IGNACIO MARRA Y JOSÉ IGNACIO CONDE-RUIZ (*)
Una mujer en su puesto de trabajo.
El aumento de la participación laboral femenina es uno de los fenómenos de mayor impacto sobre la economía española en las últimas décadas, marcando una clara transición hacia un modelo de familia con dos sueldos. Paralelamente, el nivel educativo medio de las mujeres españolas no ha dejado de aumentar: dentro de las personas que trabajan actualmente en España, el porcentaje con estudios universitarios es muy superior al de hombres. Al mismo tiempo, la brecha en experiencia laboral se ha ido cerrando paulatinamente y, pese al contundente y endémico problema de infrarrepresentación femenina, cada día hay más mujeres en puestos de responsabilidad.
Pese a ello, paradójicamente, el salario medio femenino según los últimos datos disponibles es de 11.9 euros por hora, frente a un salario masculino de 14 euros por hora (es decir, una diferencia de alrededor del -17%). ¿Cómo es posible? Cada vez que se lee algo semejante en prensa, rápidamente y sin contemplación, sin dejar que la cifra llegue al final del vaso y haga poso, comienza el aluvión de los molestos por la imprecisión, de aquellos que encuentran la comparación odiosa y de los que ven en cada estadística con género una grotesca manipulación.
Porque claro, digamos las cosas como son, las mujeres y los hombres no son iguales. Hay mayor proporción de mujeres en actividades profesionales y científicas (-25%), hostelería (-14%) o educación (-9%) que en el sector manufacturero (-24%) o en servicios financieros (-22%). Los hombres suelen dedicarse a cosas algo diferentes; los encontramos en proporciones mayores en ocupaciones como oficiales, operarios y artesanos (-23%), directores y gerentes (-19%) u operadores de maquinaria (-29%) que en otras como profesionales de alto nivel (-15%), ocupaciones básicas (-13%) u ocupaciones en servicios y vendedores (-13%). Además, como hemos comentado, de media es más probable que una mujer termine estudios, tanto a nivel de grado/licenciatura (-13%) como de educación secundaria superior (-29%) y, en consecuencia, entre aquellos que no acaban la secundaria (-23%) hay más hombres.
Este argumento, resulta, sin embargo, bastante débil cuando, tal y cómo el avispado lector habrá sin duda notado, todos los paréntesis anteriores hacen referencia a la brecha salarial entre los hombres y mujeres que pertenecen a dicho colectivo. Y, como habrá observado, todas las cifras anteriores son negativas, con valores por lo general en la franja entre el menos diez y el menos treinta por ciento. Otros se preguntarán entonces cómo es posible pagar menos a alguien exclusivamente por ser mujer, algo claramente ilegal, quizás sin parar a pensar en las barreras y dificultades asociadas a denunciar este tipo de comportamientos. O se cuestionarán por qué, al existir dicho fallo de mercado, los empresarios a los que no les importa el género de sus trabajadores no contratan solamente mujeres.
Brecha salarial
Y es que sí, quizás resulta poco creíble pensar que la totalidad de la brecha salarial se deba a discriminación directa. Tampoco parece demasiado adecuado ignorar que dicho carácter discriminatorio existe o que los seres humanos tenemos todo tipo de sesgos y prejuicios, de los que, en muchos casos, no somos conscientes. Y claro, están los números. En todos los sectores, en todos los niveles educativos, en todas las ocupaciones, en todos los grupos de edad. Unos más pequeños y otros más grandes, pero siempre presentes y siempre negativos.
También puede que algunos, con suerte no los menos, se hayan detenido un par de segundos en aquella última frase del primer párrafo. Y es que, en un país en el que se trabaja más de 30.000 millones de horas al año, una diferencia salarial por hora de más del 17% entre hombres y mujeres es un problema; con su diagnóstico, sus causas, y, con algo de ganas, sus soluciones.
(*) Ignacio Marra y José Ignacio Conde-Ruiz son economistas de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA)
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