2017, y continúa la violencia de género

Por: | 27 de marzo de 2017

PALOMA ROMÁN MARUGÁN (*)

 

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Concentración en Madrid contra la violencia de género. / ATLAS

 

Parece que 2017 está resultando especialmente temible por la comisión de asesinatos circunscritos al ámbito de la violencia de género. Aunque es cierto que la toma de conciencia de la sociedad sobre esta lacra va avanzando, también lo es que aún falta mucho trecho para ser optimistas al respecto de su asunción como un problema de todos.

Nos conmueve y nos entristece conocer un dato, o a veces dos, cada nuevo día, pero aun así seguimos padeciendo a la par el efecto sedativo de la reiteración. Suena terrible esto último, pero ocurre; acabamos contemplando, o leyendo este tipo de noticias, también con cierto halo rutinario que nos acaba desmovilizando.

Hay un conjunto de dimensiones de esta tragedia que es preciso tomar en consideración, si se desea abordarla firmemente. Comenzaré por una que, a pesar de su aparente obviedad, resulta clave para empezar a hablar y sobre la que voces autorizadas han llamado la atención de siempre: la contabilidad de las víctimas. Hasta para contar, que parece un ejercicio simple que nadie discutiría, hay sus controversias de calado, que no podemos abordar en un espacio tan pequeño como este.

Más allá de dichas discusiones, el recuento nos va dando la señal de esa gota casi diaria que nos golpea la conciencia cuando nos enteramos de un nuevo crimen, y va visibilizando y construyendo poco a poco un estante mental donde vamos situando esos sucesos, evitando que se olviden por casuales.

Ahora bien, estas cifras dolientes constituyen un dato numérico de mujeres asesinadas. La muerte es un hecho definitivo. Pero la violencia de género no se puede circunscribir al asesinato. Y eso, sin ahondar en las distintas posibilidades de ‘morir en vida’ que todos somos capaces de reconocer, asumir y empatizar.

Cambio paulatino

Gracias a los medios de comunicación, agentes socializadores del mundo moderno, seguimos esa contabilidad y, afortunadamente, aquí se ha ido notando un cambio paulatino en la forma en que la transmiten, aunque falte camino por andar. Se está llamando a las cosas por su nombre; afortunadamente es raro ya hoy en día leer aquello del ‘crimen pasional’; e incluso la adopción de la expresión ‘violencia de género’ ha ido avanzando frente a la ‘violencia doméstica’, que mezclaba demasiados actores y no singularizaba la cuestión específica sobre la que descansa el problema: la desigualdad de la mujer con respecto al hombre.

También se ha ido desplazando el concepto de ‘agresión’, entendido como algo puntual, por el de ‘maltrato’, que nos evoca de forma más ajustada la duración en el tiempo de una forma de tortura. Aun así, no está de más la adopción de buenas -e incluso de mejores- prácticas que siempre contribuirían a la mejor señalización del problema.

Poco se duda ya de que hay distintas formas de ejercer la violencia. No sólo está la agresión física que provoca una muerte; existen otras formas de aplicar todos los tormentos posibles. También hay que contar con el maltrato psicológico, cuyo alcance puede ser comparable a una cadena perpetua, con añadidos como el aislamiento y el abuso social, con unos costes astronómicos para la salud de las mujeres y, como también se está constatando, y de manera feroz, para la de los hijos.

En nuestro país, desde 2013, 166 menores han quedado huérfanos; y es más, todos recordamos con pavor cómo también a veces los propios menores han sido asesinados de las formas más brutales con el fin de causar el mayor daño posible a las madres.

La violencia de género también acarrea enormes costes de tipo social y económico, que están en el ‘debe’ de toda la sociedad, se sufra o no en primera persona su barbarie. Es una cuestión política que nos afecta, y por lo que no podemos mirar para otro lado, y que se puede enmarcar sin miedo a exagerar como una cuestión de derechos humanos.

No es fácil, pero se avanza en el sentido también de que se ha ido cambiando el marco interpretativo que da sentido a esa cuestión, que ayuda a comprenderla mejor, y que nos puede situar mejor ante una solución, al menos una salida. El problema tiene sus raíces en la desigualdad entre hombres y mujeres y la obsesión por el dominio y el control de algunos de aquellos para con sus parejas, a cambio de una supuesta, y siniestra, protección.

Confusión

A pesar de los avances, sobre todo en cuestión de una concienciación paulatina de la sociedad -ya son pocos aquellos que dicen abiertamente que se trata de un asunto privado-, debemos recordar de forma clara y distinguible algunas cuestiones que se suelen presentar con un halo amplio de confusión.

Una de ellas es aquella mezcla, más habitual de lo recomendable, entre causas y factores. No son la misma cosa. Hay factores que pueden coadyuvar, o estar presentes, pero no ser la causa, como por ejemplo el alcohol o los malos tratos sufridos por los agresores en su infancia. Es preciso conocer la verdadera causa para erradicarla. Y por otro lado no caer en la ingenuidad complaciente de que la igualdad de sexos es ya una realidad, y que por tanto hay poco más que hacer en este sentido; porque justo es aquí donde radica su fundamento.

No hay que olvidar que no existe ni un solo retrato robot del maltratador, ni tampoco de la mujer maltratada. Se trata de un cáncer transversal a toda la sociedad, nadie se puede librar, ni está libre de padecerlo ni de disimularlo. Afecta a todas las esferas de la vida, y pasa factura a todas las sociedades. Incluso los países más desarrollados, ejemplos de tantos datos positivos -bienestar, educación, nivel de riqueza, transparencia-, no cumplen en este sentido con el mismo brillo.

Mirémonos en el espejo y sigamos reaccionando ante este ejercicio de pura maldad, anclado en un patrón desigual de relaciones entre los integrantes de la especie humana, que nos avergüenza y nos denigra como miembros de la misma.

 

(*) Paloma Román Marugán es profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid

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