Las uvas amargas de los socialdemócratas

Por: | 07 de diciembre de 2016

JOSÉ ANTONIO NOGUERA (*)

 

OlofOlof Palme durante un discurso.

 

Son tiempos amargos para los socialdemócratas sinceros, y muy especialmente en España. En cualquier partido y movimiento político siempre es posible encontrar, en proporciones variables, personas honestamente comprometidas con los objetivos declarados del movimiento, junto a otras cuyo compromiso es sencillamente nominal y oportunista, al servicio de otros objetivos personales o de la captación de cuotas de poder para su camarilla. En los partidos socialdemócratas, esta tensión existe desde hace mucho tiempo, y hoy en día es particularmente enconada en países como el nuestro. Para más complicación, la divisoria se entrecruza con otras, como puede ser la mayor o menor identificación con “las siglas” del partido independientemente de su política real: tanto entre socialdemócratas sinceros como oportunistas, habrá quien considere al partido como algo puramente instrumental, que puede y debe abandonarse si deja de ser útil para las auténticas metas (sean estas unos determinados ideales políticos o prebendas personales y grupales), junto a quien tiene con él un vínculo emocional e identitario comparable al de un hincha de club de fútbol.

Es normal que en este contexto abunden los debates sobre “qué es la socialdemocracia” y quiénes son los “auténticos socialdemócratas”. Pero en esa discusión pública a menudo se confunden fines con medios (¿qué hace de alguien un “socialdemócrata”, los primeros o los segundos?), vínculos identitarios de partido con compromisos político-ideológicos, definiciones históricas con otras más presentistas (¿qué entendían por “socialdemocracia” Marx o Lenin, y qué tiene que ver con las políticas concretas de los “socialdemócratas” de hoy?), y conceptos nominales vacíos con otros más sustantivos (socialdemocracia como “aquello que hacen los partidos socialdemócratas, sea ello lo que sea” vs. algún tipo de política concreta, la hagan esos partidos u otros). Es inevitable entonces que la discusión, como diría algún filósofo analítico, está plagada de esencialismos y errores categoriales.

No obstante, me atrevería a decir que la socialdemocracia, como ideal o doctrina política, se ha caracterizado básicamente por dos fines y un gran medio. El primer fin sería combatir (e incluso tender a erradicar) la pobreza y las desigualdades sociales, sobre todo las de renta y riqueza; el segundo, hoy muy olvidado, es alterar la balanza del poder social a favor de los trabajadores. El significado original de la “socialdemocracia” no era otro que el de ampliar la “democracia” de lo meramente político a lo social: democracia económica (participación de los trabajadores en las decisiones y la gestión de los medios de producción) y democracia social (igualdad en la distribución de la renta y la riqueza). Y hacerlo de forma progresiva y paulatina mediante un gran medio: la conquista pacífica del poder estatal de forma democrática y el consecuente uso de ese poder legislativo y económico dentro de los límites de la democracia liberal.

En realidad, esa fue la gran diferencia original entre la socialdemocracia y el movimiento comunista: más que los objetivos, el medio para conseguirlos y el ritmo en su consecución, y especialmente la preocupación por si esos medios eran o no compatibles con la democracia liberal. Si uno oye, por ejemplo, este famoso discurso de Olof Palme, caben pocas dudas de ello. A la postre, la mayoría de los socialdemócratas sinceros veían como horizonte final una sociedad que mereciese el nombre de “socialista”, donde el control público (social) de la economía fuese la norma dominante. Los comunistas diferían en que el socialismo se pretendía conseguir de forma más inmediata mediante medios revolucionarios, incluso a veces violentos, y no necesariamente compatibles con la democracia liberal, que ellos consideraban como inextricablemente ligada a los intereses de la clase capitalista.

 Reformar el capitalismo

Como convincentemente exponía en 1985 Adam Przeworski (en su Capitalism and Social Democracy), durante mucho tiempo el dilema de la socialdemocracia fue precisamente ese: si participar o no en la “democracia burguesa” para reformar paulatinamente el capitalismo en dirección al socialismo, u optar por la ruptura con el primero para la inmediata instauración del segundo. De ahí que los socialdemócratas fuesen durante largo tiempo reticentes a la participación electoral, la alianza con otras organizaciones, o la aceptación de las instituciones “burguesas”, y prefiriesen la creación de una “sociedad obrera” separada, con sus propios medios autónomos de provisión y distribución; de hecho, los socialdemócratas alemanes y de otros países rechazaron los primeros pasos del Estado del bienestar precisamente porque eran vistos como una expropiación de sus recursos organizativos por parte del “Estado burgués”.

En la posguerra europea, y superado ese debate, dirigentes socialdemócratas como Brandt, Kreisky y Palme continuaban viendo el reformismo socialdemócrata como un medio para operar cambios estructurales en el capitalismo en la dirección al socialismo, la paz y el crecimiento ecológicamente sostenible, no simplemente (que también) para corregir defectos del primero y hacerlo “más humano”. El problema no era tanto para ellos la “propiedad” como el “control democrático” de los medios de producción en sectores clave de la economía (como la energía), asegurado mediante planeamiento estatal en esos sectores y democracia económica con amplia participación de los trabajadores.

En este sentido, si bien hubo mucho wishful thinking en la tradición comunista occidental, no es menos cierto que la historia de la socialdemocracia es una historia de uvas amargas, una distorsión psicológica habitual por la cual las preferencias se van adaptando a lo que se cree que es posible conseguir: cuando la zorra no puede alcanzar las uvas, se convence de que están verdes y de que el esfuerzo no vale la pena. Los socialdemócratas han ido adaptando sus preferencias sin cesar a los estrechos límites que las sociedades capitalistas les imponían, empezando por la renuncia a la abolición del capitalismo, pasando por el abandono de vías más reformistas hacia el socialismo como la democracia económica, y terminando por volverse más que tímidos en sus políticas de simple redistribución de la renta y la riqueza.

 Objetivos finales

Lo curioso de esa evolución es que, a diferencia de otros partidos de izquierda que también han ido adaptando sus programas en términos de viabilidad pero sin renunciar a los objetivos finales, los socialdemócratas han consumado alegremente el mecanismo de las uvas amargas para convencerse a sí mismos de que todas esas renuncias son en el fondo deseables, más que un second-best impuesto por difíciles circunstancias, y susceptible de revertirse cuando éstas cambien.

Como resultado de toda esta evolución histórica, hoy asistimos a una paradoja política: quienes se reclaman a sí mismos como orgullosos “socialdemócratas” intentan convencernos de la bondad de todas esas renuncias y de que las asumamos como un first-best, mientras que otros partidos con vocación transformadora plantean programas de gobierno que entroncan mucho más con lo que ha sido los “modelos ejemplares” socialdemócratas, aunque nos los presenten como un second-best, en coherencia con sus ideales. Desde el punto de vista de la consistencia en la formación de preferencias políticas, y a la vista de la ruptura del “pacto social” de la posguerra, no parece que la socialdemocracia nominal lleve las de ganar en este debate.

 

(*) José Antonio Noguera es profesor titular de Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona y director de Investigación del Grupo de Sociología Analítica y Diseño Institucional

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