Las mujeres en la política

Por: | 22 de junio de 2016

PALOMA ROMÁN MARUGÁN (*)

 

 

Carmen

Carmena, en la XVII Asamblea de la Unión de Ciudades Capitales de Iberoamérica en La Paz (Bolivia).

Estamos en tiempo de mudanza en el escenario político español; pero esta metamorfosis es, a día de hoy, más retórica que real. Es decir que todos los cambios que se perfilan, están teniendo un recorrido corto. No hay más que citar, y no como tema de esta reflexión en concreto, la quiebra del modelo de partidos tradicional en España, la diversificación de la oferta política, los resultados electorales enrevesados, la necesidad de dialogar y pactar, etc… que todos ellos se han revelado, al final más de forma incipiente que rotunda.

Pero algo que me preocupa especialmente, tiene que ver con el papel, o mejor dicho el no papel que tienen las políticas en la arena española. Hemos avanzado sustantivamente en el campo de la incorporación de la mujer al ámbito público y al desempeño de un rol político, así como en el apartado general de derechos y consideraciones frente al papel tradicionalmente subordinado de la mujer; sin embargo estamos aún muy lejos de llegar a la igualdad y casi siquiera a aproximarse.

En primer lugar, lo más ostensible: no hay ninguna candidata a presidenta del gobierno de España, a pesar de la repetición de elecciones, donde tampoco se puede decir que los principales líderes de los partidos que concurrieron a la convocatoria de diciembre, se hayan lucido lo suficiente como para repetir como cabeza –alta- de cartel. Gracias a la adopción de las listas cremallera, detrás de los primeros espadas, aparece un nombre femenino, pero cabe preguntarse, a pesar del indudable avance, unas cuantas cuestiones que a toda persona se le ocurre. Y el dato es el dato.

Cierto es que la ocupación del cargo de ministra se ha hecho más accesible, y con más enjundia. Lejos quedan los tiempos en que la novedad era que una mujer se sentase en el consejo de ministros, o bien que el cupo que cubriesen las ministras correspondiese a nuevas (y demasiado especificas….) tareas, casi si se me permite del mismo palo que el asignado a las primeras damas y su función institucional, es decir todo aquello que tiene que ver con los asuntos sociales, en definitiva el ámbito de los cuidados, “el eterno femenino”. Ahora tenemos ministras, ahorita mismo en funciones, y en los posados de campaña se perfilan asimismo, futuribles ministras de todos los partidos con posibilidades.

Es verdad asimismo que incluso hemos tenido vicepresidentas del gobierno. Mujeres con capacidades de actuación sobresaliente sobre los demás miembros de gobierno, y aunque las vicepresidencias tienen una función coordinadora, está claro que su peso político es muy notable en los dos casos que hemos conocido. Ha sido palpable su cercanía con el presidente de turno, una condición necesaria, pero no puede ser la única….

Es obvio que en donde más se hace patente la presencia de las mujeres en la política española es, como suele ocurrir en casi todos los lugares, en el ámbito deliberativo, es decir, formando parte de aquellos órganos colegiados que centran su trabajo, bastante arduo si se hace bien, en una tarea colectiva, necesaria pero menos lucida y visible que otras. Nadie puede negar que los consistorios, los parlamentos autonómicos o las Cortes Generales albergan la concurrencia de muchas mujeres que coadyuvan en el inmenso trabajo político que se lleva a cabo.

Sin embargo en los puestos ejecutivos, las mujeres no cubren los puestos que debieran aunque solo sea en función de su existencia social, sin entrar en valorar su capacidad y su competencia. Esta también es una tónica compartida en el mundo. Los desempeños dentro del marco de los poderes ejecutivos se siguen resistiendo al ascenso femenino. Curiosamente son los “sillones” –en el actual decir popular- que tienen más poder y una mayor visibilidad, y la situación descrita conduce a perpetuar tanto el papel subordinado como la invisibilidad.

Por ejemplo, el acceso a las alcadías tras las elecciones de 2015, de Ada Colau o de Manuela Carmena en ciudades tan importantes como Barcelona o Madrid, ha contribuido a elevar esa notoriedad, si bien existe ya una discreta nómina de alcaldesas presidentas de ayuntamientos. En el campo de las presidencias autonómicas, también se ha avanzado en los últimos tiempos; y de hecho tanto en los puestos obtenidos por los partidos ganadores, como por aquellos que no obtuvieron al final su objetivo, llevaron mujeres en sus candidaturas al máximo puesto de poder y representación de la Comunidad Autónoma en su proceso electoral.

Pero está claro, que aún falta escalar la cumbre, la presidencia del Gobierno, y con este desafío, me estoy refiriendo no sólo a que tengamos una presidenta del gobierno de España, sino a que alguna o algunas puedan intentarlo. No hay limites para nadie, la frase que pronunció Hillary Clinton cuando ya tuvo el número suficiente de delegados para acariciar la nominación del Partido demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, resume bien lo difícil que es, no tanto conseguir ganar una elección –sin duda lo es-, sino siquiera ser una aspirante. Hay que recordar que hace una década, y en función de las minorías registradas en la política norteamericana, cabía formular la pregunta sobre que era más difícil que un afroamericano fuese presidente o que lo fuese una mujer. La respuesta la conocimos en 2008. De ahí que las palabras de Clinton, tengan una dimensión especial.

Los tan traídos y llevados debates electorales –otra asignatura pendiente de la democracia española- han irrumpido ya en nuestra re-campaña electoral; y se han inaugurado con un debate entre féminas, con el título Primero las mujeres, (faltaron los niños), fue un ejemplo del papel entre subalterno y disciplinado de nuestras políticas de partido. ¿Por qué esas cuatro personas concretamente? ¿Por qué coincidían en ser mujeres? No fue el mejor comienzo de campaña, ni de legislatura, ni de fin de ciclo, ni nueva etapa de la democracia española. Sonó más a una concesión más… ya que el verdadero “debate” es el que se celebró más tarde entre los candidatos a presidentes de Gobierno, que es en realidad la etiqueta que concede valor en toda esta historia; ganar es importante, lo sé, pero poder aspirar a ganar, es previo. ¿Para cuándo esa mejora de calado en la estructura de oportunidades?

 

(*) Paloma Román Marugán es doctora en Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid

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