Doble identidad

Por: | 27 de enero de 2014

Una de las pocas certezas que todavía conservo es que tener conciencia, en el actual sistema, supone a todas luces una fatalidad. El objetivo del mundo dorado de Hollywood era alejar al gran público de la verdad. Su propósito era divertir a las masas, entretenerlas, adoctrinarlas y ofrecerles la ilusión de que otro mundo idílico era posible. Si la maquinaria de Hollywood hubiese dedicado todo su talento y fuerzas mostrando sin ambages las cloacas del sistema posiblemente el triunfo del capitalismo más salvaje no hubiese resultado tan sencillo. Pero es como pedir que desde el interior de la bestia se dinamitase a sí misma. Sustraerse del poder de la iglesia y de los estereotipos marcados a fuego por la maquinaria del cine ha sido privilegio de muy pocos. Incluso la propia gente de la industria se ha dejado utilizar por el propio sistema. Contar la verdad sobre sí mismos, sobre sus inclinaciones sexuales o sus simpatías políticas suponía definitivamente el fin de sus carreras.

La verdad en el cine y en la política solo se ha contado parcialmente.

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Durante más de un año estuve preparando un reportaje sobre chaperos para El País Semanal. Me interesaba el submundo que subyace en mi ciudad y que nada tiene que ver con la Barcelona de diseño y modernidad de la que tanto presumen sus políticos. Poner el foco en otro ángulo del cuadro me sigue pareciendo la mejor forma de acercarse a la poliédrica realidad. Una decena de testimonios me confirmó que la vida de los demás la vemos bajo un barniz que nos engaña.

La mayoría de sus clientes eran hombres casados, padres de familia, abogados, banqueros y profesionales de múltiples y diversas profesiones. Algunas de las vivencias que escuche durante aquellas conversaciones pueden resultar sorprendentes y difíciles de comprender. Me di cuenta entonces de que los seres humanos somos "vírgenes"  tanto ante el horror como del placer. Sin embargo, todo aquello me condujo a hacerme algunas preguntas: ¿Qué empuja a llevar una doble vida?, ¿Se puede mantener en el tiempo una doble identidad? ¿Por qué la sociedad ampara esquemas dignos del pleistoceno, donde la identidad sexual clásica es la norma? ¿Por qué se mantienen las mentiras? ¿No somos todos, en parte responsables de estas falsedades?

 

 

 

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Finalmente no publiqué el reportaje. A última hora, algunos de sus protagonistas sintieron miedo y me pidieron que no lo publicase. Ni en su círculo más cercano conocían su verdadera identidad. Las fotos y las declaraciones de los chaperos de la Barcelona post olímpica se han quedado para siempre en un cajón del que solo saldrán el día que yo desaparezca. Quién sabe si el día de mañana un comprador de baratijas del Rastro o de los Encantes se los acabará encontrado fortuitamente.

Hace poco cayó en mis manos el libro Servicio completo, de Scotty Bowers, la secreta vida sexual de las estrellas de Hollywood. Y de nuevo he comprobado que ni la hipocresía, ni el miedo, entienden de fronteras, idiomas o nacionalidades. Pese a quien pese, vamos todas las personas en el mismo barco y tenemos las mismas pulsiones.

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Nacido en el Illinois rural en 1923, Scotty Bowers llegó a Hollywood después de servir en los Marines en la Segunda Guerra Mundial y empezó a trabajar en una gasolinera de Hollywood Boulevard. Un día, mientras llenaba el depósito, se le acercó el actor Walter Pidgeon y acabó convidándole a la villa de un amigo donde pasaron una tarde de sol, piscina y sexo. Aquel fue el principio de una carrera que duró más de cuarenta años. Fue el primero de muchos encuentros que tuvo con los más ricos y famosos de Hollywood como Cole Porter, Noël Coward, Tenesse Williams, Katherine Hepburn, Spencer Tracy, Cary Grant, Vivien Leigh, Montgomery Clift, Randolph Scott, Tyrone Power, Vincent Price, George Cukor, Charles Laughton, Roddy MacDowall y Rita Hayworth, entre otros muchos.

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  Pidgeon, la primera experiencia en Hollywood de Scotty Bowers

Servicio completo narra la crónica de un hombre que no tuvo ningún reparo en acostarse con mujeres y hombres para conseguir formar parte del sueño americano. El excepcional Gore Vidal hablaba de la siguiente forma sobre el autor del libro: “Conozco a Scotty Bowers desde hace más de cincuenta años. Me complace muchísimo que por fin se haya decido a contar su historia al mundo. Sus sorprendentes memorias hablan de grandes figuras como Spencer Tracy y Katherine Hepburn. Scotty no miente, conoció a todo el mundo”. 

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Gore Vidal; West Point, 1925 - Los Ángeles, 2012. Escritor y guionista estadounidense 

Cualquiera de las historias que me encontré en el reportaje de El País podría haber sido parecida a la del libro de Bowers. Pero sin duda alguna la que más me impresión me causó fue la de un chapero colombiano que mantuvo durante años una relación con un hombre casado. Finalmente no pudo mantener la farsa por más tiempo, se lo confesó a su mujer y decidió emprender una nueva vida junto a su amante. El mismo día que cogió las maletas, ella se abrazó a sus dos niños pequeños y se lanzó junto a ellos por la ventana. Hay muchas maneras de no soportar la realidad. Él acabo con su vida dos años más tarde. Hay algo en todo ello que me inquieta: hasta qué límites insospechados el prejuicio social del conservadurismo puede empujar a las personas a tomar decisiones fatales. ¿Es posible sentir tal grado de vergüenza por la persona amada que seas capaz de acabar con tu propia vida y la de tus hijos? ¿Cómo es que no hemos visto, por ejemplo, un comportamiento similar con las familias de dictadores sin escrúpulos, corruptos y gente que sólo ha sabido hacer el mal a su paso?  ¿Qué parámetros deberían ser los más importantes? La orientación sexual forma parte de nuestra naturaleza humana, por consiguiente la patologización de la diversidad sexual, la opresión moral y la homofobia son eslabones de la cadena del patriarcado que ha de romperse para librarnos del miedo. La maldad la creamos nosotros. Nadie se hace perverso súbitamente.  Si lo pienso racionalmente, y siento mi humanidad, me parece mucho más obsceno que mi pareja mire hacia otro lado mientras yo firmo penas de muerte que  el hecho de que se acueste con otra persona de su mismo sexo.

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Cuando Scotty habla de sus inicios en Hollywood lo cuenta sin ningún miedo: “El sexo era una industria muy importante en aquellos años atribulados y de vacas flacas. No sólo proporcionaba un alivio agradable de la áspera realidad de la vida cotidiana, sino que fue también la salvación de muchos jóvenes que no encontraban un trabajo decente en ninguna otra parte”. No sé si mi amigo colombiano estaría de acuerdo respecto a que dicho camino supone una salvación.  Supongo que de lo que se trata es de no vivir en la impostura.”. Emile Cioran habla sobre ello en su libro Conversaciones:“Todo el mundo es impostor, pero también hay grados en la impostura. Pero todos los vivos somos impostores”.  

 

Vivien Leigh y Sir Laurence OlivierLaurence Olivier y Vivien Leigh

 

La rígida actitud contemporánea en torno al sexo no tenía ningún sentido para Bowers. Lo único que hacia era asfixiar sus instintos naturales y causar de ese modo un indecible sufrimiento y una culpa innecesaria. Se dedicó a proporcionar placer y a suministrarlo dependiendo de las apetencias y de los inclinaciones de sus clientes. Una de las parejas, con la que mantuvo una relación más estrecha, fue la formada por Katherine Hepburn y el torturado Spencer Tracy. La pareja más popular dentro del mundo del celuloide fue otro cuento de hadas inexistente que los agentes y los asesores de imagen habían urdido para ocultar la realidad. De contar la verdad, el slogan “Más estrellas que en el cielo” hubiese perdido todo significado. Nadie quería ver a bisexuales, gays y lesbianas dando tumbos por las nubes.

“Aunque no se llevaba bien con todo el mundo, Hepburn y yo trabamos una gran amistad. Los estudios afirmaban que estaba locamente enamorada de Spencer Tracy, pero yo nunca vi ninguna prueba de ello. Kate prefería la compañía de mujeres, y yo siempre le buscaba las morenas que le gustaban. Con el tiempo llegué a presentarle a más de ciento cincuenta mujeres. A la mayoría sólo las veía una vez y se cansaba de ellas.”  

Scotty nunca llegó a acostarse con su amiga, sin embargo, así describe su primer encuentro sexual con Tracy: “Antes de que me diera cuenta ya era medianoche. Al final, después de que otra botella vacía de scotch quedara depositada en la mesa del café, empezó a desvestirme y me rogó que no lo dejará solo. No tuve ánimo para negarme. A todas luces necesitaba la compañía de alguien. Sufría mucho. Solo puedo conjeturar que su falso idilio con Kate Hepburn era la causa de su aflicción.” Es impresionante para mí comprobar cómo la tristeza de una mentira puede arrastrarnos por el lodo, independientemente del lugar en el que te encuentres. Sea en la cima de Hollywood  o  en la habitación de un chapero en Madrid. ¿Por qué no dejamos vivir de una vez por todas a las personas en libertad?

“Tracy puso la cabeza en mi ingle, me agarró el pene y empezó a mordisquearme. Era el último hombre en el mundo de quien yo esperaba una iniciativa semejante, pero le complací de buena gana y a pesar de sus estado de embriaguez tuvimos una sesión de alrededor de una hora de sexo muy satisfactorio.” El gran Spencer Tracy era otro bisexual, un hecho totalmente ocultado por el departamento de publicidad del estudio.” Me pregunto, ¿qué hubiese ocurrido de contarse la verdad? ¿Es posible un mundo en que la gente pueda vivir sin ocultar una parte tan importante de sí misma?

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Vemos claramente las consecuencias de la impostura cuando Bowers define a Tyrone Power: “Mientras retozamos  aquella noche en aquel cuartucho de hotel de cuarta, para mí era evidente que Ty poseía  un apetito sexual  sano y creativo, pero que se centraba infinitamente  más en mí que en mi amiga. Me dio mucha pena el pobre muchacho. Debió ser muy duro para él tener que ocultar perpetuamente lo que era. Terminada la guerra llegaríamos a conocernos bastante bien.”

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Nightmare Alley, 1947

El callejón de las almas perdidas, de Edmung Goulding. Excelente melodrama psicológico, sin duda la mejor película de Tyrone Power.  

 

Scotty Bowers recibía la vista de los pesos pesados de Hollywood y de los peces gordos de las productoras. El sesenta por ciento de sus clientes eran gays o lesbianas y el cuarenta por ciento restante heterosexuales. Todos conocían la realidad de unos y de otros, pero mantuvieron la discreción y la hipocresía en todo momento. Ya se encargaban los estudios de proteger a sus estrellas. Existían verdaderas fortunas en juego. Nadie estaba dispuesto a perder dinero, y mucho menos los magnates de la industria. El caso de Rock Hudson y de su matrimonio impuesto con una secretaria de orientación lésbica era vox populi. Henry Wilson agente homosexual es el que se encargó durante años de la carrera del actor y de otros conocidos rostros como Tab Hunter, Robert Wagner, Chad Everett, John Derek, o John Saxon. 

El ex-marine decía que era imposible oponerse a la maquinaria publicitaria de los estudios: “Los relaciones públicas más expertos llegaron incluso a afirmar que la razón de que Tracy no se divorciará de su mujer y se casara con Kate era su educación católica, que, de conformidad con la doctrina de la iglesia, prohibía el divorcio. Así eran de ridículos.”  Sin embargo, si  lo analizamos bien, el estudio no estaba dando más propaganda que la que el público podía resistir. ¿Cómo mantenerse al margen de una cultura completamente sumergida en esas viejas ideas de la moral católica, creadas hace cientos de años? ¿Cómo se prepara a una sociedad tan hipócrita como la nuestra para que asuma la realidad?

 

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Aquí no existen problemas para los que deciden conducir sus vidas, bajo los parámetros establecidos. Se pueden permitir imprudencias, pero siempre que no se hagan públicas. Seguimos viviendo en la hipocresía y en el miedo. Y solo aceptamos alguna “desviación” (dicho así por el conservadurismo) cuando se trata de artistas y gente bohemia. Seguimos pensando que un ser humano  corriente, de cualquier ciudad del mundo,  tiene una naturaleza distinta a la de Tyrone Power, Marlon Brando, Spencer Tracy, o Alejandro Magno. Solo por citar algunos de los más relevantes. ¿Podemos ni siquiera imaginar la cantidad de sufrimiento de tantos seres humanos que no han podido vivir su identidad sexual libremente? ¿Por qué no les preocupó con la misma intensidad, al Estado o la iglesia, las mujeres que vivieron sometidas en matrimonios infelices convirtiendo sus vidas en auténticos dramas?. ¿Cuántas personas desdichadas hacen falta para poder hablar de magnicidio? ¿Es que todo aquel que quiere vivir de acuerdo a su conciencia, tiene que dejar un montón de cadáveres por el camino? ¿No debería ser todo lo contrario? Tal y como dijo Mark Twain: “Y así va el mundo. Hay veces en que deseo sinceramente que Noé y su comitiva hubiesen perdido el barco.” 

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¿Conciencia, eso qué es? http://xurl.es/9ik46

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Sobre el blog

El componente humano primordial debería ser el del reconocimiento del otro. Sin los demás no podríamos existir. Por lo tanto, disfrutemos de “otros mundos” y que esa diferencia –en vez de aislarnos- sea el camino para conseguir un mundo más justo, menos convencional y más libre. En este blog rendimos homenaje a algunas de las más significativas creaciones humanas que han marcado nuestra existencia: libros, películas, autores, canciones, etc. y que han estimulado nuestra (mi) necesidad de pensar, sentir y gozar. Al mismo tiempo, es un espacio que indaga sobre la realidad humana e intenta contribuir a la reflexión y al aprendizaje.

Sobre el autor

Josep Giralt Josep Giralt. Trabajó en Canal Plus, en el Congreso de los Diputados y como fotoperiodista en América Latina, África y Asia. Coautor del libro Sentir Etiopía, (RBA), compatibiliza su trabajo como periodista en una Fundación con el de colaborador en tertulias de actualidad en Ràdio Barcelona-Cadena Ser. Anteriormente dirigió durante cuatro años el espacio Películas incómodas en Com Ràdio. Ha publicado artículos y entrevistas en El País, Avui, y El Mundo, entre otros. Su frase: "No sirvo ni para seguir ni para conducir", de Nietzsche; su película: Rocco y sus hermanos, de Visconti. Sus libros: Los ensayos, de Montaigne y Conversaciones, de Cioran.

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