La llaman 'colaborativa' y no lo es

Por: | 15 de marzo de 2017

LUIS FERNANDO MEDINA SIERRA (*)

 

Pd

 

Hacia comienzos de siglo, el eminente economista Robert Solow observó con razón que el efecto de los ordenadores se podía ver en todas partes menos en las cifras de productividad. Para historiadores especializados en temas económicos, este hecho no era particularmente sorprendente. Algo similar había ocurrido con previas revoluciones tecnológicas. Paul David, quien ha estudiado con detalle el cambio tecnológico en los últimos dos siglos, observó que, por ejemplo, la electricidad al comienzo tuvo un impacto más bien reducido en la productividad de las fábricas. Aunque pareciera paradójico, la razón es clara: cuando aparece una nueva tecnología, las firmas al comienzo simplemente la incorporan a su vieja estructura sin hacer mayores cambios.

Sólo con el tiempo descubren la forma de modificar su estructura de funcionamiento para aprovechar al máximo este nuevo potencial. En el caso de la electricidad, por ejemplo, la gran ventaja que representaba sobre el carbón era la posibilidad de tener pequeños generadores repartidos por toda la fábrica sin depender de una gigantesca caldera. Pero para percatarse de esto y, más aún, para adaptar el funcionamiento de las fábricas a esta realidad, era necesario tiempo.

Posiblemente algo parecido esté ocurriendo con la revolución digital y el surgimiento de la así llamada 'economía colaborativa'. Los ordenadores personales existen hace ya casi cuarenta años e internet hace ya casi veinticinco, pero sólo recientemente hemos visto cómo las plataformas digitales han comenzado a redefinir la forma de organizar el trabajo. Uber y AirBnB son, sin duda, los ejemplos más visibles, pero no son los únicos ni mucho menos los últimos.

El nombre de 'economía colaborativa' es, sin embargo, inadecuado, denota un aspecto de este fenómeno que ha terminado por ser simplemente uno entre más. La idea de que mediante el uso de plataformas digitales distintos usuarios puedan compartir recursos en forma más eficiente (p. ej.: coches, habitaciones, destrezas en tareas específicas) es bastante intuitiva. Pero en la práctica, aunque ese modelo 'horizontal' no ha desaparecido, las plataformas digitales han dado lugar también a nuevas formas de tercerización, precarización y autoempleo que, lejos de representar algún vago ideal 'colaborativo', más bien parecen revivir las manifestaciones más crudas del trabajo a destajo de los comienzos del capitalismo moderno.

Sin embargo, así como la ingenuidad del nombre 'economía colaborativa' puede ser contraproducente, el simplismo de signo opuesto tampoco ayuda. Las nuevas plataformas digitales están ya aquí y la pregunta que queda es cómo va a reaccionar la sociedad a este fenómeno. (La Fundación Alternativas está involucrada en un programa europeo para estudiar estos temas y en su momento difundirá los resultados del estudio).

Los riesgos son claros: un crecimiento anárquico de estas plataformas puede erosionar los derechos laborales en la medida en que las empresas vayan contratando cada vez más con trabajadores autónomos que ofrecen sus servicios en internet. Del mismo modo, también puede dar por tierra con las regulaciones que existen en algunos sectores por consideraciones de bienestar social. Así, por ejemplo, existe la posibilidad de que plataformas como AirBnB terminen por quitarle a las ciudades su capacidad de regular el uso del espacio urbano.

Fiscalidad y regulación

Pero hay efectos más sutiles. Por ejemplo, en países con un sector informal demasiado grande, estas plataformas pueden terminar siendo un mecanismo de formalización con efectos saludables sobre la fiscalidad y la regulación del sector servicios. También hay posibilidades que aún no se han explorado. Es el caso de la presencia de otros actores en esta economía si, por ejemplo, los ayuntamientos, los sindicatos o las asociaciones de usuarios comienzan a crear sus propias plataformas. Por otro lado, nuevas regulaciones y nuevos escenarios de diálogo social pueden transformar también el sistema de gobernanza resultante.

En ciencia política existe hace ya treinta años un vibrante debate acerca de los efectos del neoliberalismo. Aunque es innegable que el neoliberalismo ha transformado todas las economías industrializadas y ha generado cierto tipo de convergencia entre ellas, también es cierto que la historia y las instituciones de cada país han introducido matices importantes en este proceso. A pesar del tiempo transcurrido, como lo han señalado en repetidas ocasiones los estudiosos de las 'variedades del capitalismo', las relaciones laborales de Suecia no son las mismas que las de Alemania o las de España.

Esto sugiere que los efectos de las nuevas tecnologías van a depender también de las realidades políticas e institucionales de cada país. Si las plataformas digitales terminan destruyendo los derechos laborales y sociales o, por el contrario, generando nuevas formas de genuina cooperación y democracia económica, no será decisión de los algoritmos sino de los seres humanos. De ahí la importancia de estar preparados.

 

(*) Luis Fernando Medina Sierra es coordinador del Zoom Económico de la Fundación Alternativas y profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III

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