¿Estancamiento secular?

Por: | 06 de mayo de 2015

1414786101_588175_1414786770_noticia_normalLUIS FERNANDO MEDINA

Dijo el ministro de Economía en días pasados que se acabó la recesión y que ahora falta salir de la crisis. Los datos de empleo ya no muestran las hemorragias de puestos de trabajo de años anteriores. Sin embargo, el hecho es que, bajo un escenario optimista, tocará esperar hasta el 2016 para que el desempleo en España se coloque en el 20% (hoy ronda el 24%). Han transcurrido ya seis años desde aquel aciago 2009 en que el desempleo se disparó por encima del 15% de modo que es de esperar que dure una década, de pronto más, en esos niveles.

En abstracto, es fácil referirse a una década como a una coyuntura pero diez años son una porción muy significativa en la vida laboral de una persona. Niveles de desempleo tan elevados durante tanto tiempo quieren decir que hay un grupo muy nutrido de ciudadanos para los que se ha vaciado de contenido el pacto social tácito según el cual si cumplen con las reglas pueden aspirar a sostenerse gracias a su trabajo. 

Por eso adquiere tanta relevancia el debate aparentemente arcano sobre la hipótesis del “estancamiento secular” desempolvada de los anaqueles de la teoría económica por, entre otros, Lawrence Summers. De acuerdo con esta hipótesis, la atonía económica de los últimos años, lejos de ser una excepción, va a ser la nueva norma, solo interrumpida por periodos de especulación febril espoleados por alguna burbuja de activos, generalmente inmobiliarios. En su versión más caracterizada, la hipótesis del estancamiento secular sostiene que, debido a un síndrome de cambios en la economía (tecnológicos, demográficos...), la demanda de recursos de inversión generada por el aparato productivo no es capaz de absorber la oferta de ahorro total de la economía. En condiciones normales, el ajuste entre oferta y demanda en cualquier mercado se produce mediante cambios en el precio, en este caso la tasa de interés. Pero, y esta es una de las observaciones que más favorece a la hipótesis en cuestión, en los últimos años las tasas de interés en los países desarrollados se encuentran en niveles prácticamente iguales a cero a pesar de lo cual sigue existiendo un exceso de ahorros respecto a los requerimientos de inversión. 

Hay razones para tomarse en serio esta hipótesis, especialmente en el caso de España. Los síntomas parecen coincidir: altos niveles de desempleo, bajos niveles de inflación y de tasas de interés, periodos de crecimiento vigoroso basados en burbujas especulativas. Entonces, ¿qué hacer? 

Una salida ortodoxa sería la de retomar la ya tradicional agenda de reformas para relanzar el crecimiento económico a partir del sector privado. Quienes prefieren este enfoque enfatizan, por ejemplo, reducciones a las barreras para crear y destruir empresas, unión bancaria europea y flexibilización de los mercados, incluido por supuesto el mercado laboral, todas ellas medidas que apuntan a reducir el costo de uso del capital para así alentar a los agentes privados a usar más de aquellos recursos de ahorro que de otro modo pesarán como un ancla sobre la economía. 

No es este el lugar para discutir en detalle todas estas propuestas y es imposible calificar a todas por igual. Algunas son prácticamente obvias; ningún economista, independientemente de su concepción ideológica, estaría en contra de aumentar la eficiencia del sector público y de eliminar trámites burocráticos superfluos. Pero en la práctica las cosas no suelen ser tan sencillas. Suele suceder que algunas regulaciones que para un economista puedan parecer un simple estorbo a la inversión, son en realidad el reflejo de un profundo consenso social que toma en cuenta otros factores no económicos. Por ejemplo, es dudoso que los ciudadanos europeos acepten, en aras de mayor inversión, las laxas normas de seguridad o de protección ambiental que existen en regiones menos desarrolladas. Las regulaciones al mercado laboral no existen como un mero capricho para fastidiar a los empresarios sino que son a veces el mecanismo más confiable y robusto para proteger el ingreso y las condiciones de trabajo de los empleados. Por muchos defectos que puedan tener, es comprensible que la ciudadanía mire con recelo intentos de desmantelarlas, máxime cuando estos intentos no vienen acompañados de un genuino esfuerzo por reemplazarlas por algo mejor. Por lo demás, llama la atención que los síntomas del estancamiento secular aquejan no solamente a España sino a países con mercados mucho más flexibles y sectores públicos más eficientes como Estados Unidos. 

La alternativa heterodoxa considera que si el estancamiento secular es un rasgo permanente de la operación de los mercados de factores en los tiempos actuales, la solución es complementar la acción de dichos mercados con una presencia vigorosa del sector público a la hora de absorber los ahorros que los inversionistas privados no demandan. Para tal fin, sería necesaria una auténtica batería de políticas anticíclicas. Déficits fiscales en tiempos de recesión, programas de empleo garantizado, políticas de ingreso tales como la renta básica universal o el ingreso de participación, son solo algunas de las ideas que entran dentro de esta categoría. En todo caso, no hay que olvidar que la arquitectura institucional del euro ha reducido el margen de maniobra anticíclica de los gobiernos nacionales por lo que, si se fuera a avanzar en esta dirección sería necesario dotar al gobierno de un mayor control sobre los recursos de ahorro bien sea mediante una mayor participación de la banca pública o mediante la creación de lo que se conoce como un banco ciudadano de depósitos, cuya función es centralizar el ahorro del país en una entidad regulada públicamente pero que suministre los recursos tanto a la banca privada como al gobierno. 

En cualquier caso, el estancamiento secular presenta un reto conceptual formidable ya que invita a repensar las relaciones entre sector público y privado en un contexto en que las certezas vigentes se desmoronan. La buena noticia es que, si la hipótesis es cierta y el estancamiento es verdaderamente secular, no hay riesgo de que el problema desaparezca antes de que termine el debate. 

 

* Luis Fernando Medina es investigador del Instituto Carlos III-Juan March y colaborador del Laboratorio de la Fundación Alternativas

Hay 3 Comentarios

El comentario de Pablo Antón es correcto. A mi entender son de interés nacional el transporte (ferrocarriles y buses urbanos), la educación (en sus tres niveles: primario, secundario y superior), la salud (hospitales y ambulatorios),la asistencia social (a ancianos, a niños y adolescentes), y otros aspectos puntuales de la vida colectiva (tal como el control de la drogadicción).

Contestado a Ramón, así por encima yo diría que debería nacionalizarse aquellos sectores que son de interés nacional y el resto dejarlo en manos privadas. Ver lo que se hace en otros paises puede ayudar a solucionar este dilema, verdad es que todavía no se presenta.

La solución verdadera es el equilibrio entre el sector público y el sector privado. Un exceso de lo privado conduce a la super-explotación del trabajador, cuya expresión suprema es el hambre y el analfabetismo. Y un exceso de lo público conduce al elitismo del poder, cuya expresión suprema es la tiranía. En, fin, los extremos llevan al desastre social. Luego, la pregunta clave sería... ¿qué parte de la economía debe ser pública y qué parte debe ser privada?.

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