ERIKA RODRÍGUEZ (*)
Un histórico apretón de manos entre Juan Manuel Santos y Timochenko, vestido de civil, y respaldados por Raúl Castro, parece marcar el fin de la guerra con las FARC. De ser así, el próximo 23 de marzo Colombia podría empezar un nuevo capítulo en su historia, que tendría como protagonista al Presidente Santos.
Inscribirse en la historia de Colombia como el “conseguidor” de la paz ha sido un objetivo muy perseguido por todos los inquilinos que han pasado por la Casa de Nariño. Sin embargo, las dificultades de los procesos de dialogo, el escalamiento militar de la guerrilla, su acción terrorista, la guerra sucia y la incapacidad para reconocer las fallas del Estado han hecho que todos lo intentaran pero hasta ahora ninguno consiguiera desmovilizar a las FARC por ningún medio.
Santos no lo ha tenido fácil, porque si negociar con un grupo con una postura muy beligerante, que se sienta a la mesa con el fusil encima de la misma ya era difícil, la actitud del gobierno del país vecino y garante del proceso de diálogos, Venezuela, lo ha hecho aún más complejo.
La crisis fronteriza entre Colombia y Venezuela ha sido el marco en el que se ha presentado el mayor acuerdo del Proceso de la Habana, el de justicia transicional y víctimas. El mandatario colombiano tuvo que armarse de paciencia ante la decisión de su homólogo venezolano de decretar el Estado de Excepción en los departamentos fronterizos entre los dos países y alentar una deportación masiva de colombianos en condiciones deplorables.
A pesar de que Venezuela sea una piedra en el Zapato capitaneada por un mandatario impertinente e impulsivo, es un apoyo indispensable del proceso con las FARC y actúa como garante del proceso para que la guerrilla se mantenga en la mesa. Sin su apoyo en la Habana los Diálogos habrían podido saltar por los aires hace varios meses. Así las cosas, el Presidente Colombiano se vio obligado a mantener una actitud casi pasiva, y desde luego muy criticada por sus opositores, ante las afrentas de Maduro.
La actitud paciente de Santos ha dado fruto. Finalmente la guerrilla aceptó someterse a un proceso judicial que conduzca a una condena, bajo una jurisdicción especial para la paz. Pero no solo la guerrilla, sino también, los actores estatales que han cometido delitos en el marco del conflicto serán juzgados bajo el mismo esquema. Las penas que no contemplan la cárcel tendrán como fin intentar restaurar a las víctimas, esto implica la posibilidad de establecer la libertad vigilada condicionada al cumplimiento de sanciones que beneficien a las personas afectadas por la guerrilla o el ejército. Un proceso de justicia restaurativa como otros que han tenido lugar en el mundo y que en últimas busca superar la venganza y el revanchismo que ha sustentado la cadena de guerras internas de la historia de Colombia.
El acuerdo, a pesar de que aún está pendiente de definir muchos y delicados detalles es un avance sin parangón, en primer lugar, porque consigue llevar a las FARC a la justicia, a lo que se mostraban reacias. La negociación de la Habana ha conseguido que la guerrilla reconozca su papel como victimaria, dejando de lado la arrogante pose de superioridad moral y de defensores del pueblo y que se transformen en movimiento político que tendrá que demostrar su valor en las urnas. A su vez, ha conseguido la bilateralidad de los acuerdos, por primera vez un tribunal especial juzgara los delitos de las dos partes de la confrontación en consistencia con la Ley de Victimas que instaurara Santos al inicio de su mandato, y una reivindicación de las FARC.
El próximo paso, y quizá el más urgente además de la definición de los detalles del acuerdo será el cese al fuego bilateral. Si bien la guerrilla ya ha hecho y cumplido con varios altos al fuego unilaterales, el Presidente ha intentado siempre mantener la presión militar, pero no necesariamente como una táctica de guerra, sino por evitar que las críticas de sus opositores políticos desestabilizaran el Proceso. Los recientes cambios en la cúpula del ejercito dan una buena idea de que se preparaba para el momento en que este cese pueda producirse, lo que le llevo a rodearse de altos mandos dispuestos a asumir el postconflicto.
Colombia, avanza en la senda de la paz, una perspectiva que acompaña el adecuado desempeño económico del país y su presencia cada vez más relevante dentro del conjunto las economías emergentes. Sin embargo Santos solo vera que sus esfuerzos le llevan a los anales de la historia si consigue que los acuerdos de justicia restaurativa tengan el aval de la Corte Penal Internacional y que el ELN también inicie una negociación. Eso significaría una paz completa y justa.
*Coordinadora Área América Latina Opex
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