No es raro que surja periódicamente algún tipo de polémica acerca de los políticos presentes en las redes sociales. Muchas de ellas vienen siempre derivadas por cuestiones numéricas: quién tiene más seguidores, de dónde los ha sacado, quién es más influyente que quién; siempre dependiendo de la cifra de que arroje algún indicador que otro. Especialmente Twitter, que es la red social favorita de periodistas y activistas políticos.
Durante mucho tiempo se nos ha insistido en la decisiva influencia que las redes sociales tendrían en la manera en la que entendemos la política, pero tal vez esa influencia se esté empezando a entender de la manera incorrecta. A día hoy, todavía no se puede establecer una correlación fiable entre los indicadores cuantitativos que nos ofrecen las redes y los resultados electorales. Puede que tal cosa pueda hacerse en el futuro; sobre todo con trabajos tan brillantes como el desarrollado por los politólogos Gonzalo Rivero y Pablo Barberá. Sin embargo, las redes sociales siguen siendo un entorno bastante sesgado, con enormes diferencias entre los movilizados políticamente y los que no, con más población masculina que femenina y con un rango de edades que no representa de manera fiel al votante medio.
¿De dónde viene la revolución en la política que se nos prometió? De algo más intangible: de la propia conversación en las redes. Internet nos ofrece la oportunidad de reducir el número de intermediarios entre el políticos y electorado, también permite a la gente poder hablar de política con más desinhibición y alcance que su propio entorno. Uno no sólo puede expresarse con (casi) completa libertad sobre cualquier tema, sino que puede obtener respuestas a sus opiniones. El debate ayuda a la gente a reafirmarse en sus opiniones, a modificarlas, a ampliar su conocimiento sobre un tema e, incluso, a adoptar otros puntos de vista. Lo novedoso es poder asistir a las conversaciones políticas de alrededor de seis millones de españoles en tiempo real. Quedarse sólo en las cifras es cómo juzgar si una fiesta es divertida sólo por el número de invitados.
Las ciencias sociales ofrecen, mediante las técnicas cualitativas de investigación social, una batería de herramientas que, aplicadas lo que vemos en las redes, no sólo nos permiten conocer qué es lo que piensan los votantes de las redes, sino por qué lo piensan, qué factores influyen en su alineamiento político, las fuentes mediante las cuales obtienen su información y el tipo de interacciones que tienen con el resto de usuarios. Sin embargo, no pedimos a los políticos que sean meros observadores de la sociedad, sino que también esperamos de ellos que hagan cambios para mejorarla. Así pues, en el caso de las redes sociales, los políticos en España no sólo han de ser entrenados para observar la incesante actividad de éstas, sino para poder participar en esa gran conversación y realizar aportaciones que sean valiosas. Las redes sociales son conversación, no la pausa publicitaria de un medio tradicional, ni un mero tablón de anuncios.
Como en toda nueva manera de comunicarse, no existen aún recetas infalibles, ni modelos fácilmente transplantables. Para empezar a moverse en este nuevo mundo, hay que guiarse por una mezcla de observación, educación, sentido común, ensayo y error. Es verdad que hacer algo así crea una incertidumbre más en el político -que ya se ve sometido a demasiadas-, pero es un ámbito más en el que ha de encontrar voz y estilo propios.
Ejemplos como el de Barack Obama se han entendido mal. Es verdad que el presidente de Estados Unidos ha logrado grandes impactos en las redes; entre otras cosas, gracias a las fotos del fotógrafo oficial de la Casa Blanca, Pete Souza. Imágenes como las de Obama compartiendo una hamburguesa con ciudadanos normales y corrientes o jugando con un niño en el Despacho Oval se han hecho enormemente virales. Sin embargo, al querer transponer eso a nuestro ecosistema político se suele olvidar algo fundamental: Obama sólo aparece en actitud informal en una de 20 fotos, aproximadamente. El resto son fotos oficiales o donde se ve al presidente estadounidense trabajando o en actitud formal. De ahí que las fotos informales sean las relevantes, pero por lo inusual. En el caso español hemos adoptado la fórmula a nuestra manera, por lo que hay políticos con sobredosis de “selfies”, fotos con amigos, comidas, cenas y ágapes variopintos. Ni qué decir que eso consigue el efecto contrario al que se busca. Y provoca que los usuarios piensen que, en mitad de una de las peores crisis económicas de nuestras historia, los políticos españoles viven en una fiesta permanente.
Como en casi los demás ámbitos de nuestra vida, en las redes ofrecemos un reflejo de cómo somos y, a la vez, vemos nuestro reflejo en la actitud de los demás. Con la política no es diferente. De la misma manera que no solemos fiarnos de los balances políticos basados únicamente en cifras y porcentajes, debemos mantener el mismo escepticismo cuando se nos hable de followers, ránkings de influencia, amigos de Facebook o visitas a una web. Idealmente, la democracia consiste en elegir a la mejor persona de entre nuestros iguales. Observemos entonces qué clase de personas nos hablan de política en las redes. Y si nos convence lo que nos dicen en ellas.
* Carlos Hidalgo es periodista.
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