado en la quimérica idea que los enormes ingresos fiscales derivados de la burbuja inmobiliaria iban a durar eternamente.
En realidad, a los mercados les importa realmente poco cuánto gasta un gobierno. Un prestamista no se preocupa si te vas a comprar un Kia o un Mercedes; lo que les importa en realidad es tu capacidad de pago. Dentro de la UE la crisis no se ha cebado en aquellas economías que tenían un estado de bienestar más grande, sino en aquellos países que gastaron (o prometieron gastar, en el infausto rescate de los bancos irlandeses) más dinero del que podían gastar.
Al hablar de gasto público la primera pregunta que debemos responder no es cuánto queremos gastar, si no cómo vamos a pagarlo. Cualquier programa político que deje esta pregunta de lado acabará por agravar el problema, no solucionarlo.
* Roger Senserrich es politólogo y miembro de Politikon.es.
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Hay 1 Comentarios
Este escrito de Roger hubiese estado muy bien sí:
- Hubiese escrito la primera parte antes de 1932
- Hubiese escrito la segunda parte antes de 2008
- Lo hubiese escrito sin el rabillo del ojo puesto en Podemos
Porque lo que hicieron los suecos en 1932 está muy bien, pero aquí la cuestión clave es cómo hacer lo mismo en 2014 cuando obviamente lo que hicieron los suecos en 1932 ya no se puede hacer.
Al prestamista le da igual si redistribuyes la riqueza pero al inversor no, porque para redistribuir la riqueza debes perjudicar al inversor y a sus beneficios. Si subes los impuestos a quienes más tienen para redistribuir la inversión no llega y las empresas se deslocalizan, si obligas a subir los salarios para generar igualdad donde no llega la redistribución las empresas se van a China.
Está muy bien decir lo de la burbuja inmobiliaria y lo tontos que eran nuestros gobiernos (y seguramente era parcialmente verdad) pero nuestras actividades tradicionales no solo ni principalmente desparecían porque la inversión se orientase a la construcción, lo hacían porque la competencia con los países de bajo coste las hacía desaparecer.
Está muy bien decir que los gobiernos de antes de 2008 deberían haber creado un sistema fiscal que no dependiese de ciclos, pero es que entonces no hubiesen podido pasar de un sistema del bienestar anoréxico.
La verdad es que no entiendo porque nosotros estamos en un ajuste y Suecia no estaba en un ajuste en 1932 y podía llevar a cabo una política heterodoxa. Me temo que Roger, de haber estado escribiendo en 1932, nos hubiese recomendado un ajuste a lo Hoover para depurar "excesos".
Publicado por: Pedro Fresco (@PedroFresco) | 17/09/2014 18:13:47