¿Puede una superpotencia ser proteccionista?

Por: | 25 de enero de 2017

LUIS FERNANDO MEDINA (*)

 

DtEl presidente estadounidense, Donald Trump, durante un mitin.

 

Por supuesto que es imprudente hablar de un gobierno que no ha completado aún su primera semana, máxime cuando, por decirlo en lenguaje atenuado, no parece priorizar la claridad y la coherencia a la hora de anunciar sus planes. Además, los tratados de libre comercio son documentos muy complejos en los que nada es lo que parece. Esto es especialmente cierto en los últimos tiempos en los que ya los aranceles internacionales son tan bajos que los así llamados acuerdos de libre comercio terminan dedicándose a restringir mercados de propiedad intelectual y patentes. Como el viejo chiste, al igual que tantas urbanizaciones con nombres de montes, bosques y valles, estos tratados se bautizan en honor a lo que destruyen. Por tanto, no vamos hoy a examinar en demasiado detalle la reciente decisión de la Administración Trump de retirar a Estados Unidos del incipiente Acuerdo Trans-Pacífico (TPP por sus siglas en inglés).

Pero sí es claro que el nuevo gobierno de Estados Unidos ha demostrado inclinaciones proteccionistas sin precedentes en la historia reciente de ese país. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el proteccionismo americano había sido episódicamente una tentación del legislativo, no de la Casa Blanca. Es difícil saber hasta qué punto este brote proteccionista va a hacerse realidad. Una cosa son los anuncios que haga un presidente el día de su investidura y otra muy distinta lo que pueda hacer cuando dentro de su partido no hay mucho entusiasmo hacia su idea. Pero dejando de lado las personalidades y la coyuntura, un vistazo a la historia nos indica que tal vez haya algo más de fondo que escapa al control de actores individuales.

El capitalismo mundial ha operado desde el siglo XIX sobre la base de una premisa: la economía más fuerte del mundo es el garante del libre comercio internacional, manteniendo sus mercados abiertos a los demás países. Es, por así decirlo, la importadora de última instancia. Ese papel lo cumplió Gran Bretaña en el siglo XIX y su abdicación de esa responsabilidad tuvo mucho que ver con la propagación de la Gran Depresión en los años 30 del siglo pasado. Después de la Segunda Guerra Mundial fue Estados Unidos el país que asumió ese papel.

 Se trata de un papel bastante complejo con distintos beneficiarios que, aunque reconocen que el sistema les sirve, tienen diferencias acerca de cómo repartir los beneficios. Al mantener sus mercados abiertos al mundo, Estados Unidos le permite a sus aliados adoptar estrategias económicas de crecimiento exportador, evitando guerras comerciales entre países de su esfera de influencia. Al principio, esta estrategia estaba dirigida especialmente hacia Europa Occidental y Japón, donde se complementó con el sistema de defensa militar que hoy conocemos como OTAN, mediante el cual Estados Unidos asumía buena parte de los gastos a condición de mantener la Europa más desmilitarizada de los últimos siglos.

Pero, por supuesto, este sistema también ha tenido beneficios para Estados Unidos. La preponderancia del dólar como moneda de reserva mundial (en paridad con el oro hasta 1971) le ha permitido a Estados Unidos financiar sus déficits comerciales y fiscales simplemente con emisión monetaria mientras que, en caso de un desajuste, otros países tienen que aumentar impuestos o reducir su consumo interno, creando evidentes conflictos políticos y sociales.

Mercado común

Con el tiempo, los protagonistas del sistema han cambiado. Europa ya no es hoy la zona menesterosa y devastada por la guerra, sino más bien un mercado común tan grande como los mismos Estados Unidos. La Unión Soviética ya no existe. Pero otros países, especialmente China, han entrado a formar parte de esta estructura acumulando reservas en dólares en cantidades pantagruélicas.

Otro efecto de estos cambios es que el librecambismo tiene ahora para Estados Unidos más costos sociales y políticos. El libre comercio no es el mayor responsable de las pérdidas de empleo en el sector manufacturero americano. Es muy probable que un alza de aranceles no vaya a revertir el proceso de desindustrialización del ‘Rust Belt’. Pero la actual situación no se compara con la que había a finales de la Segunda Guerra Mundial cuando Estados Unidos producía el 48% de las manufacturas del mundo. En aquel entonces no había ningún país que pudiera competir con Estados Unidos en su propio campo.

 Se produce así una paradoja con resultados inciertos. El proteccionismo que tanto interesa al actual ocupante de la Casa Blanca puede a la larga poner en riesgo el mismo sistema que le había permitido a Estados Unidos escapar a la lógica implacable de los ajustes de otros países. Si Estados Unidos dejara de ser el garante del libre comercio, máxime en un contexto en el que nuevos bloques comerciales regionales empiezan a consolidarse, a veces sin su participación, desestabilizaría la arquitectura financiera (y de seguridad) que le permitió durante los últimos setenta años atenuar los costos sociales de las resacas de sus episodios de déficit fiscal y comercial.

En ese caso, los conflictos resultantes pondrían sobre la mesa el tema que el Partido Republicano, ahora en el poder, ha aborrecido desde siempre: la consolidación de un estado del bienestar más distributivo. Los conservadores americanos que tanto entusiasmo pusieron en ganar esta elección pueden terminar recordando la lección de Bernard Shaw: hay que tener cuidado con lo que deseamos porque a veces... lo obtenemos.

 

(*) Luis Fernando Medina es coordinador del Zoom Económico de la Fundación Alternativas y profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III

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