La alquimia caníbal

Por: | 17 de junio de 2013

¿Qué sentido tiene vencer, cuando no se sabe para qué vivir? (André Comte-Sponville)

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Verano de 1992. La gente se sentía orgullosa de formar parte de la renovada ciudad de Barcelona, y pletórica por el éxito y el resultado de los flamantes Juegos Olímpicos. La verdad es que nunca he entendido cómo se puede sacralizar el deporte de esta forma. Tanto entusiasmo popular me dejaba pasmado. Esta animadversión se debe a la decepción que siento al observar su capacidad de convocatoria y, paradójicamente, su efecto narcotizador. Por no hablar del beneficio que dicho resultado supone para los poderes fácticos. Radio Televisión Olímpica (RTO92) se encontraba en su última etapa. Quedé con algunos compañeros para recoger mis bártulos y de paso reflexionar sobre nuestro incierto futuro laboral. El temor por nuestra situación aumentaba debido a las recientes medidas laborales y a la reforma de las prestaciones de desempleo que había adoptado el Gobierno de Felipe González. Nos veíamos en la calle, sin expectativas y con los derechos cercenados.

Sin embargo aquel año fue para mí algo mágico y determinante. Aprendí, que se puede encontrar a los mejores amigos en el lugar que menos tiene que ver con uno mismo. “Amigos para siempre” se convirtió en mucho más que un lema concebido simplemente para fines publicitarios. 

 

 

 

El olvidado espíritu de la transición se afianzo de nuevo. El resentimiento por nuestros sempiternos conflictos fue intencionadamente postergado, en aras del aclamado espíritu olímpico. A los pocos días de finalizar la ceremonia de clausura se puso a la venta todo el stock de Televisión a precios de saldo. Una parte de los empleados pagó lo que correspondía y la otra cargo el carrito, como si estuviese en Mercadona, pero sin pasar por caja. Se sustrajeron cámaras, lámparas, teléfonos, radios, televisiones, sillas, sofás, mesas, material de oficina y hasta ciclomotores. Algunos optaron por untar a los vigilantes y pasar con la mercancía tranquilamente, los más osados fueron llevándose lo que podían poco a poco y sin estridencias. Allí robó casi todo el mundo, especialmente españoles, sin importar el cargo o la lengua con la que se saqueaba. Cuanto más arriba en la estructura más fácil. A medida que se iba descendiendo el peligro de ser pillado aumentaba.

Nadie supo ver que aquello estaba ocurriendo era sencillamente una ejemplo más de lo que ya era una norma de comportamiento habitual en España. Faltaban todavía más de veinte años para que conociésemos las consecuencias de aquella conducta. En la Expo de Sevilla, robaron una calesa con jamelgos incluidos. Lo que todavía me pregunto es como se las ingeniaron para escapar con los caballos a toda mecha por el puente del Alamillo cantado “mi jaca, galopa y corta el viento…” ¿Cómo es posible que se les escapase este momento absolutamente surrealista a Rafael Azcona, Berlanga o Trueba?

  

Durante aquel tiempo tuvimos un jefe (al que pagaban unos honorarios estratosféricos) que siempre andaba sobreexcitado, sexualmente –no sólo por los juegos y el salario, se entiende–.  Lo peor es que el pobre tenía un nulo sentido del ridículo. Se creía un gran seductor y la verdad es que era más bien un ser bastante risible. En una ocasión tuve la inconmensurable suerte de entrar en su despacho y descubrirlo subido a le mesa enfervorizado y descamisado deleitando a su secretaria con una personal danza del vientre, versión Moby Dick con música de los Manolos. Con una mano se agarraba el pene y con la otra sujetaba las riendas de un caballo imaginario. Nunca en mi vida he cerrado una puerta con tanta rapidez y perplejidad. 

A mí me trataba como si fuese Paco El Bajo, de los Santos inocentes. Nunca sabrá lo mucho que se lo he agradecido. A este señor le debo los buenos momentos que les regalé a mis padres, siempre esperando que apareciese por casa para contar sus últimas extravagancias. Parecer el tonto de la película te permite una perspectiva muy interesante. Supongo que saber ver es el secreto. 

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El último día me encontraba en su oficina ayudándole a empaquetar. Una parte de lo que embalábamos iba a parar a su domicilio y la otra al almacén donde se ponían los objetos seleccionados para su venta. Todos sabíamos que la mayoría de cosas de cierto valor acabarían en su casa,  y como ya no tenía nada que perder, cada vez que ponía una etiqueta en alguna de las cajas preguntaba: esto también va para tu casa, ¿no? Cansado de mi cinismo me miró fijamente y me soltó: “Tú eres más memo de lo que pareces, que ya es mucho decir. Calla y escribe almacén en todas ellas, salvo en las que yo te indique”. No contesté, en la vida hay que aprender que los silencios pueden hablar, si uno se fija en ellos. En medio de aquel fervor olímpico y con la ceremonia de clausura a punto de empezar, ¿a quién le importaba lo que pudiese ocurrir en los despachos? 

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No puedo dejar de preguntarme por qué he permanecido impasible cada vez que he sido testigo de sucesos parecidos. La conclusión a la que he llegado no me ha gustado nada. ¿Es posible que no tomemos parte para evitarnos problemas? ¿Por qué somos más severos con los que roban por necesidad y no por ambición? ¿Es que nuestra única y verdadera aspiración es ser como ellos y por eso mirados a otro lado? ¿Es cierto que de presentarse la ocasión, cualquiera de nosotros pondría la mano en la caja?

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Encontré la respuesta en uno de los libros de Michael Onfray, Política del rebelde. Es imposible explicarlo mejor: “El deseo mimético hace del esclavo un guardián del templo donde comulgan sus amos, porque espera, quizás en vano, poder participar algún día en los festines, aunque sólo obtenga las migajas. Este es el motivo por el cual la religión del capital, en su modo virtual, dispone de tantos partidarios: los que disfrutan, evidentemente, y los que creen poder disfrutarlo un día y por eso desean que se mantengan las reglas del juego, con la única esperanza de poder sentarse mañana en el tapete verde.”

¿De qué otra manera se puede llegar a entender tanta pasividad ante tamaño despropósito? La deuda pública de España se ha disparado y se acerca al billón de euros. Suiza desvela una nueva cuenta de Bárcenas con 25 millones de euros. Urdangarin ingresó 5,4 millones por eventos en los que gastó dos. La Audiencia de Madrid mantiene a Miguel Blesa en la cárcel. Díaz Ferrán, es condenado a pagar 400 millones por la quiebra de Marsans y Convergència recibió 6,6 millones en comisiones ilegales, presuntamente. Todos estos titulares han aparecido en la prensa las dos últimas semanas. Probablemente empezó todo mucho antes de 1992 y a gran escala, pero, ¿no es cierto que cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, hemos permitido, con nuestra actitud que la única santidad posible hoy sea la del dinero? 

El sistema ya se ha encargado de que acabemos por pensar todos los mismo, ¿qué beneficios encuentran el vagabundo, el desocupado, el asalariado precario? ¿Vale la pena la vida sin consumir? Toda alienación funciona sobre el mismo principio. Son nuestras miserias las que han permitido que la única ideología posible sea la del capital. Ser alguien en la sociedad actual exige una competitividad monstruosa y por ende una entrega de una voracidad aterradora. Ni siquiera tenemos tiempo para detenernos y reflexionar.  

La perversión es total. La alquimia caníbal ha ganado la batalla. El sistema nos lanza a la vorágine, impulsados por la obsesión al trabajo y al éxito. Asimismo nos hacen creer que triunfando seremos libres. Por consiguiente, ¿qué importa más o menos otro caso de corrupción? Vivimos pensando en los resultados y no en el modelo de sociedad que necesitamos. Para pensar ya contamos con los agitadores profesionales de banderas, los mercaderes de palabras magníficas y los salvadores del mundo. Riessman  nos define como “analfabetos en tiempos globales de internet.” 

Corrupcion-georges-bernanos-

Para honrar y proteger al nuevo Dios se necesita una devoción sin límites, una sumisión sin fin. Su único proyecto es transformar a las masas, a los pueblos,  convirtiéndolos en rebaños humanos. La economía procede de la superestructura ideológica y no es en absoluto una infraestructura separada, es una doctrina pensada por y para los hombres. La única alternativa posible es proponer otra manera de encarnar la economía, hay que adelantar las bases para conseguir otra visión del mundo. Debemos comprender de una vez por todas que el capitalismo es una violencia y la política nuestra fuerza. Y la segunda es el único camino posible contra la primera. 

Forges

 

 

Hay 4 Comentarios

No todos hemos participado, ni hemos querido participar, ni hemos conocido casos de robo de lo público. Ese tipo de generalizaciones ofenden.

Me encanta Forges!!!!!! que gran resumen.....dela evolución

Gran articulo y puede que sea cierto que la politica es nuestra fuerza pero los politicos son nuestros verdugos, esperemos que no sea el unico camino.

Lento viene el futuro. Lento... pero viene. (Mario Benedetti)

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Sobre el blog

El componente humano primordial debería ser el del reconocimiento del otro. Sin los demás no podríamos existir. Por lo tanto, disfrutemos de “otros mundos” y que esa diferencia –en vez de aislarnos- sea el camino para conseguir un mundo más justo, menos convencional y más libre. En este blog rendimos homenaje a algunas de las más significativas creaciones humanas que han marcado nuestra existencia: libros, películas, autores, canciones, etc. y que han estimulado nuestra (mi) necesidad de pensar, sentir y gozar. Al mismo tiempo, es un espacio que indaga sobre la realidad humana e intenta contribuir a la reflexión y al aprendizaje.

Sobre el autor

Josep Giralt Josep Giralt. Trabajó en Canal Plus, en el Congreso de los Diputados y como fotoperiodista en América Latina, África y Asia. Coautor del libro Sentir Etiopía, (RBA), compatibiliza su trabajo como periodista en una Fundación con el de colaborador en tertulias de actualidad en Ràdio Barcelona-Cadena Ser. Anteriormente dirigió durante cuatro años el espacio Películas incómodas en Com Ràdio. Ha publicado artículos y entrevistas en El País, Avui, y El Mundo, entre otros. Su frase: "No sirvo ni para seguir ni para conducir", de Nietzsche; su película: Rocco y sus hermanos, de Visconti. Sus libros: Los ensayos, de Montaigne y Conversaciones, de Cioran.

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