Teoría económica y globalización

Por: | 05 de julio de 2017

LUIS FERNANDO MEDINA SIERRA (*)

 

Libre_Comercio

 

La ciencia económica no goza de gran prestigio entre el público. Las cosas no andaban muy bien antes de la crisis financiera del 2008 pero, por supuesto, han empeorado mucho a partir de ella en tanto que, supuestamente, dicha crisis es resultado directo de las prescripciones de los economistas. Se trata de un diagnóstico sencillo y útil. Pero equivocado.

Para empezar, no existen ‘los economistas’. Dentro de la profesión económica hay mucho menos unanimidad de la que el gran público suele creer. Es verdad que ha habido ciertos consensos en la profesión, e incluso es verdad que dicho consenso se había desplazado hacia la derecha en las últimas décadas (demasiado para juicio de algunos, incluido quien esto escribe).

Pero en torno a ese consenso siempre ha habido discrepancias. Por otro lado, no podemos olvidar que entre las doctrinas que se generan en las aulas académicas y la vida real hay una brecha inmensa que la llenan otros actores: los políticos y los burócratas, especialmente.

Pero dejando de lado las preguntas sobre actores específicos, echemos un breve vistazo a la teoría económica y qué nos dice sobre la crisis financiera y el contexto en el cual surgió: la globalización. Desde los tiempos de David Ricardo, a comienzos del siglo XIX, la teoría económica ha insistido en los beneficios del libre comercio.

Es fácil producir modelos teóricos que demuestren que ciertas dosis de proteccionismo pueden a veces ser recomendables y, de hecho, tales modelos parecen encontrar apoyo en la experiencia exitosa de algunos países que han utilizado el proteccionismo como punto de lanzamiento de su despegue económico (Corea del Sur, por ejemplo). Pero en líneas generales, la teoría económica indica que esos casos deben tratarse con cautela y no ser llevados al extremo.

Eso sí, es obvio que el impacto distributivo del libre comercio puede generar más desigualdad y, como lo enseña la historia, muy pocas veces esos impactos se compensan adecuadamente.

Por otra parte, la teoría económica ha sido siempre mucho más ambivalente acerca de los beneficios de la liberalización de los flujos de capital. A primera vista, pareciera que permitirle a países abundantes en capital exportar sus excedentes a países donde este escasea, favorece a todos. Pero no es difícil ver que el análisis se complica tras pocos pasos.

La liberalización financiera le resta margen de maniobra a la política macroeconómica. Un país que trate de mantener abiertos sus flujos de capital y simultáneamente tener un tipo de cambio fijo (por ejemplo, España en la zona euro), pierde la capacidad de tener políticas contracíclicas. Esto es algo que los economistas han sabido por mucho tiempo. Incluso, Robert Mundell (que nada tiene de hereje ni de progresista) expresó este dilema con claridad en los años sesenta. De hecho, aún antes del trabajo de Mundell, aunque con menos rigor, ya muchos economistas habían captado el problema.

La ortodoxia económica de los tiempos de Bretton Woods precisamente consistía en establecer controles al flujo de capitales con el fin deliberado de permitir a los países amortiguar los ciclos económicos mediante políticas fiscales. Son tan dudosos los beneficios de la liberalización financiera que en nuestros tiempos, economistas que son defensores acérrimos de la globalización, que podríamos considerar relativamente conservadores como Jagdish Bhagwati, se han opuesto en forma vehemente a la eliminación de los controles de capital.

Ejercicio de sentido común

Ahora bien, si unimos ambos análisis, el análisis del libre comercio y el de la liberalización financiera, surge una nueva pregunta: ¿qué pasaría si se combinan ambas políticas en un mismo paquete, llamémoslo globalización? Por supuesto que hay infinidad de detalles para tener en cuenta. Pero antes de entrar en ese laberinto, hagamos un pequeño ejercicio de sentido común.

Supongamos que somos médicos y nos hemos enterado recientemente de que ha salido una nueva droga que, aparentemente, mejora el desempeño del músculo cardíaco, previniendo infartos. Sus beneficios son aún inciertos, los estudios no son concluyentes e incluso hay dudas acerca de efectos secundarios nocivos. Tenemos tres pacientes: uno de ellos con serios problemas de movilidad, reducido a una silla de ruedas, otro con movilidad normal pero con una vida muy sedentaria y un tercero que practica deporte habitualmente. ¿A quién le sugeriríamos ensayar el nuevo medicamento?

No al tercero, por supuesto. Sabemos, inequívocamente, que el ejercicio regular es bueno para el corazón por lo que este paciente ya está protegiéndose en forma aceptable contra posibles enfermedades cardíacas. ¿Para qué someterlo al riesgo de efectos secundarios con una droga de desempeño incierto? Como mínimo, antes de prescribirle la droga nos aseguraríamos de que, por alguna razón extraña, digamos, alguna condición genética muy rara, a pesar de su estilo de vida saludable presenta un elevado riesgo de problemas del corazón.

El segundo paciente sería un mejor candidato aunque seguramente trataríamos de que aumentara antes su nivel de ejercicio habitual en lugar de exponerlo a los riesgos del nuevo medicamento. Sin duda, el mejor candidato sería el primero ya que en este caso sabemos que muy difícilmente va a poder tener un régimen de ejercicio físico aceptable.

Algo similar se podía prever acerca de la globalización. La combinación de libre comercio y liberalización financiera iba a tener efectos disímiles en los distintos países, dependiendo de su punto de partida. Países muy cerrados al comercio internacional (como India o China) podían beneficiarse de la reducción de aranceles y, seguramente dichos beneficios iban a compensar los riesgos de la liberalización financiera.

Flujo de bienes y servicios

Consciente de esto, China ha abierto sus fronteras al flujo de bienes y servicios pero mantiene controles financieros. En cambio, en países que ya desde antes estaban muy abiertos al comercio, las reducciones de aranceles no iban a tener impactos positivos muy grandes con lo que bien podrían verse contrarrestados por los riesgos de la liberalización financiera, sobre todo si se acompañaba de un régimen de tipo de cambio fijo. Como en el sur de Europa.

Nada de esto es un misterio. Todo esto es parte de los principios más claros de la teoría económica. Sin embargo, los arquitectos de la globalización en Europa (en especial el euro), se empeñaron en magnificar los posibles beneficios cuando la teoría dejaba claro que, al contrario, era necesario proceder con cautela porque, precisamente, Europa ya era desde antes una zona muy abierta al comercio internacional. Esta nueva terapia tenía potenciales beneficios (y, sin duda, España recibió durante varios años ingentes recursos de capital procedentes del norte de Europa), pero también debía pensarse en los costos.

La culpa, por tanto, no es de la teoría económica que, al contrario, ha ofrecido desde hace muchos años los elementos básicos para diagnosticar la situación. Si sus advertencias fueron ignoradas fue porque había intereses políticos y económicos alineados para que así fuera.

 

(*) Luis Fernando Medina Sierra es coordinador del Zoom Económico de la Fundación Alternativas y profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III

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