VICENTE PALACIO
Sí: se ha firmado con Irán un pacto nuclear que puede ser histórico. Todo puede cambiar a mejor.
Como en toda antesala de un gran cambio, ahora empieza lo bueno, el tiempo de los enemigos del proceso. No están en el resto del G5 + 1 que lo ha apoyado, sino dentro de los dos enemigos históricos. Es un clásico: arrecian las amenazas atronadoras de los halcones de uno y otro lado que se quedaron en los 80’s - los ayatolás, los oscuros consejeros áulicos, los reaccionarios del Likud en Jerusalén, o del Congreso en Washington. Muy oportuna la sobreactuación del Pentágono para tranquilizar a los amigos saudíes e israelíes: seguridad garantizada, amigos. De eso se trata, de que se sientan seguros, pero que no bloqueen el cambio. Todo muy delicado, todo comprensible, todo parte del mismo proceso.
Pero fijémonos en lo más importante, en lo que tiene difícil vuelta atrás. Son cosas que van más allá de lo personal, más allá de este momento incluso. Es lo que que desvela una transformación profunda en la política norteamericana, y en las dinámicas de Oriente Medio, de ahora en adelante.
Primero, con Israel, la relación atraviesa un cambio estructural. No está en cuestión la “alianza sagrada” entre ambos países. Pero EEUU tiene más músculo y puede torcer el brazo de su amigo para obligarle a cambiar en varias cosas. No es fácil, se tiene que dar una constelación precisa. Pero por primera vez en mucho tiempo, puede ocurrir, sin que por ello se resienta la seguridad de los ciudadanos israelíes un ápice.
De un lado, que las malas políticas de Israel en Oriente Medio perjudican la seguridad nacional de EEUU, es algo que lleva más de una década flotando en ciertos ámbitos de los establishment militar, político y académico, en Washington y en todo el país. Y el pragmatismo es una pulsión irresistible de los norteamericanos. Con este pacto con Rohaní, Obama le ha devuelto el golpe bajo a Netanyahu, quien por dos veces humilló al Presidente con sus visitas al Congreso, una al principio de su mandato, y otra más reciente en marzo de este año. Pero la última vez el mandatario israelí fue demasiado lejos, no solo dando lecciones a su gran protector en la región, sino haciendo política interna en medio de la campaña electoral israelí: justo aquello de lo que muchos están ya hartos en EEUU. Hasta el punto en que en la cadena de televisión Fox le llovieron las críticas. Ahora, sus nuevas incursiones ya anunciadas en el Congreso de EEUU no le van a traer muchos réditos, ni a él ni a los Republicanos, frente a una opinión pública que mayoritariamente respalda el acuerdo. Tampoco en Israel: la oposición laborista y árabe-israelí puede encontrar en esa reincidencia un motivo para intentar tumbar su frágil gobierno, que pende de un escaño. Obama, Kerry no son tan ingenuos: llevan meses blindando las cosas como para que una mayoría de norteamericanos y de judíos estadounidenses no sigan los cantos del Apocalipsis.
Segundo, respecto a los saudíes, con la Monarquía teocrática en pleno cambio sucesorio, la cosa se plantea en términos de que a medio-largo plazo la dependencia energética del petróleo saudí se puede acabar. Así de simple. También pesa el hecho de que las prácticas autoritarias y los tics neo-medievales de los gobernantes y las leyes saudíes son fuente permanente de críticas, mucho antes de todo el lío de los Bin Laden con los Bush. ¿Cuánto tardará en empezar la presión hacia los saudíes para frenar el wahabismo, ablandar el régimen, o frenar salidas unilaterales a los conflictos con sus vecinos, sea Bahrein o Yemen?
Se habla estos días de paralelismos con Cuba. Obviamente con Irán las cosas no van a ir rodadas, ni mucho menos. La guerra de los nuevos mundos posibles no ha hecho más que empezar, en un lado y en otro. Sin embargo, el elemento central de la política - y de la vida social en general - ya está puesto sobre la mesa, y es algo que pesa más que miles de toneladas de uranio: la confianza mutua. Con un poco de suerte, si el acuerdo se implementa bien, esa confianza se podría extender a otros terrenos y propiciar acuerdos, o al menos a un alto en fuego respecto a Siria, Irak, Yemen o Gaza. No es inevitable, no hay conexión directa, puede llevar tiempo, son otras guerras. Pero la conexión existe: puede ocurrir.
Y además: Irán es una bella promesa, de fuertes contrastes, claroscuros y vivos colores. La alegría espontánea en las calles de las principales ciudades del país estos días lo demuestra. Como en La Habana, en Teheran se acabaron los muñecos quemados del Satán norteamericano, de esos que parecía haber una fábrica entera en otros tiempos. La demografía - el 65% de la población aproximadamente es menor de 35 años - así como el gran capital humano que atesoran sus jóvenes urbanos, va a presionar a favor de un cambio real. La cuestión ahora es cómo manejar ese cambio. Se nos olvida que Irán ya tuvo su “primavera persa” en 2009 con la revolución Verde, un fugaz episodio que se cerró tristemente bajo la represión y el fraude. Desaparecido Ahmanediyad, y con Rohaní en el gobierno, ahora las claves son otras, y aunque persisten múltiples bloqueos desde la cúpula, el cambio social es imparable.
Por más que un Henry Kissinger lo haya desautorizado, el pacto nuclear es diplomáticamente irreprochable, brillante, tanto en lo técnico de limitación de capacidad para alcanzar una bomba nuclear como en términos de mecanismos de control y salvaguardas de sanciones. No garantiza éxito; pero evita parte de los males del presente y obliga a trabajar por el cambio a futuro. Esta es la “doctrina Obama”: una forma de salir con determinación de todos aquellos callejones sin salida a los que varias décadas de Guerra Fría y sus posteriores secuelas con Bush jr., junto a una oligarquía financiera, habían abocado al país. O simplemente es una tentativa permanente de encontrar la vía hacia un mundo mejor, en un mundo muy distinto. Muy americano: propiciar cambios para ponerse a la vanguardia del cambio. Queda un año para las elecciones Presidenciales. Seguramente Hillary Clinton nos va mostrar otra Hillary - dialogante, pero firme con la J Street y los lobbies-, muy consciente de los intereses de EEUU y de los caminos que se han abierto y de los que se cierran después de Obama.
La lógica amigo-enemigo tiene estas sorpresas, ¿Qué ocurriría si, caídas las máscaras, los enemigos persas mostraran al inesperado amigo, y EEUU termina recuperando a toda una parte sustantiva de nuestros orígenes, de la civilización Occidental? Todo retorna, como dijo algún filósofo hace mucho tiempo; pero de otra manera, nunca idéntica, porque todo fluye. Zoroastro y Heráclito, hermanados. Bibi: no es nada personal.
Vicente Palacio es director adjunto del Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas.
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