Cuentos de Navidad del mundo (1)

Por: | 25 de diciembre de 2014

Autora invitada: Anna Giralt Álvarez (*)

Las manos pequeñas   

Manresa, principios Siglo XX

A Ventura la peinaba su hermana Anna, dos años mayor que ella. Su madre había perdido los dedos en el telar y por ese motivo tenía las manos como alas rotas, pálidas, frágiles y doloridas. Esa era también la razón por la cual Ventura, a los seis años, empezó a trabajar, porque su madre no podía hacerlo. En aquel entorno y en aquel tiempo, al principio del siglo XX, las familias se contaban por las bocas que había que alimentar y las manos que podían trabajar.

Niña India

Veenapani, India

Ventura era de constitución menuda, con grandes y expresivos ojos oscuros, y como sus muy infantiles brazos no alcanzaban la lanzadera hubo que hacerle un taburete más alto. Llegó a la fábrica sin quejarse, sin saber que su vida podría haber sido otra cosa. Las dos hermanas salían de la cama al alba para llegar al primer turno. Trabajaban en los telares durante las mismas horas que las mujeres adultas, pero debido a su corta edad y considerando que su productividad laboral era más baja, cobraban una cuarta parte del sueldo. Los menores cobraban menos, una obviedad cruel que en algunos lugares del mundo aún se mantiene.

Niña telar

 

En el peinador, un rincón del pasillo con una silla frente a un espejo de ámbar, en aquellas horas tempranas con el sueño aún prendido en la mirada, la imagen reflejada de las dos hermanas parecía mágica. Podría ser la portada de un cuento, o de un libro, porque aunque nunca habían tenido ninguno sí que los habían visto en la escuela. Ninguna de las dos volvería a sentarse en un pupitre nunca más, ni tampoco durante muchos años tendrían lápices para escribir. Recordarían siempre el olor de la tinta sobre las páginas blancas. Más adelante, por las tardes las monjas les enseñarían entre rezos las letras sobre tela y con aguja de coser.  

Manresa

Manresa treinta años antes de que Berlanga rodara la obra maestra "Plácido"

Habitualmente a las niñas se les cortaba el cabello cuando empezaban a trabajar. Llevaban el pelo corto, que era más práctico y seguro, y se lo envolvían prieto en un pañuelo de algodón. Ventura conservó sus trenzas porque Anna no quiso que las perdiera, le gustaba acariciar el pelo de su hermana como le habría gustado poder acariciar el suyo.

Su horizonte de cada día era el dibujo de la nave industrial y su elegante chimenea, la música de su vida el sonido de telares, su hora de juegos el camino de ida y vuelta de casa a la fábrica. Crecer entre adultos, trabajar como si no fueran niñas, no esperar otra cosa de la vida que no enfermar, no perder el trabajo, no tener hambre, no pasar mucho frío.

A las pequeñas Anna y Ventura no les pasó jamás por la cabeza que su trabajo pudiera ser ilegal. La única justicia que conocían era la del sol. 

Niño barriendo en fábrica textil

India, 2014

Veenapani tiene sólo siete años y es trabajadora textil. Sabe que su suerte podría haber sido diferente porque en otros lugares del mundo el empleo infantil está prohibido. Lo sabe porque dos veces al año en la fábrica se reciben visitas que vienen de inspección, y las menores de edad desaparecen. Ese día no trabajaran y se deducirá de su sueldo semanal. Para Veenapani y otras pequeñas trabajadoras del textil el día que son invisibles les parece un regalo. Las inspecciones no están anunciadas, así que la comitiva aparece de improviso, pero las niñas están instruidas desde el primer día y saben lo que tienen que hacer. Deben salir sin correr ni hacer ruido, por la puerta que comunica la fábrica con el almacén, atravesarlo en silencio, despacio y en ordenada fila y desaparecer sigilosamente por la calle de atrás. Si las descubrieran perderían el empleo.

Mezcladas con la gente que va al mercado, se reúnen en un punto exacto cerca del puente. Desde allí tienen buena vista, se puede ver bien el contorno de la fábrica y también los coches aparcados de los inspectores. Como van a tener que esperar allí toda una mañana, o toda una tarde, según el turno sobre el que se haya decidido realizar la comprobación, se sienten libres, y extrañamente felices. No cobrarán esas horas de trabajo adulto, así que las llenan de juego infantil. Un día una de las niñas cayó al agua y la tuvieron que salvar. Cuando lo recuerdan ríen sin parar, les brillan los ojos, fue su gran aventura.

Soñando cuentos

Veenapani no sólo sabe que el trabajo infantil está prohibido en otros lugares del mundo, sino que en su mismo país su vida podía haber sido diferente. A veces cierra los ojos y sueña con una de las prendas que cose. Sabe que niñas como ella las van a llevar, las ha visto por la calle en un destello de luz. Orgullo y desaliento ante un futuro incierto.      

  Más información sobre Cooperación en India

 -------------------------------

También el cielo puede saltar por los aires   

Hoy las lágrimas de Maryah que caen sobre la arena no lo harán en vano. A pesar de estar cómodamente sentada sobre sus piernas ha sentido el filo del cuchillo quemándole la piel, y ha tomado una decisión. Era una niña y aquel era el único camino que su madre y su abuela, y la madre de su abuela, habían hecho para convertirse en mujeres. Eso les habían dicho, eso les habían contado. No cabían dudas, sólo un recorrido milenario de mujeres sufriendo en nombre de una tradición.

El paso del tiempo en casos como el suyo es aire sobre el dolor. Parece que enrojece y crece. Se extiende desde el recuerdo por diferentes momentos de su vida; la noche de su bodas, -más sufrimiento., más sangre, sus cinco partos, la menstruación, las infecciones, y todas las noches que tendrían que haber sido de amor y gozo y fueron de tristeza y miedo. No siente la ausencia de placer, lo desconoce, siente la ausencia de si misma, de una parte de su cuerpo.

Abuela

Fotografía Josep Giralt

Esta tarde Maryah no llora por su dolor, el intenso calor del día se ha apagado y una brisa casi mágica le agita el velo. Ha tomado una decisión. La más difícil y valiente de su vida.

Los habitantes del campo de desplazados, algunos hombres en pie, mujeres de todas las edades, algunas con sus hijos en el regazo, han venido a escuchar lo que les han venido a explicar los trabajadores de la SWDC (Somali Women Development Center) sobre la ablación de las niñas. La mujer que habla lo hace despacio y extiende sus brazos dejando las palmas de las manos hacia arriba. Su exposición es un relación de hechos que culmina en una súplica desesperada que ruega su colaboración:

“No sometáis a vuestras hijas a la mutilación genital porque esto las acarreará graves problemas en el futuro que afectarán a su salud”.

“La ablación va contra el Islam y contra las mujeres. No debemos someter a nuestras hijas a esta práctica inmoral y antirreligiosa”.

Maryah vuelve a casa andando por el mismo camino milenario, sin embargo cada pisada que da avanza hacia un futuro diferente. Tarda horas en llegar y cuando lo hace el firmamento se ha llenado de tantas estrellas que parece que el cielo ha saltado por los aires. 

  Cielo estrellado

Cerca de la tienda aún juegan algunos sus nietos, tiene siete en total. Dos niñas y un niño, tres chicos y una chica adolescente que la espera con la mirada cargada de incertidumbre.

No. La respuesta a ninguna pregunta es no. No dejará que su nieta se someta a la ablación a la que ella fue sometida, a la que sometió también a su hija, igual que su madre, y su abuela y la abuela de su madre. En esa sucesión de dolor y sangre en nombre de una tradición.

Women

No solo será valiente para evitarlo, lo será también para defenderse de los comentarios, porque quiere transmitir esperanza y no dolor. Hay que tener mucho valor para caminar el mismo camino y hacerlo con otros pasos.

Más información sobre la ablación

 ------------------------------

 En la fosa del almendro   

Aunque no lo puedo sentir, sé que ha llegado el frio. El invierno no ha querido esperar más, y la bonanza de las últimas semanas ha desaparecido de repente. Podría haber perdido la cuenta de los años que hace que estoy aquí, pero cuando sufres una muerte como la mía, no te puedes ir. Fue violenta, brusca, absurda e injusta, pero no me quedé por eso. Estoy aquí porque no me han podido encontrar.

Almendrillo-xaco

A finales de 1938 ya sabíamos cual sería el final de la guerra. A partir de los bombardeos de las ciudades del Norte supimos que el horror no se detendría ante nada, vivíamos con el temor de lo que nos ocurriría al alcanzarnos. No imaginábamos que lo peor vendría después, a partir de la declaración del fin de las hostilidades. La guerra ha terminado. Vuestro sufrimiento no ha hecho más que empezar.

¿Cuánto dolor es capaz de soportar el ser humano?

¿Cuánto sufrimiento es capaz de causar?

No quiero ser aguafiestas, sé que es Navidad, pero tal y cómo estoy no puedo permitirme ninguna alegría. No pretendo amargaros, no siento necesidad de vengarme de nada ni de nadie. Sólo quiero que me encuentren, es lo único que pido. Los médicos y el sentido común saben que hay que lavar las heridas para que puedan curarse. Jamás sanó ninguna bajo una capa de olvido por decreto. Las heridas necesitan agua, lágrimas, y sol para que sequen. El echarles tierra encima hace las cicatrices sean más hondas, más profundas y que permanezcan abiertas.       

Mi padre y dos de mis hermanos estaban escondidos en la monte, como cientos de personas que huían desesperadas para escapar de la represión y temían la muerte. No me extraña que lo hicieran, porque no es dulce ni agradable. Es sólo un pozo infinito de infinita  oscuridad. La muerte es la eternidad de la nada.

Yo tenía 18 años cuando entraron en casa al anochecer. Mi madre y yo estábamos ya acostadas, por aquel tiempo solíamos hacerlo muy pronto, en el mismo camastro y abrazadas. A veces mi madre se quedaba dormida en mis brazos, pero aquel día yo me quedé primero. Recuerdo estar soñando con Antonio, el mozo que me rondaba, un año más joven que yo. En mi casa no fue una elección grata porque las ideas políticas de los suyos eran muy diferentes de las que se discutían en nuestra mesa. No le gustaba a nadie, ni a mis padres ni a mis hermanos. Pero a mí sí, mucho, muchísimo. Por eso quizá siempre soñaba con él.

-3-postales-antiguas-de-amor-a429_MLU-O-27666894_5489

Después de la violencia y los golpes, ya subida en un camión, el llanto de mi madre fue quedando atrás. Conmigo había más gente, una docena de personas asustadas, con el espanto desencajándoles el rostro. Entre todos, con la camiseta en jirones y sangre en la mejilla, había un hombre mayor e increíblemente sereno. Determinadas personas saben que van a morir, y sin embargo, la serenidad emerge de su rostro sin que puedan evitarlo.

Niños guerra civil

Biblioteca Nacional, dibujo de escolares sobre la contienda. 

El hombre alto y bien parecido, pero con el pelo ya completamente cano, tenía alrededor de cuarenta años. Era un campesino muy conocido por sus ideas, con mujer y dos hijos, un chico y una niña más pequeña. Al chico le conocíamos todos bien porque le gustaba leer, y eso en nuestro pueblo era muy extraño. Durante toda la guerra las madres y las novias iban a que les leyera las cartas que llegaban con noticias de asedios, bombas y bajas de compañeros.

Me violaron. Dicen que los conflictos son así, siempre pierden los débiles, las personas sensibles, las mujeres, los niños. Pero en la realidad perdemos todos. Porque los que comenten  las atrocidades pierden el respeto del mundo. Eso es lo que creía entonces y sigo creyendo ahora que han pasado 77 años de arena y piedra.

Soy un esqueleto, un montón de huesos y una memoria intacta. Conmigo los restos de todos los que mataron aquella noche, y los de un perro pequeño que alguien llevaba escondido. ¿Dónde estarán? Siguen preguntando nuestros seres queridos. Durante muchas décadas lo hicieron en silencio, luego poco a poco el murmullo de la historia se encargó de pedir explicaciones. Ninguno de nosotros puede responder, estamos en un campo, bajo tierra, donde ni el olvido ha podido alcanzarnos. Eso es completa y totalmente imposible. Lo saben todos los que luchan para encontrar a las personas “desaparecidas” 

Después de nuestras muertes, esparcidas por todo el territorio en salvaje y despiadada cacería, cayó sobre el país una capa densa y opresiva de brutal represión. Por eso en muchas casas no se hablaba de nosotros, como si nunca hubiéramos existido .  

 

Fosas comunes
Fotografía de Sofía Moro del reportaje La Memoria de la tierra, en El País Semanal

 

Pasados ya bastantes años de aquellos hechos, al lugar de nuestra desgracia, a tan corto trayecto y tan lejos de la vida, llego en coche un anciano. Traía con él un árbol muy pequeño y una pala. Le reconocimos enseguida, y aunque el tiempo transcurrido había sido mucho, creímos erróneamente que venía a rescatarnos. Pensamos que era su forma de rectificar, de  desenterrarnos del olvido. 

No todas las muertes son iguales. Cuando hay un cuerpo los familiares tienen un lugar, un espacio físico y temporal, donde poder expresar su duelo. Cuando no lo hay, los muertos vagamos por la memoria de los vivos, generación tras generación.  

Su manera de pedirnos perdón fue plantar un almendro. Un árbol que borda flores blancas en las ramas, y que espera atravesando la memoria ser una señal, una bandera. Venid a por nosotros.

Más información sobre Memoria historica

(*) Anna Giralt Álvarez

Licenciada en Derecho por la Universidad de Barcelona, especializada en Derecho Internacional Humanitario. Cursos en la Universitat Oberta de Catalunya, en el Instituto Internacional de Derecho Humanitario de San Remo y el Instituto Universitario Gutiérrez Mellado de Madrid. En septiembre de 2014 presentó una comunicación en el primer Congreso de Estudios Militares con el título de "El ataque a la población civil como arma de guerra: la violencia sexual". Tiene dos hijas y es abuela. Su pasión, el cariño de la gente que tiene alrededor, su familia, y amigas y amigos. 

Hay 2 Comentarios

Manresa, India, Somalia, un lugar indeterminado de España, distintos lugares, distintos tiempos, realidades que se repiten a través de los años y que se mantienen mientras unos son los poderosos y los otros los sumisos, mientras unos quieran subirse en el carro de la historia y los otros existir.

es un camino largo, muy largo, de muchos siglos, al principio todo era abrupto, salvaje, no existe el sufrimiento es una forma de vida, aceptada, sin lágrimas e impasible, sólo el tiempo va dando forma a ese paisaje cambiando su naturaleza y mostrando lo que en sí era.

Los comentarios de esta entrada están cerrados.

Amores Imaginarios

Sobre el blog

El componente humano primordial debería ser el del reconocimiento del otro. Sin los demás no podríamos existir. Por lo tanto, disfrutemos de “otros mundos” y que esa diferencia –en vez de aislarnos- sea el camino para conseguir un mundo más justo, menos convencional y más libre. En este blog rendimos homenaje a algunas de las más significativas creaciones humanas que han marcado nuestra existencia: libros, películas, autores, canciones, etc. y que han estimulado nuestra (mi) necesidad de pensar, sentir y gozar. Al mismo tiempo, es un espacio que indaga sobre la realidad humana e intenta contribuir a la reflexión y al aprendizaje.

Sobre el autor

Josep Giralt Josep Giralt. Trabajó en Canal Plus, en el Congreso de los Diputados y como fotoperiodista en América Latina, África y Asia. Coautor del libro Sentir Etiopía, (RBA), compatibiliza su trabajo como periodista en una Fundación con el de colaborador en tertulias de actualidad en Ràdio Barcelona-Cadena Ser. Anteriormente dirigió durante cuatro años el espacio Películas incómodas en Com Ràdio. Ha publicado artículos y entrevistas en El País, Avui, y El Mundo, entre otros. Su frase: "No sirvo ni para seguir ni para conducir", de Nietzsche; su película: Rocco y sus hermanos, de Visconti. Sus libros: Los ensayos, de Montaigne y Conversaciones, de Cioran.

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal