El aire de nuestras ciudades es manifiestamente mejorable

Por: | 04 de noviembre de 2016

 

PACO SEGURA (*)

 

CochesLos coches son fuente de contaminación en las grandes ciudades.  

 

No es porque lo digamos insistentemente los ecologistas, es que las evidencias resultan abrumadoras: la contaminación del aire mata. La Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer, dependiente de la OMS, declaró en 2013 al aire contaminado como cancerígeno de tipo 1, esto es, que provoca cáncer sin asomo de duda. La OMS considera a la mala calidad del aire como la principal causa de mortalidad ambiental en el mundo y, por su parte, la Agencia Europea de Medio Ambiente calcula que en Europa fallecen cada año de forma prematura unas 500.000 personas por esta causa. Estamos, pues, ante un asunto tremendamente serio.

Ahora bien, ¿de dónde viene esa contaminación? En nuestras ciudades y zonas industriales en general las cosas funcionan como nos indica el sentido común: donde hay más tubos de escape o más chimeneas humeantes son los lugares en los que se registran mayores problemas de contaminación atmosférica. En particular las zonas metropolitanas y urbanas de España, donde vive la mayor parte de la población, tienen problemas sobre todo por tres contaminantes: las partículas, el dióxido de nitrógeno y el ozono.

Las fuentes de las partículas son muy variadas, desde las de origen natural como el polvo que viene del Sahara, a la combustión de materia orgánica, las emisiones de industrias como las centrales térmicas de carbón, o los automóviles, en especial los diésel. Estos últimos son los que proporcionalmente ocasionan más problemas en entornos urbanos, puesto que las industrias suelen estar alejadas de zonas densamente pobladas. Sin embargo, algunos cambios tecnológicos recientes como la incorporación de microfiltros han hecho que este contaminante se haya reducido de manera notoria en los últimos años. Es verdad que durante 2015 la mayor parte de los núcleos urbanos cumplió los límites legales para este contaminante, pero también es cierto que las recomendaciones de la OMS, más estrictas, se superan con creces para dos terceras partes de la población (http://www.ecologistasenaccion.org/article1657.html).

Un gas rojizo

Distinto es el problema del dióxido de nitrógeno, un gas de color rojizo y olor acre que forma la boina sobre las ciudades y que estos pasados días en Madrid ha provocado la activación del protocolo que supone la restricción a la velocidad o al aparcamiento de los vehículos. La principal fuente de emisión de este contaminante en entornos metropolitanos es el tráfico, sobre todo los vehículos diésel. Madrid, Barcelona, Murcia, Sevilla, Valencia o Granada son ciudades que el pasado 2015 superaron los límites legales para este gas tóxico.

No hablamos de un asunto menor. El dióxido de nitrógeno afecta a los tramos más profundos de los pulmones, inhibiendo la respuesta inmunológica, lo que provoca una merma de la resistencia a las infecciones. Las niñas y niños y las personas asmáticas son los más afectados por exposición a concentraciones agudas de este contaminante. Asimismo, la exposición constante a bajas concentraciones de dióxido de nitrógeno provoca enfermedades respiratorias crónicas y un envejecimiento prematuro del pulmón. De hecho, la Agencia Europea de Medio Ambiente calcula que sólo por este contaminante fallecen cada año en España 5.900 personas de forma prematura (Air quality in Europe - 2015 report, pág 44. www.eea.europa.eu//publications/air-quality-in-europe-2015 ).

Hay varias causas que explican que el dióxido de nitrógeno no se haya reducido apenas en su incidencia, a pesar de que teóricamente los estándares de homologación de los vehículos son cada vez más exigentes en cuanto al tope de emisiones por kilómetro. El primero es la importante ‘dieselización’ de nuestro parque móvil, puesto que los vehículos a gasoil emiten mucho más dióxido de nitrógeno que los de gasolina. Pero el otro motivo ha sido el fraude generalizado de prácticamente todos los fabricantes de vehículos diésel en cuanto a las emisiones de este contaminante, por más que el que más ha trascendido haya sido el escándalo de la marca Volkswagen.

De hecho, prácticamente la totalidad de los vehículos diésel nuevos emiten entre 2 y 15 veces más dióxido de nitrógeno que lo que permite la normativa vigente, el estándar Euro 6 (https://www.transportenvironment.org/node/5635). Con este tipo de actuaciones de la industria automovilística, que no cabe sino calificar de inmorales a la luz de los daños a la salud que provocan, resulta imposible poner coto a la contaminación en nuestras ciudades sin restringir el tránsito.

Por último, el dióxido de nitrógeno tiene otro efecto pernicioso: es el gas precursor del también tóxico ozono. En presencia de fuerte insolación, las moléculas de dióxido de nitrógeno reaccionan con otros gases en la atmósfera y generan ozono, a veces en zonas alejadas a los puntos de emisión, convirtiendo al ozono en un contaminante estival muy problemático en lugares periurbanos, donde lo esperable sería respirar aire limpio.

Un problema minusvalorado

Nuestras autoridades no están actuando de manera proporcionada a la gravedad del problema que supone la contaminación del aire. Baste recordar que por esta causa fallecen 18 veces más personas que en accidentes de tráfico, y ni por asomo la atención que recibe de nuestras administraciones (en campañas, en inversiones, etc.) es equiparable a esta proporción. Al no ser muertes rápidas y traumáticas, la percepción pública es muy distinta.

Otra prueba de esta desidia es el hecho de que tengamos abiertos dos procedimientos de infracción ante los tribunales europeos por incumplimiento de la normativa relativa a partículas y a dióxido de nitrógeno. Y es que las leyes son claras: cuando hay picos de contaminación hay que actuar de forma rápida para atajar la situación lo antes posible, pero también hay que poner en marcha planes estructurales que limiten la mala calidad del aire que respiramos cotidianamente. Ni una cosa ni otra se está haciendo de manera adecuada.

Y dado que en nuestras ciudades la principal fuente de contaminación es el tráfico, la mejor estrategia para limpiar el aire son las limitaciones al tránsito de automóviles. Las medidas son más que conocidas y se han puesto en práctica en muchos lugares con buenos resultados: ampliación de aceras y reducción de carriles; limitaciones al aparcamiento; facilidades al peatón, a la bici y al transporte público; flotas de coches eléctricos compartidos, etc. Conviene recordar, como contrapunto a la estrategia de los lobbies automovilísticos que siempre protestan ante estas medidas, que las restricciones al tránsito de vehículos no son agresiones a nuestra libertad individual, sino intentos de defender otros derechos mucho más importantes, como el de respirar un aire saludable.

Y que una ciudad con menos coches no es sólo un lugar con mejor aire, sino también con menos ruido, con más espacio para las personas, con niñas y niños más independientes y que pueden jugar y socializarse en la calle. En definitiva, un lugar más grato, seguro y saludable para vivir.

 

(*) Paco Segura es coordinador de Ecologistas en Acción

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