El triunfo de la demagogia

Por: | 11 de noviembre de 2016

 

JOSÉ ENRIQUE AYALA (*)

 

Trump

                                    Donald Trump y Barak Obama en la Casa Blanca. 

 

El populismo cultiva la negra flor del miedo, se alimenta de ella, la transforma en el fruto amargo del odio, busca culpables en los que descargar la ira de los frustrados, predica soluciones simples para problemas complejos, manipula las emociones y utiliza el liderazgo carismático para conseguir su objetivo, que no es otro que ocupar el poder al que tanto denigra. La elección de Donald Trump como el 45º presidente de los Estados Unidos, se ha sustentado sobre el miedo de los trabajadores blancos menos cualificados y las clases medias menos cultas a perder su estatus económico y –sobre todo – a perder la confortable seguridad de su pequeño mundo de reglas claras, tradicionales y permanentes, ante una sociedad emergente multicultural, multirracial y más insegura, que no comprenden. El líder demagogo les dice lo que quieren oír: los culpables de su malestar son las élites, los intelectuales, los políticos profesionales y corruptos que viven en Washington sin preocuparse por ellos, y que no saben nada de la vieja y buena América, en definitiva el sistema, el establishment, representado perfectamente por Hillary Clinton. El peligro viene de los que son diferentes, los inmigrantes que hacen bajar los salarios (aunque en su mayoría solo ocupen los trabajos que ellos no quieren), los musulmanes que pueden ser terroristas, y todos los que son distintos, raros, que no comparten los valores de siempre. Su bestia negra es la globalización, la supuesta debilidad en la defensa de los intereses nacionales, la apertura comercial que hace que todo el mundo se aproveche de EEUU y que promueve la deslocalización suprimiendo puestos de trabajo (aunque la tasa de ocupación roce el pleno empleo). Es la reacción que sigue a una ola de cambio que va demasiado deprisa para muchos. Es el miedo y el egoísmo que florecen después de una crisis, como los hongos después de la lluvia, y que siempre encuentran a alguien dispuesto a sacar provecho de ellos.

Es difícil saber cómo será en realidad el presidente Trump, dado que hasta ahora no ha ocupado ningún cargo público. Es bastante común que el líder carismático, cuando llega al poder, se olvide de las promesas y propuestas – en ocasiones descabelladas – que ha hecho para alcanzarlo, o que sólo mantenga aquellas que son factibles y que redundan en beneficio de los grupos que le apoyan. Los primeros pasos como presidente electo, su discurso en la noche electoral, sus palabras tras su primera reunión con el presidente en ejercicio parecen indicar que seguirá ese camino hacia la moderación. Al fin y al cabo, es un empresario y debe saber bien que la negociación y el pragmatismo son imprescindibles para conseguir cualquier objetivo. El primer indicio sólido de sus verdaderas intenciones lo tendremos cuando designe al equipo con el que va a gobernar, especialmente a los secretarios de Estado y de Defensa y a su jefe de Gabinete. Algunos de los nombres que se barajan, como Newt Gingrich o Sarah Palin, no son precisamente tranquilizadores, recuerdan demasiado a la época neocon más radical: ultraliberalismo económico, ultraconservadurismo moral, militarismo unilateral en política exterior. Otros, como Rudolf Giuliani o Chris Christie, son más moderados. En cualquier caso, Trump es impredecible, él mismo se define así, y eso es muy preocupante. Necesitaremos algún tiempo para saber si se trata de sólo de un demagogo o es realmente un insensato. O ambas cosas.

La Constitución de EEUU establece un complejo sistema de equilibrios políticos precisamente para impedir que cualquiera de sus instituciones haga algo dañino o peligroso. Pero en este caso, los republicanos tendrán la presidencia, la mayoría en las dos Cámaras del Congreso, 32 de los 50 gobernadores estatales, e incluso la comprensión ideológica del Tribunal Supremo, en el que habrá una mayoría conservadora cuando el nuevo presidente designe al que ocupe la vacante que está sin cubrir actualmente. Los tres poderes, ejecutivo legislativo y judicial, prácticamente en las mismas manos. John Adams y James Madison se removerán inquietos en sus tumbas, aunque es preciso señalar que los congresistas no siguen siempre la disciplina de voto de su partido.

 

Política exterior

Ciertamente la política exterior, y particularmente el empleo de las Fuerzas Armadas sin declaración de guerra, son los campos en los que el presidente tiene más autonomía, y donde más puede expresar su visión política. Durante la campaña electoral, Trump se ha referido muchas veces a la política exterior, casi siempre en la dirección de frenar la globalización, de emprender una vuelta al aislacionismo o al desentendimiento de los problemas que no afecten directamente a su país, cuyos intereses serán determinantes (“America first”). Ha dicho algunas cosas muy genéricas como que “sacudiría el óxido de la política exterior de Estados Unidos" y que Estados Unidos "tendría que ser impredecible, y ahora tenemos que ser impredecibles”, lo cual pinta mal, y otras más concretas como que Japón y Corea del Sur no deberían gozar de la protección nuclear americana si no pagan por ello, lo que pinta todavía peor, sobre todo en un momento en que algunos países de la inestable cuenca del Pacífico, como Filipinas y Malasia, empiezan a flirtear con China.

En lo que se refiere a Europa, la victoria de Trump ha sido recibida con entusiasmo por líderes tan significativos en la ultraderecha como Marine Le Pen, Nigel Farage, Geert Wilders o Viktor Orban, a los que complace sobremanera su posicionamiento antiglobalización y su rechazo -rayano al odio- de los emigrantes. Al resto del espectro político europeo -excepto tal vez a la izquierda radical en su rechazo a la globalización, que en su mayoría comparte – le preocupa mucho su posicionamiento durante la campaña electoral en varios temas esenciales, cuyo estado actual considera Trump perjudicial para su país. El primero de estos temas seria su negacionismo del cambio climático, que pondría en riesgo el Acuerdo de París si EEUU se retirase, sobre todo si provocara un efecto dominó en otros países. El segundo sería su rechazo a los tratados de libre comercio, que podrían ser negativos para EEUU (aunque realmente no lo sean), entre ellos el de la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión  (TTIP), ya cuestionado por muchos sectores en Europa y que podría ver ahora su fin definitivo, o al menos un gran retraso. Y el tercero, tal vez el más radical, el cuestionamiento de la relevancia de la OTAN y su exigencia de que los demás Estados miembros contribuyan más a los gastos de Defensa, llegando a condicionar la piedra angular de la Alianza Atlántica, la defensa colectiva, si esa mayor contribución no se produjera. Por otra parte, ha descrito a Putin como un “líder fuerte” con el que se entendería fácilmente para resolver la cuestión de Ucrania y para terminar, por métodos extremadamente expeditivos y violentos, el conflicto de Siria.

Es difícil determinar si estos posicionamientos han sido simplemente un recurso demagógico (decir a los que te escuchan lo que quieren oír) para ganar las elecciones, o pueden traducirse en políticas reales que harían mucho daño a la relación trasatlántica. Es probable que un mínimo de realismo en su equipo, o la influencia de otros actores económicos o políticos, le hagan reconsiderar su radicalismo, aunque mantenga algunos aspectos como la demanda de una mayor contribución a la defensa colectiva, que ya ha sido invocada muchas veces por Washington. Pero lo más grave es que nadie sabe aún realmente hasta qué punto intentará cumplir sus promesas, y la incertidumbre que esto suscita es el peor escenario. En algunos casos parte del daño ya está hecho, como en el tema de la OTAN, que basa su éxito precisamente en la determinación, la cohesión y la previsibilidad.

El triunfo del radicalismo derechista en EEUU pilla a la Unión Europea en uno de sus peores momentos, afrontando simultáneamente muchos problemas: la pérdida de su puente natural con Washington a causa del ‘brexit’, la crisis económica que sin estar totalmente resuelta ha desembocado en una creciente divergencia entre el norte y el sur amenazando con el desgarro, las tendencias xenófobas y nacionalistas que ya han triunfado en países como Hungría y Polonia y pueden extenderse mucho más en el futuro, la crisis migratoria de la que todos quieren huir, la amenaza del terrorismo islamista siempre presente, y la guerra de Siria que es en buena parte el origen de los dos últimos. Esta sería una excelente ocasión para contar con el apoyo incondicional del gran socio atlántico, pero todos los indicios apuntan a que no va a ser así.

 

Intereses comunes

De todas las crisis se aprende algo, por muy negativas que sean. Esta ocasión puede ser perfecta para que la UE constate que en último caso sólo puede contar con ella misma. La unidad y cohesión entre los Estados miembros, que no están precisamente en su mejor momento por los problemas a los que nos referimos, son ahora más necesarias que nunca para tratar, con una sola y creíble voz, con el nuevo equipo que se establecerá en Washington, y defender nuestros intereses comunes, evitando la búsqueda de arreglos bilaterales que nos debilitan a todos. Aquellos que se han opuesto siempre a la construcción de una defensa europea común, alegando que para eso está la OTAN, tendrán que admitir ahora que la posibilidad de que los intereses de EEUU y Europa no coincidan es real, y que tendremos que asumir antes o después la responsabilidad de nuestra propia defensa, sin perjuicio de la cooperación trasatlántica.

Y sobre todo y ante todo, Europa tendrá que combatir sus propios demonios internos, que son muy reales, y – pase lo que pase - mantener viva la llama del humanismo ilustrado, de la solidaridad, de la defensa de los excluidos y humillados, la bandera del respeto a los derechos humanos de todos sea cual sea su raza, sexo, religión o extracción social. La preeminencia de la libertad y la igualdad, que adquirieron naturaleza política por primera vez en la Constitución de los Estados Unidos, de 1787, y que ya forman parte inherente, para siempre, de nuestra naturaleza política colectiva.

 

(*) José Enrique Ayala es miembro del Consejo Asesor del Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas.

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